Abróchense los cinturones

obispos y fieles en la tormenta

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Queridos fieles:

En algunos viajes de avión se va tranquilamente sentado en el asiento hasta que se enciende una luz y empieza a escucharse una voz que pide a los pasajeros: «Abróchense los cinturones porque vamos a entrar en zonas de turbulencias». Así que uno se espabila si estaba medio dormido y se abrocha el cinturón. He viajado mucho en avión y os digo que, cuando el avión entra en una corriente de aire y hay turbulencias, no es nada agradable. Son frecuentes en la zona del Ecuador. También recuerdo en una ocasión, viajando de Bucaramanga a Bogotá, que hubo una tormenta horrible; estábamos muy cerca de una montaña y no veíamos nada en medio de la tempestad de viento. El sistema nervioso central llama, por lo visto, a todos los órganos periféricos a proteger la vida, pero yo ya estaba casi muerto: aquella bajada a Bogotá fue espeluznante.

Pues ahora, queridos amigos, os aviso: abrochemos nuestros cinturones. Eso nos pide también el apóstol San Pablo en la Carta a los Efesios, capítulo 6, versículo 14: ceñíos con la verdad, porque es muy importante para el combate espiritual que libramos. Es un combate capital y definitivo que hoy más que nunca es necesario, porque las perturbaciones que algunos podemos haber vivido en algún vuelo las vamos a vivir en la tierra. El cinturón de la verdad nos impedirá rompernos los huesos si lo apretamos bien. Lo necesitamos ahora, cuando vamos a vivir turbulencias teológicas; por eso es importante tener las ideas claras y no dejarnos quebrar y desestabilizar por las falacias y los sofismas sembrados. Lo único que tenemos que hacer es conservar el depósito de la Fe, conservar el tesoro que nos ha sido transmitido durante siglos. Cuando preguntaron al Obispo Strickland por qué lo habían expulsado de su diócesis respondió que, en realidad, no le habían dado razones, pero todos los avisos previos le advertían que tuviera cuidado, porque estaba empezando a hablar del depósito de la Fe. Y fue golpeado por los enemigos de la verdad. Dios os ama y una prueba de ello es que el diablo os odia, de ahí los diversos ataques. Por eso debemos ceñirnos bien el cinturón de la verdad, para permanecer fieles al depósito de la Fe.

Nuestro Señor Jesucristo nos pide que participemos en sus milagros y que seamos colaboradores de la obra que hace, porque él tiene misericordia de las multitudes que tienen hambre —misereor super turbam— y pide la participación de aquellos que están en el lugar. Pidió en su momento que le dejaran unos panes y unos peces, y de esa manera los hombres participaron en ese milagro increíble y asombroso del que sobraron cestos llenos de panes después de haber dado de comer a una multitud de más de 4000 personas. Es decir, eran 4000 hombres, por lo que habría muchas más mujeres y niños; en realidad habría unas 20.000 personas, porque si calculamos que en una parroquia por cada cuatro hombres hay diez mujeres, podemos hacer la cuenta. Somos colaboradores de los milagros de Dios. Ya no es como en Caná, cuando Él transformó el agua en vino. Ahora el milagro es la transubstanciación, por el que el vino se transforma en su sangre, y el pan no se multiplica en pan, sino que se transustancia en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Dios. La transustanciación implica no menos de 90 milagros físicos y metafísicos. Somos colaboradores en los milagros de Dios, pero no en la resurrección del hijo de la viuda de Naín o de la hija de Jairo, sino en la resurrección de almas muertas por el pecado en la confesión.

