Publicamos el tercer sermón predicado durante el I Encuentro del Pueblo Carlista. Los dos anteriores pueden leerse aquí y aquí.
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En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Hoy es el cuarto domingo de la Pascua. Si el primer día meditábamos en cuál debería ser la especie, el orden y el modo de todo cristiano: ¿qué soy? mi especie, ser hijo en el Hijo, y por tanto heredero del Cielo; ¿para qué soy? soy para la bienaventuranza del Cielo, y trabajar para que el Cielo tenga un reflejo aquí en la Tierra, la Cristiandad, el reinado social de Cristo; ¿cómo debo ser? nuestro modo tiene que ser el legitimismo, a imitación de San José. Bien, pues si esto era lo que reflexionábamos el primer día, hoy me gustaría explicar brevemente que el modo legitimista tiene a la vez una especie, un orden y un modo; un qué, un para qué y un cómo.
El legitimismo es el modo de ser de todo cristiano; no podemos pretender defender los derechos de Dios y de la Iglesia fuera del legitimismo, en marcos liberales o democristianos; sería un absurdo, como querer cuadrar el círculo.
La especie no la voy a explicar porque ya se ha hablado mucho de ello en estos días: el legitimismo es esa continuidad histórica de las Españas bajo una dinastía legítima, que se concreta doctrinalmente en un corpus jurídico-político. El orden, el para qué del legitimismo, también se ha explicado suficientemente: es la restauración de la monarquía católica para que, bajo ella, pueda vivirse un orden social cristiano.
Entonces, ¿cuál es el modo del modo? Es decir, ¿cuál es el modo del legitimismo? Si el legitimismo es el modo de todo cristiano, ¿cuál es el modo del legitimismo? ¿Cuál es la medida del legitimismo? ¿Cuál es el marco del legitimismo? Hoy, la predicación de los sacerdotes, en el mejor de los casos, trata de la especie y el orden, es decir, del qué y del para qué, pero el tema del cómo, de la medida, del modo, está muy olvidada. Así que, preguntémonos: ¿cuál es el modo del modo? ¿Cuál es el modo del legitimismo? Inspirándome en la epístola y en el Evangelio de hoy, yo les diría que el modo del legitimismo es la lucha según el Espíritu. ¡Atención! No he dicho “lucha espiritual”, que también está incluida y se supone, pero el modo del legitimismo es la lucha según el Espíritu.
La lucha. Jesucristo nos ha dicho yo no he venido a traer paz, sino espada (Mateo 10,34). Espada para que se discierna lo que es bueno, lo que es justo, lo que es verdadero, lo que es bello. Hoy que en las mismas altas jerarquías de la Iglesia parece querer confundirse todo, como si al final todo valiese lo mismo. No. No da igual una cosa que otra.
En la epístola, el apóstol Santiago nos ha dicho prestos para escuchar, lentos para hablar, lentos para enojarse (Santiago 1,19). El modo del modo es la lucha, porque para estar veloces para escuchar y lentos para hablar y enojarse se requiere una lucha, un esfuerzo, una negación de uno mismo, un vencimiento propio. Dediquemos tiempo a meditar esto: el legitimismo es una lucha; no es un paseo entretenido, no es una actividad divertida, sino que es una lucha, como el labrador lucha en la tierra y le dedica tiempo, esfuerzo, sudor y lágrimas para que nazca el fruto.
A nosotros los carlistas no nos interesa el éxito, nos interesa el fruto, y el fruto no está simplemente en el número, sino en el bien. Y la conquista del bien requiere una lucha ascética, personal, que se tiene que traducir después en la dimensión social y política. No podemos pretender estar en el bando de Cristo Rey si no cultivamos ese espíritu de lucha, de combate, combate los nobles combates de la fe dirá San Pablo a Timoteo (1 Tim 6,12). El reino de los cielos padece violencia y sólo los violentos lo arrebatan (Mateo 11,12), sólo los que se hacen violencia, sólo los que luchan, sólo los que plantan cara a los enemigos de la verdad.
Y esta lucha debe ser una lucha según el Espíritu. Ustedes recordarán que el primer día les decía que Francisco Canals, al buscar un título a San José, dice que a San José lo podemos llamar, ‒más allá de los títulos de padre putativo, padre adoptivo o padre mesiánico‒, “padre según el Espíritu”; San José es más padre de Nuestro Señor Jesucristo que los padres biológicos de sus hijos naturales, porque la paternidad de San José es una paternidad que trasciende lo natural y que es según el plan del Espíritu Santo. Pues bien, la lucha del legitimismo debe ser una lucha según el Espíritu. Nos ha dicho Jesucristo en el Evangelio: Os conviene que yo me vaya porque si no me voy no vendrá el Paráclito… Él os comunicará de lo mío. No hablará por su cuenta, os comunicará de lo que oye (Juan 16,7ss). La lucha del legitimista es una lucha según Dios, según el Espíritu Santo, no según los criterios mundanos de lo que hoy llaman “politiqueo”, no según los criterios del eficacismo, sino los criterios según Dios, según la Palabra de Dios, según las virtudes que se arraigan en las gracias sacramentales del bautismo y de la confirmación.
No estamos sirviendo a los hombres, nos recordaba San Pablo el otro día, trabajamos para Dios; las pautas que nosotros tenemos que seguir son las pautas según el plan de Dios. ¿Y cómo se descubre el plan de Dios? Pues en el trato íntimo con el Espíritu, con el Paráclito, con Ese que está a vuestro lado y os defiende y que el Señor Jesús nos envía desde el Padre.
