¡Ave María Purísima!
Saludo con particular afecto al Reverendo padre Darío Echeverry, párroco de esta Basílica menor por permitirnos celebrar la Santa Misa. Al Reverendo padre don Jesús Camacho I.B.P. por su asistencia y a Don Julián Andrés Sánchez, Jefe del Círculo Carlista de Santa Fe de Bogotá, presente en representación de Su Alteza Real Don Sixto Enrique de Borbón, abanderado de la Tradición Católica Hispánica; a los demás componentes de la Comunión Tradicionalista aquí presentes y a todos los fieles reunidos en esta Basílica del Voto Nacional al Sagrado Corazón de Jesús.
Cuando hablamos del Sagrado Corazón de Jesús, no veneramos simplemente un órgano del cuerpo humano de Cristo, como si la devoción se dirigiera a una mera víscera. La Iglesia honra ese Corazón porque es el signo visible del amor invisible de Dios. Honramos el Corazón de Cristo porque en él contemplamos el misterio del amor divino hecho carne.
Dios nos ha amado desde toda la eternidad. Y como quien ama, expone su vulnerabilidad. Ciertamente, Dios es impasible en sentido metafísico: nada creado puede dañarle, alterarle o disminuir su felicidad infinita. Pero esta impasibilidad nunca significa indiferencia. No significa que Dios permanezca ajeno a nosotros. No significa que nuestro pecado o nuestra fidelidad le sean iguales.
Al contrario: la Sagrada Escritura nos revela constantemente la intimidad viva de Dios. En el Antiguo Testamento, Dios se manifiesta como esposo celoso de su pueblo. Se duele de sus infidelidades. Se indigna ante la injusticia. Corrige, llama, espera, perdona, castiga y se apiada. Su amor no es una idea abstracta, sino un amor personal, íntimo, entrañable.
Y esta intimidad divina se nos revela plenamente en Jesucristo. Él no viene a mostrarnos simplemente un sentimiento humano admirable. Viene a revelarnos el rostro del Padre. «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). Por eso, cuando vemos a Cristo conmoverse ante la multitud, llorar ante Lázaro, estremecerse ante Jerusalén, alegrarse con los sencillos y sufrir la ingratitud de los hombres, no estamos viendo algo extraño a Dios: estamos viendo, en lenguaje humano y visible, la verdad profunda del Corazón del Padre.
De modo admirable lo muestra la parábola del hijo pródigo. El pecado del hijo no consiste sólo en gastar mal una herencia. Consiste en querer los bienes del padre sin el padre; en querer vivir de lo suyo, pero lejos de él; en desear una independencia que rompe la comunión filial. Y eso duele al padre, porque el amor verdadero no mira con indiferencia la pérdida del amado.
Así debemos comprender el Corazón de Jesús: no como una simple imagen piadosa, sino como la revelación sensible de la caridad misma de Dios. El Corazón abierto de Cristo nos dice hasta dónde llega el amor divino: hasta dejarse traspasar por nuestros pecados para abrirnos la puerta de la misericordia.
Por eso el Sagrado Corazón nos descubre que Dios no quiere simplemente súbditos exteriores ni servidores temerosos. Quiere hijos. Quiere amigos. Quiere entrar en una intimidad real con nosotros. Quiere que no vivamos con sus dones lejos de Él, sino que volvamos a la casa del Padre y encontremos allí nuestra alegría: «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; mas os he llamado amigos, porque todas las cosas que he oído de mi Padre os las he dado a conocer» (Jn 15, 15).
La devoción al Sagrado Corazón consiste precisamente en tomar conciencia de esta realidad. El Corazón abierto de Cristo nos revela la anchura, la longitud, la altura y la profundidad de un amor que supera toda comprensión humana (cf. Ef 3, 18-19).
En esto consiste el Reino del Corazón de Cristo, que pedimos en la oración del Padre Nuestro: «Vénganos el tu Reino»; que reine este amor en cada uno y en todas las sociedades.
En el Evangelio Jesús no se presenta como un rey que desee aumentar su poder. Él ya posee toda potestad en el cielo y en la tierra (Mt 28, 18). Su Reino es otra cosa. Pero a la vez imprescindible. Fuera de su Reino no hay nada. «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Si quiere reinar es porque desea vehementemente salvar atrayendo todas las cosas hacia sí: «Y yo, cuando fuere levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).
