El primer sermón pueden leerlo aquí.
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Queridos hermanos, no escapa a la providencia de Dios, sino todo lo contrario, que este I Encuentro del Pueblo Carlista acontezca amparado por este gran santo, San Atanasio el Grande. Ayer por San José, hoy por San Atanasio, confesor ilustre de la fe en la divinidad de Jesucristo, por cuya verdad fue perseguido lo inimaginable, sufrió lo impensable y se mantuvo firme contra todo pronóstico insobornablemente.
¡Cuánto nos dice y nos sigue iluminando la vida y la santidad de ese hombre! A modo de resumen, valga citar lo que dice el Martirologio Romano, donde cada palabra pesa y donde cada adverbio y superlativo no es retórico, sino literal: San Atanasio, obispo de Alejandría, confesor, doctor de la iglesia, celebérrimo en santidad y doctrina, en cuya persecución se había conjurado casi todo el orden, defendió vigorosamente la fe católica desde el tiempo de Constantino hasta Valente, contra emperadores, gobernantes e innumerables obispos arrianos, por los cuales, acosado insidiosamente, anduvo prófugo de una a otra región, hasta no restarle en la tierra lugar alguno donde ocultarse.
Por eso antes, para venir y venerar y celebrar hoy la santidad de San Atanasio, se nos ha dado a escuchar palabras de Cristo y del Apóstol, en la palabra de Dios, sobre la persecución. Yo creo que se llevará una gran sorpresa quien no haya leído nunca directamente el Evangelio y se ponga a hacerlo con limpieza de mirada, ya que la persecución está anunciada por Nuestro Señor como algo tan evidente, que de verdad espanta hasta que entiendes que debe ser así. En efecto, de primeras, quien se haya acercado a la fe, por así decir, con espíritu jovial y de autoconfort, cuando lea de verdad el Evangelio quedará espantado viendo que Nuestro Señor, en repetidas ocasiones, con todo lujo de detalles, sin atenuar ni un poquito las cosas, sin maquillar, sin falsos consuelos, dice a sus discípulos: «vais a ser perseguidos».
Es más, no dice: yo os envío no con los poderes de este mundo, sino como ovejas entre lobos, que es como para mantener un poco la respiración y decirle Señor, ¿seguro? Me habían explicado que era otra cosa esto de la fe, que era para ser feliz, para ser un poco más simpático… Pero, no. Cuando uno lee las palabras de Cristo, de nuestro Divino Maestro, se da cuenta, muy temprano, que Él ha enseñado, porque es así, que la persecución es parte inherente de la profesión de la verdad. En un mundo caído, la verdad no puede ser proclamada sin provocar el rechazo y oposición.
Entre todas las palabras sobre la persecución que salpican el Evangelio, hoy escuchamos una de ellas. Como toda palabra del texto sagrado hay que escucharla en unión con todas las demás, no aisladamente. En ella, en efecto, Nuestro Señor ha empezado diciendo cuando os persigan en una ciudad… Como decía antes, el tono del Señor respecto de la persecución es de tanta naturalidad que uno piensa ¿qué está pasando aquí? Porque dice, sí, «cuando os persigan», como diciendo, «eso va a pasar, o sea, ya está todo previsto, está dentro del guion, no es una cosa que ha ocurrido accidentalmente sin que Yo lo previera»… Saber que Nuestro Señor lo sabe y lo ha previsto nos llena de una paz enorme.
Gran parte de nuestro dolor y sufrimiento cuando llega la persecución, en efecto, es pensar que es como un accidente que ocurre sin que lo sepa el Señor, pero no: Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. En verdad os digo que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del Hombre. Lo primero, pues, la constatación de que la persecución es parte inherente de la fe.
Luego encontramos otra de las notas o principios de la persecución. El Señor manda «huir». Segundo punto. En principio, esto es es algo que dentro de nosotros pudiera parecer que no concuerde con el resto del mensaje evangélico, con la fidelidad de los mártires, con la valentía de los confesores, con el ejemplo del Señor, pero Nuestro Señor habla muy bien y hemos de entender y obedecer sus palabras. Cuando Él nos manda que al ser perseguidos huyamos a otra ciudad, es lo que la doctrina cristiana católica siempre ha entendido: que el martirio no debe ser buscado por sí mismo ni provocar al perseguidor como una especie de locura suicida kamikace. Eso no es parte de la doctrina católica. El martirio debe ser abrazado con total fidelidad insobornable, sí, cuando llegue el momento en que ocurra, pero hasta que llegue el martirio no nos es legítimo presentarnos para que nos maten.
