En enero de 1936 Clifford Hugh Douglas sostuvo en las páginas de una publicación estadounidense un pequeño debate sobre el Crédito Social con los Profesores de Economía de la Universidad de Columbia (Nueva York) Henry Parker Willis (1874-1937) y Benjamin Haggott Beckhart (1898-1975). La intervención de ambas partes se redujo, en cada caso, a un solo escrito. El de Douglas fue reproducido posteriormente, con ligeras modificaciones, bajo el título «El uso del Crédito Social», en los números del 3 y 10 de agosto de 1946 del semanario The Social Crediter. Esta versión final es la que se ha usado para la siguiente traslación.
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El uso del Crédito Social
Por C. H. Douglas
Un economista es en cierto sentido un profesante doctor –a veces, quizás, un doctor brujo– del Cuerpo Político. Si se me pidiera definir la diferencia entre un doctor brujo y un médico moderno, debería decir que fundamentalmente un doctor brujo acepta el diagnóstico de su paciente como la descripción de la enfermedad de la cual sufre, y el médico moderno no. Puesto que el paciente, aun sufriendo de una enfermedad del corazón, muy posiblemente declare que un “Demonio” ha embrujado su respiración, el Doctor Brujo recurre a conjuros, frecuentemente de naturaleza alfabética, exhortando mientras a su víctima a ejercitaciones que un médico condenaría. Prácticamente la misma distinción puede trazarse con respecto al diagnóstico y tratamiento de la depresión comercial. La idea de que el desempleo es un defecto del sistema económico, y que las presentes aflicciones de la sociedad fluyen de él, y sólo pueden curarse mediante su eliminación, es tan incientífico como incorrecto. El sano economista observa que los mejores cerebros científicos, ingenieriles, organizadores, y administrativos están continuamente esforzándose en conseguir una cantidad dada de obra con una disminuyente cantidad de trabajo humano, y que, por tanto, un incremento de ocio es tan cierto como, desde su punto de vista, altamente deseable. Cuando él oye que el primario requisito para una restauración de la prosperidad es una restauración de la confianza, examina la naturaleza de la confianza, y encuentra que crece de la experiencia el que una línea inteligente de acción conducirá siempre a un resultado deseado, y concluye, por tanto, que la confianza sigue a la experiencia, y no la precede. Cuando él observa que el moderno sistema de producción produce más de lo que se vende, aunque hay todavía numerosa población de los modernos países productores en drástica pobreza, no concluye que el resultado del sistema de producción debería reducirse a fin de que pueda corresponder con la cantidad que pueda comprarse, sino que dice que la cantidad que se pueda comprar debería incrementarse.
Las propuestas para el uso del Crédito Social como remedio para las presentes enfermedades no están primariamente preocupadas en el lado de producción de los negocios. Probablemente el mayor cuerpo de conocimiento experto en el mundo está concentrado en el sistema de producción en una u otra forma, y a este cuerpo de opinión se le puede dejar continuar su indudable éxito del pasado. Pero cuando venimos a considerar la distribución del producto, nos encontramos con una situación menos satisfactoria. La frase “Pobreza en medio de la abundancia” ha venido a consagrarse entre los clichés de la lengua inglesa. El Crédito Social, en consecuencia, está primariamente preocupado en la distribución, y no en la administración o técnica de producción. Su problema es la pobreza, no la abundancia, y la pobreza consiste en falta de dinero, siendo la esencia del dinero el crédito: la creencia de que el dinero hará lo que se supone que ha de hacer.
La producción económica está entrelazada con la distribución de dinero a través de sueldos, salario y dividendo. El sistema financiero existente permanece en pie o cae por la perfectamente simple proposición de que la producción de todo artículo distribuye dinero suficiente al público en general para comprar ese artículo. El economista ortodoxo dice que lo hace; el ingeniero social dice que no lo hace. La queja del Socialista contra el llamado capitalismo es que el dinero ha sido distribuido inequitativamente, es decir, que algunas gentes, los “Capitalistas”, cogen demasiado mucho, y algunos, los “Obreros”, cogen demasiado poco. De este modo, el Socialista está permanentemente comprometido con una política de “despluma al rico”. Es una afirmación primaria de la teoría del Crédito Social que, aun cuando esta inequitativa distribución puede que exista, es una consideración secundaria respecto al hecho de que no se distribuye dinero suficiente para comprar los bienes que están a la venta, y de que, en consecuencia, la redistribución no es un remedio económico, al tiempo que es un irritante político de alto orden.
