La Tradición, esperanza en tiempos de tribulación para la Iglesia

La Tradición es la vida misma de la Iglesia. Es lo que siempre se creyó, siempre se enseñó y siempre se celebró

Basílica Papal de san Pedro, en la Ciudad del Vaticano

Vivimos tiempos de profunda tribulación para la Iglesia. Cualquier católico que ame verdaderamente a Nuestro Señor y a su Santa Iglesia no puede dejar de sentir dolor al contemplar la confusión que reina en tantos lugares. Pero quizá lo que más desconcierta no sea solo esa confusión, sino la distinta vara de medir con la que se juzgan unas realidades y otras.

Resulta verdaderamente incomprensible que se emplee tanta severidad contra la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X y contra tantos fieles que únicamente desean conservar la Santa Misa tradicional y la doctrina que la Iglesia ha transmitido durante siglos, mientras se guarda silencio o se mira hacia otro lado ante abusos que hieren gravemente la dignidad del culto divino. Se toleran celebraciones irreverentes, innovaciones litúrgicas que jamás debieron tener cabida en los altares, doctrinas ambiguas y escándalos que hacen sufrir al Sagrado Corazón de Jesús. Sin embargo, parece que quienes desean permanecer fieles a la Tradición son tratados como el verdadero problema.

La Santa Misa tradicional no es una preferencia personal ni una cuestión de sensibilidad. Es el rito venerable con el que se santificaron incontables generaciones de católicos; el altar donde ofrecieron el Santo Sacrificio sacerdotes santos; la liturgia que alimentó la fe de mártires, confesores, religiosos y familias enteras que entregaron su vida por Cristo. Lo que durante siglos fue considerado un tesoro de la Iglesia no puede convertirse ahora, de la noche a la mañana, en motivo de sospecha.

Se nos repite continuamente que debemos hablar únicamente del Dios bueno y misericordioso, como si recordar su justicia fuera algo impropio del Evangelio. Pero esa no es la fe que recibimos de nuestros padres ni la que enseñaron los santos. Dios es infinitamente misericordioso, sí, pero también es infinitamente justo. Precisamente porque ama al hombre, lo corrige; precisamente porque desea su salvación, le advierte del peligro del pecado. La misericordia no consiste en hacer creer que todo está permitido, sino en abrir siempre las puertas del perdón al alma verdaderamente arrepentida.

Hoy apenas se predica sobre el pecado, la penitencia, el juicio, el infierno o la necesidad de salvar el alma. Sin embargo, esas verdades han formado parte de la predicación de la Iglesia desde los tiempos apostólicos. Nuestro Señor habló del Cielo, pero también habló del juicio. Consoló al pecador arrepentido, pero nunca justificó el pecado. Su llamada fue siempre clara: «Convertíos».

También entristece profundamente contemplar la crisis de las vocaciones. Hubo un tiempo en que los seminarios rebosaban de jóvenes dispuestos a dejarlo todo por Cristo. Hoy se presenta como un gran éxito lo que antes habría sido motivo de preocupación. Pero el problema no es solo el número. Muchas veces se echa de menos sacerdotes con verdadera fortaleza, hombres de Dios que no teman predicar la verdad íntegra, aunque ello les acarree incomprensiones. El sacerdote está llamado a ser otro Cristo, pastor de almas, hombre de sacrificio, de oración y de cruz, no un simple gestor preocupado por agradar al mundo.

Y junto a todo esto, asistimos al auge de un cristianismo superficial, cómodo y acomodado. Se presume de ser católico mientras se vive como si Dios apenas tuviera importancia. Se relativizan los mandamientos, se adapta la moral a los gustos personales y se reduce la religión a una emoción pasajera o a unos cuantos símbolos. Pero la fe católica nunca consistió en eso. Seguir a Cristo exige renuncia, humildad, obediencia y combate espiritual hasta el último día de nuestra vida.

Mientras tanto, quienes hablan de sacrificio, de reverencia, de doctrina, de penitencia o de la Santa Misa de siempre son tachados de rígidos o extremistas. Parece que amar la Tradición se ha convertido en motivo de sospecha. Sin embargo, la Tradición no pertenece a un grupo concreto; pertenece a la Iglesia. Es el depósito sagrado de la fe recibido de los Apóstoles, custodiado por los Padres, defendido por los concilios y transmitido por los santos a lo largo de veinte siglos.

No sabemos por qué la Providencia permite esta prueba, pero sí sabemos que Cristo jamás abandona a su Iglesia. Otras crisis mucho más graves han sido superadas porque Dios siempre suscita almas fieles que, con oración, penitencia y sacrificio, sostienen a la Iglesia cuando los tiempos son difíciles.

Por eso no debemos desesperar. Debemos permanecer firmes en la fe de siempre, amar la Santa Misa, frecuentar los sacramentos, rezar el Santo Rosario y confiar en la intercesión de la Santísima Virgen. Porque la Tradición no es una nostalgia del pasado. La Tradición es la vida misma de la Iglesia. Es lo que siempre se creyó, siempre se enseñó y siempre se celebró. Y mientras haya un solo católico dispuesto a conservar íntegro ese tesoro recibido de nuestros mayores, habrá esperanza. Porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos, y las puertas del infierno jamás prevalecerán contra su Iglesia.

LVC, Círculo Tradicionalista San Rafael Arcángel, Córdoba

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