Fausto y el último hombre

«El doctor Fausto», por Miguél Hernández Nájera. Museo Nacional del Prado

No sé cómo llegué hasta allí.

Tal vez nadie llega.

Tal vez simplemente se despierta.

Recuerdo una llanura inmensa.

No era oscura.

Tampoco luminosa.

Era algo peor.

Era evidente.

Todo podía verse.

Nada podía ocultarse.

No había fuego.

Los antiguos imaginaron el infierno lleno de llamas porque todavía no habían comprendido que el mayor tormento no es el dolor.

Es la verdad sin amor.

Caminé durante largo tiempo.

O quizá no existía el tiempo.

En aquella región las cosas no sucedían.

Simplemente eran.

Entonces lo vi.

Estaba sentado sobre una roca.

Solo.

Completamente solo.

No con la soledad de quien carece de compañía.

Con la soledad de quien ha perdido el principio mismo por el cual toda compañía tiene sentido.

Su rostro conservaba una extraña nobleza.

Parecía un rey destronado.

Un emperador después de la caída de su imperio.

Un arcángel después de la batalla.

Lo reconocí inmediatamente.

Era Fausto.

No el personaje.

No la leyenda.

No el poeta.

El hombre.

El primero.

El eterno.

El hombre que había querido más.

Siempre más.

Más saber.

Más poder.

Más libertad.

Más dominio.

Más mundo.

Más hombre.

Más que hombre.

Cuando llegué frente a él apareció otro caminante.

Joven.

Hermoso.

Perfectamente hermoso.

La belleza fría de las cosas fabricadas.

Sus ojos brillaban con una luz artificial.

Su cuerpo parecía diseñado por una inteligencia que hubiera declarado la guerra a toda imperfección.

No envejecía.

No enfermaba.

No aceptaba límites.

Traía consigo toda la soberbia de nuestro siglo.

Y toda la inocencia de quien todavía no conoce el precio.

Se acercó a Fausto.

Sonrió.

Y dijo:

—He venido a darte las gracias.

Fausto levantó lentamente la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque tú comenzaste todo esto.

Nos enseñaste a no aceptar límites.

Nos enseñaste a desafiar la naturaleza.

Nos enseñaste a no obedecer.

Nos enseñaste que el hombre puede rehacerse a sí mismo.

Nosotros terminaremos tu obra.

Pronto corregiremos el cuerpo.

Después corregiremos la inteligencia.

Después corregiremos las emociones.

Después corregiremos la muerte.

Después corregiremos la propia condición humana.

Fausto lo observó largamente.

Muy largamente.

Como un anciano contempla un retrato suyo olvidado durante siglos.

Finalmente habló.

—¿Todavía estáis en eso?

El joven frunció el ceño.

—¿En qué?

—En la ilusión de que vuestro enemigo son los límites.

El joven sonrió.

—Los límites siempre han sido el enemigo.

La enfermedad.

La ignorancia.

La dependencia.

La muerte.

La naturaleza.

Fausto cerró los ojos.

Y por primera vez vi en su rostro algo peor que el sufrimiento.

Vi vergüenza.

No la vergüenza de quien ha sido humillado.

La vergüenza de quien comprende.

—Yo también hablé así.

Creí que el problema era el límite.

Creí que el problema era la obediencia.

Creí que el problema era la naturaleza.

Creí que el problema era Dios.

Pero el límite no era una muralla.

Era mi forma.

Era aquello por lo cual yo era hombre y no una sombra.

Vosotros llamáis límite a vuestra propia forma.

Y queréis destruirla en nombre de la libertad.

Pero destruir la forma no es liberarse.

Es dejar de ser.

El joven guardó silencio.

Fausto continuó.

—No me bastó haber sido creado.

Ése fue mi pecado.

No quise recibir el ser.

Quise fundarlo.

No quise reconocer un orden.

Quise que mi voluntad fuese el orden.

No odié primero a Dios.

Odié que algo fuese antes que yo.

Odié el ser como herencia.

Odié la realidad por no haber nacido de mis manos.

El joven dio un paso atrás.

No por miedo.

Por incomodidad.

Como quien escucha demasiado claramente algo que prefería ignorar.

—Nosotros no odiamos nada —dijo—. Nosotros construiremos un mundo mejor.

Un mundo sin sufrimiento.

Sin dependencia.

Sin pobreza.

Sin muerte.

Sin necesidad.

Sin dolor.

Fausto soltó una risa breve.

Seca.

Sin alegría.

—No.

Yo quise demasiado.

Vosotros ya no queréis nada.

—Queremos vencer la muerte.

—No.

Queréis que nada os moleste.

El joven palideció.

Y yo también sentí la herida de aquellas palabras.

Porque una parte de mí, una parte cobarde y secreta, había deseado lo mismo.

Una vida sin peso.

Una libertad sin deuda.

Un bienestar sin sacrificio.

Una existencia donde nadie tuviera que obedecer a nada, ni siquiera a la verdad.

Entonces comprendí que el joven no venía de otro mundo.

Venía del mío.

Fausto prosiguió:

—No sois mis herederos.

Sois mi degradación.

