Vigilad

Queridos fieles, querida Casilda:

Me vais a perdonar que predique sobre lo mismo que he predicado para este domingo III de Pentecostés en la misa de primera hora de la mañana. En el Evangelio se hace una llamada a la vigilancia; esto es de extrema actualidad para todos y cada uno de nosotros, porque estamos rodeados de enemigos por todas partes. La Epístola de San Pedro de este domingo nos dice frases que rezamos en el oficio de completas antes de dormir: «Sobrii estote et vigilate quia diabolus, adversarius vester, tamquam leo rugiens circuit, quærens quem devoret: cui resistite fortes in fide». O sea, hermanos: sed sobrios y estad vigilantes, porque el demonio, como león rugiente, anda rondando buscando a quien devorar; resistidle firmes en la fe. Nuestra Madre la Iglesia tiene una manera un poco extraña de mandarnos a dormir, como veis: «Hala, hijito, vete a dormir, duerme tranquilo, pero vigila porque el demonio busca, como un león, a alguien a quien devorar», como si vuestra madre os enviara a dormir y os dijera «hijo, duerme tranquilo pero cuidado con el coco, que da vueltas alrededor de casa y te puede devorar». Esto no es el cuento de «Caperucita Roja», sino una realidad. Nuestro Señor lo repite varias veces en el Evangelio: «Vigilad». De una manera muy explícita, especialmente, por ejemplo, cuando les dijo a los apóstoles: «Vigilad, el espíritu está pronto, pero la carne es débil». En nuestra vida, ¡cuántas veces hemos lamentado cosas trágicas! A veces se dice al final: «¡Uy, no la vi venir, nunca hubiera imaginado que hubiera podido pasar esto!». ¡Qué ingenuos! Hermanos, ¡sed sobrios y vigilad!

Esa vigilancia responde a un instinto que estamos perdiendo en esta sociedad que dedicada al suicidio colectivo propio; es una sociedad que muere, una Cristiandad ya en su agonía. ¿Qué es lo primero que se perdió? La vigilancia ligada al instinto de supervivencia. Cuando yo era pequeño y vivía en La Pampa, veía en otoño la llegada de muchos loros barranqueros. Llegaban a comer las semillas sembradas a las que son muy aficionados. Iban a la pradera, rompiendo la tierra y buscando las semillas con el pico, pero siempre hay uno que se queda en un arbusto, en un arbolito, en un punto más alto. Entonces él hace guardia y observa. Si queréis acercaros —porque es un espectáculo alucinante ver ese tapiz verde de loros barranqueros—, si os acercáis, el vigilante lanza un grito de alarma y todos los loros que están formando ese tapiz verde elevan su vuelo y salen como una nube verde; y todo porque les han dado el grito de alarma. Algo parecido también se lo he visto a los guanacos, que suelen ir en manada, especialmente las hembras y los cachorros. Estos últimos corren bastante riesgo ante los pumas. Se reúnen los guanacos en un grupo, pero en una altura se queda el guanaco jefe, que vigila. Tiene todos los sentidos en alerta: abre los ojos para vigilar todo el horizonte de La Pampa y no deja de mirar, tiene las orejas tiesas, atento al más mínimo ruido, y de vez en cuando olfatea el viento. Tiene todos los sentidos dispuestos para vigilar. Mientras tanto, el puma trata de acercarse antes de que salgan a toda velocidad, como un ciervo o un antílope, y se acerca en silencio hasta el momento en que el guanaco jefe lo huele. Entonces, el guanaco jefe da un grito, un gemido, y todos salen corriendo a toda velocidad. Así que, si se quiere hacer chorizo de guanaco con carne de jabalí, hay que ir en dirección contraria al viento, porque si no, lo va a oler; y hay que ir pegado al suelo, porque si no, lo va a ver y en absoluto silencio, si no, lo va a oír. Es increíble que los periquitos y los guanacos sean mucho más inteligentes que los hombres, que bajamos la guardia y dejamos de estar vigilantes. ¡Qué gran peligro para esta sociedad que tiene ojos y no ve, oídos y no oye! Van por el camino, no escuchan nada, van con su walkman o sus cascos, se supone que escuchando rock and roll. Tampoco ven nada, lo cual es muy peligroso para circular en Francia, porque ya no es que te puedas llevar por delante de noche a un jabalí en el campo, sino que en la ciudad te puedes llevar por delante a un idiota que va a atravesar la calle mirando su móvil. Y es mucho peor llevarse a un idiota de estos que a un jabalí.

