Los juicios del liberal Juan Ramón Rallo sobre el Crédito Social

Uno de los principales representantes de la escuela económica austriaca o neoliberal en el panorama intelectual español de nuestros días, es con seguridad el economista y académico Juan Ramón Rallo, quien ha venido difundiendo desde hace varios años su pensamiento en diversos medios de comunicación, y ha estampado simultáneamente una pluralidad de libros en donde quedan bien delineadas las ideas capitales que lo conforman.

De entre estas obras, una de las más conocidas es la que, bajo el rubro El liberalismo no es pecado, editó en 2011 junto al también economista y catedrático Carlos Rodríguez Braun. El polémico título hacía de contrapunto al famoso tratado que, con el encabezamiento El liberalismo es pecado, dio a luz allá por 1884 el Sacerdote catalán –y por entonces todavía carlista– Félix Sardá y Salvany.

En la Introducción, los Sres. Rallo y Braun remarcan que «el liberalismo pivota sobre la libertad individual», y lo definen como «un referente o un ideal que parte del principio de no agresión, de modo que la Iglesia Católica y cualquier otra organización tiene cabida en él, como también la tienen los individuos o comunidades que defienden el ateísmo militante, siempre que ni unos ni otros recurran a la violencia para imponer a todos la obediencia a su poder, a sus principios y a sus valores». A continuación, añaden como corolario: «Resulta evidente, pues, que Félix Sardá y Salvany hablaba de liberalismo en un sentido diferente a como lo entendemos hoy: claramente se refería al combate del Estado en contra de la Iglesia Católica, un combate que se llevó y aún se lleva a cabo de modo falso en nombre de la libertad». Y concluyen proclamando: «Éstas eran las preocupaciones de Sardá y Salvany en 1884: la secularización y el “ateísmo social”, que equiparaba con el liberalismo. Con independencia de que algunos de los pecados señalados por el presbítero catalán no serían hoy considerados pecados por la propia Iglesia Católica, y algunos tampoco lo serían desde la perspectiva de los liberales, como su sana desconfianza en el arrogante racionalismo que pretende cambiar toda la sociedad, de lo que no pueden caber dudas es de que para él la economía no era el foco de la cuestión. Hoy sí lo es, y por eso hemos escrito este libro, no porque creamos que la economía es lo más importante –para el liberalismo lo más importante es la libertad–, sino porque los antiliberales, los herederos del padre Sardá que insisten en que el liberalismo es pecado, colocan la economía en el centro de su discurso» (pp. 10-11).

¿Realmente «Sardá y Salvany hablaba de liberalismo en un sentido diferente a como lo entendemos hoy»? Sería bueno que los autores repasaran primero la Encíclica de León XIII Libertas praestantissimum –promulgada en 1888, con el subepígrafe «Sobre la libertad humana»–, y reflexionaran después detenidamente si de verdad existe compatibilidad alguna entre las concepciones cristiana y liberal de la libertad.

Descendiendo del terreno teológico y filosófico-político al de la economía, habría que examinar a su vez si el liberalismo económico no será también pecado. La piedra de toque sigue siendo la comparación con el Magisterio eclesiástico, y, en concreto, con aquella rama del mismo a la que comúnmente se califica como Doctrina Social de la Iglesia. Nos parece que los postulados del Sr. Rallo no superan la prueba en este punto. Sí, en cambio, resultan perfectamente ajustadas a dicha Doctrina las propuestas presentadas por el ingeniero británico Clifford Hugh Douglas y que reciben vulgarmente la denominación de Crédito Social.

El Sr. Rallo tiene abierta una página digital propia, y en ella publicó, entre otros materiales didácticos, unos «Apuntes de la Historia de las doctrinas monetarias», divididos en diez lecciones. La Lección Quinta, datada el 9 de junio de 2013, lleva por rótulo «La redefinición moderna del origen y de las funciones del dinero», y está compuesta de diferentes secciones. La que nos interesa es la que tiene por cabecera «El neochartalismo o la Teoría Monetaria Moderna», ya que en ella el Sr. Rallo tuvo a bien meter unas pequeñas anotaciones relativas a C. H. Douglas y el Crédito Social.

