Cuando se cumple un mes del I Encuentro del Pueblo Carlista, publicamos uno de los sermones que el Rvdo. P. Juan María Sellas predicó esos días, en concreto, el 1º de mayo.
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En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Venid vosotros solos aparte y descansad un poco. Es que eran tantos los que iban y venían que no tenían tiempo ni para comer. (Mc 6,31)
Este primer encuentro del pueblo carlista lo hemos de encarar con este versículo del evangelio. Jesús nos dice venid conmigo a descansar un poco porque es necesario el descanso, porque el descanso nos prepara para el trabajo, que a la vez éste nos prepara para el descanso, porque nuestra vocación es la de descansar. Hemos nacido para descansar en el cielo, en la contemplación de Dios.
Y lo que vamos a hacer estos días en hermandad es descansar. Porque iban y venían y hay tantas fatigas y tantas cosas y tantas noticias y tantas preocupaciones que el Señor y la Virgen Santísima nos han regalado empezar este mes de mayo con estos días de descanso. San Agustín dice en un sermón que el tiempo de la Pascua, que es el tiempo que estamos celebrando, es figura del descanso eterno; mientras que el tiempo de la Cuaresma es figura del tiempo terrenal en el que tenemos que trabajar, esforzarnos, luchar contra las tentaciones, el mundo, el demonio, la carne, las preocupaciones de la vida, las trampas de Satanás. Entonces, ahora, en este tiempo de Pascua en el que estamos celebrando la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, el Señor nos concede un tipo, una figura de lo que será el cielo. Estos días tienen que ser días de cielo, días de descanso, días de contemplación de la verdad, de la Verdad increada y de toda aquella doctrina de la verdad que el carlismo siempre ha defendido. Así que, ¡bienvenidos al descanso!
Quisiera estructurar este sermón en tres puntos: María, Jesús y José.
María porque estamos iniciando el mes de mayo.
Jesús porque es nuestro Dios. Nuestra Causa está centrada en Él. Trabajamos por su reinado. Y José: hoy es el día de San José Obrero.
María, Jesús y José en este orden. Me gusta mucho insistir en aquella tríada que Santo Tomás de Aquino retoma de San Agustín, quien a la vez la toma de la palabra de Dios. Nuestro Señor, al crear todas las cosas, las dotó con número, medida y peso (Sabiduría 11,20).
Y San Agustín enseña que el número es la especie, la medida es el modo y el peso es el orden. Dicho en palabras corrientes: el número (la especie) es el qué; la medida (el modo) es el cómo; y el peso (el orden) es el para qué, el fin. O sea que hay tres cuestiones, qué es esto, cómo hacemos esto y para qué lo hacemos.
En todo lo que ustedes hagan en la vida, en todas las decisiones que tengan que tomar, en todo lo que contemplen, en todo lo que piensen, hay siempre un qué, un cómo y un para qué. Una especie, un modo y un orden.
EL QUÉ
La especie. ¿Qué soy, qué somos? ¿Cuál es nuestra vocación? ¿A qué te tienes que dedicar? Y aquí está María Santísima. No porque María sea la especie, no porque María sea el qué, porque el qué es Jesús. Pero María Santísima hace referencia a la especie, Ella hace referencia al qué, ¿qué es lo que tú tienes que ser? ¡Hijo! Nuestra vocación es la de ser hijos, hijos en el Hijo. Al final de la misa proclamaremos el prólogo del Evangelio de San Juan: a cuantos lo aceptaron, a los que creen en su nombre, los hizo capaces de llegar a ser hijos de Dios. Y aquí está María Santísima porque sin María no habría encarnación del Hijo de Dios.
Y sin la encarnación del Hijo de Dios, nosotros no podríamos cumplir nuestra vocación de ser hijos en el Hijo y, por lo tanto, no podríamos ser herederos en Cristo y, por lo tanto, no habría cielo para nosotros y, por lo tanto, no habría descanso y, por lo tanto, estaríamos aquí haciendo el imbécil, porque estaríamos viviendo un descanso de dos días, prefiguración de un descanso en la bienaventuranza eterna al que no tendríamos acceso, porque María no le habría dicho sí a Dios. María Santísima no es la especie, María no es el qué, pero María es la que nos da la referencia al qué, a Jesús. Una vocación, la cristiana, que es la de ser hijos en el Hijo, que en nosotros se concreta con la vocación de las Españas.
Meditamos poco en esto, meditamos poco en que somos hijos de Dios, meditamos poco en que somos hijos de nuestros mayores y, por eso, muchas veces el pecado, la acedia o la tibieza acechan nuestras vidas porque no meditamos, no saboreamos lo que somos, ¡somos hijos! En la vida sobrenatural, hijos de Dios, en la vida natural, hijos de nuestros mayores, hijos de las Españas. Tenemos una herencia que hemos recibido, nos debemos a los que nos han precedido, a los antepasados que lucharon y vivieron para que nosotros podamos hoy estar aquí.
