Persona, dignidad e «Inteligencia» Artificial

Las pruebas de esta inclinación personalista son abundantes, y no quisiéramos cargar al lector con su enumeración

En el día de ayer fue publicada la primera Encíclica del Pontificado de León XIV. Bajo el título Magnifica Humanitas, el Papa deseaba salir al paso de los retos que plantea la llamada «Inteligencia» Artificial desde un prisma católico, o eso era de esperar.

Acierta el documento en señalar la incorrección semántica de emplear el término «inteligencia» (n. 99), dado que no lo es formalmente hablando. También del riesgo de la celeridad con la que se suceden los acontecimientos, que hacen que el empleo de la técnica como base argumentativa se desmorone en cuestión de meses. No debemos, por último, obviar la corrección de la crítica que el Papa Prevost realiza al liberalismo económico, rechazando los sistema de autorregulación del mercado fundados en el egoísmo personal (n. 163) y declarando la integración moral de la propiedad, dentro del orden de los bienes de la res publica (n. 66).

Los problemas vienen, a mi juicio, a la hora de la fundamentación de la respuesta. La vía desde la que se ha de afrontar la problemática reside, en última instancia, en la persona humana y en su dignidad (n. 22). La argumentación en torno al tema no parece que se refiera a la fundamentación metafísica de la persona, «rationalis naturae individua substantia», sino más bien a la «definición» fenomenológica y existencial de la persona propia de la ideología del personalismo. Problema, debe decirse, no inaugurado por León XIV, sino muy anterior y que remonta sus orígenes a Pablo VI y, especialmente, a Juan Pablo II. Desde esta perspectiva, la persona humana no es, sino que se hace, lo que nos coloca en un terreno peligrosamente resbaladizo, confluyente hacia una forma de liberalismo católico, en la medida en que mimetiza persona, sujeto, subjetividad y libertad. La persona se hace con su praxis, con sus elecciones libres. Tal es el fundamento de su «dignidad» como dirá Kant, su capacidad de autolegislarse. Ignorada y arrumbada queda la noción moral de dignidad que distingue Santo Tomás, al que se pretende como autor de conceptos que beben de las fuentes del criticismo o del idealismo racionalista. Las pruebas de esta inclinación personalista son abundantes, y no quisiéramos cargar al lector con su enumeración. Baste referirnos al término del humanismo integral (n. 35) –tomado de Maritain–, de la dignidad absoluta (n. 53), o noción relacional de comunión (n. 135).

El otro frente profundamente problemático es el enfoque que, tarado por la asunción del personalismo, se le concede a la Doctrina Social de la Iglesia. Y no es que los Pontificados previos no hubiesen realizado preocupantes innovaciones. Sin embargo, la lectura de la encíclica nos coloca ante un escenario con severos contrastes, no del todo originales, con la doctrina tradicional. Primeramente, la Doctrina Social ha mutado en cuanto a su naturaleza. Tal y como recordó Pío XII, se asienta sobre la ley natural, sobre el orden de las cosas, mientras que el Papa León parece fundarla no ya en la caridad –como problemáticamente sugería Benedicto XVI– sino en una suerte de dignidad natural-sobrenatural, poseída por el mero hecho de ser hombre, que se confunde con la imago Dei (n. 50). Síntoma, por cierto, claramente personalista, pues «define» al hombre relacionalmente –o sea, fenomenológicamente– y no metafísicamente –la ley natural no es mencionada en ningún momento del texto–. Por otro lado, el tratamiento histórico de la Doctrina Social de la Iglesia es ciertamente irritante. Para llegar al Concilio Vaticano II, clave de bóveda explicativa de la Doctrina Social, hace referencia a la preocupación obrera de León XIII, su actualización por Pío XI y alguna referencia a Pío XII. ¿Y el Syllabus? ¿Dónde quedan las condenas a las ideologías? ¿Qué fue del origen del poder o de la constitución cristiana de las comunidades políticas? El Reinado de Cristo ha desaparecido del horizonte teológico de la Doctrina Social de la Iglesia. Además, ésta ha mutado en cuanto a su perdurabilidad. Frente al carácter definitivo que le reconoce Pío XII, León XIV recuerda con el Papa Francisco la dimensión histórica de la misión eclesial (n. 19). De ahí que su propia finalidad, el bien común, es desleída y vaciada de entidad, y se remite a las ya conocidas «condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (n. 60). Tal parece que la Iglesia ha perdido su naturaleza sobrenatural, pero no de cualquier modo, sino asumiendo que la naturaleza humana, per se, conectaría de manera misteriosa con la misión de la Iglesia, esto es, que la dignidad de la persona es el fin de la Iglesia. La mención al «altísimo valor de los derechos humanos» como fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia es un síntoma más (n. 54), así como las referencias a «autoridades» tales como Martin Luther King Jr., Nelson Mandela o Dorothy Day.

De todo lo dicho se coligen no pocos corolarios infelices, que frustran la solución de un diagnóstico interesante. Quizá el más llamativo de todos haya sido la radicalización del humanismo del bien congénito, que diría Palacios, al afirmar la necesidad de superación de la doctrina de la guerra justa (n. 192). Una interpretación benévola nos hace afirmar que el Papa Prevost ha confundido la cuestión de hecho con la derecho, o sea, la inviabilidad fáctica de la concreción doctrinal es una cuestión de hecho; la «superación doctrinal» no se refiere al hecho en sí, sino que es una cuestión  de derecho. Una segunda interpretación, más preocupante aún, sería que el Papa de Roma, llamado a confirmar a sus hermanos en la fe cree particularmente que la doctrina es, por sí misma, evolutiva en tanto que es objeto de superación.

La evolución y trascendencia del documento la veremos en los próximos meses. Lo que sí parece claro es que nos encontramos ante un esfuerzo seriamente presentado de insertar las contribuciones del último pontificado en la línea con los pontificados previos, como se desprende de las referencias que emplea el documento. Un ejercicio, por tanto, de institucionalización de las innovaciones más cercanas en el tiempo, aplicadas a la contingencia de la IA, tomada como realidad a abordar (cuando no como pretexto). A la Revolución Francesa la ordenó un Napoleón, a la Pepa española el general Narváez, y al Concilio Juan Pablo II y Benedicto XVI. Parece que el Pontificado del Papa Bergoglio ha sido original hasta en esto, y a su caos desatado le corresponde una causa ordenadora. Tal es, en una primera impresión modestísima, el autor que firma la encíclica que comentamos.

Miguel Quesada/Círculo Cultural Francisco Elías de Tejada

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