En este tiempo de tribulación se nos acusa de una gran cantidad de barbaridades, pero de lo que más se nos acusa es de orgullo. O sea, que ceñirnos el cinturón de la verdad, para nuestros enemigos, es ser orgullosos. Sin embargo, somos conscientes de que no somos nada, de que somos pobres pecadores y nos damos cuenta de nuestra propia nada, pero adherirnos a la verdad no significa poseer la verdad: somos poseídos por la verdad. Nuestro Señor Jesucristo es la verdad, y es el único que puede decir una cosa parecida; nosotros no podemos decirlo. Participamos de esa verdad que nos da la gracia y queremos transmitirla. Nos llaman lefebvristas, nos llaman tradicionalistas, pero nosotros no somos lefebvristas: somos católicos que queremos guardar el depósito de la Fe, el mismo crimen que, por lo visto, cometió Monseñor Strickland. Hoy se nos está pidiendo que aceptemos el Concilio Vaticano II y la misa nueva, pero eso no está en la revelación de nuestro Señor Jesucristo ni es su Evangelio. Nosotros somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo; no somos parte de un «cuerpo místico del Papa», porque el Papa cambia. Pasó el «cuerpo de Pablo VI», que puso una nueva misa y dijo que el humo del infierno había entrado en la Iglesia. Pues claro que sí: entonces entró el humo y ahora vemos las llamas. Y en cuanto vemos las llamas, o incluso el humo, llamamos a los bomberos. Después vino el «cuerpo místico de Juan Pablo II», el de Benedicto XVI, el de Francisco…La obediencia no es una virtud teologal, es una virtud moral. Las virtudes teologales no tienen límite —ni la fe, ni la esperanza, ni la caridad tienen límite—, pero la obediencia sí puede caer en defecto o en exceso. Y ya estamos advertidos: aquí hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Yo no estoy dispuesto a bendecir la ideología woke, no estoy dispuesto a homenajear y adorar a la Pachamama, ni a ponerme de rodillas ante ella, etcétera, etcétera. Durante los días de las consagraciones episcopales, según me ha contado una mujer de la capilla, el obispo de Toulouse hizo una asamblea con los Testigos de Jehová, con los mahometanos y con unos hinduistas. Hay que mantenerse lejos del concilio y de la reunión de los incrédulos.

En cuanto al decreto de excomunión, un canonista de esta región que conoce el derecho canónico, que se llama Cyrille Dounot, ha dicho del documento de la Santa Sede que es una aberración jurídica y está escandalizado; no se puede hacer algo así, es inaudito. Porque credidimus caritati, por el amor a las almas: salus animarum suprema lex, salvar las almas es nuestro objetivo. Ahora que estoy predicando un retiro, hay una mujer de Costa de Marfil, que vive en la isla de Reunión, y que hace seis meses descubrió la Tradición y entendió perfectamente que hay un estado de necesidad, y que es necesario que haya habido consagraciones de obispos. Era muy activa en su parroquia y cuando regrese a su casa le va a decir a su párroco: «Como he sido excomulgada, ya no voy a dar la yo comunión ni voy a poder explicar tu catecismo». Ha entendido que nuestra misión es católica, es universal. Y esto es universal no solo porque la Fraternidad está en todo el mundo —aquí llega gente de todas partes, también hay personas de África del Sur, otros franceses, gente de distintas razas y orígenes completamente diferentes—, sino por la catolicidad de la misión de la Iglesia. En mi familia tengo varios primos sacerdotes que no entienden nada; cada uno es diferente, ninguno está vinculado a la Tradición e insisten en la acusación de orgullo, de que tenemos orgullo. Pero si somos pecadores. Ya lo dije antes, mi pecado está siempre ante mí. Si hay algo de que enorgullecerse es haber dedicado nuestra vida a lo más noble y sublime que puede haber bajo el cielo. Yo no soy lefebvrista, le digo a mis primos. Soy católico, soy tradicionalista y si hay algo que admiro en Monseñor Lefebvre es que en él no hay ningún prurito de originalidad y orgullo. Muchos fundadores le han dado a sus fundaciones y congregaciones ese toque personal, personalista; pero lo admirable de la misión de Monseñor Marcel Lefebvre es que él no quiso transmitir nada suyo, fue como San Juan Bautista cuando dijo hace falta que yo desaparezca para que Él aumente: el Arzobispo Lefebvre quiso transmitir lo que había recibido, con humildad. Él lo supo transmitir con lealtad hasta el heroísmo del que habla San Pablo de querer ser anatema por las almas, por sus hermanos (Romanos 9, 3). El Arzobispo Marcel Lefebvre consagró su vida y sacrificó el honor a su deber de conciencia en la salvación de las almas.