El sacerdote jesuita, misionero popular, Padre Juan Antonio Segarra, de familia y estirpe carlista, fallecido en 1977, tiene un comentario a los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola de más de 1500 páginas, en las cuales no puede evitar traslucir su postura legitimista en frases como “No tenemos que trabajar por el bien posible, sino para hacer posible el bien.” Pues, bien, el Padre Juan Antonio Segarra, en este libro-comentario, cuando nos habla del Espíritu Santo nos dice algo que yo no he leído en ningún otro autor eclesiástico: ¡el Espíritu Santo es el estremecimiento en Dios! Cuando dos personas se abrazan en un gesto de amor experimentan un estremecimiento; pues bien, en el seno de la Santísima Trinidad, el Padre y el Hijo, desde toda la eternidad, el Engendrador y el Engendrado, se aman en un amor eterno. Ese amor eterno es una persona divina distinta, el Espíritu Santo, el Amor en Dios, ¡el estremecimiento de Dios! Y comenta el padre Segarra que la vida de muchos cristianos es una vida raquítica porque no dejan que el estremecimiento de Dios entre en sus almas y en sus corazones. En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras (Isaías 66,2).
Esto forma parte del modo de ser del legitimista, del modo del modo, de la medida que tenemos que poner en nuestras vidas. Una vida que sea una vida de combate, de lucha, según el Espíritu. Por lo tanto, una vida que empieza en ese contacto, en esa intimidad con el estremecimiento de Dios, que es la persona del Espíritu Santo, que es el Amor del Padre y del Hijo.
Y, por lo tanto, aunque los carlistas no somos una cofradía de gente meramente piadosa, no se puede ser legitimista si no se es devoto en el sentido fuerte de la palabra (entregar, consagrarse). Dejándome estremecer por el Amor de Dios, me entrego a la Causa, en las pequeñas cosas y en las grandes luchas, en los pequeños vencimientos de cada día y en las grandes batallas que se presentan en la historia de las Españas. Se lo vamos a pedir hoy al Señor en esta Santa Misa: que nos dejemos empapar del estremecimiento de Dios, que es el mismo Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo.
Estos días atrás el Padre José Ramón García Gallardo me contaba esta anécdota en la vida del Beato Francisco Palau:
Era el año 1838 y la Primera Guerra Carlista seguía en pie. Uno de los principales generales carlistas, Charles d’Espagnac, conocido como el Conde de España, estaba acuartelado con sus tropas en Berga. Sus soldados eran bien conocidos por sus excesos y comportamiento inmoral.
Un día, el ermitaño de 27 años se presentó ante el general carlista.
“Ermitaño, ¿qué te trae aquí?” demandó el Conde de España.
“El Señor Dios de los Ejércitos,” respondió el Padre Palau, parodiando las palabras del profeta Elías al Rey Acab.
“¿Qué noticias traes?”
“He sido enviado del Cielo, y mi misión es notificarte que la causa de Don Carlos, que defiendes, está perdida. Pliega tu bandera, guarda tu espada y retírate con tu ejército a Francia.”
“¡Traidor!” exclamó el indignado General.
El Padre Palau respondió con calma: “No llames traidor al ministro de paz que el Cielo te envía. Recibe este anuncio fatal para ti con humildad y sumisión.”
“Explícate,” demandó el Conde de España, quien se sintió intimidado y asombrado ante este hombre pequeño con hábito carmelita.
El Padre Palau continuó con gravedad: “Has escrito en tu bandera estas palabras, ‘¡Dios y Rey!’ Tu grito de batalla es ‘¡Viva la Religión!’ Has dado batalla. El Señor de los Ejércitos ha juzgado tu causa y te ha rechazado.”
“¿Pero por qué?”
“Porque invocas a Dios y blasfemas su nombre. Eres un ejército corrupto. Dios no favorece tu bandera porque no son buenos cristianos. Y el Diablo te odia porque gritas ‘¡Viva la Religión!’ Por lo tanto, tienes tanto al Cielo como al Infierno en tu contra.”
El General guardó silencio ante esta figura imponente y apoyó la cabeza sobre la mesa, como si sucumbiera ante los terribles pronunciamientos del Ermitaño, quien se fue tan rápidamente como había llegado.
Y, de hecho, en 1839, el Conde de España fue asesinado por sus propios soldados, quienes arrojaron su cuerpo a las aguas del río Segre. La profecía del Beato Palau se cumplió.
Palabras duras, hechos difíciles de digerir, pero están ahí. Repito, los legitimistas no somos una cofradía, no somos una asociación de tipo espiritual, pero sin vida en el Espíritu, sin intimidad con el Espíritu Santo, sin dejarnos estremecer por el Amor de Dios, sin vida de gracia, sin recepción frecuente de sacramentos, sin práctica de las virtudes y vencimiento propio, estamos ya firmando el fracaso de nuestra lucha.
Vamos entonces a dejarnos vencer por el Amor de Dios, por este Estremecimiento de Dios que es el Espíritu Santo que Cristo nos envía desde el Padre, para que la colaboración que Dios nos pide en las filas del bando legitimista no sea en vano.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Padre Juan María Sellas Vila, Círculo Sacerdotal Carlista Cura Santa Cruz
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