Un desafío para los peores soldados

Estamos ante un desafío importante porque somos los peores soldados. Eso sí nuestro estandarte es el más noble, pero somos débiles, no somos fuertes ni brillantes, y enseguida vamos a ser tratados de extremistas, orgullosos y fundamentalistas.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Queridos fieles, nuestra madre dulce y santa, la Iglesia, nos prepara con las palabras de nuestro Señor Jesucristo. Recordad que Nuestro Señor nos ha dicho que su mensaje no es algo que sea personal de Él, sino que Él transmite lo que el Padre le ha dado a conocer. Y por eso la Iglesia transmite la voz del Esposo y también la de nuestro Padre del Cielo. La Iglesia nos prepara para tiempos de tribulación; es así. Estamos llamados a estar unidos a nuestro Señor Jesucristo. Siempre estamos muy dispuestos a acompañarlo en el Tabor —sí, en los momentos de alegría y felicidad—, pero la hora del sacrificio, la hora del Calvario, nos da miedo, lo cual es humano, es natural. Por eso necesitamos la gracia de Dios para completar en nosotros lo que falta a la Pasión de Cristo.

Estos tiempos son muy turbulentos; hay tempestades y tormentas en torno a las consagraciones episcopales del día 1 de julio. Cada vez más, lo veréis en los medios de comunicación. Dirán que los obispos están excomulgados y tal vez excomulgarán a los sacerdotes de la Fraternidad. Evidentemente, esto no nos hace ninguna gracia. Pero precisamente por eso hace falta entender cómo debemos hacer frente a esta tribulación que es la excomunión.

Dice San Ignacio de Loyola que hay tres grados de humildad: el primer grado es estar dispuesto a morir antes de cometer un pecado mortal. En la raíz de todo pecado está el orgullo, por eso es un grado de humildad preferir morir que pecar gravemente: así se cierra la puerta del infierno. El segundo grado de humildad es no ceder a la tentación del diablo, mundo y carne antes de cometer un solo pecado venial: así se cierra la puerta del purgatorio. Y el tercer grado es que, entre todas las opciones que la Providencia nos presenta en la vida, el alma va a elegir lo que más la asemeja a nuestro Señor Jesucristo. Entre riqueza y pobreza, elegirá lo que más le asemeja a Jesús, o sea, la pobreza; ante la vanagloria y los insultos, elegirá los insultos. Aunque es cierto que a la naturaleza le apetece más la gloria, la elección hecha en este tercer grado de humildad tiene un gran valor. Este tercer grado de humildad Nuestro Señor es nuestro modelo. San Ignacio de Antioquía lo había entendido bien y, cuando era llevado al martirio, iba cantando himnos de alabanza y alegría. Del mismo modo que el trigo es molido para hacer una hostia, decía que él debía ser molido por los dientes de los leones para ser asimilado a Cristo, e iba muy contento. El apóstol San Andrés, ya sabéis que fue crucificado sobre una cruz en forma de X, signo de multiplicación, también iba muy alegre por ser identificado con nuestro Señor Jesucristo en el martirio. Y esto no es masoquismo, es heroicamente católico. A San Ignacio de Loyola Nuestro Señor le dijo un día: «Vete a Roma, que allí te seré favorable». Él estaba totalmente identificado con Jesucristo y enseguida pensó: «¡Oh, qué maravilla, voy a ser martirizado en Roma!». Había entendido bien el mensaje y lo había interpretado según sus sentimientos, que lo hacían desear identificarse con Nuestro Señor; es decir, San Ignacio pensaba: «Me van a martirizar en Roma», y marchó muy contento, aunque finalmente no sucedió tal cosa. Hoy yo no voy a decir que vayamos con la flor en el fusil; nosotros no vamos a ser martirizados en Roma, aunque quizá sí vamos a ser martirizados por Roma. Ya sabéis que el Evangelio de hoy dice que «el Espíritu dará testimonio de «Mí y vosotros también daréis testimonio de Mí». Estamos llamados a dar testimonio de la verdad. Él os asistirá para que no sucumbáis; y también avisó a los Apóstoles antes de la Pasión, pero en cuanto vieron que Nuestro Señor era hecho prisionero y juzgado, se fueron. Tuvo lugar una gran huida de discípulos, unos escondidos, otros de camino a sus pueblos, por ejemplo, los de Emaús…

