En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén.
Querido Félix, querida Cecilia, hoy es el día del ofertorio de vuestro hijo bien amado. Félix ofreció y consagró su vida a España y su hijo, a Dios. Ese hijo que, como decía su profesor don José Miguel Gambra, es un tío muy espabilado. Es muy inteligente. Todo el mundo dice eso, pero yo disiento. Yo creo que está loco. Yo creo que está loco con esa locura de Dios, con esa locura de la cruz. De esa locura para el mundo, pero sabiduría para Dios y amor a las almas.
Desde ayer es otro Cristo, pero yo diría también es otro Jesús. Y cuando digo otro Jesús, hago referencia a lo que su nombre define como Salvador, Salvador de las almas. Salus animarum suprema lex (La salvación de las almas es la ley suprema). Ese motivo que nos anima, sobre todo cuando nuestra caridad se entibia y a veces se enfría, necesita reanimarse con un fuego que nos da mucho miedo pero que es necesario. Y es necesario, a veces, imaginar lo terrible que es aquello que vio Dios, Nuestro Señor, que las almas se pierdan.
Qué pena. Qué pena imaginarlas en aquellas tinieblas exteriores donde hay llanto y crujir de dientes. Qué pena, qué dolor, qué angustia poderlas imaginar allí donde hay un, un fuego eterno. Y cuando miramos las cosas desde el punto de vista de Jesús, comprendemos su nombre y comprendemos su misión. Entonces, comprendemos la locura de Carlos y el porqué de su vocación.
En estos tiempos en que pareciera que estas verdades trascendentes y eternas quedaran accesorias o accidentales, no nos damos cuenta que por las almas, Dios se hizo hombre, se ofreció en la cruz y sufrió la Pasión, la muerte y la Resurrección. Pero, ¡oh misterio!, esa Pasión de Jesús, tan dolorosa, desde la traición del amigo, desde el huerto de Getsemaní hasta el último suspiro, sufriendo la angustia, el abandono del Padre y la entrega de su propia madre, no se entendería sin el amor a las almas, sin esa entrega total.
Y lo más terrible es que esa Pasión y esa muerte no servirían de nada sin el santo sacrificio de la misa que celebra Carlos. Sin la misa, ese sacrificio uno y eterno no se aplicaría sobre las almas. Jesús no sería el alimento de tantas almas famélicas de vida divina. Su sangre no se derramaría en cada Pascua que se produce en el confesonario cuando el Padre, por una absolución, ¡resucita las almas! Y uno cuando dice Ego te absolvo, es Jesús que perdona un alma que resucita, que sale, condenada como estaba para sufrir la condenación eterna, muerta a la gracia. Uno tendría ganas de decir ¡¡Aleluya!! Pero no, porque se les delata. Pero qué victoria salvando las almas.
Gracias a la misa, gracias a ese sacrificio en que el sacerdote, en ese misterio sublime de la unión hipostática del cual participa, se une a ese sacrificio como una hostia. Una hostia en la cual las solicitudes imprevisibles de ese Espíritu que no sabemos de dónde viene ni a dónde nos lleva y que desde la Pentecostés de Jerusalén nos santifica, con él va llevando esa identificación, cada vez más perfecta, con Jesús, con el Salvador.
No voy a leer el cuarto capítulo de la primera de San Pablo a los Corintios, donde nos exhorta a ser administradores fieles de esas gracias sin tener reparos a lo que diga el mundo, sino con pureza de intención saber lo que quiere de nosotros el que nos amó primero, el que nos llamó, el que le llama amigo. Él es el que nos da a entender, y le dará a entender, en estos tiempos en que es tan difícil preservar ese tesoro y ante el cual, si a veces no lo valoramos porque no comprendemos las dimensiones que abarca, podemos sospecharlo cuando despierta tanto odio, tanto rechazo, tanta rabia.
Ese amor que siente por la misa, ese amor por la redención, ese amor por las almas. Ese desprecio que, como dice San Pablo, considera a los sacerdotes omnia peripsema, la escoria, la basura. Despreciado por el mundo porque no comprende la locura de Carlos, la sabiduría de Dios.
