Como cada año, este 13 de junio la Iglesia celebra la fiesta de uno de sus santos más católicos (en tanto universalmente querido y venerado): San Antonio de Padua o, mejor, de Lisboa. No me ocuparé hoy, sin embargo, de su vida, testimonio excepcional y sobradamente documentado de amor a Cristo y a su Madre. Me centraré, en cambio, en una de las más famosas iniciativas fundadas en su honor por un renombrado literato tradicionalista de la segunda mitad del siglo XIX.
Tradicionalista era, en efecto, don Antonio de la Cuesta y Sáinz. Hijo de Pedro de la Cuesta Rodríguez y de María Sáinz y Fernández, nació en tierras burgalesas en 1864. Cabe anotar que a su padre y a uno de sus hermanos (también llamado Pedro) los encontramos en las páginas de EL PENSAMIENTO ESPAÑOL ―periódico entonces neocatólico y posteriormente carlista― firmando una súplica dirigida a la Usurpadora Isabel (II) con el fin de disuadirla de su propósito de reconocer al infame Reino de Italia, situación que finalmente se verificó en 1865.
Un jovencísimo Antonio se sumará, por su parte, a la protesta de adhesión a la Santidad de Pío IX elevada por EL SIGLO FUTURO (que a la sazón era uno de los más importantes diarios carlistas) en 1877 con ocasión de la pérdida de sus Estados y de su forzada reclusión en el Vaticano; en la que también participó toda su familia. Hay que resaltar que esta iniciativa estaba encabezada por las más notables figuras de la Comunión Tradicionalista de la época: las primeras firmas fueron las de D. José María Benito, ilustre obispo de Daulia; Cándido Nocedal, director de la prensa carlista y futuro jefe delegado de Don Carlos, y la de su hijo Ramón; León Carbonero y Sol; Francisco Navarro Villoslada; Vicente de la Hoz y de Liniers, hijo de don Pedro de la Hoz, director de LA ESPERANZA; Gabino Tejado; y Ceferino Suárez Bravo; entre muchas otras.
De la Cuesta también participará en varias publicaciones católicas y tradicionalistas de las últimas décadas del siglo. Destacamos de dicho periodo una oda de su autoría dirigida A la Unión Ibero-Americana, publicada en 1889:
Y á los castillos y león hispanos
Unidas vuestras águilas y soles,
Bendiga el cielo nuestro amor de hermanos.
¡Amad á vuestra América, españoles!
¡Amad á vuestra España, americanos!
Ya a partir de los años 90 vemos su firma en numerosas páginas de EL SIGLO FUTURO, distribuida entre crónicas, adhesiones, cuentos y poemas, lo que da cuenta de su adhesión al cisma nocedalino. Para la muestra transcribo del insigne periódico integrista algunos de sus versos dedicados a la Virgen de los Dolores:
Si sabes qué es llorar, Virgen María…
una lágrima sola de tus ojos
á este pobre dedica, Madre mía.
Se sabe también que fue director del periódico integrista La Cantabria ―que se definía como diario católico-fuerista y desde el cual, hay que decirlo, se atacaba a la comunión carlista― y que escribió aclamadas obras como La mujer rehabilitada por María y Algo de poesías. También consta que mantuvo amistad con el polémico P. José Domingo Corbató.
No obstante, el fruto más célebre de don Antonio será El pan de los pobres, revista mensual de temas religiosos dedicada a expandir por todo el mundo hispanohablante la devoción a su santo patrono, San Antonio de Padua, y particularmente la obra de misericordia que le da nombre, así como su Pía Unión. Fundada en Bilbao el 13 de abril de 1896, la publicación obtuvo la bendición de varios pontífices, siendo el primero de ellos León XIII. El fundador, por su parte, recibió la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice.
En el número del 13 de diciembre de 1897 don Antonio realizó una sucinta exposición de motivos de la revista:
«Comprendiendo que el pavoroso problema social tiene su única solución en la Caridad Cristiana, como extensamente lo ha demostrado el gran León XIII en su monumental Encíclica sobre el Estado de la cuestión obrera, [El pan de los pobres] procura con todas sus energías difundir la obra de los cepillos, medio por el cual se establece un íntimo lazo de unión entre el que agradecido á los favores del santo Taumaturgo deposita la limosna, y el pobre que, al recibir el pan de San Antonio considera la bondad de la Divina Providencia, é iluminado su entendimiento con los esplendorosos rayos de la Fe, siente inflamarse su corazón bendiciendo reconocido la mano que en nombre del glorioso Paduano le socorre».
Evidentemente quedaría incompleto este artículo de no hacerse referencia a la obra de misericordia que da título y propósito a la revista. Consiste, pues, el pan de San Antonio, en ofrecer al santo una determinada limosna, que debe destinarse a los pobres, a la vez que se le implora un favor. Es probable que esta práctica tuviera origen en tiempos inmemoriales, pero vino a extenderse tras propagarse la noticia de cierta dama francesa del siglo XIX, que, tras haberle ofrecido al santo pan para sus pobres, logró abrir una cerradura desvencijada sin tener que forzarla.
Debido a la más que comprobada asistencia del taumaturgo portugués, fueron innumerables las parroquias a lo largo y ancho del planeta en las que se estableció la obra, fomentado la caridad entre los pueblos cristianos[1]. Y es que, en palabras de don Antonio, «el principal fin de la obra del Pan de los Pobres es nuestra santificación por medio de la caridad y el amor de Dios y del prójimo».
A día de hoy la revista sigue siendo publicada ―ya despojada de su connotación tradicionalista inicial― por la Sociedad de San Vicente de Paúl, tras haber sido cedida por uno de los hijos del fundador en 1976. No obstante, en sus páginas marcadamente antonianas se sigue evidenciando la constante protección del gran lisboeta, cuya veneración parece no decaer con el paso de los años.
Vaya este artículo en honor de don Antonio, de nuestro querido santo ―a quien debo las gracias más importantes que del Cielo he recibido― y de sus amados pobres.
A.M.D.G.
Un devoto de San Antonio.
[1] A modo de curiosidad, vale la pena consignar en estas páginas que desde El pan de los pobres se promovió a finales del mismo siglo XIX la intercesión del santo de Lisboa para encontrar los restos del P. Bernardo de Hoyos, S.J.; pero hasta ahora, como bien sabemos, no se ha obtenido la gracia.
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