Nuestro Señor no es un demagogo, no necesita el voto popular para ser rey, porque Él no es un demócrata. Él es rey por herencia de nacimiento. Y dice: «Vosotros estáis conmigo desde el principio. Os expulsarán de las sinagogas, y algunos os matarán creyendo que prestan un servicio a Dios; si hacen eso es porque no han conocido ni al Padre ni a Mí». Es decir, señala que son personas que no creen en la Trinidad, porque el Espíritu Santo da testimonio del Padre y del Hijo. Y, ¡atención!, no son solamente judíos los que no creen en la Santísima Trinidad; y ¡atención!, no son necesariamente los mahometanos los que no creen en la Santísima Trinidad. Hubo y hay herejías que infiltraron la Iglesia y hacen metástasis en la Iglesia que han sido condenadas por varios papas; una de ellas es la herejía modernista. ¿Y en qué ha generado el modernismo? En el ecumenismo. No creen en la verdad de que hay un solo Rey y un solo Señor, que es nuestro Señor Jesucristo. Porque Jesús tiene un Padre, pero, ¿quién es el padre de Buda? El padre de Buda es el padre de la mentira, mentiroso desde el principio. ¿Quién es el padre de Alá? El padre de Alá es el padre de la mentira, homicida desde el principio. ¿Quién es el padre de todos los ídolos? Todos los dioses de los paganos son demonios.

Ante esa situación, hemos recibido la llamada de Nuestro Señor Jesucristo al parecernos a él en ese tercer grado de humildad —ya no digo elegir la persecución voluntariamente para no ser presuntuosos y porque somos malos soldados, somos soldados lamentables—. Hay otras instituciones que tienen soldados brillantes intelectualmente, físicamente, técnicamente; están en el top, arriba del todo. Pero, ¿cuál es la diferencia fundamental? Que nosotros, con todo lo malos soldados que somos, tenemos el estandarte más noble y más puro, la bandera de Cristo Rey. Hoy podemos hacer una analogía de lo que viven algunas congregaciones religiosas —en concreto, la FSSPX— con lo que viven las escuelas. Vosotros habéis combatido para tener escuelas completamente católicas y libres, sin compromisos de ningún tipo; frente a ellas hay instituciones que reivindican ser católicas, pero que tienen contrato o concierto con el Estado y en ese momento enseguida se activa un tipo de intervención estatal sobre la enseñanza, la educación y las materias que se imparten en esas escuelas. Pero vosotros habéis hecho una elección por no tener concierto, porque sabéis que sois responsables ante Dios de las almas que Él os ha confiado y no queréis que ninguna se pierda. Porque Herodes no solo actúa en estos tiempos matando a los inocentes, sino que también lo hace a través de la escuela tiene influencia. Vosotros habéis combatido por el estado de gracia de vuestros hijos fundando exclusivamente escuelas católicas, sin un solo compromiso con los enemigos de la verdad y de la fe; ni el menor compromiso. Y claro, vienen las inspecciones, porque no hay un estatuto administrativo que os dé una cobertura para la paz. Del mismo modo, la FSSPX también habría querido un confort canónico. Las escuelas no viven en el confort administrativo, y de ahí viene el hostigamiento, el trato hostil y arbitrario de la Administración. La FSSPX también ha tenido sus inspecciones; en su momento tuvo la del cardenal Gagnon, enviado por el Vaticano, quien, después de recorrer seminarios privados y escuelas, dijo: «Es una obra de la Iglesia, es un modelo que hay que seguir». ¿Qué hemos recibido a cambio de esa inspección de resultado tan favorable? Pues el mismo castigo que si no hubiera sucedido; de la misma manera, el castigo. Así que lo que vivimos ahora en las escuelas, lo que vivimos en la institución de la FSSPX, es por no querer pasar a ser una institución bajo contrato con los enemigos de la Fe, por no predicar otro evangelio; porque están predicando ideas y principios condenados por muchos papas, no solo por San Pío X con el modernismo, que es la esencia de lo políticamente correcto.