El chartalismo fue una teoría propugnada por el economista alemán Georg Friedrich Knapp a través de su obra magna Teoría estatal del dinero (Staatliche Theorie des Geldes) impresa por vez primera en 1905. El epíteto proviene de la voz latina charta, o sea, «carta», en el sentido de documento oficial de la autoridad política, al estilo de Carta Foral, Carta Magna, Carta Puebla, etc. Knapp básicamente sostenía que el dinero era por naturaleza una creación del poder público, lo cual inducía a reconocer su carácter puramente convencional o crediticio (basado en la mera confianza entre los miembros de la comunidad política que lo usan en sus relaciones económicas), y, por ende, su innecesaria y artificiosa vinculación con cualquier patrón o metal (postura esta última conocida en la Historia de la Economía como bullionismo o metalismo).

El Sr. Rallo comenta: «la concepción chartalista del dinero como crédito lleva casi por necesidad a abrazar el pensamiento subconsumista: si los medios de intercambio pueden expandirse ilimitadamente por basarse en el crédito, no habrá ningún motivo para que, ante una caída de la demanda de ciertas industrias por un aumento del atesoramiento de dinero, no se incremente la cantidad de medios de intercambio hasta que el gasto crezca de nuevo y los recursos ociosos desaparezcan. En cierto sentido, además, los dineros naturalmente limitados, como el oro, pueden pasar a concebirse como dineros artificialmente acaparables en contra de la actividad comercial: no existe ninguna razón válida para que un gobierno opte por no contrarrestar el atesoramiento de dinero con la creación de nuevos medios de intercambio para así estimular el comercio; si los gobiernos optan por mantener el patrón oro sólo puede ser para beneficiar a los tenedores del metal precioso en perjuicio del resto de la población». Y cita seguidamente, como supuesto ejemplo de este modo de pensar, parte de un párrafo de la obra del Mayor Douglas Social Credit (1924), el cual preferimos transcribir por entero y que, conforme a nuestra traducción, dice así (seguimos la tercera edición de 1933, editorial Eyre & Spottiswoode, Londres, p. 91. El subrayado es del texto original):

«[Inicio de la cita del Sr. Rallo] El negocio de tratar en dinero como una materia prima es, como ya se ha señalado, favorecido por cualquier cosa que acentúe la escasez de dinero, de modo que cualquier forma de ataque sobre el sistema empresarial, cuyo efecto constructivo es el de apoyar una tributación incrementada, puede, y en efecto, recibe apoyo desde los círculos internos de la Alta Finanza [Fin de la cita del Sr. Rallo]. Puesto que la mayor parte del poder adquisitivo real del mundo está en una forma potencial que no está representada por cifra alguna en ninguna parte, pero que puede ser materializado por aquellos en posesión del secreto del proceso, según y cuando lo requieran, la tributación del poder adquisitivo visible es exactamente lo más valioso para mantener el poder y supremacía –el poder de recompensar y penalizar– de los “hacedores” del dinero. Probablemente no haya ningún movimiento de “nivelación por lo bajo” de cualquier descripción en cualquier parte, que esté desapoyado desde Lombard Street, Wall Street, y Frankfurt».

Dado que la principal mira del Sr. Rallo es la defensa de la libertad –extremo que jamás ponemos en duda–, ¿no debería hacerle meditar un poco esta denuncia del Mayor Douglas que acabamos de trasladar? En cambio, la única consideración que le merece es la siguiente: «De nuevo, no es complicado hallar una fuerte conexión entre el chartalismo subconsumista y el mercantilismo lawista [= de John Law] o el antibullionismo radical de Thomas Attwood que proclamaba a los cuatro vientos que “la guinea se hizo para el hombre, y no el hombre para la guinea”. Dos fueron los economistas que, insertos en la tradición chartalista, más hicieron por propugnar la manipulación de los medios de intercambio con tal de relanzar la demanda agregada: el alemán Silvio Gesell y el inglés Mayor Clifford Hugh Douglas».

