Tóxico, radical, facha, fundamentalista

Una vez que se logra pegar la etiqueta con suficiente fuerza, ya no es necesario escuchar a la persona; basta con leer su rótulo.

«Autorretrato con máscaras», por James Ensor

En nuestra época de consumo y de mercantilización de todo lo real, se nos ha hecho necesario ponerle título y categoría a todas las cosas que nos rodean; cuando no, directamente, precio. Y, para ello, las etiquetas tienen su utilidad, pero su característica principal es su permanencia. Las etiquetas son fijas. Las etiquetas son, pues, de lo más útil cuando se trata de indicar el nombre, la cualidad, la característica principal, de algo que no cambia. Las etiquetas les van muy bien a las cosas: una etiqueta «bolígrafo» adosada a un bolígrafo tiene muy pocas posibilidades de acabar convirtiéndose en una «etiqueta mentirosa» o en una fake new de las etiquetas.

Pero existe una manía peligrosa y antipática: la de etiquetar personas. Las etiquetas adosadas a las personas no son simples descripciones de nuestra apreciación subjetiva; las etiquetas, puesto que son fijas, pretenden encajar al otro en una categoría, tal vez de influencia kantiana. ¿Por qué kantiana? Porque las categorías de la filosofía realista (o, simplemente, real) no buscan en los pliegues más recónditos del espíritu las condiciones de posibilidad de nuestra comprensión de la realidad, sino que salen al encuentro de las cosas y se dejan instruir por ellas. En consecuencia, el pensador realista no etiqueta a las personas, tratando de fijarlas en alguna categoría a priori de su pensamiento, sino que se esfuerza por conocerlas.

Esta nueva costumbre, miope y humana y promovida hoy por todos los sistemas de pensamiento hijos de éste o de aquel idealismo, no sufren la prueba del Evangelio: ¿Que diría Nuestro Señor si a alguien le ponemos la etiqueta de raca? Nuestro mundo cataloga a algunos como «cancelados», mientras que otras etiquetas caen bajo la categoría jurídica del supuesto «delito de odio» (es decir, el crimen del pensamiento). Pero la Iglesia practica el de internis non iudicatur.

Recordemos: en la Cruz de Jesús, el madero sostenía el INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum). Para Pilatos y los romanos era una descripción burocrática, para los judíos pretendía ser una burla definitiva para robarle al Señor el motivo de su muerte.

Antes, a María Magdalena, el fariseo le había colocado el cartel de «pecadora». Sin embargo, Nuestro Señor tenía para ella otra etiqueta muy distinta. No que el Señor no supiese que María fuese una pecadora; sino que Él sabía muy bien que el alma humana, móvil y cambiante, no resiste, en este valle de lágrimas la categorización definitiva en compartimentos estancos e incomunicables. El sacramento del Bautismo, por virtud del agua; y el de la Penitencia, por virtud de la Sangre, poseen esa rara virtud de despegar las etiquetas de «pecador» que se nos adhieren al alma.

Siglos después, en la pira de Santa Juana de Arco aparecen otras etiquetas. La Doncella de Orléans no solo se enfrentó a las llamas, sino también al estigma escrito en el palo en el que fue quemada: «herética, relapsa, apóstata e idólatra». Esas palabras buscaban justificar el fuego, convirtiendo a Santa Juana en un concepto legal y teológico antes de reducirla a cenizas. ¡Qué paradójico que quien se encargó de escribirlas en el cartel fue el obispo Cauchon, quien, con su apellido, resulta etiquetado ante los hombres y ante la historia!

El celo por etiquetar y clasificar no ha desaparecido; solo ha cambiado de caligrafía. Es el recurso fácil de quienes prefieren la seguridad de un catálogo a la profundidad de la realidad. El catálogo de etiquetas es amplísimo. Se utilizan conceptos de todo tipo para encasillar al prójimo: tóxico, radical, facha, fundamentalista. Una vez que se logra pegar la etiqueta con suficiente fuerza, ya no es necesario escuchar a la persona; basta con leer su rótulo.

Resulta fascinante la determinación con que algunos dedican su tiempo a etiquetar a los demás. Es una tarea inagotable, pero con la que pretenden evitarse el esfuerzo intelectual de adecuarse a la realidad, de tener que conocer a alguien, de entender sus motivos o, Dios nos libre, descubrir que pueden tener razón. 

«No juzguéis antes de tiempo». Juzgar para etiquetar es robarle a Dios la auténtica justicia que sorprenderá a nuestra razón humana cuando, en el juicio universal y definitivo nos veamos sorprendidos. Entonces descubriremos cuál es nuestro nombre nuevo, es decir, nuestra etiqueta. Pero esta vez de verdad; etiqueta fijada por toda la eternidad por Aquél que, Solo, es capaz de comprender toda la realidad que Él mismo ha creado; de rasgar todos los velos, de ver cada cosa en su más íntima e inmutable verdad y de fijar sus rasgos, su consistencia ontológica, de una vez y para siempre. O, si lo prefieren, de determinar quiénes estarán a Su izquierda y quiénes a Su derecha.

Rvdo. Sr. D. José Ramón García Gallardo, Círculo Sacerdotal Cura Santa Cruz

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