El primer punto que puede elevar en nuestras mentes una legítima duda en cuanto a si el economista ortodoxo tiene toda la razón con respecto a esta materia, es que la tarea de hacer dinero y la tarea de hacer bienes o cultivar alimentos no tienen una comprobable relación la una con la otra. Por supuesto, el fabricante, el comerciante, o incluso el granjero, a veces habla de “hacer dinero”. Ellos nunca hacen dinero. Ellos meramente se pelean por el dinero que les es proveído en variantes cantidades y bajo variantes condiciones por los banqueros, con o sin la asistencia del Estado. Es un poco difícil hacerle concretar al banquero en cuanto a su propia concepción tocante a su posición en la comunidad. Si es acusado de proveer una cantidad inadecuada de dinero, y de este modo causar depresiones comerciales, o, en menor grado, frenéticos booms, él replica que es meramente un hombre de negocios y no sabe nada sobre economía, una afirmación que generalmente puede corroborar. Si, por otro lado, es acusado de perder una oportunidad de negocio que él no desea perseguir, es un poco propenso a retirarse tras una alta obligación moral hacia la comunidad. El punto sobre el que él está del todo firme es que la iniciativa de decrecer o acrecer la cantidad de dinero en circulación es su prerrogativa, y que si la producción o el consumo están en discordancia con ella, es una verdadera lástima.
Ahora bien, el hecho de que el banquero pueda acrecer o decrecer la cantidad de dinero en circulación, con resultados que, si bien puede que sean satisfactorios para él mismo, son de algún modo trágicos para la comunidad, ha tendido a oscurecer el hecho de que no tenemos registro alguno en ninguna parte de una distribución satisfactoria de bienes de consumo hasta el punto en que puedan producirse, excepto en tiempos de expandente producción de capital. Para poner la materia en su forma más breve posible: no tenemos ninguna evidencia de que en los tiempos modernos el sistema de precios sea autoliquidante, y toda evidencia para mostrar que no lo es.
La teoría de esta proposición es de algún modo compleja y altamente controvertida, pero las pruebas inductivas de ella son interminables. Una de las más obvias está contenida en el constante aumento de la deuda, declarado por el Grupo Tecnocrático estar en proporción a la cuarta potencia del Tiempo, tomándose cien años como unidad. Otra indicación igualmente conclusiva del inmenso exceso de los valores en precio sobre el poder adquisitivo puede derivarse de examinar las valuaciones para los Impuestos de Sucesiones en Gran Bretaña y otros lugares, en lo cual invariablemente se encontrará que una herencia que se alega estar valorada, digamos, en $100.000 y gravada en dinero sobre esa suma, consiste solamente, en la medida del dos o tres por ciento, en poder adquisitivo, siendo el resto de la herencia activos de uno u otro tipo que tienen valores en precio adjuntos a ellos, y requieren poder adquisitivo para comprarlos. Es significativo que en Inglaterra se permitan ocho años en los que pagar los Impuestos de Sucesiones. Debería notarse que esta confusión entre activos teniendo un valor en precio puesto sobre ellos y poder adquisitivo que se requiere para satisfacer esos valores en precio (como si éstos, en lugar de ser opuestos en naturaleza, fueran similares), es una de las fuentes más comunes de confusión en las discusiones del problema dinerario.
Ahora bien, así como un hombre es gravado sobre sus activos y tiene que pagar el impuesto en dinero el cual es poder adquisitivo, aunque esos activos no hagan crecer dinero, así también los valores en precio de los activos industriales entran en el precio de los bienes que se venden. Y el primer objetivo del Crédito Social es el de proveer suficiente dinero para satisfacer esos cargos que ocurren en los productos finales como resultado de la existencia de activos industriales. Uno de los métodos por el que se propone hacer esto es tomar el cargo por los activos industriales fuera de los precios y pagarlo directamente al propietario de los activos. En lugar de gravarle en dinero por la posesión de activos industriales deberíamos, en nombre del consumidor, pagarle por el uso de ellos. Esto no es esencial a la teoría, pero es una muy posible vía de tratar con la situación. El beneficiario real, debería notarse, es el consumidor, quien consigue precios más bajos.
Si bien una regulación científica del nivel de precios, de tal modo que los bienes puedan ser quitados del mercado mediante el disponible poder adquisitivo tan pronto como sean producidos, es un componente esencial de un sistema dinerario científico, ello no trata con el segundo aspecto del problema, que fundamentalmente está relacionado con el cambio de la producción manual a la producción con energía. Probablemente más del 80 por ciento del número total de emisiones de poder adquisitivo distribuido en nuestro sistema financiero existente, se distribuye a través de sueldos y salarios, y es obvio que esto asume que el 80 por ciento, al menos, de la población será mantenido sobre una base de sueldo o salario.
Pero no hay ningún fundamento para la común asunción de que tal porcentaje pueda mantenerse o se mantendrá en tiempos normales, y todo fundamento para asumir que decrecerá continuamente.