Los animales tienen ese instinto de supervivencia y vigilancia más activo que los hombres. Los hombres de hoy hemos perdido ese instinto de supervivencia, de vigilancia. Hemos perdido el sentido de vigilancia espiritual que nos permite «oler las cosas», aunque no las veamos y no las oigamos; oler las cosas en ese discernimiento de espíritus, porque el diablo no necesita echarse la siesta, no se cansa; es malo, pero no idiota. Si no estamos vigilantes, seremos devorados.

Esa labor de avisar y de dar el grito de alarma es tarea del guardián del rebaño. Yo soy un gaucho y nuestro Señor me ha elegido para ser guardián de sus ovejas. En mis 36 años de sacerdocio jamás he querido ser un perro mudo. Cuando he sentido llegar al puma a una familia, a una comunidad, a una escuela, he ladrado. He ladrado también en prioratos, en parroquias, en comunidades. Y así, de vez en cuando, ladro porque no soy un perro mudo. El oficio de cura es una vida de perros y acaba uno apaleado. El peligro también es acabar, por lo tanto, como un perro cobarde que no ladra, como un caniche que quiere dormir entre buenas telas; pero si uno es un buen mastín, un buen perro que protege el rebaño del Amo, hay que ladrar e incluso, de vez en cuando, morder. El oficio del mastín es defender al rebaño y esa es la obligación de un sacerdote. También es la obligación de un padre de familia, porque Dios le ha confiado su rebaño, su manada. Esa es la misión que tenemos unos y otros: vigilar para sobrevivir. Y no podemos decir, como Caín: «¿Es que soy yo el guardián de mi hermano?». A veces alguna mujer me dice: «Pero es que, ¿yo soy la guardiana de mi marido?». Y yo le digo: «Pues claro, señora, despiértese y espabile». Y lo mismo le digo a los maridos que dicen: «Yo confío en mi esposa, que haga lo que quiera». Pues despiértese, señor. A veces hay cosas que no se ven venir y que no se oyen venir, pero se huelen antes de acabar como un ciervo de Dios, con una gran cornamenta. ¿Qué pasa cuando los padres son negligentes y no vigilan a sus hijos? El diablo tiene un odio especialmente particular por las almas inocentes. ¡Qué responsabilidad tienen sobre los hijos que Dios les ha confiado! El Santísimo Sacramento y la inocencia de los niños es lo que más odia el demonio. No por nada nuestro Señor dijo: «Cuidado con el que escandalice a un niño, atención». No le promete vacaciones precisamente, sino una piedra atada a su cuello y ser arrojado al mar, para ser comido por las pirañas o los tiburones, aunque mucho peor es ser comido por el demonio durante toda la eternidad. Vigilad a los niños, vigilad su inocencia como vigilaron San José y la Santísima Virgen María; y si hay que salir corriendo a Egipto, pues se hace. El diablo no descansa. El diablo inspiró al corazón de Herodes atacar a los inocentes y matarlos. Y queridos padres, Herodes no ha muerto; el espíritu de Herodes vive en los Herodes modernos que hacen todo el daño posible a la inocencia de los hijos en los hogares, en nuestra familia, en las comunidades y escuelas.

El trabajo de vigilar es agotador. Nuestra vida de perros nos obliga a ladrar, y esto no solamente es propio de un simple sacerdote como el padre García: ese es un deber superior en el caso de los obispos, y es justo lo contrario lo que sucede en la actualidad. Me dan pena los discursos que he escuchado al Sumo Pontífice en su último viaje a España. Y no solo porque uno se duerme con su tono de voz monótono, sino porque en su mensaje no hay vigor: no sabe ladrar. Y despertar… hay que ladrar, no es complicado. Pero no, ahí está con su tono monótono porque «no hay que perturbar la paz, la paz es lo más importante». «¿Nos vamos a salvar? Claro, mahometanos, vosotros vais a ir todos al cielo; y budistas, vosotros también, muy tranquilos, vais a ir todos al cielo». ¡Que no! Que se van a condenar. Por eso tienen que vigilar. «Resistite fortes in fide», defender la fe, defender la vida de las almas. Sin la fe, las almas están muertas; sin la fe no se puede agradar a Dios, sin la fe no se puede ir al Cielo. Hay que ladrar como el perro de Santo Domingo, que representa en un perro con la misión de la Orden de defender al rebaño. Y ahora vemos cómo se duermen las conciencias y se les dice: «Todos vamos a ir al paraíso». Pero es que eso no es verdad; no va a ir todo el mundo al paraíso. Algunos sí se van a salvar, pero no todo el mundo. Despertemos la conciencia. Yo recibí el sacerdocio del Obispo Williamson, y él me decía: «Nuestro Señor dice: vigilad y rezad. Primero vigilar». No nos durmamos.

