Un obispo «cowboy»

Si se trata de evitar la persecución, la paz no nos la da el mundo

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Queridos fieles, habéis recibido el sacramento de la Confirmación. Fue un día y de una vez para siempre. Por medio de ese sacramento, la Santa Iglesia nos ha dado el Espíritu Santo, del mismo modo que Nuestro Señor Jesucristo se da todo entero, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en cada comunión. El día de vuestra confirmación recibisteis el Espíritu Santo igual que los Apóstoles lo recibieron el día de Pentecostés. Hoy, en esta festividad, la Iglesia nos pide que meditemos el enorme misterio de la tercera persona de la Santísima Trinidad, de quien nos habló Nuestro Señor Jesucristo y de quien no se sabía nada en el Antiguo Testamento, pero que, gracias a la Encarnación y a la revelación de Nuestro Señor, conocemos y creemos en Él. Lo decimos cuando rezamos el Credo: «Creemos en el Espíritu Santo». En la historia hay tres momentos: el primero de ellos, la creación del mundo del Padre; el segundo, la redención del Hijo; y la tercera parte es el tiempo del Espíritu Santo. A pesar de esa división, en el Génesis se dice que cuando Dios creaba el mundo, el Espíritu de Dios sobrevolaba la faz de las aguas. Por encima del caos informe, el Espíritu Santo puso orden. Por medio de Él también, al inicio del tercer tiempo de la historia, la Iglesia quedó ordenada; por medio de Él los sacerdotes son ordenados y, por medio del sacramento de la Confirmación, sois soldados de Cristo para dar testimonio.

Lo que nos han transmitido los Hechos de los Apóstoles, y que acabamos de leer, es ese acontecimiento: en medio del estruendoso ruido de un viento impetuoso, se produjo la venida del Espíritu Santo. Hoy podríamos decir que también hay una gran tempestad, un gran viento, un huracán que se ha desencadenado en la Iglesia, en la barca de Pedro; en esa Arca de Noé en la cual hemos entrado por la gracia del Bautismo para estar al abrigo del diluvio de la iniquidad del mundo y libres del pecado original. Por encima de esa tempestad está el Espíritu Santo, para calmarla, tal como Jesús hizo cuando estaba en la barca en el lago de Tiberíades y se había quedado dormido: justo al despertar, hizo un gesto y se calmaron los vientos y las olas. Igual hoy, porque el Espíritu Santo está presente en toda la historia de la Iglesia, en todas sus persecuciones, además de en la vida de cada uno de nosotros.

Vivimos una crisis en la Iglesia. A esa crisis se refirió Pablo VI cuando dijo que el humo del infierno había entrado en la Iglesia. Yo creo que habría hecho falta llamar ya entonces a los bomberos, porque aquello que en aquel momento era humo, ahora es un gran incendio que sigue creciendo. Cuando pienso en ese incendio, viene a mi mente la imagen de la Catedral de Nuestra Señora de París devorada por las llamas, que sucumbió en un incendio horrible que se supone que empezó cuando alguien encendió un cigarro. En esta semana os animo a leer la lectura de los Hechos de los Apóstoles de hoy, y su continuación, que nos cuenta lo que sucedió el día de Pentecostés: el primer sermón de San Pedro, el primer Papa, pronunciado con toda su dignidad e importancia. Aquel que había vacilado la fe y a quien las olas estuvieron a punto de tragarse, aquel que había sido cobarde y había traicionado a Nuestro Señor Jesucristo en las horas terribles de la Pasión, después de la Resurrección fue confirmado en la fe por Él, con ese triple acto de amor. Porque sí, amigos, paradójicamente es así como actúa Nuestro Señor, ya que Dios da sus dones sin arrepentimiento. Él ha fundado la Iglesia, conoce su debilidad y sus límites, pero la presencia del Espíritu Santo y su gracia, especialmente desde el día de Pentecostés, dio a esos hombres un valor impresionante. De un momento a otro, San Pedro se levantó. Rodeado de todos los Apóstoles y de los discípulos, con la autoridad que viene de Dios, comenzó esa predicación en la que fue haciendo la exégesis de la Sagrada Escritura y les dijo: Amigos, nosotros estamos alegres, pero no por el alcohol ni por el vino; son las nueve de la mañana. La alegría que tenemos es la del Espíritu, no la de las bebidas espirituosas. Esa alegría llenó su corazón y le dio un valor enorme, rozando, aparentemente, lo que parecería superficialmente una «locura» de borrachos. De esa alegría había hablado ya el profeta Joel, a quien también citó San Pedro diciendo sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne; profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos tendrán sueñosSan Pedro habló lleno del Espíritu de Dios, de la alegría y del valor que van juntos. El Espíritu había venido sobre él para confirmar lo que había anunciado ya el profeta David, según lo que Nuestro Señor había enseñado después de la Resurrección, cuando se encontró con los dos discípulos que iban a Emaús con la cabeza gacha y se puso a contarles cómo en su persona se habían cumplido todas las profecías de las Sagradas Escrituras. Así que San Pedro hizo algo parecido ante todos los judíos que estaban reunidos, porque habían ido desde los cuatro puntos del mundo —hoy se han extendido mucho más, incluso en la Patagonia, donde están quemando los Andes—; pues allí estaban, de todos los lugares de la Tierra, y les predicó con valor y una generosidad increíbles: Aquel a quien vosotros, por manos de inicuos, lo hicisteis morir, crucificándolo, Dios lo ha resucitado, puesto que era imposible que Él fuese dominado por ella. ¡Qué valor! Ya no estaban encerrados por miedo, como cuando hacía no muchas horas tenían las puertas trancadas. El Espíritu Santo le dio ahora esa capacidad de predicar la verdad y decirles: Ha resucitado. Y cada uno le entendía en su propia lengua. Yo me doy cuenta de que vosotros me entendéis en francés, aunque yo no lo hablo bien; así que, al final, si lo entendéis, es porque es un don del Espíritu Santo. El caso es que San Pedro hizo ese reproche, predicó un sermón impresionante; y, sí, bautizó a tres mil judíos ese día. Hacía falta convertirse, estar arrepentidos, pedir perdón y pedir el bautismo. Una vez bautizados, ellos también recibieron el Espíritu Santo después de haber cometido el peor de todos los crímenes: el deicidio, que es matar a Dios. Hay crímenes muy graves, como matar a inocentes o el regicidio en la Revolución Francesa, crímenes de gran amplitud; pero no hay nada más espantoso y más terrible que lo que tuvo lugar en Jerusalén unas cuantas semanas antes: matar a Nuestro Señor Jesucristo.