En las circunstancias en las que Dios nos ha querido dar la existencia, en las que nos ha querido dar la vida, tenemos una misión: dar testimonio, como nos pide nuestra madre la Iglesia, repitiendo la frase del Evangelio de San Juan. Porque los Apóstoles que vieron a Jesús en el monte Tabor, que sabían que era Dios, que vieron a Moisés y a Elías que le hacían reverencias, llegado el momento del Huerto de los Olivos, se quedaron dormidos y no acompañaron a Nuestro Señor Jesucristo en su Pasión. Y la Iglesia es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo, y hoy mismo vive el mismo ataque, la misma crisis y la misma persecución. ¿Cuál es el crimen hoy que se reivindica? Lo mismo que Nuestro Señor reivindicó ante el tribunal religioso de Anás y Caifás: «Yo soy Dios», y dijeron: «¡Blasfemia, blasfemia!». Si tú dices hoy que hay un solo Dios y que es Trinidad, «no está bien» porque no es políticamente correcto; así que dicen: «Tenemos un Dios, le cambiamos el nombre». El problema es que el mío es hijo de la Virgen Inmaculada desde su concepción, y el suyo es hijo de una mala madre. También hoy, en el tribunal de la mañana de Poncio Pilato constatan que no hay crimen en Él, lo condenan porque es rey. Lo veis en todos los crucifijos en los que leéis «INRI». Yo creo que es Dios, yo creo que es rey, y lo mataron los judíos y los romanos por ser Dios y rey. Pero nosotros debemos dar testimonio de ello, de nuestro Dios y de nuestro rey, y dar testimonio en nuestra vida y, si hace falta, con nuestra muerte.

Estamos ante un desafío importante porque somos los peores soldados. Eso sí nuestro estandarte es el más noble, pero somos débiles, no somos fuertes ni brillantes, y enseguida vamos a ser tratados de extremistas, orgullosos y fundamentalistas. Yo no soy el propietario de la verdad, pero hay Uno que sí es el propietario, lo dijo nuestro Señor Jesucristo: «Yo soy la verdad». Nosotros somos el reflejo de esa verdad, como el rayo de sol se refleja en un espejo; eso se espera de nosotros como ministros: a cada uno, según su carisma, reflejar la luz divina según se le pide. Y a un sucesor de los Apóstoles se le pide ser fiel a nuestro Señor. Lo que admiro y me fascina en la obra que pudo hacer monseñor Lefebvre es que es una obra de Iglesia; no tiene un carisma especial, no tiene un carisma propio, porque desaparece ante la obra de la Iglesia: solamente quiere transmitir lo que ha recibido.