Tras ocuparse primeramente de Gesell, el Sr. Rallo empieza abordando la figura de Douglas en estos términos: «El otro economista que más hizo por vincular el chartalismo con las teorías de la insuficiencia del gasto agregado fue el Mayor Douglas. Douglas pensaba que en los sistemas capitalistas existía una deficiencia estructural del gasto debido a la insuficiente creación de “medios de pago” para adquirir toda la producción. El inglés acuñó la expresión del “teorema A + B”, según el cual los gastos de cualquier empresa se dividían en dos grupos: aquellos pagos que se efectuaban a individuos vinculados a la empresa como trabajadores y accionistas (grupo A), y los pagos efectuados a otras compañías por las materias primas, los bienes intermedios o la financiación (grupo B). Douglas pensaba que sólo los pagos del grupo A se convertían en renta (y poder adquisitivo) en manos de los consumidores, si bien los precios de las mercancías debían incorporar todos los costes vinculados al proceso productivo (A + B). En consecuencia, pues, las economías capitalistas adolecerían de una insuficiencia estructural de gasto que las llevaría al colapso. Dejando de lado los errores y confusiones que contenga el planteamiento de Douglas (y que estudiaremos con más detalle en la Lección 7), lo que nos interesa en estos momentos es la explicación que ofrece a por qué, padeciendo tal insuficiencia crónica en el poder adquisitivo, las economías capitalistas han podido funcionar correctamente durante períodos tan prolongados de tiempo. Según Douglas, el diferencial endémico de gasto ha sido cubierto por las expansiones de crédito bancario».

A estos efectos, y como teórica ratificación de lo enunciado, el Sr. Rallo trae nuevamente el trozo de un párrafo de Social Credit, el cual procedemos a transcribirlo por entero con nuestra traducción (op. cit., pp. 87-88):

«Ahora bien, este teorema de que los préstamos bancarios crean depósitos bancarios, y la deducción a partir de él de que la devolución de los préstamos bancarios destruye depósitos, es vital para un entendimiento del proceso que estamos discutiendo. [Inicio de la cita del Sr. Rallo] La deficiencia entre el poder adquisitivo, y los bienes con precios dinerarios adjuntos a ellos, puede ser maquillada (por lo menos en gran medida) mediante este proceso de creación de dinero bancario [Fin de la cita del Sr. Rallo]. Esto permite que el ciclo empresarial se lleve adelante. Y a la inversa, la negativa a crear dinero fresco mediante los métodos bancarios o de otra manera, cualquiera que pueda ser la causa de esta negativa, es suficiente para paralizar tanto la producción como el consumo. No hay duda alguna sobre los hechos; en los pasados tres años hemos tenido las dos condiciones una al lado de otra: en Gran Bretaña, una restricción de crédito y un consecuente estancamiento industrial; en el Continente, emisiones de crédito aumentadas, y gran actividad industrial».

Sin solución de continuidad, el Sr. Rallo apostilla: «Y es que, si bien la generación de dinero era una prerrogativa del Estado, los bancos ostentaban una posición económica que les permite crear discrecionalmente la mayor parte del dinero (en forma de crédito) con el que se realizaban los intercambios». Como pretendida corroboración de estos asertos, el Sr. Rallo reproduce otro pasaje de Douglas, esta vez de su obra The Control and Distribution of Production (1922). El pasaje, recortado en dos fragmentos, está extraído de un párrafo que pasamos a trasladar por completo, y de acuerdo a nuestra propia versión (editorial Cecil Palmer, Londres, pp. 9-10):

«[Inicio de la cita del Sr. Rallo] El dinero es sólo un mecanismo por medio del cual tratamos con cosas: no tiene propiedad alguna excepto aquellas que elijamos darle. Una frase como: “no hay dinero en el país con el que hacer esto o aquello”, simplemente no significa nada [Fin de la cita del Sr. Rallo], a menos que también estemos diciendo: “los bienes y servicios requeridos para hacer esta cosa no existen y no pueden ser producidos, por tanto es inútil crear el dinero equivalente de ellos”. Por ejemplo, es simplemente infantil decir que un país no tiene dinero para el mejoramiento social, o para cualquier otro propósito, cuando tiene la habilidad, los hombres y el material y la planta para crear ese mejoramiento. [Inicio de la cita del Sr. Rallo] Los bancos o el Tesoro pueden crear el dinero en cinco minutos, y lo están haciendo cada día [Fin de la cita del Sr. Rallo], y lo han estado haciendo durante siglos».