Carlos, vas a la saga de los Tercios de Flandes. A la saga de aquellos que llegaron hasta la Hispanidad, como dijo Monseñor Fellay ayer, a plantar la cruz. Por eso quiero ponerte bajo la protección de la Inmaculada. Y Carlos, la Inmaculada de Empel.
Hoy, que la herejía más abyecta que han conocido los siglos ha abierto sus compuertas y nos tiene con el agua al cuello, como otrora entre la desembocadura del Waal y del Mosa, allí estaban tus ancestros, de quienes llevas la sangre y, sobre todo, el espíritu, para poner en ella toda tu esperanza. Tu abogada, aquella tabla de la Inmaculada del 7 de diciembre, cuando ya iban a perecer todos ahogados, de ella fue la victoria. De ella, de su Corazón Inmaculado, el triunfo. Ella es la que permitirá, por su mediación, que no solamente el almirante holandés protestante tenga que confesar aquello que recuerdan todos los siglos y que tal vez algún día, no solamente lo diga el holandés, tal vez el francés, el alemán, el inglés y hasta los suizos. ¿Qué dijo Holak? Holak dijo: «Está claro, Dios es español».
[INICIO DE LA PARTE EN FRANCÉS – TRADUCIDA AL ESPAÑOL]
Mis muy queridos hermanos, tal vez no hayan entendido nada, es normal. Simplemente le digo a mi querido Carlos, que me hace este honor, una gran gracia también, y les dirijo unas palabras para expresar, en síntesis, esta locura de amor por la Cruz, que no tiene nada que ver con la sabiduría humana, que identifica al sacerdote en su configuración con Cristo y que le da la gracia de salvar almas ante el enorme peligro de la condenación eterna; es una urgencia.
Se podría decir que es un bombero de Dios, pero de un fuego terrible, de un fuego atroz, de un fuego eterno. Y por eso Nuestro Señor Jesucristo lo ha llamado, le ha dado la gracia de la vocación a este orden sacerdotal que, como un carácter, permanecerá para siempre, como su miedo, tal como nos dijo ayer. Un miedo que solo los valientes podrán vencer.
Esta gracia le permitirá celebrar las misas; el santo sacrificio de la Cruz se aplicará sobre vuestras almas, sobre las almas de aquellos a quienes amamos y por quienes Él dio su vida, porque no hay amor más grande que aquel que da su vida por sus amigos y por su Dios. Carlos entrega su alma, su vida, para poder ofrecer, dar gracias, pedir, rendir honor y alabanza a nuestro Dios. Pero no solo al Dios rechazado por Anás y Caifás, sino también al Rey que no han querido, no han querido aceptar, ni Herodes ni Pilato. Un tribunal religioso te ha condena, y un tribunal político también. Dios, nuestro Dios, es nuestro Rey.
Dios lo ha llamado para hacerlo su ministro y salvar almas en la celebración, aplicación de las gracias insignes del sacrificio eterno de la Cruz y dar la gracia, dar a Jesús, dar la resurrección en todos los confesonarios. Y lo ponemos bajo la protección de Nuestra Señora la Inmaculada, para que pueda protegerlo en esta deflagración, inundación, similar a la que sufrieron sus antepasados en la colina de Empel, en Flandes.
Y como la historia es muy larga, y muy largo puede ser el sermón, les pido que tengan a bien profundizar en esta historia, de la que hay tantas bellas aplicaciones y que es todo un ejemplo para él, para mí y para todos nosotros. Es por la mediación de la Santa Virgen María que saldremos de esta emboscada que nos han tendido, y tendremos el valor de perseverar incluso ante el desprecio del mundo, incluso ante los ataques del enemigo, incluso si los zorros están allí donde encuentran una madriguera; y hoy hay que renunciar a las comodidades canónicas. Que todo sea para la salvación de las almas, la mayor gloria de Dios, y decir con San Juan Bosco, ese apóstol tan amado de la Patagonia de la cual vengo: Da mihi animas, cetera tolle (Dame almas y llévate lo demás).
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Así sea.
[FIN DE LA PARTE EN FRANCÉS]
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