¿Quién les dio ese valor? El Espíritu Santo dio ese valor a San Pedro, a los Apóstoles, y nos lo da a cada uno de nosotros; nos anima a seguir sus pasos, a tomar nuestra cruz. El Espíritu Santo nos une a la persona de Nuestro Señor Jesucristo. Con mucha emoción escuché hace unos días la predicación de un obispo cowboy, que habla español, y que explicó a los fieles la razón por la cual fue suspendido, soportando el gran dolor de dejar su diócesis y a sus fieles. Pero estaba contento, dijo, de poder sufrir con Cristo: He sido llamado por Él a seguirle en las pruebas, en la tribulaciónEl domingo pasado hablábamos de la alegría de algunos Apóstoles mártires cuando iban a la cruz. Nos acordamos de San Andrés Apóstol, que cantó un himno de camino a la cruz; de otros santos como San Ignacio de Antioquía, si no me acuerdo mal, que rezó una oración extraordinaria antes de ser comido por los leones. ¡Qué valor! Y San Lorenzo, ¡qué alegría en la parrilla cuando estaban haciendo de él una barbacoa, que les dijo que podían ya ponerle del otro lado! Qué valor y qué alegría puede dar el Espíritu Santo en tiempo de tribulación y de perturbación. Hoy, por desgracia, se está renunciando a la verdad que nos ha comunicado la revelación divina, la que nos ha revelado Nuestro Señor Jesucristo. Si se trata de evitar la persecución, la paz no nos la da el mundo. Pese a eso, hoy se nos insta a que hagamos las paces con los enemigos de la paz, que son los enemigos de la gracia y enemigos de Nuestro Señor Jesucristo, y nos dicen que son nuestros hermanos mayores, sugiriendo que pertenecemos a una civilización «judeocristiana». De eso nada: la alianza con el antiguo pueblo quedó finiquitada, quebrada; la Nueva Alianza ha sido establecida con la muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Él nos llama a la conversión en su Iglesia, nos llama a recibir el perdón de los pecados y la gracia divina.

San Pedro predicó: Convertíos a quien habéis matado. Y San Pablo predicó a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los paganos, mas para los llamados, sabiduría de Dios. Nosotros somos cristianos, ¿verdad? Así que seamos sabios. La sabiduría la encontramos en la cruz. Si ante la tribulación me escandalizo, soy un poco judío; si la encuentro estúpida, soy ante todo pagano. Nuestro Señor, a través de la predicación de San Pedro y San Pablo, nos muestra de qué lado estamos. Y sí, estamos llamados a sufrir, aunque por el momento es de una manera de baja intensidad, sabiendo que podemos llegar a ser asesinados por odio a la fe por aquellos que creen que hacen un servicio a Dios, como esos que gritan que Alá es grande y hacen en los cuellos la sourire kabyle. De momento, sin llegar a la muerte física, la persecución está en la muerte social y en ser apartados. La vamos a sufrir por ser fieles a Nuestro Señor Jesucristo. Ante esa perspectiva tiemblan las rodillas, aunque uno tenga un temperamento español y se parezca en algo a San Pedro; da miedo pensarlo. Entonces hay que acudir al Espíritu Santo, que nos dará la fuerza para ser testigos de Nuestro Señor hasta los confines de la tierra. Todos los cristianos debemos tomar como un gran honor sufrir por Cristo, sufrir por la Iglesia, sufrir por las almas. Ya lo decía el obispo cowboy, Strickland, con fuerza y valor, de una manera impactante, hablando con su corazón, con la verdad. Él no adopta un lenguaje de doble sentido al que nos acostumbran tantos obispos masones; nos hablaba del valor que hay que tener para seguir a Nuestro Señor Jesucristo para salvar a las almas. 

