Los pasados uno, dos y tres de mayo se celebró en Cuenca el I Encuentro del Pueblo Carlista, un acontecimiento relevante para la Comunión Tradicionalista en la etapa presente y que, dado su éxito, esperamos que se convierta en un momento señalado en la agenda anual de actos.
Cuando se acude a un encuentro de estas características organizado por primera vez, se va con una mezcla de ilusión, para aquellos de carácter más optimista, neutra expectación, para los flemáticos, o incluso escepticismo, para los espíritus más imperturbables. Sin embargo, creo que se puede afirmar, ya transcurrido un mes, que aquellos días cumplieron las expectativas de los entusiastas y superaron las de los escépticos.
Los argumentos para sostener tal afirmación y las reflexiones a las que nos invitan esos días en la serranía conquense son varios.
Cuando hay que movilizarse unos días de mayo con motivo de un evento de estas características, puede que, inicialmente, muchos de los asistentes hayamos dudado de si inscribirnos o no. Algunos tenemos obligaciones laborales, el deber de llevar al día los estudios, una familia a la que cuidar… O simplemente, puede que algunos de los asistentes sintieran la tentación de quedarse en casa y descansar, pues la vida moderna nos consume imprimiendo una sensación de derrota que invita —por momentos— a anular la mente y ser sujeto pasivo, a «desconectar», según el lenguaje actual. Sin embargo, la acción de acudir a Cuenca, en el caso de algunos, —a quienes admiro— desembarcando con una furgoneta abarrotada de niños desde lugares lejanos de nuestra península, nos recuerda que la militancia en la Comunión Tradicionalista se caracteriza por la lealtad. La lealtad a un cuatrilema que sintetiza nuestra doctrina y cuyo ejemplo vivo son algunas familias asistentes, herederos de generaciones que siguen sin arriar las banderas de la Causa contra la maligna revolución.
Los pequeños actos de servicio, como es acudir a este encuentro o participar activamente en la vida de nuestros Círculos, forjan pacientemente esa lealtad. Según se dijo en alguno de los parlamentos, con motivo de la mentalidad liberal que exuda por todos los poros del hombre moderno, afectándonos también a nosotros mismos, parece que hoy «muchos quieren ser generales y pocos quieren ser soldados». Y es que es fundamental para el desarrollo fructífero de nuestras actividades la colaboración desinteresada, la abnegación en aquellas cosas que no lucen, pero que son el soporte necesario para que el faro brille.
El monasterio de san Miguel de las Victorias, lugar privilegiado construido para honrar la gesta de Lepanto, se erige en un paraje imponente, oculto por las montañas, dominando un cañón cuyo punto de fuga queda a sus pies.
Para aquellos que vivimos en la ciudad, volver ocasionalmente a encontrarnos con la naturaleza nos recuerda que en primavera el campo florece, que si uno alza la vista en la noche cerrada se observan incontables estrellas, y que si se canta el Oriamendi de viva voz a las doce de la noche en medio del monte, el eco genera un efecto que pone la piel de gallina. Verdades elementales que nos recuerdan que somos parte de la Creación, que hay un Orden natural de las cosas y que cuando hablamos en nuestros Círculos de ese Orden y de la Ley natural no decimos locuras, sino verdades asequibles a la razón. Que loco es aquel que desde el bosque de asfalto confunde la luz del cartel publicitario con la de un astro y el canto de un pájaro con el reguetón del vecino.
Sin embargo, en ese bello paraje no estábamos solos, sino acompañados por correligionarios, y muchas de las cosas buenas se vuelven mejores cuando se comparten con la compañía adecuada. El lema del Encuentro era «Todos juntos en unión» y es que la militancia en la Comunión es completamente distinta a la de otros movimientos políticos, guiados por su sedienta voluntad de poder. La militancia en la Comunión se construye orgánicamente desde la base, unidos en nuestros ideales, pero con lazos fraternales. De ahí que el contacto amistoso sea fundamental, ya que de la vivencia surgen iniciativas, ideas, amistades; puede que incluso se haya plantado la semilla de algún proyecto más ambicioso.
La convivencia nos permite observar que el «estilo carlista» tiene una concreción, que hay familias que lo llevan con naturalidad y además viven en siglo XXI. Los adultos pudimos aprender de los buenos ejemplos de algunos de los asistentes, los niños pudieron entablar amistades jugando sanamente, hubo formación, pero también cánticos y tertulias nocturnas. La convivencia nos permite darnos cuenta de que, aunque en nuestro día a día pueda pesar la soledad del desarraigo, hay más personas como nosotros que comparten una forma semejante de vivir y comprender el mundo.
Siempre conviene recordar que, como sabiamente nos recordó el P. Sellas en su sermón de la Misa dominical, la acción política debe ir acompañada de la acción devota, siendo la segunda soporte indispensable de la primera. No podemos caer en la tentación de centrarnos únicamente en la acción política, por muy brillante que sea, olvidando el papel central de nuestra fe, pues como dijo el Apóstol «si repartiere todos mis bienes y entregare mi cuerpo para ser abrasado por las llamas, mas no tuviere caridad, ningún provecho sacaría».
Compartir la Eucaristía, rezar juntos el Rosario y procesionar solemnemente unidos nos recuerda nuestro deber de colaboración en el combate por el Reinado de Cristo, nos muestra de un modo evidentísimo que la convivencia familiar se ve perfeccionada por la Unidad Católica. En este sentido J. Ousset señaló que la acción política debe ser doble y simultánea: evangelizadora y social, para transformar las almas y las instituciones. «Una buena tierra, bien labrada, bien abonada, bien limpia, cada grano, como dice el Evangelio, producirá ‘ciento por uno’. Y, por tanto…, esta preparación de una tierra fértil es, en cierto sentido, lo que realiza, con relación al apostolado propiamente dicho, la buena acción social, cívica, política».
El doble carácter de retiro y convivencia nos devolvió a nuestros quehaceres cotidianos con ánimos renovados y la esperanza fortalecida, una necesaria pausa antes de volver al combate diario.
Por último, hay que agradecer a los organizadores, a los sacerdotes, al coro y a todos aquellos que calladamente colaboraron en la realización del I Encuentro del Pueblo Carlista. Valoramos esta primera edición muy positivamente y ya esperamos con interés la próxima.
Vicent Peris, Círculo Alberto Ruiz de Galarreta (Valencia)
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