Leyenda rosa y nacionalismo hispanista

EL DISCURSO HISPANISTA TERMINA PRODUCIENDO PRECISAMENTE AQUELLO QUE PRETENDE EVITAR: UNA LEYENDA ROSA, UN RELATO NACIONALISTA QUE JUSTIFICA DESDE UN SENTIDO PURAMENTE MATERIAL Y NATURAL UNA OBRA TAN COMPLEJA COMO LO FUE LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Hace algunos años escribí sobre el peligro que encierra para el catolicismo la frase «ni leyenda negra, ni leyenda rosa» , divulgada por el hispanismo, es decir, aquel movimiento ideológico que otorga primacía a lo simplemente hispano. La frase pretendía ser un llamado a no caer en la romantización de la conquista de América, evitando así construir una propaganda opuesta pero igualmente simplista a la leyenda negra. Sin embargo, esta aclaración de por sí problemática, lejos de haber impedido la propagación de una leyenda rosa, la ha terminado posibilitando.

Un reconocido youtuber y streamer español ilustra bien este fenómeno. Aunque loablemente se distingue de otros colegas suyos que, por mantenerse en lo políticamente correcto, abrazan sin más la clásica leyenda negra, él cae en el extremo opuesto, lo que podríamos llamar una justificación puramente nacional del hecho histórico de la conquista de América. Y cuando un hecho histórico se justifica desde el mero sentimiento nacional, se lo condena a permanecer encerrado en el plano «civilizatorio», es decir, en aquellas categorías que los liberales del siglo XIX empleaban para distinguir a quienes acogían las ideas ilustradas de quienes conservaban el antiguo orden político: civilización o barbarie.

La conquista y civilización de América no puede sostenerse en ese plano puramente natural, porque inevitablemente cae en un nacionalismo que separa antes que unir, que alimenta rencores y prejuicios mutuos, obstaculizando la verdadera y posible unificación hispánica e «indiana». Muy al contrario, la conquista de América, aunque verdaderamente providencial, fue también una obra humana, y todo lo humano implica necesariamente limitación, error, pecado e injusticia. Esto lo tenía en cuenta incluso la propia Monarquía Católica, en tanto que el obrar político, e incluso el bélico, estaba ordenado al servicio de la evangelización. Solo desde esta perspectiva puede comprenderse —y solo en este sentido puede calificarse y valorarse de buena— aquella empresa histórica.

Lo civilizatorio, en efecto, es contingente. Muchos exploradores, conquistadores y misioneros se maravillaron del ingenio de los diversos pueblos indígenas, pues aunque en ciertos aspectos resultaban inferiores a los del «Viejo Mundo», ello no los hacía bárbaros en sentido propio. La barbarie no residía en la lengua o en los avances técnicos que alcanzaron —rudimentarios o complejos según el caso— en su contexto histórico, geográfico y temperamental. El problema profundo era otro, vivían en las tinieblas, sumidos en la idolatría durante siglos y en costumbres que los degradaban moral y espiritualmente. Solo en este sentido la conquista de América puede «justificarse», porque fue el medio providencial por el cual estas tierras pudieron ser evangelizadas y, con ello, millones de almas alcanzar la salvación a través de la gracia de Dios, dispensada por la Iglesia de Cristo.

El discurso hispanista termina produciendo precisamente aquello que pretende evitar: una leyenda rosa, un relato nacionalista que justifica desde un sentido puramente material y natural una obra tan compleja como lo fue la conquista de América. Separar la civilización de la evangelización es abrir la puerta a un debate interminable y estéril, porque civilizaciones con identidad e idiosincrasia propias las hay muchas y muy diversas. Pero la verdadera evangelización, y la única salvación provienen del Hijo de Dios, Jesucristo, y de su Cuerpo Místico: la Iglesia.

Gabriel RobledoCírculo Tradicionalista del Río de la Plata

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta