Los Boys Souts y los Pelayos

Con ocasión de la fiesta de san Pelayo y de los campamentos organizados por el Círculo Sacerdotal Cura Santa Cruz, recuperamos hoy este bello texto de Alberto Ruiz de Galarreta, publicado originalmente en la revista ¿Qué pasa?, n. 110, el 3 de febrero de 1966. Llamamos la atención sobre la fina ironía del último párrafo, y sobre los puntos suspensivos —fáciles de completar— del antepenúltimo.

Aprovechamos asimismo para avanzar la noticia de que el II volumen de Escritos políticos del insigne maestro carlista está a punto de aparecer. Informaremos muy próximamente de ello en estas páginas.

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Los aficionados a observar lo que pasa en la sociedad española hemos notado en el año que acaba de terminar [1965], entre mil fenómenos más, uno que voy a resaltar precisamente porque se ha producido en medio de un gran silencio. Es el crecimiento importante de los Boys Scouts. No es que se hayan fundado este año; hace ya varios que han germinado entre nosotros nuevamente, después de un dilatado periodo de ausencia, que va de la Cruzada a mitad de los años cincuenta. Pero sí es evidente que últimamente se han desarrollado más que en otros períodos próximos. Es difícil precisar todo esto porque nada se dice en los periódicos y revistas; no son una organización clandestina, claro está, pero no hay información sobre ellos en las fuentes abiertas al gran público. Ese contraste entre su ya considerable volumen y su ausencia en los medios habituales de información, se me antoja interesante; puede ser un silencio elocuente.

Parecen hechos ciertos que su renacimiento empezó por Cataluña en forma proteiforme, es decir, formando varias asociaciones pequeñas, distintas y aparentemente independientes; que de allí se extendieron a otras capitales españolas, donde han tenido diversa fortuna, pero inferior a la de Cataluña; que han sido aceptados en gran cantidad de colegios de religiosos, más preocupados de subirse en marcha a cuantas novedades atisban, con visos de porvenir, que de realizar una labor autóctona, honda y seria; que precisamente este apoyo oficioso de sectores eclesiales respetados fue un factor importante en su difusión.

¿Qué pensar de los Boys Scouts? Una información remota, de antes de la Cruzada, nos recuerda que tenían «mala prensa» en el sector católico. Creo que los comentarios y objeciones de aquella época no deben tenerse en cuenta hoy sin someterlos a una profunda revisión. Todas las personas que ocupaban entonces puestos rectores en esta organización, y en todas las demás, públicas y secretas del mundo, han desaparecido; y aunque los reglamentos no se hubieran modificado, el genio peculiar de los nuevos dirigentes, se reflejaría considerablemente en cualquier organización.

En la fisionomía actual, hay dos rasgos que llaman la atención. El internacionalismo y su influencia formativa. No se entiende bien qué necesidad hay, para entretener a unos chicos, de montar una asociación internacional. Las violaciones del principio de subsidiariedad son sospechosas y anticristianas. Comprendemos perfectamente la utilidad de los contactos internacionales en múltiples materias, en la ciencia, la industria y el comercio. Con poco esfuerzo, proporcionan grandes frutos. Pero con la internacional que nos ocupa, pasa al revés; la desproporción de los términos es en sentido inverso: una gran organización, uniformes, saludos, reglamentos y cabildeos a escala internacional, para que unos chicos se entretengan en juegos manuales sencillos, o saliendo de excursión. Si sus dirigentes se sacrifican sólo por entretener a unos chicos de manera intrascendente, o están tratando de suplir una vehemente vocación de padres, o son algo raros. Es conocida la explicación del genio español que daba Agustín de Foxá a un embajador anglosajón: «Los españoles son capaces de morir por Dios, por su honor, por su Patria, por la dama de sus pensamientos, por su Rey; pero morir por la democracia les parece tan prosaico y tan absurdo como morir por el sistema métrico decimal». ¿Es posible que los mandos de esa organización se sacrifiquen solamente por entretener a los niños del prójimo? ¿O es más bien que detrás de esas sencillas actividades está la pretensión de formarles, de educarles de cierta manera, de difundir una weltanschauung? Esto ya sería más verosímil. Pero en este caso, si admitimos una tarea educativa en los Boys Scouts, nos llama la atención su exigüidad, nos parece muy incompleta, muy insuficiente.

A cualquier edad, por temprana que sea, la formación debe comprender la religión y la política, en grados y maneras adecuados. Decir que la política no es para niños y sólo es cosa de mayores, me parece un error; no será para niños en la profundidad y dedicación con que la viven los procuradores en Cortes, pero hay niveles de conciencia colectiva en todas las edades. Se dirá que a los Boys Scouts se les inculca el amor a Dios y a su Patria. Aparentemente, sí. Pero, ¿a qué Dios? ¿Al Dios de los cristianos, al que Es, al que se relaciona con nosotros por la Iglesia Católica Apostólica y Romana, o al dios de los filósofos, al producto subjetivo de la propia conciencia? Tengo entendido que al dios de todas las religiones, al dios de la religión de cada cual.

Dicen que fomentan el amor a la Patria, pero no sé cómo; me parece que no se prodigan las lecciones sobre nuestra historia, ni las explicaciones sobre la eterna metafísica de España y nuestro destino en lo universal, como lo formuló Menéndez Pelayo. Más conocido es el clima de internacionalismo y pacifismo sutiles en que se sumerge a los muchachos; aunque en sí mismo fuera pasable en teoría, psicológicamente a esa edad resulta antitético del patriotismo.