Es extraordinario poder unirnos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en esta hora de pasión de la Iglesia. De eso nos quiso prevenir nuestro superior general, estemos atentos, no nos volvamos agrios. Seguimos a Nuestro Señor Jesucristo por amor a las almas. Ya lo hemos meditado y hemos comentado cuando os dije: «No vayamos con la flor en el fusil; hay precipicios, hay terrenos fangosos, podemos caer». Estamos todos hechos del mismo barro. Pero en Monseñor, que se adhería a la doctrina católica, también destaca su heroísmo, su amor por la Iglesia. No existe el cuerpo místico de León XIV, ni el cuerpo místico de Marcel Lefebvre; la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo. Esas características del culto a la personalidad, que no se centran en la persona divina, son lo que marca el carácter de secta, y nosotros no somos una secta ni un culto. Esa tiranía con la que se trata de golpear y golpearnos ahora es terrible; ya me empiezo a plantear si también están excomulgados vuestros perros y gatos. Que no nos amargue la tribulación, tenemos que pedir esa gracia, que era la de los primeros mártires de la Iglesia. Nuestro Señor Jesucristo veía ante sí todos los tiempos: pasado, presente y futuro; ante él son un instante los tiempos, él vio nuestros tiempos y nos advirtió: «Seréis perseguidos a causa de mi Nombre». No por el derecho canónico, sino por su Nombre. Por eso los apóstoles, cuando eran llevados al martirio —por ejemplo San Andrés, cuando iba al martirio y veía la cruz en X, que ahora es la Cruz de Borgoña—, cantaban un himno de alabanza y de alegría. San Pedro vio que era un honor tan grande morir en una cruz como su Maestro que dijo: «No, no, yo no puedo tener el mismo honor de Cristo; crucifícame, pero de cabeza, con la cabeza para abajo». Por esa alegría y ese honor de participar en la Pasión… Esa alegría que también estaba en el sufrimiento del mártir San Lorenzo con ese humor de pedir a los verdugos que le tostaran del otro lado, y en San Esteban protomártir, que vio abrirse la gloria de los Cielos. Y ese mismo deseo y esa alegría había en San Ignacio de Antioquía, que quería ser triturado por las fieras y cantó un himno que todavía se mantiene en la liturgia. Vayamos cantando, aunque no digo exactamente que cantéis; también puede ser suficiente con que no nos amarguemos, que no acabemos con los corazones agrios. Nuestro Señor dijo: «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen». Y no es hoy una cosa puntual, sino que es lo que va a venir en una larga temporada de aberraciones y blasfemias de autodestrucción de la Iglesia, que está siendo demolida. Una Iglesia en la que caben todos, todos, todos, todos… ¡uy!, menos nosotros. Hay dos varas de medir, dos pesos y dos medidas. ¿Y cuál es nuestro crimen? Guardar el depósito.

Ya sabéis lo que dice la UNESCO o la ONU: «Patrimonio de la Humanidad, no lo toquéis». Tal catedral, tal monumento, tal folclore… un patrimonio universal. La Iglesia debería declarar la doctrina tomista y el rito romano tradicional, la misa codificada en el Concilio de Trento, como patrimonio católico intangible. Sin la misa, la Pasión de Cristo no sirve para nada; la Pasión de Cristo tiene que ser aplicada por la Santa Misa. Imaginadlo. Y después del Concilio Vaticano se actuó como el centurión Longinos, que con su lanza quiso tocar el cuerpo, el corazón del Cuerpo Místico, lo que vivifica, lo que da la vida y lo que une al Cuerpo Místico de Cristo. Y han tocado el corazón del Cuerpo Místico: la misa. Qué crimen. Le dijo Nuestro Señor a la samaritana «si conocieras el don de Dios». Y nos quieren quitar el don de Dios, don sublime de la misa.  ¿Qué es el ministerio sacerdotal con la sinodalidad? Cuando ya no hay más que lugares de culto, todo es nuevo. Sin embargo, mucho tiempo antes, San Pío X condenó el modernismo diciendo que era la cloaca de todas las herejías; todas las herejías se concentran en ese modernismo, que fue declarado por Pío X, Pío XI y Pío XII como una herejía. Yo no señalo a ninguna persona como hereje, pero eso que es, es una herejía. Es un gran riesgo. No os dejéis acomplejar en esta prueba por ataques llenos de falacias y sofismas, pero abrochad vuestro cinturón, vamos a atravesar turbulencias.

También hemos sido condenados por un tribunal inicuo. Pero si imagino al Papa y a ese pobre cardenal y a otros sacerdotes, temo que pudieran quemarse en el infierno…Si imagino a los sacerdotes que quieren bendecir la apostasía, bendecir el wokismo tengo miedo como temo cuando imagino que hay almas se queman en el infierno. Por eso tenemos que amar, como nuestro Señor, a nuestros enemigos ahora que perdemos el confort canónico y hasta la seguridad económica; y no es nada fácil amar a los crápulas. Me acuerdo cuando era pequeño en la Pampa: por las noches hacíamos unos asados y, claro, teníamos una hoguerita con unas brasas para poner buenos filetes. Con las linternas y pequeñas antorchas llegaban insectos: escarabajos, mariposas… pero también de vez en cuando llegaba un sapo[1]. Los sapos querían comerse algunos escarabajos u otros insectos y saltaban, y torpemente a veces caían en mitad de las brasas; ¡puff!, qué ruido hacían. Y qué alarido daba el sapo, era horrible verlos quemarse. Pues lo mismo que era horrible ver quemarse a un sapo en las brasas hasta que desaparecía consumido por el fuego incandescente, es más triste imaginar a los crápulas quemarse en el fuego del infierno; eso me da mucho más miedo y horror. Por eso el fuego del infierno inflama el fuego de la caridad, porque no quiero ver a los crápulas quemados como los sapos. Y eso que el sapo se quemaba en tres minutos, pero los crápulas, si caen en el infierno, van a estar ahí por toda la eternidad. En Salamanca, en el interior de la catedral hay un altar lateral, y en la fachada de la Universidad hay una rana. Hay que encontrarla: no es un sapo, es una rana. ¿Qué significa una rana sobre una calavera? Significa cómo la impureza y la lujuria comen el cerebro y secan el espíritu. Creo que algún crápula tenía al sapo de la impureza en algunos libros, y le comieron la inteligencia, la salud, el espíritu angélico, el espíritu tomista y toda la teología. Ay, esos crápulas; ay, esos sapos; ay, esas ranas. Son dignos de piedad y misericordia.

