Montar una ametralladora en el monte santo

el método, a la postre rocambolesco, pasaba por presentarse como una de las alternativas de moda cuando llegaran los procesos democráticos

Don Sixto Enrique y el rey don Javier

Como cualquier movimiento político de arraigo, puede considerarse que el carlismo ha cometido algunas torpezas o errores prudenciales en su historia. Quizá uno de ellos fue esperar lo que no podía ser del régimen del 39.

Ya se ha dicho que el carlismo se opuso esencialmente al régimen personal de Franco. La perspectiva de su oposición, discernidamente cristiana y contrarrevolucionaria, está encerrada en una contundente frase de  don Enrique Barrau hacia el final de la Cruzada: «estamos deseando acabar con los rojos para volvernos contra los azules».

Por esa oposición genuina, el carlismo fue represaliado: todos los círculos fueron expropiados y proscritos (con la excepción de la figura burocrática del Vázquez de Mella). Todas las radios y periódicos (salvo El Pensamiento Navarro). Y todas las agrupaciones de la unión de sindicatos libres (con una estructura mayor que la CNT). Franco desamortizó la Comunión Tradicionalista.

Pero también es cierto que el general supo hacer juegos de equilibrios, y tener en vilo a muchas partes de la sociedad y de los varios poderes, mientras consolidó en España el frágil Estado moderno. Junto con el baile de tendencias (falangismo-opusdeísmo-tecnocracia), una de las estrategias imprescindibles fue el juego de trileros para la sucesión a una eventual e informe monarquía. En ese contexto, Franco tentó sagazmente a la dinastía legítima, en la persona del entonces príncipe Carlos Hugo —que más tarde defectó de su obligación y de su condición—.

Aunque posteriormente se envolvió en una mixtificación ideológica izquierdista, Carlos Hugo no tuvo sonrojo alguno en participar en este juego. El contacto, la cercanía y familiaridad con Franco fueron verdaderamente estrechos. Y seguramente ya se veía sucesor de facto al poder en España, de la mano del dictador. No hubo oposición al régimen que valiera en aquel entonces en los actos de Carlos Hugo. Y sólo después, confirmado su descarte por parte de Franco en favor de Juan Carlos (1969), inventó otra maniobra.

Ni carlismo, ni franquismo, ni marxismo —stricto sensu—. Tristemente desprovisto de la grandeza de sus padres, temerario y ante todo ambicioso… En esa estrecha relación con el pre-democrático Jefe de Estado, Carlos Hugo debió de empeñarse en la idea de obtener el poder del Estado en el momento en que faltara Franco. Con un propósito que cargaba un toque de despecho, si el general no lo eligió, que lo hiciera un maleado y mareadísimo electorado español.

Y el método, a la postre rocambolesco, pasaba por presentarse como una de las alternativas de moda cuando llegaran los procesos democráticos. Había que competir en campechanía.

Sin entrar a valorar la incoherencia o solidez de la ideología que propuso, vamos a mentar al menos el error garrafal táctico en este empeño de Carlos Hugo. Y es tratar de ganar retóricamente —sólo retóricamente— al diverso y fragmentado electorado de izquierdas. Por cierto que no tardó mucho en romper el carné del partido cuya fundación procuró (EKA).

Es difícil ganar jugando fuera de casa, sobre todo si es la primera vez que practicas el juego. Hoy es tan ingenuo como entonces pensar que unas estructuras relativamente organizadas, con compleja carga ideológica, y ante su pasado inmediato —como eran los remanentes de las izquierdas extremas y una mezcolanza de independentistas y corrientes extravagantes—, se dejasen seducir por un príncipe en defección que prometía el oro y el moro. Que sólo con regalarles los oídos con algo de su jerga se dejaran engatusar tanto como Franco lo engatusó a él. Que esos rojillos incautos cayeran en la red.

En efecto, en ese río revuelto fueron más bien las izquierdas las que aprovecharon alguno de los recursos y personal que arrastró Carlos Hugo, más que al contrario. Al menos la  Izquierda Unida —hoy casi engullida— logró consolidar una relevante marca electoral a escala estatal, y dirigir aquel guirigay fragmentario. También el PNV, y posteriormente Batasuna y Bildu, se consolidaron como proyectos con pregnancia regional. Pero no el hugonotismo.

Un viaje para el que no hacían falta alforjas. Vaciar de su significado el nombre los fueros, de justicia, o el de la propia monarquía, no es ni siquiera construir una ideología. Folklorizar una romería venerable, importando elementos de las ideologías más hostiles, tampoco es hacer política. Pretenderse un fredoomfigther frente al dictador, cuando se ha esperado la cómoda designación de su mano, tampoco es ser paladín de la justicia social. Aunque algunos que anhelan más memoria democrática perpetúen esa visión cosmética.

Sin duda, lo peor de su defección fue el naufragio que produjo entre las filas de la Comunión Tradicionalista. Que, en medio de esa zozobra, volvió a reunirse en torno a un Príncipe legítimo: el Señor Don Sixto Enrique de Borbón. Por cierto, quien sí hubo de exiliarse de la España franquista al revelarse  su presencia como recluta en la Legión Española.

Un reciente artículo de Amadeo Rey recordaba a algunos de los más relevantes carlistas y responsables de la Comunión en torno al Señor en los sucesos de Montejurra. Este nombre, ahora de timbre triste, suele tomarse como otro error del carlismo. ¿Pudieron haberse valorado mejor las variables presentes? Es posible. ¿Fue ingenuo esperar que las fuerzas del orden impidiesen un enfrentamiento fatal? Podríamos responder con otra pregunta: ¿quién esperaría que el Estado elaboraría una monstruosa operación mediática y de ingeniería social, que requería muertos civiles, con el fin de dinamitar la Comunión? Otros tendrán que juzgar la prudencia ejercida en aquella difícil situación. Por mi parte, jamás simplificaré como error el hecho de que la Nueva Covadonga, y el Príncipe a su mando, buscaran defender la dignidad de un templo y un monte santos.

Sí diré que, entre todo aquel caos, es delirante suponer que una operación de los servicios del Estado estaba originada en uno de sus represaliados. Y no suponerlo en quien tantas veces se reunió con la cabeza de ese mismo Estado, y que tanto esperaba de él.

¡Quién sabe! ¿Qué no habríamos ganado si Carlos Hugo hubiera sido el rey que estaba llamado a ser? Y continuando con la historia ficción, a tenor de su cosmética oposición democrática: ¿y si, en aquella proscripción franquista, no se hubiera contenido la hostilidad contra la dictadura liberal por que él esperaba recibir el Estado? ¿Y si Carlos Hugo hubiera encabezado una oposición declarada y feroz, al frente de las aún cientos de miles familias carlistas y una sólida organización? ¿Y si hubiera realizado el deseo del corazón de Barrau, y de todos los cruzados: maniobrar esa vuelta para ganar la paz tras vencer la guerra? Carlos Hugo tuvo en su mano hacerlo, pero no lo quiso.

Roberto Moreno, Círculo Antonio Molle Lazo de Madrid

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