Sabéis que entre «tradición» y «traición» hay solamente una letra de diferencia; y también, por supuesto, hay más, porque cambia el sentido. Con la tradición transmitimos lo que hemos recibido de nuestros mayores y también de los Apóstoles, que lo recibieron de Nuestro Señor Jesucristo; y nuestros ancestros y mártires combatieron y murieron por transmitir la Fe cristiana, que es nuestro deber seguir transmitiendo con fidelidad. Recibir y transmitir con fidelidad, porque a veces la verdad puede ser adulterada al pasar de unos a otros; tenemos que ser transmisores fieles. Y, en cambio, el traidor, el mercader pésimo que es Judas, da a Jesús, pero no le da almas, sino un beso para entregarlo a los enemigos. Entre el pecador y el santo hay un momento en el que, para no ser pecador, Dios nos da las gracias especiales. Nos avisa: «Os van a excluir de la sinagoga, os van a matar, pero os voy a enviar el Espíritu Defensor». En la Sagrada Escritura también se lo llama el Espíritu Consolador, pero en esta página del Evangelio tan épica y bélica, Nuestro Señor nos dice que nos envía al Defensor: el Espíritu Santo. Con su don de consejo, de fortaleza, de temor de Dios; si no fuera por esos dones, ¿qué sería de nosotros? En la preparación de la fiesta de Pentecostés os invito a reflexionar, a evitar intoxicaros con los comentarios de Instagram, TikTok, Facebook, WhatsApp, los blogs y compañía. ¿Leed… conocéis el relato más actual? Es el Apocalipsis. Si queréis saber qué tenemos que transmitir, leed un capítulo del Evangelio; quedaos con María en el Cenáculo. En estos tiempos en los que no se sabe muy bien dónde está la Iglesia. ¿Está en Roma? No sé. ¿Está en Jerusalén? Ni idea. ¿Dónde está? Como siempre, en el Corazón de su Madre, sobre todo en los momentos críticos, y en el momento tan crítico como es el actual. Cuando los hombres tuvieron la horrible maldad de cometer deicidio, Dios murió, como dice Nietzsche, aunque se olvidó de seguir escribiendo y pasar página, porque Jesucristo ha resucitado. Las palabras de Nuestro Señor prometen que el infierno no prevalecerá contra la Iglesia no han fracasado. La Iglesia está en el Corazón de Nuestra Señora, que es inquebrantable. Es como dice la divisa de París en medio de este tsunami de iniquidad: Fluctuat nec mergitur. No se hundió, no naufragó; flota. Y la Iglesia, como el Corazón de María, sobrellevará esta crisis, aunque reciba ataques terribles. Están atacando a la Virgen con misiles horribles, quieren quitarle y destruir su condición de Mediadora de todas las gracias y de Corredentora —eso ya lo han hecho—, pero ahora han atacado a nuestra Madre y quieren poner en el lugar de la Virgen a la Pachamama. Dicen que es la «Virgen de la Amazonía», pero no lo es; es la Pachamama, la diosa pagana y sanguinaria de la montaña. Por si fuera poco, como una imitación simiesca típica del demonio, metieron en el Vaticano a una «arzobispa» que hace de simia de María y de simia de sacerdotes; y los mismos que niegan la mediación de todas las gracias de María reciben idiotamente la bendición de una persona que ni siquiera es sacerdote, que no puede serlo. Porque la Iglesia no es un grupo de danza ni un equipo de rugby formado por caprichosamente por hombres; es una institución divina, y Dios elige a los sacerdotes entre los varones. Y vemos a ese monstruo —que quizá en su casa es muy simpática cuidando a sus hijos—, pero la vemos hacer de simia de María… no es ni sacerdote ni Corredentora, como lo es la siempre Virgen Inmaculada.

Los hay que creen que no se puede predicar porque no hay que hacer proselitismo, así hablan ahora los sacerdotes que han olvidado las palabras de Nuestro Señor Jesucristo el día de la Ascensión: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio; el que crea y se bautice se salvará, pero el que no, se condenará». Esto es el Evangelio de esa institución divina. De esto depende la salvación de las almas. Y cuando vemos que una casa se quema, y que las personas que están en esa casa se acercan queriendo salir por las ventanas ardiendo, no se puede uno quedar mirando para que llegue el permiso con un sello para salvar a esas almas que se están quemando vivas. ¿Creéis que podemos dejar que las almas se condenen sin darles la absolución, sin predicar el Evangelio, sin celebrar el único sacrificio propiciatorio que existe en el mundo, que es el Sacrificio de la Santa Misa? ¿Creéis que podemos ver con tranquilidad ese espectáculo de la casa que arde con sus habitantes chamuscándose dentro porque «no nos dejan»? Yo no puedo. En el mundo civil se llama omisión del deber de socorro a personas en peligro, pero aquí es el peligro de condenación eterna. ¿Vamos a seguir viendo cómo se condenan los hermanos?

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Rvdo. Sr. D. José Ramón Ma. García Gallardo

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