El otro día sucedió una catástrofe en una familia y me dijeron: «No la vimos venir, hay que rezar». ¡Que no! Que primero hay que vigilar, despertad. Esto no habría pasado si hubierais estado vigilantes como el guanaco jefe. Habéis perdido el sentido de vigilar. Vigilar es la prioridad: primero vigilar y luego, también, rezar. Es el mensaje para no quedarnos dormidos; por eso yo a veces cuento alguna anécdota en el sermón, para que no os durmáis. Pero, sobre todo, no hagáis la siesta durante vuestra vida cristiana. El enemigo os odia. Él no puede tocar a Dios, no puede hacerle daño, pero la manera que tiene de luchar contra Dios y de manifestar su odio es atacaros. Si Dios es amor, el demonio es el odio. En el modernismo se disfraza para darse un aire bonito: «¡Ay, ¡qué bonito es el conejito!». Pero, cretino, ¿no ves que detrás de esa careta hay un lobo? Hay que discernir. Hemos dormido nuestra conciencia ante el peligro de ver los daños del enemigo: del enemigo que entra en la Iglesia y la arrasa, del enemigo que entra en la patria y la arrasa y la destroza. En lugar de ver lo que les está pasando a los cristianos que están en Palestina masacrados, y a los cristianos de África, también masacrados… Aquí se deja entrar a todo el mundo. ¡Qué gentil y amable dejar entrar a todos los zorros en el gallinero! Pues no, la labor del pastor no es esa; el pastor debe ser un perro que defiende a su rebaño. El modernismo no despierta a nadie. Deja dormir a todos. Los modernistas me recuerdan a esos urbanitas que van de vacaciones a algunos pueblos y aldeas y se enfadan porque, por ejemplo, el canto del gallo los despierta, el sonido de las campanas tampoco les gusta. Eso hacen hoy bastantes obispos modernistas cuando invitan a la paz. El Arzobispo Lefebvre habló hace décadas de los peligros del Islam en nuestras sociedades y pueblos, de los peligros del modernismo: le aplicaron todo el peso de la ley, de esa ley a dos velocidades que tienen.

¿Qué será de un sacerdote que sea un perro mudo? Me encantaría deciros: «Echad la siesta, dormid y descansad, sobre todo ahora que empiezan las vacaciones, relax». No, pues al revés: en vacaciones, atención. Dios nos ha dado un ángel guardián al que a veces tenemos como a un perro apaleado; nos da inspiraciones, nos llama y no lo escuchamos. Pero Dios no es traidor, porque el que avisa no es traidor, y nuestro Señor nos ha avisado: atención, nos jugamos nuestra eternidad. Ese es el trabajo del Buen Pastor que hemos meditado hace algunos domingos después de Pascua. Es el trabajo que concierne a todos aquellos a los que Dios ha confiado almas: a los padres de familia, a las madres de familia, a hermanos mayores, a hermanas. Nos jugamos la eternidad. Hoy el mundo os dice: «El mundo es amable, no es el enemigo, no hay que enfrentarse, hay que adaptarse al mundo». Pero, ¿qué es esto? Así no vamos a tener nunca paz, porque la paz de Cristo no es la paz del mundo. ¡La paz del mundo es una paz mentirosa! Y se dice: «No es un enemigo la carne… En nombre del amor se pueden hacer muchas cosas», ah, ¿sí? Toca empezar a ladrar y eso molesta. ¿Pero qué podemos hacer? ¿Ser también perros mudos? ¿Ser cómplices? ¡No! Que el diablo es muy amable… Sí, claro, ya se ve cómo reciben a la Pachamama o a Buda sobre el tabernáculo. Todo va bien… la falsa paz. Sí, la FSSPX va «a cometer un gran crimen»: perturbar la paz, porque sus obispos van a ladrar al mundo. Y la reacción es parecida a la del alcalde de Yvri-Sur-Seine aunque permite a los mahometanos asistir con sus signos a los Plenos municipales supuestamente laicos, gritó: «¡Crimen político!», cuando vio que uno de los concejales sacó una cruz y rezó un avemaría. Un gran crimen político, el avemaría… ¡Cómo molesta lo que despierta! Lo que despierta del falso espíritu de concordia del mundo, de la falsa paz del mundo.