Ya sé lo que soy, ¡soy hijo!, hijo en el Hijo. Y San Pablo en la Carta a los Colosenses nos ha dicho, hermanos, caridad, caridad, que es el vínculo de la perfección, porque ustedes son hijos, ¿qué hacen los hijos con los otros hijos? Se aman. Por eso San Pablo ha dicho, caridad, ha empezado la Epístola diciendo, caridad, caridad, que es el vínculo de la perfección, que es lo que estos días hemos de trabajar mucho, caridad entre nosotros, conversación entre nosotros. Siempre en estos grupos hay personas más tímidas, personas más despistadas, personas que necesitan que alguien les dé un empujón; pues hay que tener caridad. Lo fácil es que estés tú en tu comodidad y que te preocupes de tu ombligo. No, no, no, ese hermano que veo que nadie le habla, háblale. Caridad.
EL PARA QUÉ
El orden. ¿Cuál es nuestra finalidad? Nuestro Señor Jesucristo es el orden, es decir, el peso, es decir, la finalidad. Nos ha dicho San Pablo en la Epístola a los Colosenses todo lo que hagáis hacedlo para el Señor y no para los hombres (Col 3,23). Esta es la finalidad.
Y esto es otro segundo punto en el que no pensamos muchas veces. Parece que las cosas las tenemos que hacer para salir bien en la foto, para que nos digan qué bien lo hemos hecho, para sacar puntos para no sé qué cosas. No, no, no, nuestra finalidad es Cristo, es la contemplación, es el gozo con él en la bienaventuranza del cielo.
Y hay un fin intermedio que es trabajar por su reinado social, hacer cristiandad. Ese es nuestro fin, que Cristo reine; ya reina en el cielo, pero quiere reinar en la tierra como medio, como el mejor medio para que las almas se salven. No para que yo me salve solo, sino para que me salve yo y se salven todas las almas. Ese es nuestro fin, trabajar por el reinado social de Jesucristo. Ese es nuestro fin, el descanso de la bienaventuranza eterna hacia el que vamos.
EL CÓMO
El modo. San José. El modo es la medida; todas las cosas tienen su medida. Para muchas personas, la medida es lo menos importante.
Mucha gente dice: No, no, lo importante es el qué; ¡por supuesto que lo es!: es lo que marca la especie. Lo importante es el fin, el orden, para qué hacemos algo; ¡Por supuesto!, porque el fin es la causa de todas las causas, dirá Aristóteles, pero… ¿y el modo? Es la cenicienta de la película. Ese punto del que nadie habla.
El ejemplo que pongo siempre cuando explico esto a los niños de catequesis es: Fíjate; Fernando, necesito un borrador. Fernando, si yo te digo: ve a buscarme un borrador, ¿sabes lo que tienes que ir a buscar? Especie: borrador; ¿para qué?, ¿cuál es el fin del borrador? borrar la pizarra (ese es el orden). Pero toda especie y todo orden necesitan un modo; todo qué y todo para qué necesitan un modo.
Necesita un modo, necesita una medida; porque si Fernando me trae un borrador de 3 metros por 4 metros, yo no voy a poder borrar la pizarra. Las cosas necesitan su medida, para que la especie y para que el orden, es decir, para que el qué y el para qué se puedan realizar perfectamente. Con un borrador gigante yo no puedo borrar la pizarra.
La vocación de hijos de Dios y de hijos de las Españas para trabajar por el reinado social de Jesucristo y para el descanso de la bienaventuranza eterna necesita un modo, una medida. No puede ser de cualquier manera. Por eso los carlistas somos legitimistas, porque esa lucha, esa batalla, esa vida, hay que hacerla de una manera. No vale cualquier manera.
Eso no lo entienden las buenas gentes que con muy buenas intenciones se mezclan en grupos liberales, en grupos medio tradicionales, en grupos que ahora se llaman neoconservadores, conservadores… No se puede trabajar por el reinado social de Jesucristo y no se puede cumplir la vocación de hijos en el hijo y de hijos de las Españas, de cualquier manera. Hay un modo, hay una medida y nos la marca San José.