El sacrificio está en el corazón de nuestra fe, de nuestra Iglesia: el Santo Sacrificio de la Misa. Es en ese sacrificio, el único agradable a Dios, en el que podremos encontrar nuestra redención. ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos el Santo Sacrificio de la Misa? Es la aplicación aquí y ahora sobre cada uno de nosotros de ese misterio eterno en el cual podemos dar gracias y hacer una adoración perfecta al Padre Eterno, porque es el sacrificio de su Hijo. Y que el Padre Eterno ya lo dijo en el monte Tabor: «Este es mi Hijo amado, en quien he puesto todas mis complacencias». No son algunas complacencias, son todas. Y es a Él a quien ofrecemos, a quien pedimos perdón; en su sangre redentora encontramos la purificación de todas las obras muertas, de todos nuestros pecados. A Él impetramos, porque en este sacrificio alcanzamos las gracias de las que tenemos necesidad, y en concreto la gracia del Espíritu Santo, que nos da el valor y, a la vez, la alegría para poder ir hacia adelante.

Vamos con valor sabiendo que estamos uniéndonos a la redención de Nuestro Señor Jesucristo por la gloria de Dios y por la salvación de las almas: nuestra vida, nuestra sangre, vuestro honor, nuestra reputación, nuestro confort canónico. Hay que salir de la zona de confort, de la que le puede costar salir a los hijos, nietos o incluso bisnietos de los pioneros del combate por la Tradición, porque se han instalado cómodamente. Hoy estamos siendo llamados a una nueva etapa, a un nuevo capítulo. Sin la gracia de Dios, nada es posible; con la gracia de Dios, todo es posible. Y esa gracia, ese Don de Dios, lo hemos recibido en la Iglesia en esta conmemoración litúrgica; por lo tanto, este es el momento en el que se renueva nuestra gracia de la Confirmación. Hemos sido hechos soldados de Cristo, que no es para reunirnos para ir al casino y tomar un licor con pastas, sino que vamos al combate contra los espíritus del mal que están en el aire. Ese es el combate que describe San Pablo, un combate al que vamos con las armas de la Iglesia: las armas de la oración y la lectura de la Sagrada Escritura. Porque, como se dice en español, «católico ignorante, seguro protestante». Un católico que ignora la Sagrada Escritura acaba siendo protestante; el que ignora su catecismo acaba siendo modernista. El que ignora la importancia de la crisis que vive la Iglesia ya lo es, en parte. Precisamente esa ignorancia tiene su raíz en el desconocimiento de la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento. Estamos llamados a servir, a seguir a nuestro Rey, Nuestro Señor Jesucristo. Si vamos al combate con Él, tendremos parte en su victoria. Hoy temblamos porque conocemos nuestra debilidad. No vamos a ganar con el orgullo, vamos a ganar con la humildad. Pidamos estas gracias a la Santísima Virgen María. Ella fue fecunda; en su seno se produjo el misterio de la unión hipostática, de la unión de la naturaleza humana y la naturaleza divina en la persona divina de Nuestro Señor Jesucristo. Fue gracias a su humildad, que es su virtud principal. Con la Santísima Virgen en Pentecostés se forma el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia. Los Apóstoles estaban en el Cenáculo con María, la Madre de Jesús. Ella sigue estando con nosotros, es nuestra Madre; nosotros somos los miembros de esa Iglesia Santa. Y también, como Nuestro Señor, la Iglesia es mártir, testigo de la verdad que es una e inquebrantable; que no evoluciona, que no se adapta al mundo, que busca la paz que promete Nuestro Señor, quien es la fuente de toda paz, y no la paz en el espíritu del mundo, del cual es príncipe el que vive en las profundidades. Hoy, en esta revolución eclesial, se dice que la autoridad tiene que organizarse de forma sinodal, en el espíritu democrático que existe en la sociedad. Pero yo pienso que ese poder no viene solo «de las bases», del pueblo, sino que viene de más abajo todavía; en cambio, todo don perfecto viene de arriba y no de abajo, nunca de la sinodalidad. ¡Qué tiempos estos en los que nos ha dado Nuestro Señor su asistencia! ¿Os hubiera gustado nacer en la Edad Media, cuando era más fácil ser cristiano, o unas cuantas décadas antes, cuando era más fácil también? No os preocupéis, Dios es fiel y nos da las gracias proporcionales y proporcionadas a quien se lo pide, como la Virgen María, con toda humildad.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Rvdo. Sr. D. José Ramón Ma. García Gallardo

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