Y así lo dice San Pablo en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 20, cuando habla a los sacerdotes de Éfeso: «vosotros sabéis desde el primer día que llegué a Asia, cómo me he portado con vosotros todo el tiempo: sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y pruebas que me sobrevinieron por las asechanzas de los judíos, y cómo nada de cuanto fuera de provecho he dejado de anunciároslo y enseñároslo en público y por las casa, dando testimonio a judíos y griegos sobre la conversión a Dios y a fe en nuestro Señor Jesús». Y así recibió el maltrato de los judíos, que no han parado y no piensan parar de maltratarnos. Y hay que vigilar, les dice a los que tenían cargo de almas: «Mirad, pues, por vosotros mismos y por toda la grey en la cual el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la Iglesia del Señor, la cual Él ha adquirido con su propia sangre. Yo sé que después de mi partida vendrán sobre vosotros lobos voraces que no perdonarán al rebaño. Y de entre vosotros mismos se levantarán hombres que enseñen cosas perversas para arrastrar en pos de sí a los discípulos. Por tanto, velad ». El que habla así es San Pablo en los Hechos de los Apóstoles. Nos gustaría que las cosas fueran diferentes, pero entre nosotros se alzan obispos lamentables. Hay sacerdotes que no son de la Fraternidad y que celebran la misa tradicional en medio de circunstancias terribles. No os cuento las circunstancias para que no veáis qué degradación, qué perversión, la corrupción no solamente doctrinal —porque ya no hay doctrina—, no solamente litúrgica —porque ya no hay liturgia—, sino de costumbres. Pero, como dice San Pablo, negro sobre blanco: vendrán lobos que no perdonarán al rebaño. Es una situación de crisis dramática, porque alguien dirá: «Sí, ya sabemos que la Fraternidad dice que hay estado de necesidad». Pero ¡cuántos fieles podrían hablar!, ¡cuántos ejemplos cotidianos nos confirman la acción de algún lobo vestido de cordero que se dice sacerdote de Jesucristo! En la crisis que vivimos… Hay que pedir el valor de la perseverancia; y vigilar, y siempre cuidar cómo está el corazón de nuestros niños, porque son muy grandes los peligros en los que vivimos.

Querido señor, querida señora, nuestro Dios os ha confiado a Casilda. Espero que crezca en sabiduría y gracia. Hoy nuestro Señor se le da por entero a ella; no solamente la ama con todo su corazón, sino con su cuerpo, su sangre, su alma, su divinidad, como Casilda, que se da a nuestro Señor Jesucristo. Que sea como las vírgenes prudentes que esperan la llegada del Esposo. ¿Estáis entre las vírgenes locas o las vírgenes prudentes? ¿Dormís acaso o estáis atentos y vigilando? Es que si la lámpara de vuestro aceite se está apagando, es preciso llenarla. Mucho cuidado si empieza a apagarse, porque en el último minuto los familiares y amigos no te van a dar nada y os podéis quedar fuera fuera. Por eso, no solamente hay que tener el vestido para entrar en el palacio para el festín de bodas, sino la lámpara encendida. Vigilad como las vírgenes prudentes. Casilda espera la llegada del Esposo, sus padres también. Y si los padres y familias vigilan, la casa estará guardada. Que los ángeles guardianes nos ayuden a perseverar: no nos desanimemos con los palos que recibimos en esta vida de perros.

En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Rvdo. Sr. D. José Ramón Ma. García Gallardo

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