Es el ejemplo no sólo de los santos, sino también del mismo Señor. ¿Cuántas veces fueron a matarlo? ¿Y cuántas se escabulló hasta que llegó su hora? Y esa huida no es cobardía, sino la fidelidad a una misión que es necesario cumplir y que no hemos terminado todavía. Dice el Señor que hay muchas ciudades que predicar, hay mucha verdad que decir. Él mismo, como hemos dicho, hasta que no llega su hora, no deja que le maten. Así los mártires no dejan que los maten y huyen y se esconden, no como algo cobarde sino como una obediencia, hasta el momento en que llega «la hora», el martirio.
La siguiente verdad sobre la que podemos reflexionar es esta naturalidad con la que Él dice si a mí me han perseguido no esperéis que os ocurra otra cosa diferente. El Señor nos dice que vamos a compartir su destino. Aunque esto nos puede asustar de primeras, es sobre todo un gran consuelo. A veces (¿muchas?) nuestra carne tiende a huir del sufrimiento y de la cruz, pero si honestamente miráramos a Cristo en la cruz en cada sufrimiento y dejáramos que nos mirara, ¿de verdad preferiríamos estar en un lugar distinto de donde está Él? Si Él ha sido perseguido, ¿de verdad nos quedaremos cómodos con estar confortablemente sin que nada nos pase?
Si Él ha sido crucificado, ¿habrá un sitio que no sea la cruz, en el que estemos más cerca de Él? Por eso estas palabras del Señor que podrían sonar como amenaza –si a mí me han perseguido a vosotros también–, son una transmisión de su Corazón al nuestro, una invitación a la comunión con Él, que es lo que dota a nuestra vida de todo sentido.
Si Dios nuestro Señor ha sido coronado de espinas, ¿qué haremos nosotros? Sinceramente, mírale a Él y dile Señor, no, yo prefiero otra cosa, prefiero el aplauso, prefiero los títulos humanos… Cuando no lo miramos, sí, anhelamos estas cosas, pero cuando le miramos, entendemos que no. ¡Señor, el gran regalo de mi vida es sufrir un poquito por Ti!
Luego nuestro Señor empieza a decir algo un poco misterioso: «lo escondido se descubrirá, lo que se haya dicho en la oscuridad será dicho en la luz, lo que se dice al oído hay que pregonarlo en la azotea»… Estas palabras del Señor abren para nosotros vastos horizontes de comprensión de lo que es la fe verdadera, de lo que es la doctrina cristiana, de lo que es la vida auténtica. Esta conjunción entre lo de dentro y lo de fuera, lo privado y lo público, lo que vivo en la intimidad con Dios y lo que expreso por fuera, lo que tiene que ver con lo material y lo espiritual, la tierra y el cielo, lo que acontece aquí y lo que se manifestará en el Juicio Final…
Sí, Nuestro Señor es la verdad y la verdad rige igual dentro que fuera, en lo privado y en lo político, en el corazón que en la palabra. Una de las cosas que te conmueven y emocionan cuando descubres la doctrina católica y la filosofía perenne es que te sirve igual para cocinar que para conquistar el mundo. O sea, no cambia el paradigma de la verdad cuando te dedicas a la economía que cuando te dedicas a rezar. No cambia la verdad cuando estás con un niño pequeño hablando de juegos que cuando estás ante un emperador confesando el Evangelio. No hay una moral para unas circunstancias, y otra moral para otras. La verdad es la verdad siempre, siempre.