Al instante, continúa glosando el Sr. Rallo: «El problema que Douglas observaba en confiarles a los bancos la provisión de medios de pago para cubrir ese diferencial de poder adquisitivo era que, por un lado, los bancos se convertían en los agentes que determinaban la especialización productiva de la economía y, por otro, en ocasiones la prudencia financiera les llevaba a dejar de extender nuevo crédito, lo que provocaba una crisis general por insuficiencia de poder adquisitivo. Con tal de solventar las carencias de la sociedad capitalista, Douglas proponía dos medidas: una, que el gobierno subvencionara, con crédito gratuito de nueva creación, una rebaja de los precios de los bienes de consumo que permitiera su absorción por el poder adquisitivo previamente distribuido a la sociedad; dos, el establecimiento de un “dividendo nacional” financiado con crédito de nueva creación dirigido a rellenar el vacío de poder adquisitivo». Y como pretensa confirmación de lo antedicho, trae a colación otra pieza entresacada de un párrafo de Social Credit, el cual pasamos a copiar en su totalidad con nuestra propia traducción (op. cit., pp. 185-186. El subrayado es del texto original):

«Un método por el que es posible visualizar en una forma familiar la corporeización de semejante conjunto de relaciones [financieras correspondientes a los principios del Crédito Social], es en la concepción de, digamos, Gran Bretaña Sociedad Limitada. [Inicio de la cita del Sr. Rallo] Si imaginamos un país organizado de tal modo que el conjunto de sus habitantes nacidos naturales estén interesados en él en su calidad de accionistas, poseyendo las acciones ordinarias, que son inalienables e invendibles, y tales acciones ordinarias llevan consigo un dividendo que colectivamente adquirirá el conjunto de sus productos por encima de los requeridos para el mantenimiento de la población “productiva”, y cuya apreciación en valor capital (o capacidad de generación de dividendos) está en función directa de la apreciación en el crédito real de la comunidad, tenemos un modelo, si bien no necesariamente un muy detallado modelo, de las relaciones esbozadas [Fin de la cita del Sr. Rallo]. Bajo tales condiciones todo individuo estaría en posesión de poder adquisitivo que sería el reflejo de su posición como “usufructuario vitalicio” de los beneficios de la herencia cultural legada de generación en generación. Todo individuo estaría vitalmente interesado en esa herencia, y su claro interés sería preservarla y aumentarla. Contemporáneamente con esto, él podría ser también un “productor”, y, aunque es probable que el incentivo dinerario en forma de sueldos podría hacerse pequeño en comparación con los dividendos que recibiría como accionista, la relación entre estas dos formas de demanda efectiva ofrece un método flexible de transición desde las disposiciones existentes. Será obvio que semejante conjunto de relaciones no afecta a lo que comúnmente se llama derechos de propiedad, en tanto que estos derechos son derechos “de los consumidores”. Hace a cada individuo inmune a la penalización económica por sus visiones personales, y de este modo forma el único baluarte contra la tiranía, y sitúa los hechos subyacentes de la producción cooperativa bajo una luz en que pueden ser vistos y captados por la más modesta inteligencia. Bajo semejante disposición, los sueldos y salarios se convierten en lo que de hecho son al presente: meramente una concesión de crédito contra futura producción, y una medida de la energía humana puesta en producción. Esta concesión de crédito sería cancelada mediante la reducción contable de los activos nacionales en una medida representada por la suma de sueldos y salarios, siendo asumido, por supuesto, que los sueldos y salarios representan el consumo de bienes sobre un período dado, el cual ha de ser debitado contra la producción del mismo periodo. El dividendo que se declare sobre el equivalente período representa la división de la diferencia entre consumo real y producción real (tanto de productos reales como de capacidad de producción) sobre el mismo período».      

El Sr. Rallo prosigue comentando: «En definitiva, como ya sucediera con el mercantilismo lawista o con el antibullionismo radical de Attwood, la idea de que el dinero (o los medios de pago) era una creación más o menos arbitraria del Estado pronto dio paso a los deseos de instrumentar políticamente el dinero en aras de beneficiar intereses particulares; en el caso de los subconsumistas, los intereses particulares de los productores incapaces de colocar sus mercancías en el mercado: el dinero degeneraba en un mero ticket (como decía Knapp) cuyo propósito se limita a mantener la producción de las mercancías actuales y proceder a su redistribución social, en lugar de ser una herramienta fundamental para el cálculo empresarial y para forzar la corrección de los errores de producción. En este sentido, la liquidez, como estabilidad del valor ante cambios espaciales, temporales y cuantitativos, dejaba de ser la característica más importante del dinero –aquella que permite elevarlo a la categoría de patrón monetario–, para convertirse en un obstáculo a erradicar en aras de maximizar la producción de cualesquiera bienes». Y como presunto refrendo de la opinión recién vertida, el Sr. Rallo recoge una vez más sendas porciones de otros dos párrafos de Social Credit, los cuales ofrecemos íntegramente, igual que en las ocasiones anteriores, con nuestra propia versión (op. cit., pp. 61-63. El subrayado es del texto original):

