Exhortación a las filas ante la crisis eclesiástica

Aquellos que, a lo largo de la Historia, han sido contemporáneos de las crisis que la Iglesia ha tenido que sufrir, les tocó vivirlas con relativo grado de consternación y debiendo desplegar un grado no menor de paciencia. Las crisis sólo se entienden adecuadamente en retrospectiva, cuando ya han sido superadas, por lo que es enteramente normal el relativo estado de confusión que provocaron. La crisis presente, que no tiene equivalentes históricos exactos en pruebas pasadas sino que presenta sólo similitudes parciales, no es la excepción.

Decía Platón que la mayor gloria de los mortales es la de constituirse en juguetes o instrumentos de Dios (Las Leyes, VII, 803c), y aunque en la presente obra divina no entendamos del todo nuestro lugar, ello no nos exime del deber de desempeñar nuestro papel con la mayor dignidad posible. Los presentes eventos bien podrían constituir una suerte de ensayo para la última gran persecución, por lo que quizá tengamos oportunidad de dejar un espectáculo orientador, o al menos no excesivamente vergonzoso, a quienes toque vivirla.

Los eventos eclesiásticos recién ocurridos —nos referimos específicamente a las nuevas consagraciones episcopales y sus consecuencias canónicas—, son un asunto particularmente doloroso que nos afecta a todos, pero cuya resolución la Providencia ha reservado a los clérigos, por lo que a los seglares nos toca ser más espectadores que protagonistas.

Seamos reticentes, en consecuencia, a incurrir en actos que entorpezcan la labor de quienes están encargados de resolver la cuestión, evitando sobre todo ser partícipes de la maledicencia —usualmente no desprovista de cierta mezquindad— que el acceso a las redes sociales tanto facilita, especialmente cuando procede de corporaciones eclesiásticas, aunque el cariño que le tenemos a nuestros clérigos y la acritud de los pleitos de familia azucen a ello.

Esta crisis eclesiástica pasará y no la vamos a resolver los seglares, por lo que participar de los ataques de uno u otro lado, además de indicar incomprensión de nuestro lugar en estos hechos, cuando se degrada al nivel de rencilla corporativa o adquiere notas de mezquindad, denota un espíritu republicano, que a todo hombre medianamente bien avenido no puede sino causarle rubor. Los ataques a que da lugar la maledicencia no dejan de tener, además, un cierto tinte ridículo, como lo tendrían las reprensiones que, en una casa sacudida por un terremoto, se lanzaran los muebles entre sí por no mantenerse en su sitio.

Lo que nos corresponde como seglares y como miembros de la Iglesia Militante es confiar en que la cuestión está en buenas manos y seguir pugnando por la instauración del Reino de Cristo en esta vida.

León XIII señaló en la encíclica Immortale Dei (1885) cómo habría de hacerse (núm. 23): «Han de utilizar, en la medida que les permita su conciencia, las instituciones públicas para defensa de la verdad y de la justicia. Han de esforzarse para que la libertad en el obrar no traspase los límites señalados por la naturaleza y por la ley de Dios. Han de procurar que todos los estados reflejen la concepción cristiana, que hemos expuesto, de la vida pública». Para quien no haya leído la encíclica, el fragmento resaltado se refiere al orden prerrevolucionario: el régimen de Cristiandad.

En el mismo sentido, la «Declaración de fe católica» suscrita por el P. David Pagliarani y publicada el día 14 de mayo de 2026, señala que «la Cristiandad no es un simple fenómeno histórico, sino el único orden querido por Dios entre los hombres». Tal idea, clara y contundente, constituye no sólo una recuperación del magisterio tradicional de la Iglesia, sino una profundización en el misterio del Reino de Cristo que sólo el legitimismo es capaz de materializar y que excluye las ensoñaciones republicanas de diverso cuño, incluso las que se revisten de signos católicos.

Dicho legitimismo, que en nuestras tierras hispanas se concreta única y exclusivamente en el carlismo, precede históricamente a la presente crisis eclesiástica y seguirá en pie cuando ésta ya se haya resuelto, por lo que, desde tal punto de vista, la referida pugna, a pesar de su gravedad, no es sino de carácter episódico y ninguno de nosotros debe utilizarla como pretexto para el incumplimiento de nuestro principal deber como seglares.

La Autoridad y la Verdad deben siempre caminar juntas, como bueyes unidos por una misma yunta. Pero si por algún infortunio se alejaran temporalmente —como parece haber ocurrido en la presente crisis eclesiástica—, siempre cabe recordar que aquel de nosotros que por perder la paciencia reniegue de la Causa, no estará optando por una o por la otra, sino renegando de ambas en lo que al orden temporal respecta, y retornando a sus viejos vicios republicanos, como perro que vuelve a ingerir su vómito (Prov. XXVI, 11), caída que las erinias de su conciencia —y de sus papilas gustativas— no dejarán de reprocharle.

Las pruebas y persecuciones permitidas por la Providencia, a pesar de su carácter doloroso, han tenido el efecto de forzar a la Iglesia a dar lo mejor de sí, como el viñedo cuyas uvas son pisadas para extraer su mosto.

Sirva el presente texto de exhorto a mantenernos en nuestro puesto con la templanza debida, como el centinela de Pompeya que no abandonó su puesto por no haber sido relevado en el mismo, inmortalizado por Edward Poynter en el cuadro Fiel hasta la muerte (1865).

Rodrigo Fernández Diez, Círculo Tradicionalista Celedonio de Jarauta de Méjico.

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