Por otro lado, el sistema de dividendo es independiente del empleo, y depende fundamentalmente sólo de la producción. Si podemos arreglar que, al tiempo que la nómina de sueldos y salarios se vuelve continuamente menor, la nómina de dividendos se vuelve continuamente más grande y más ampliamente distribuida, habremos tratado con la segunda mitad de este problema.
Hay dos formas de mirar estos aspectos de la materia. La primera es moral o ética, y es probablemente la menos importante, puesto que estamos menos seguros de nuestro fundamento. Debido muy en gran parte a un erróneo y dañino Puritanismo, probablemente teniendo un origen común con el Marxismo, hay una extendida idea de que nadie debería ganarse la vida sin trabajar por ella, y es notable que aquellos que, de hecho, sí se ganan una muy espléndida vida sin trabajar por ella, son los más vigorosos en su determinación de que no haya sino la mínima extensión del principio. La justificación moral o ética para un Dividendo Nacional, sin embargo, descansa sobre la misma base (una sana base) sobre la que, aquellas afortunadas personas que se ganan la vida sin trabajar por ella, fundamentan su reivindicación, es decir, sobre la posesión de propiedad. La propiedad que es común a los individuos que componen una nación es aquella que tiene su origen en la asociación de los individuos para un fin común. Es parcialmente tangible, pero es en gran medida intangible, en forma de conocimiento científico, carácter, y hábitos.
El punto hasta el que a esta herencia nacional se le puede hacer pagar un dividendo en dinero para la población general de la cual ella surge, meramente depende de la simple proposición de que el dinero, si se gasta, habrá de ser efectivo en adquirir bienes sin subir precios. Subir precios reduciría el poder adquisitivo, no sólo del dinero fresco, sino también del que le precediera. Si esta provisión puede satisfacerse, es decir, si hay capacidad productiva no aprovechada, unida al control del nivel general de precios, entonces el mecanismo de un Dividendo Nacional se vuelve bastante simple. En su forma más simple, es la emisión de bonos a la población general, similar en carácter a los que le son emitidos a ella a cambio de dinero creado por la banca durante un período de emergencia nacional, como una guerra. Las exactas condiciones bajo las cuales los bonos son emitidos no es un problema económico sino más bien político. Muchos factores entran en él, y, con toda probabilidad, se resolverá de varias formas según puedan dirigir las diferentes psicologías de los pueblos y sus gobiernos. En combinación con la regulación del Nivel de Precios, ofrece un método completamente flexible de asegurar que lo que es físicamente posible sea financieramente posible. Su inauguración en un Estado moderno industrial significa la desaparición de la pobreza, en el viejo sentido de la palabra, de la población de ese Estado.
El monopolio del crédito al presente sostenido por los intereses financieros, es decir, instituciones bancarias y sus afiliaciones, es obviamente tan valioso que sería bastante optimista suponer que será renunciado sin una lucha. El arma primaria usada en esta guerra es la tergiversación. La socialización del crédito, lejos de ser un ataque sobre la propiedad privada, es probablemente el único método por el cual la propiedad privada puede una vez más volverse razonablemente segura. Es la alternativa a una siempre creciente tributación. Es un método por el cual todos pueden volverse más ricos sin que nadie se vuelva más pobre. Es, hasta donde yo sé, el único método por el cual la perniciosa doctrina de “una balanza comercial favorable” puede ser explosionada. En consecuencia, es el requisito primario para la remoción de las causas fundamentales de la guerra. Es improbable, sin embargo, que llegues a ninguna de las conclusiones de este carácter leyendo las críticas de la teoría que se originan desde los círculos financieros ortodoxos.
A pesar de la dificultad de obtener una amplia presentación pública de la teoría, sin embargo, el progreso que ha sido hecho por ella, más particularmente en los dos o tres últimos años, es remarcable. No hay porción alguna del mundo angloparlante en que no se haya discutido, o en que, espontáneamente, no se hayan formado cuerpos para su propagación y realización. La Provincia canadiense de Alberta ha tenido el honor de haber elegido el 22 de agosto el primer Gobierno de Crédito Social, pero estaré sorprendido si retiene esta aislada posición por mucho tiempo. Nueva Zelanda, Australia (y, en particular, Tasmania), Sudáfrica, todas se están moviendo rápidamente en esta dirección, más o menos en el orden nombrado. Mientras que en los Estados Unidos otras medidas remediadoras han involucrado la atención del público, se ha estado procediendo a una continua educación sobre el asunto.
Si algo es cierto en este mundo, es que el dominio bancario del crédito, el comercio y la industria está ciertamente condenado, junto con la pobreza en medio de la abundancia.
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