«“El dinero es un estándar o medida de valor. El primer requisito de un estándar o medida es que sea invariable. El sistema dinerario no está dando satisfacción, el dinero no es invariable, por tanto, el problema es estandarizar la unidad de dinero”. Como consecuencia de esta línea de argumentación, un aturdido mundo es confrontado con propuestas de dólares compensados variando de cuando en cuando en la cantidad de oro que contienen de acuerdo con el índice de precios, e incluso con dinero de tarjeta en el que se perforan agujeros para representar su ajuste con las realidades físicas de la economía. Tampoco el extravío de pensamiento está confinado a los economistas profesionales. Casi la primera idea que parece estar presente a los científicos físicos cuya atención está dirigida a este problema, es algo así como una búsqueda de alguna adaptación a la finanza del sistema de unidades centímetro-gramo-segundo. Sin embargo, [Inicio de la cita del Sr. Rallo] quizás la idea fundamental más importante que puede transmitirse en este tiempo, con respecto al problema dinerario –una idea sobre cuya validez permanece en pie o cae cualquier cosa que yo tenga que decir sobre el asunto–, es que no es un problema de medición de valor. La función propia de un sistema dinerario es proporcionar la información necesaria para dirigir la producción y distribución de bienes y servicios. Es, o debería ser, un sistema “de órdenes”, no un sistema “de recompensas”. Es esencialmente un mecanismo de administración, supeditado a la política, y es porque es superior a todo otro mecanismo de administración, por lo que el control del dinero del mundo es tan inmensamente importante.

La analogía del ticket de ferrocarril “limitado” es, a todos los efectos prácticos, exacta, siendo el ticket de ferrocarril una forma de dinero limitada. El hecho de que un ticket de ferrocarril tenga un valor dinerario adjunto a él es secundario e irrelevante para su principal función, que es distribuir transporte. Una demanda de un ticket de ferrocarril proporciona a la administración del ferrocarril una perfecta indicación (sujeta, al presente, a limitaciones financieras) del transporte que se requiere [Fin de la cita del Sr. Rallo]. Ello permite que el programa de transporte sea trazado, y la disponibilidad de un ticket emitido en relación con este programa permite al viajero del ferrocarril hacer sus planes en la inteligencia de que el transporte que él desea probablemente se llevará adelante. [Inicio de la cita del Sr. Rallo] Es de todo punto igual de sensato argumentar que, porque puede resultar que sólo haya cien tickets de Londres a Edimburgo en existencia, que, por tanto, no más de cien pasajeros pueden viajar, como lo es argumentar que, porque las unidades de dinero resultan ser en este momento insuficientes [Fin de la cita del Sr. Rallo] (ya sean “invariables” o no) [Inicio de la cita del Sr. Rallo], por tanto las cosas deseadas no pueden ser hechas, independientemente de la presencia de los hombres y los materiales necesarios para hacerlas [Fin de la cita del Sr. Rallo]. El argumento sólo asume validez si una deficiencia de tickets es un reflejo de una deficiencia real en el transporte, y no viceversa».

Finalmente, el Sr. Rallo concluye la sección, y su correspondiente revisión de la figura de Douglas con sus propuestas de Crédito Social, con la siguiente crítica: «Como ya dijimos, ni Gesell ni Douglas parecieron concederle demasiada importancia a las malas inversiones y al rol esencial que desempeñaba el dinero para, por un lado, minimizarlas a través del correcto cálculo económico y, por otro, corregirlas en cuanto aparecieran mediante su atesoramiento. Gesell fomentaba que el Estado impusiera un dinero que se pudriera con el tiempo para volverlo inatesorable; Douglas que se repartiera arbitrariamente tantos medios de pago como fueran necesarios para reabsorber toda la producción. Ciertamente, ni de los escritos de Knapp ni, con mayores reservas, de los de [Alfred] Mitchell-Innes se desprende apoyo alguno por esquemas inflacionistas dirigidos a estimular el gasto agregado y lograr el pleno empleo. Pero, como a continuación comprobaremos, a partir de ese momento fueron completamente ligados».