¿Cuál es el modo de San José? Claro, podríamos decir: Bueno, pues el modo de San José es el que en su humanidad aprendió Nuestro Señor Jesucristo, a comportarse según los modales de San José (modales viene de modo). San José trabajador, San José sacrificado, San José sufriente, San José paciente, San José castísimo, San José obedientísimo… y no acabaríamos, el sermón duraría horas, porque a San José, del que el Evangelio no recoge palabra alguna, el pueblo cristiano le ha dedicado palabras y palabras, sermones y sermones… Pero me quiero detener en un punto muy concreto. San José le da al misterio de la encarnación una medida, un modo concreto, le da la medida justa. (El Evangelio dirá de San José que es el hombre justo, la alabanza más hermosa que se podría dar de cualquier persona, el hombre justo, el hombre de la santidad, entendiendo la santidad en el sentido de aquel que se ajusta al plan de Dios.) Un plan de Dios que no es caprichoso, un plan de Dios que no es voluntarista, un plan de Dios que es sabio, y ¿cuál es el plan de Dios al que se ajusta San José en su medida, en su modo? Es el modo de la legitimidad; por eso San José para el pueblo carlista tiene que ser modelo, tiene que ser patrón, tiene que ser intercesor. Dios se podía haber hecho hombre de mil maneras; vamos a hacer un poco de teología ficción, que tanto les encantaba a los nominalistas: pues Dios se podía haber hecho hombre bajando en un ovni, Dios se podía haber hecho hombre apareciendo en el desierto ya con 30 años, Dios podía haber elegido una mujer especial que sin casarse, pareciera que… No. El plan de Dios es el plan de la dinastía legítima, la promesa que Dios le hizo a David a través de los siglos llega hasta José, hijo de Jacob, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo (Mt 1,16). Este es el modo de San José, que es el modo que Dios elige. Dirán algunos: es que podríamos luchar por España una grande y libre; podríamos, no sé, asociarnos con los romanos y hacer así un golpe de efecto y entonces conquistamos el poder y hacemos que todas las personas por decreto sean católicas y sería fenomenal… No, no es el plan de Dios; el plan de Dios no son los voluntarismos, el plan de Dios no son las derechas desviadas, el plan de Dios no son los liberalismos ni a medias ni enteros ni moderados ni radicales ni de ningún tipo, el plan de Dios no es el apoliticismo en general… El plan de Dios pasa por una dinastía, la legítima, la de David, que es la de José, un rey que es rey por derecho, aunque no lo sea de facto, porque San José no gobernaba realmente, pero era el rey legítimo, era el sucesor de David, el heredero del trono de Jacob, de la casa de Jacob.
Problema: el eficacismo, tan metido en las mentes de los católicos del siglo XXI. Uy, hemos reunido 30.000 jóvenes en la plaza Cibeles… ¡Como si Dios necesitara del número! Por supuesto que Dios prefiere que sean 30.000 a que sean 3, pero Dios lo que mira es si eso se ajusta a su medida.
Con esta tríada (especie, orden y modo) Santo Tomás de Aquino explica en la Suma de Teología qué es el bien. Y esto es muy importante. No basta con decirle al niño que tiene que ser bueno; es necesario explicarle qué es el bien. Pues Santo Tomás para explicar qué es el bien desarrolla esta tríada que san Agustín tomó del libro de la Sabiduría (medida, número y peso): una cosa será buena si tiene su justa medida, si tiene su especie adecuada y si cumple su fin, ¡el borrador de Fernando! El borrador, para que sea bueno, tiene que tener la medida adecuada, ser un borrador y que borre bien, porque si me lo trae ya viejo, eso no va a borrar. A Dios lo que le importa es que seamos fieles al bien que Él nos pide. Él lo perfeccionará, lo rezaremos en una de las oraciones de la misa de hoy. Se lo pediremos por intercesión de San José: ¡Señor, perfecciona nuestras obras porque son tan, tan imperfectas! ¡Nos equivocamos tantas veces!
Los carlistas encontramos en San José consuelo para nuestras almas porque Él era el portaestandarte de una dinastía legítima proscrita, y a Él nos tenemos que acoger, a su intercesión nos tenemos que agarrar. Es el modo de Dios, es la medida de Dios.
Vamos a pedirle a San José en esta misa que nos ayude a interiorizar todo esto. El problema es que las cosas no se interiorizan y como no se interiorizan, pues al final un qué y un para qué sin la medida exacta, sin el modo adecuado, estropea la mejor de las intenciones. La medida de Dios es el modo, es el camino de la legitimidad, es el cauce que Dios ha elegido, es el cauce que Dios quiere, es el cauce de la Tradición. Por eso, San Mateo nos presenta toda la genealogía de Nuestro Señor Jesucristo hasta llegar a José, el hijo de Jacob, el esposo de María.
A San José se le ha llamado «padre adoptivo» o «padre putativo», con más o menos acierto. Francisco Canals propone «padre según el Espíritu» porque mientras los padres de la tierra son padres según la carne, San José está en otro plano superior, que es el plano de la gracia de la unión hipostática. Yo les propongo que a partir de hoy, también llamemos a San José «padre legítimo» de nuestro Señor Jesucristo. Que él interceda por el pueblo carlista.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Padre Juan María Sellas Vila, Círculo Sacerdotal Carlista Cura Santa Cruz
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