Los contactos con otros chicos y organizaciones extranjeras, ¿favorecen o perjudican a nuestros muchachos? En lo religioso, la vivencia de que otros niños son buenos por medio de otras religiones, o sin ninguna, más parece negativa. En lo político, las ideas democráticas del mundo anglosajón, no me gustan. La revista francesa Le Monde et la Vie (marzo del 65), recoge en un extenso reportaje la inquietud de algunos padres franceses al comprobar una gran influencia marxista en los scouts de su país.

Por estas y otras razones, algunos matrimonios que conozco, dicen que esa organización no les gusta para sus chicos; es lo menos que pueden decir. Pero hay que reconocer que, aunque muy torpemente para nuestra manera de pensar, llenan una necesidad, que no se cubre criticándoles y rechazándoles, sino creando otros grupos o una organización, o algo, adecuado a ella. Es una realidad insoslayable que al iniciarse la adolescencia, los chicos necesitan un complemento del hogar, que se les queda pequeño; no saben exactamente lo que quieren, están raros, y a veces inaguantables, precisamente ahora que la crisis del servicio doméstico disminuye la capacidad de aguante en general de los mayores. Tenemos que enfrentarnos sinceramente con este asunto. No basta destruir; hay que construir. No basta criticar; hay que remediar. Es la sobreabundancia del bien la que debe ahogar el mal, enseña San Agustín. En política, sólo se debe suprimir lo que se reemplaza. No podemos seguir viviendo de las rentas del esfuerzo de la Cruzada; tenemos que ganarnos el pan nuestro espiritual de cada día inventando y realizando nuevas cosas.

Discurriendo, pues, con esta mentalidad, acerca de lo que se podría construir en este terreno, han venido a mi memoria, por especial circunstancia personal, los «Pelayos»; claro que también las Congregaciones Marianas de mi juventud (no las de ahora), y docenas de asociaciones recreativas, culturales y deportivas. Pero en estos tiempos en que España es un Alcázar al que se quiere volar —ya está minado— el torreón de su unidad católica, etc., creo que aquella organización de los Pelayos merece recordarse con algún detalle.

La zona nacional vivía la guerra con un entusiasmo delirante; aquel ambiente contagiaba a los muchachos de diez a quince años que soñaban con hazañas militares, aventuras, conquistas y martirios. Para ellos formó la Comunión Tradicionalista unas unidades pre-militares donde los juegos bélicos, tomados muy en serio, alternaban con una intensa formación patriótica y religiosa. Vestíamos un uniforme igual que el de los requetés del frente, a quienes pensábamos emular, y en las banderas de ambos el escudo de España llevaba bordado el Sagrado Corazón de Jesús. El «armamento» era de madera. Los domingos se formaba para una Misa de campaña, acompañada de una banda de música que daba gloria oírla; luego, desfile por las principales calles de la población entre los aplausos y vítores de la gente. Aún recuerdo que en una esquina siempre nos esperaban unas mismas viejas que nos aclamaban muy complicadamente: «¡Éstos son los que el día de mañana defenderán a España y a la Religión y…!» Algunos jueves, cuando hacía buen tiempo, nos llevaban de excursión, que se llamaba paseo militar, y volvíamos rezando el Rosario, como había sido costumbre en las tropas del general Lizárraga en la segunda guerra carlista.

La formación cívica y patriótica se daba en una conferencia semanal a última hora de la tarde, en la que se narraban biografías y hechos de la Reconquista, del descubrimiento de América, y de la Cruzada en curso; lo referente a esta última se prolongaba en una especie de clases prácticas terribles que consistían en dar escolta de honor a la capilla ardiente de los muertos que traían del frente. Aún recuerdo el miedo que pasé, de guardia toda una noche, velando el cadáver del Marqués de Tamarit, comandante del Tercio de San Ignacio que murió gloriosamente en Peña Lemona; era el primer cadáver que yo veía en mi vida. Se publicaba un semanario infantil, Pelayos; estaba ilustrado a todo color por Serra Masana, el director del T. B. O., que había huido de Barcelona roja y estaba refugiado en San Sebastián; la parte formativa corría a cargo de dos sacerdotes catalanes, mosén Rosell y el Padre Tusquets; fue un modelo en su género y llegó a tirar 60.000 ejemplares, cifra récord si se tiene en cuenta que la zona nacional sólo cubría menos de media España. Fruto de esto es que no pocos de aquellos niños estamos hoy sirviendo, ya más en serio, a los ideales de entonces; y así seguiremos, con la gracia de Dios toda la vida. Muchos dirigentes tradicionalistas de hoy reconocen en aquella organización el germen de su vocación política, de la misma manera que altos dignatarios de la Masonería Inglesa vieron discurrir su infancia en los Boys Scouts. Se está cumpliendo la estrofa del himno de los Pelayos, bellísima marcha militar, que decía: «Somos niños, los Pelayos. — Mas seremos sin tardar — los soldados más valientes — que a su Patria salvarán».

Altísimas razones de Estado determinaron la disolución de los Pelayos. Ahí están los Boys Scouts. Ahora que tantas cosas se revisan, quizá fuera oportuno estudiar la manera de aggiornar la formación de la juventud con una nueva puesta a punto de los Pelayos. «A QUIEN CORRESPONDA»…

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