Yo, al menos, quise el absoluto.

Me equivoqué de camino.

Me vendí a la mentira.

Pero todavía había en mí una sed de altura.

Vosotros habéis cambiado la sed por comodidad.

Habéis cambiado el abismo por la pantalla.

Habéis cambiado la eternidad por una prórroga biológica.

Habéis cambiado el alma por mantenimiento.

Eso no es grandeza.

Es administración del miedo.

La llanura entera pareció hacerse más clara.

No más bella.

Más clara.

Como si una presencia invisible hubiese retirado el último velo.

El joven alzó la voz.

—No puedes juzgarnos. Nosotros daremos al hombre seguridad. Le daremos salud. Le daremos abundancia. Le daremos protección desde la cuna hasta la muerte.

Fausto lo miró con una piedad terrible.

—No se protege al hombre destruyendo aquello que lo hace hombre.

Hubo silencio.

Y en ese silencio vi pasar, como sombras ordenadas, las ciudades de Europa.

No como mapas.

No como noticias.

Como casas.

Mesas vacías.

Cunas vacías.

Iglesias vacías.

Ancianos esperando hijos que no vendrían.

Niños educados por pantallas.

Cuerpos cuidados por máquinas.

Pueblos enteros convertidos en oficinas de asistencia.

Y sobre todo eso una palabra escrita sin tinta:

bienestar.

Fausto habló de nuevo.

—La política de vuestro siglo ha querido humanidad sin naturaleza.

Ésa es su blasfemia más íntima.

Quiere proteger al hombre después de haber negado su forma.

Quiere sostener la familia después de haberla vuelto opcional.

Quiere pensiones sin hijos.

Quiere solidaridad sin comunidad.

Quiere derechos sin deber.

Quiere compasión sin caridad.

Quiere bienestar sin bien común.

Pero los frutos no sobreviven eternamente a la raíz arrancada.

El joven apretó los labios.

Ya no sonreía.

—Entonces, ¿qué es el infierno?

Fausto no respondió de inmediato.

Miró hacia una altura que yo no veía.

O que veía demasiado.

Después dijo:

—No pronunciéis aquí su Nombre.

El joven entendió.

—¿Por qué?

Fausto cerró los ojos.

Y cuando habló, su voz ya no tenía dureza.

Sólo verdad.

—Porque todavía me sostiene.

Nadie dijo nada.

La llanura se llenó de una claridad insoportable.

Entonces comprendí.

El infierno no era ausencia.

Era presencia rechazada.

No era una noche sin Dios.

Era Dios sosteniendo todavía aquello que ya no podía volver a Él.

Era ser amado por Aquel a quien ya no se puede amar.

Era existir por misericordia y recibir esa misericordia como fuego.

Fausto se puso de pie.

Y en aquel instante pareció más grande que todos los imperios de la historia.

Más grande que todas las revoluciones.

Más grande que todas las ideologías.

Más grande incluso que su propia caída.

Porque un condenado que ha visto la verdad posee una terrible dignidad.

La dignidad de una ruina que todavía habla.

—¿Sabes cuál es mi tormento? —preguntó.

El joven no respondió.

—Que ahora sé.

Sé que el orden existía.

Sé que el bien existía.

Sé que la belleza existía.

Sé que la verdad existía.

Sé que todo aquello contra lo que luché era precisamente aquello para lo que había sido creado.

Y lo sé sin poder amarlo.

El joven tembló.

Pero en sus ojos apareció algo peor que el miedo.

Apareció resistencia.

Había entendido.

Y aun así no quería ceder.

Fausto lo vio.

Yo también.

Y entonces comprendí que el mal no es siempre ignorancia.

A veces es una inteligencia de rodillas ante sí misma.

Una voluntad que mira el abismo, reconoce el abismo y lo elige porque no soporta recibir el cielo como don.

—Todavía puedes volver —dijo Fausto.

El joven sonrió apenas.

Ya no con inocencia.

—Volver sería obedecer.

Fausto bajó la cabeza.

No discutió.

No suplicó.

No corrigió.

Porque había escuchado aquella frase antes.

La había escuchado en su propia alma.

Durante siglos.

Entonces el joven se alejó.

No corrió.

No fue arrastrado.

No cayó.

Simplemente siguió caminando hacia la claridad.

Y esa fue la cosa más terrible.

Que nadie lo empujaba.

Fausto permaneció inmóvil.

Yo quise hablarle.

Preguntarle.

Acaso pedirle una última palabra.

Pero él volvió lentamente el rostro hacia mí.

Y entonces comprendí que no había sido testigo de una escena ajena.

No estaba viendo el destino de un monstruo.

No estaba viendo una fábula antigua.

No estaba viendo el futuro de otros.

Aquella llanura no estaba habitada por muertos.

Estaba habitada por hombres.

Y, por un instante, tuve la certeza de que la distancia entre aquel lugar y nuestro mundo era infinitamente menor de lo que había imaginado.

Fausto me miró.

No dijo nada.

No era necesario.

Porque comprendí que el condenado no me estaba mostrando su destino.

Me estaba mostrando el mío.

Oscar Méndez Oceguera

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