La última frase da pie al Sr. Rallo para iniciar la siguiente sección de la Lección. Lleva por título «La recepción keynesiana del chartalismo», y está consagrada al economista John Maynard Keynes. Dentro de dicha sección, el Sr. Rallo menciona en dos ocasiones, de pasada, a C. H. Douglas. En la primera escribe: «Keynes termina de unir indefectiblemente al chartalismo con las doctrinas inflacionistas sobre la insuficiencia del gasto. En La Teoría General (1936), tras elevar a Gesell a la categoría de “profeta injustamente olvidado” y preconizar que “la ortodoxia carece de respuestas válidas para gran parte de las críticas” del Mayor Douglas, liga claramente el problema de la insuficiencia de demanda y del desempleo a las características del dinero. De nuevo, además, nos encontramos el frontal rechazo a que el dinero tenga un valor lo bastante estable (a que sea líquido) como para actuar de herramienta del cálculo económico (patrón monetario) y de reserva de liquidez (depósito de valor)».

Por la cita truncada que hace el Sr. Rallo, da la impresión como si Keynes prodigara a Douglas las mismas alabanzas que dispensa a Gesell, cuando en realidad el contexto del párrafo de donde se saca dicha sentencia muestra más bien una postura de rechazo hacia el fundador del Crédito Social (tomamos la traducción de la editorial Fondo de Cultura Económica, 1965, p. 327): «A partir de la guerra [= Primera Guerra Mundial] ha habido un diluvio de teorías heréticas de subconsumo, de las cuales las más famosas son las del Mayor Douglas. La fuerza de la tesis del Mayor Douglas ha dependido considerablemente, por supuesto, de que la ortodoxia no tiene respuesta válida para buena parte de su crítica destructiva. Por otra parte, su diagnóstico detallado, particularmente el llamado teorema A + B, está en su mayor parte formado de mistificaciones. […] El Mayor Douglas tiene derecho a pretender, en contra de algunos de sus adversarios ortodoxos, que por lo menos no se ha olvidado de una manera tan cabal del problema más prominente de nuestro sistema económico. Sin embargo, no tiene derecho a la misma graduación –quizá pueda considerársele como soldado raso, pero no como Mayor en el bravo ejército de los herejes– que Mandeville, Malthus, Gesell y Hobson, quienes, siguiendo sus intuiciones, han preferido ver la verdad oscura e imperfectamente en vez de sostener [como Douglas] un error, alcanzado ciertamente con claridad y consistencia y por medio de lógica sencilla, pero con hipótesis inadecuadas a los hechos».

La otra ocasión en que el Sr. Rallo evoca tangencialmente a Douglas en esta sección, es unas pocas líneas más adelante cuando anota: «Pero, además, [Abba] Lerner vinculaba ya definitivamente a la tradición chartalista con la idea keynesiana (en realidad, mercantilista, antibullionista, geselliana y douglasiana) de que, como el Estado es el “responsable de la creación del dinero”, tiene como cometido esencial el de “prevenir tanto las inflaciones severas como las depresiones” a través de la gestión discrecional de su oferta».

Por último, en la siguiente sección, que trae como encabezado «Los neochartalistas», el Sr. Rallo la inicia con el siguiente párrafo: «El neochartalismo o Teoría Monetaria Moderna (MMT, por sus siglas en inglés) coge de Knapp la idea de que el dinero es una criatura de la ley; de Mitchell-Innes la creencia de que todo dinero es, en última instancia, una manifestación crediticia; de Gesell, Mayor Douglas y Keynes el pensamiento inflacionista de que la manipulación de la oferta de dinero constituye el elemento clave para explicar el desempleo; y de Abba Lerner el objetivo dual de manipular la oferta de dinero con tal de estabilizar tanto el nivel de ocupación como la tasa de inflación. En este sentido, cabe decir que la empresa intelectual del neochartalismo tiene dos patas: uno, demostrar que el dinero es una criatura del Estado y que, por tanto, debe ser éste el encargado de regular adecuadamente su cantidad; dos, que en la regulación de esa cantidad deberá atender a conseguir la estabilización macroeconómica».