El reinado del Sagrado Corazón no es otra cosa que la extensión de este amor a todas las dimensiones de la existencia humana. Cristo quiere reinar en las almas para santificarlas; en las familias para unirlas; en las naciones para bendecirlas; en las leyes para promover el bien y la justicia; en la cultura para iluminarla con la verdad; y en la sociedad entera para que también la vida de los pueblos participe del orden, la justicia y la paz que proceden de Dios, pues no puede existir un bien común duradero allí donde se excluye a Dios del horizonte humano.
Esto se hace especialmente visible en el Corazón que arde, mostrando las ansias del Corazón de Jesús: «He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12, 49).
Porque el hombre es social por naturaleza, también el amor de Cristo tiene necesariamente una dimensión social. Ningún hombre vive aislado. Ninguna familia
vive aislada. Ningún pueblo vive aislado. Existe una solidaridad profunda entre todos los hombres por la cual el bien de unos beneficia a otros y el pecado de unos termina dañando a muchos.
Tras las heridas de la Guerra de los Mil Días, nuestros antepasados comprendieron, más allá de cualquier consideración política o de partido, que la reconciliación en Colombia pasaba necesariamente por volver al Corazón de Cristo. Necesitaban ponerse nuevamente bajo el reinado de aquel que es la fuente de toda verdadera paz y de todo verdadero bien. Por eso levantaron este templo como signo visible de que la nación colombiana reconocía públicamente la soberanía amorosa de Jesucristo.
La Consagración de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús fue el reconocimiento público de que una nación entera deseaba vivir unida a aquel Corazón que tanto la ama. Durante décadas esta conciencia se expresó mediante la renovación periódica de aquella consagración. Más tarde, por desgracia, dejó de hacerse oficialmente.
Sin embargo, el deber de reconocer la soberanía de Cristo no desaparece porque cambien las constituciones ni porque cambien las circunstancias históricas. Al contrario. Aquel acto de nuestros mayores es hoy para nosotros un ejemplo y un desafío que nos interpela, personal y comunitariamente.
Ellos respondieron a una de las horas más difíciles de la historia nacional proclamando que la salvación de Colombia no podía encontrarse lejos de Dios. Nosotros, en las difíciles circunstancias de hoy, estamos llamados a tomar el relevo.
También nosotros vivimos tiempos de incertidumbre, de fragmentación social, de crisis moral y de confusión doctrinal. También nosotros estamos llamados a proclamar, con serenidad pero con firmeza, que ninguna nación puede encontrar la paz duradera si rechaza a Aquel que es el Príncipe de la Paz.
Y esta tarea exige fundamentalmente cristianos convencidos que participen en la vida pública, cultural y política con espíritu sobrenatural, buscando siempre el bien común y el reinado de la verdad.
La Providencia ha querido que hoy estén aquí representados un pequeño grupo de quienes mantienen viva la Tradición Católica Hispánica. Una presencia pequeña, pero perseverante, de la Comunión Tradicionalista.
¿Cuál es el servicio que podéis prestar a Dios y a la Patria aquí en Colombia? Vosotros mantenéis viva la Esperanza en la Realeza Social de Cristo, que ha de Reinar a pesar de sus enemigos. Y la enlazáis con la raíz cristiana plantada con inmensos trabajos por la Monarquía Hispánica, cuya continuidad veis representada hoy en el
abanderado Don Sixto Enrique de Borbón. A su servicio os ponéis para trabajar por la restauración cristiana de las almas, de las familias y de la sociedad colombiana en su propia Tradición Católica, después de los males que han asolado Hispanoamérica y la misma España por las sucesivas revoluciones.
Sin duda, es una apuesta valiente y para la mayoría será una locura. Pero, mirado en la realidad, la verdadera locura está en creer que puede salvarse Colombia sin Dios y sin su Tradición. Estáis como David ante Goliat, y precisamente por eso sois un signo de esperanza. Porque la historia de la salvación ha sido siempre la historia de pequeñas minorías fieles.
Si permanecéis unidos al Corazón de Cristo, también vosotros tendréis que aceptar ser contradichos, despreciados y, en cierto modo, atravesados con Él. Pero es precisamente el Corazón atravesado por la lanza el que se convirtió en fuente de vida para el mundo. Y por eso, cuanto más os configuréis con ese Corazón, más podréis convertiros en instrumentos de esperanza para Colombia y para toda la Hispanidad.
Que desde esta Basílica del Voto Nacional vuelva a elevarse la súplica de nuestros padres y abuelos, la misma que necesitamos repetir hoy con más fervor que nunca:
¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!
Amén.
Rvdo. P. Emmanuel Pujol, Círculo sacerdotal Cura Santa Cruz
Deje el primer comentario