Ni la vacuidad de la mayoría de los discursos de los teloneros del Papa, empezando por el cardenal Cobo —la jerga clerical es por meliflua cada vez más inaccesible al común de los mortales, legos en sinodalidad—, ni la cursilería y el sentimentalismo, cuando no directamente la obscenidad de los espectáculos que han «amenizado» su visita —en ocasiones más propios de los «cultos» de las sectas protestantes a que desgraciadamente estamos cada vez más acostumbrados— han conseguido empañar del todo la grata sorpresa que me ha producido ver que todavía en esta España descreída la visita de un Papa puede arrastrar a millones de personas en unos pocos días con toda pompa y solemnidad. El motivo de mi disimulada alegría no es otro que el del lamento de cierta tertuliana radiofónica de la Cadena SER estos días: «es que parece que vivimos en un país todavía católico». En efecto, lo parece, y eso ya es algo. Bienvenido, pues, sea el Papa y que se fastidie la tertuliana.
La visita se produce en un contexto típico del parlamentarismo: tirios y troyanos estaban bien dispuestos a tomar al Papa como rehén de sus respectivas banderías. Y así ha sido. Alguien que no haya escuchado el discurso del Papa en el Congreso y debiera informarse únicamente por los medios de comunicación, se quedaría atónito al ver a unos y otros reivindicando al Santo Padre como parte de su negociado ideológico. Todos han visto en las palabras del Papa un señalamiento del adversario. Se entiende ahora un poco mejor la negativa de Francisco de visitar España.
El discurso de León en el Congreso ha sido valiente en un contexto tan desfavorable: desde la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, hasta el reconocimiento de realidades de justicia que superan al derecho positivo y que no dependen de mayorías cambiantes, pasando por la defensa de la familia y de la libertad de enseñanza como derecho inherente a la patria potestad, auxiliado, que no sustituido, por las instituciones educativas. Las referencias a Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, a los Reyes Católicos y la escuela de Salamanca, al Apóstol Santiago y a la Virgen del Pilar pusieron el broche final a un discurso que no ha dejado de tener también algunas sombras. Porque ya he dicho que mi alegría es disimulada y que el contexto, si no ha empañado del todo la visita del Papa, sí lo ha hecho casi del todo.
En primer lugar, uno no puede dejar de lado la frustrante sensación de tener que atender constantemente a magisterios opuestos desde que la doctrina pontificia fuera secuestrada por ese «léxico creado por el personalismo católico» que coloca «datos tradicionales de la moral católica (…) en dependencia de conceptos modernos» (Bernard Dumont dixit). Es aquí donde las contradicciones afloran: aunque el Papa elogie en el Congreso la tradición jurídica y cultural católica española, es esa tradición la que nos interpela constantemente a cada nueva encíclica, a cada nuevo pronunciamiento, a cada nueva defensa personalista de la dignidad humana.
Y en segundo lugar, la defensa de la libertad religiosa en sentido moderno —explícitamente invocada— echa por tierra cualquier aspiración de coherencia práctica con el resto de la predicación. Es muy significativa la ausencia —al menos en lo que va de visita y salvo error por mi parte, pues mi atención ha sido limitada— de toda referencia al Sagrado Corazón precisamente en el mes en que celebramos esta devoción, tan íntimamente ligada a la doctrina de Cristo Rey y que tantos frutos ha dado en España singularmente desde la Gran Promesa al Beato Bernardo de Hoyos («Reinaré en España y con más veneración que en otras partes»). El abbé Barthe ha escrito precisamente en su último artículo de Res Novae sobre el P. Ramière, apóstol de Cristo Rey, y los ultramontanos del XIX que «veían en el Papa, si no al último soberano legítimo tanto espiritual como temporal, en todo caso el más sólido (incapaces, por supuesto, de imaginar que un Papa buscaría algún día para la Iglesia la libertad moderna)».
La visita del Papa nos pone en la ocasión de lamentar por enésima vez que quiera la «libertad moderna» para la Iglesia, pero no dejamos de ver en ella —lo digo con antiguas palabras de Mons. Barreiro Carámbula— «pequeñas señales de esperanza que calman nuestra impaciencia», a veces «motivada por el sentimiento personal de haber alcanzado el límite de nuestra capacidad de soportar los malos tiempos en los que vivimos».
Manuel Sanjuán, Círculo Cultural Juan Vázquez de Mella
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