Y, finalmente, Nuestro Señor nos interpela a no tener miedo. Y esta es otra frase que hay que entender, porque no nos dice que no tengamos miedo «en absoluto», sino que ordenemos nuestros miedos. A veces se cacarean máximas o frases del Evangelio sin relación a la verdad, como diciendo te tienes que alegrar siempre, no tienes que tener miedo nunca, tienes que ser feliz en toda ocasión o cosas así. Pero dichas así, tal cual, tan contaminadas del tufillo de este mundo, suenan a moralismo atroz y destructor. Mi Señor, ¿Tú quieres eso de verdad? Y pareciera que sí, porque dice no les tengáis miedo… Pero a renglón seguido dice no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, no, temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. Nuestro Señor todo lo que manda y dice es con relación a la verdad. Y ningún imperativo está separado de la verdad de las cosas. Y Él no nos manda que no tengamos miedo “en absoluto”, sino que tengamos miedo de lo que hay que tener miedo y menos miedo de lo que no hay que tener tanto miedo. Él ordena nuestros temores como ordena nuestros amores.
Y así como hay un ordo amoris, también hay un ordo timoris. El ordo amoris es el orden del amor por el cual debo amar cada cosa según la verdad que es y según el bien real que hay en ella; y este amor que se me pide dar no es algo nominalista o voluntarista por el que debo amar lo «inamable»… No. Se me manda amar en relación a la verdad de las cosas. Primero a Dios, Sumo Bien, pero no porque sino te agarro del cuello y te mato, sino porque objetivamente es amable. Y de la misma manera cuando nos dice, en segundo lugar, que debemos amar al prójimo como a uno mismo, no nos está pidiendo que amemos lo «inamable», sino lo que hay de amable en cada persona e, incluso, en uno mismo, lo que hay de obra de Dios, lo que hay de «ser» de cada uno: eso es objetivamente amable a pesar de sus «multiplísimas» molestias.
Y del mismo modo, el temor. Lo temible debe ser temido, pero en su lugar, según el orden de la verdad y de la razón; y parte de nuestra locura contemporánea es temer en exceso lo que no debe ser tan temido y no temer en absoluto lo que debe ser muy temido. Y precisamente temiendo razonablemente lo que sí hay que temer, temeremos justamente lo que no es para tanto. ¿Y qué es lo que no es para tanto? Que nos maten. ¿Qué? Sí, que nos maten. Esta es la experiencia de los mártires y los confesores, que claro que temen la muerte, pero no tanto, porque «no es para tanto».
¿Cómo que no es para tanto? Porque existe la vida eterna, existe el cielo y existe el infierno, y para quien teme de verdad la perdición eterna, que le corten un brazo no es para tanto. Dice el Señor no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, como diciendo «en el fondo son bastante impotentes, quienes sólo pueden matar tu cuerpo, sólo te quitarán un poquito de tu ser. No, temed a quien os puede llevar a la gehena». El recto conocimiento de la perdición eterna vacuna nuestro corazón del desorden en el temor.
Y precisamente todo esto es lo que vive el testigo (mártir o confesor) verdadero, el que vive con la mirada en el cielo y en el infierno, en la voluntad de Dios y en la cruz: ése es el que se puede enfrentar a los poderes de este mundo con la tremenda paradoja que explica San Pablo, donde describe cómo es la vivencia de alguien que predica a Cristo y ama a Cristo en medio de este mundo caído: «Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús…».
Concluyamos volviendo, de nuevo, la mirada a San Atanasio, que vivió todas estas cosas. Les animo muy de corazón a contemplar y conocer la vida de San Atanasio, y también todo el contexto en el cual él confesó la fe, porque toda la lucha contra el arrianismo no es una cosa teórica, es algo tan real, una tentación tan constante en la Iglesia. Este estudio sapiencial, por ejemplo, fue para San John Henry Newman, un momento fundamental de su conversión a la Iglesia Católica. El estudio, siendo anglicano, de todo este periodo, de cómo la doctrina y la ideología arriana infectó tremendamente a la Iglesia, cómo y por qué ocurrió, y cómo la fe verdadera se sobrepuso a estas realidades. Hoy le pedimos a San Atanasio el sentido profundo de la fe, el sentido profundo del martirio, el sentido profundo de la confesión de la fe, y vivir todas estas palabras realmente en nuestra vida, no como unas ideas, no como una ideología, sino como la respuesta a la verdad.
Rvdo. P. Tomás Minguet Civera, Círculo Sacerdotal Cura Santa Cruz
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