Y a esto se reducen las referencias del Sr. Rallo a C. H. Douglas y el Crédito Social en sus «Apuntes de la Historia de las doctrinas monetarias». Al final, tras su lectura, le queda a uno la sensación de que Douglas no sería más que un epígono del chartalismo, aun cuando en su bibliografía brille por su ausencia cualquier indicación explícita hacia Knapp o su pensamiento. Igualmente, pareciera como si Douglas fuera poco menos que un compañero de ideología de Gesell, y, en última instancia, prácticamente un precursor de Keynes, quien se habría limitado a sistematizar y poner en orden los mismos principios compartidos, cuando realmente, tanto el uno como el otro, representan una postura antagónica a la de Douglas, como él mismo se encargó de precisar y razonar en diversos artículos y discursos.

Douglas no abogaba por subvenciones gubernamentales, ni fomentaba que «se repartiera arbitrariamente tantos medios de pago como fueran necesarios para reabsorber toda la producción», ni promovía «esquemas inflacionistas dirigidos a estimular el gasto agregado y lograr el pleno empleo». Ni siquiera patrocinaba acción alguna tendente a una suerte de «nacionalización de la banca» ni nada por el estilo. Douglas siempre partía de la finalidad de la actividad económica en una comunidad política: la producción y distribución de bienes y servicios requeridos por la comunidad, y llevada a cabo con la menor molestia posible para la misma. El sistema financiero anejo a una determinada economía civil, debe tener como fin facilitar ese objetivo económico. Douglas localizó la falla en la mala contabilidad social o general auspiciada por el sistema financiero existente, y simplemente se ciñó a señalarla y proponer la correspondiente corrección contable, a fin de que las cifras cumplieran su función de amoldarse a la realidad física de los hechos económicos, en lugar de manipularla y distorsionarla. En cualquier respublica se puede registrar siempre una Hoja de Balance continua o regular, en donde el activo está integrado por los bienes de consumo y de capital tanto naturales como producidos, mientras que el pasivo lo constituyen la paralela consunción y depreciación de los mismos. La diferencia entre ambas cuentas globales valoradas en términos monetarios, arroja un resultado periódico que puede ser en forma de pérdida o beneficio. Douglas sencillamente no hizo más que constatar que ese resultado contable, en las condiciones de producción de los países avanzados a partir de la era industrial, era efectivamente en forma de beneficio. Éste podría monetizarse flexiblemente a través de múltiples mecanismos: descuentos –debidamente compensados– en los bienes-servicios finales puestos a la venta; percepción de dividendos; disminución de impuestos; rebaja colectiva de la parte principal o amortizable de la deuda bancaria, etc. etc., pudiéndoselos usar de manera alternativa o combinada, según dicte la conveniencia y la prudencia. Sin embargo, el sistema financiero adjunto a las economías de esos países no sólo no materializa monetariamente dicho beneficio en favor de la población, sino que además implícitamente viene registrando una situación de pérdida permanente, que se traduce en la práctica en una constante retirada masiva de numerario por medio de improcedentes reclamaciones reiteradas y crecientes de deudas bancarias y tributarias, fenómenos esclavistas con los que tristemente estamos tan familiarizados y que condicionan la vida diaria de las personas. Por lo demás, Douglas tuvo también la oportunidad de constatar en su experiencia que este fraude contable perpetrado sobre la sociedad no suponía un error involuntario o inconsciente, sino que se trataba en verdad de una política perfectamente deliberada e intencionada, dirigida por lo que él designó con el nombre de «Monopolio del Crédito», cuyos intereses creados obstaculizan incesantemente la realización de aquella ligera e imprescindible corrección contable del sistema financiero que suscitaría, como efecto derivado, la libertad económica de las familias y los pueblos, elemento indefectible para la prosecución del genuino bien común.

Respecto a la demostración analítica de Douglas en torno a ese defecto contable, inherente al actual disfuncional sistema financiero y premeditadamente consentido, el Sr. Rallo afirma que alberga «errores y confusiones», y anunciaba que iba a estudiarla «con más detalle en la Lección 7». Esta Lección tiene por epígrafe «La teoría del interés y del capital», pero en ella no se observa el examen prometido de la exposición técnica douglasiana. No obstante, el Sr. Rallo sí decidió finalmente insertar esa revisión crítica en su libro Contra la renta básica (2015), seguramente por haberse imaginado que el dividendo sugerido por Douglas tuviese algo que ver con las proposiciones de «renta básica» o «ingreso mínimo vital» o «renta universal» que se andan pregonando en los últimos años desde distintas instancias más o menos oficiales, e incluso implementando por algunos Gobiernos occidentales. Pero sobre esto ya nos ocuparemos, Dios mediante, en otro momento.

Félix M.ª Martín Antoniano

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