Hoy no debemos desanimarnos ante esta tribulación a la que vamos a estar asociados; seamos como las mujeres cercanas a la cruz del Señor en el Calvario. Cuando participamos en la misa, en el Santo Sacrificio de la redención, recemos con todo nuestro corazón. La Santísima Virgen nos ha pedido, a través de los niños de Fátima, que recemos especialmente por los más necesitados de la misericordia de nuestro Señor. ¿Y quiénes son esos? Pues los crápulas, a los que hoy les han comido el cerebro, se han vuelto locos y no saben ni lo que hacen. La demolición de la Iglesia ciega las fuentes de la gracia, aborta la redención de nuestro Señor Jesucristo y la hace estéril; qué tragedia, y las almas se condenan. Conservemos la claridad en esta tribulación, recemos junto a la Santísima Virgen, que a los niños de Fátima enseñó el infierno en el que había muchos crápulas, muchos jóvenes que murieron sin estar en estado de gracia.

«Misereor super turbam», dice el Evangelio de hoy, del domingo sexto después de Pentecostés. Nuestro Señor, que pidió siempre la participación en sus milagros, queridos amigos, nos llama a participar en algo sublime y maravilloso: ver los milagros de Dios en los cuales se manifiesta su poder. Dios hará el resto, participamos con lo que tenemos. Santa Juana de Arco, condenada por hereje, por relapsa, por hechicera y por apóstata, hoy es una santa. Ella  combatió, luchó y Dios le de dio la victoria; fue la jefa de filas de los franceses. Si todavía queda en nosotros esa nobleza, luchemos. No somos de las huestes de Santa Juana de Arco; somos católicos, no somos «juanarquistas», no sé si eso existe, me lo acabo de inventar. Pidamos la gracia de seguirla en las humillaciones y en el combate de cada día, en el bullying que se sufre ya y el que se avecina. Este viernes que viene tengo que casar a una pareja de muchachos y les niegan el acceso a todas las iglesias; y el día 15 de julio, un bautismo, que ya tendremos que celebrar en el patio o porche de una casa. ¿Y por qué? Por fidelidad. Participemos con nuestros sacrificios en la redención de nuestros enemigos; eso es verdaderamente heroico, eso demuestra que sois verdaderamente santos y admirables, porque hacer eso con los enemigos no es humano, eso es divino. Participemos con generosidad en los milagros de Nuestro Señor; la cita es en el Cielo. Pidamos la gracia de la fidelidad para que la rana no se instale en nuestra cabeza y no nos haga dudar con mentiras y sofismas. Ataos bien, abrochaos el cinturón de la verdad que nos propone San Pablo en Efesios 6, versículo 14, para hacer frente al combate actual de la Iglesia militante, para ser parte un día de la Iglesia triunfante. Que Dios nos conserve la Fe nos guarde en la caridad y en estas turbulencias, que no perdamos la esperanza en estas turbulencias. Dios sabrá cuándo cesarán, no perdamos la paz. Al final de la misa, en unión con la Virgen María rezaremos el Magníficat ante esta cruz que se perfila en el horizonte, la cantamos con San Andrés, con San Pedro y con San Ignacio de Antioquía, para unirnos a ellos, por la salvación de las almas. Gracias, Arzobispo Marcel Lefebvre y gracias a todos los demás que han tenido el valor de dar su vida y de dejar su honor de lado, por la salvación de las almas.

En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Rvdo. Sr. Don José Ramón Ma. García Gallardo, Círculo Sacerdotal Cura Santa Cruz

[1] Crapaud, sapo en francés. Crapule, crápula. Intraducible el sonido del juego de palabras del francés original.

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