Datos para la Historia (I)

El, en el momento del Alzamiento, Comandante Luis Redondo (1889-1973), junto con Manuel Fal Conde (1894-1975).

Al poco de arrancar su andadura el boletín mensual El Requeté, órgano del Círculo carlista de Buenos Aires, se empezaron a estampar una sucesión de trabajos concernientes a los antecedentes y prolegómenos del Alzamiento del 18 de Julio. Tal como se indicaba al inicio del primero de ellos, se trataban en realidad de «fragmentos de un libro próximo a concluirse». Agrupados bajo el común encabezamiento de «Datos para la Historia», sólo llegaron a salir tres entregas, a pesar de que al final de la última se preveía expresamente la continuación de la serie.

Estas piezas fueron publicadas anónimamente. Se podría conjeturar como posible artífice a Martín Echarren, Presidente del mencionado Círculo y Jefe Local carlista de Buenos Aires, ya que, en el mismo número en que se daba la noticia de su fallecimiento, se incorporaba a su vez la segunda parte del estudio histórico precedida del siguiente aviso: «Fragmentos dispersos de un libro cuyo autor ya no podrá concluirlo».

Pasamos a reproducir los tres escritos, incorporando por nuestra cuenta las notas a pie de página. Todos los subrayados y mayúsculas, por el contrario, no son sino mero reflejo de la versión original.

Félix M.ª Martín Antoniano

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El primer artículo de la serie se imprimió en «El Requeté», n.º 2, 1 de enero de 1939, p. 4.

Datos para la Historia

Descontado se tiene que todos los fariseos se llevarán las manos a la cabeza, aun sin llenársela de ceniza, y se aprestarán a rasgarse moderadamente sus vestiduras. También será motivo de estupefacción o escándalo lo que se irá refiriendo para cuantos, nacidos para avestruces, creen que en cerrando los ojos a la luz, como aquéllas ocultando sus cabecitas en el hoyo abierto en la arena para no ver al león, ya el peligro no existe. Y gritan ¡escándalo!, ¡escándalo!, cuando hay quien se atreve a proclamar bien alto lo que es sabiduría de clavo pasado, o verdades escuetas de la historia austera.

Aunque principalmente se tratará el problema político de España, como éste se roza con el problema militar y parece que algunos militares, mal aconsejados, han querido convertir el glorioso Movimiento Nacional [1] en una cuartelada o pronunciamiento estilo siglo XIX, desvirtuando su carácter popular, base y fundamento jurídico de su legitimidad [2], accidentalmente se tratará de los mayúsculos yerros militares; porque las guerras se ganan alcanzando victorias y no repitiendo tontamente las palabras: victoria, invicto, derrota aplastante del enemigo, descalabro tremendo, etcétera, etc. Resulta soberanamente ridículo leer la prensa nacionalista española, convertida en un inmenso botafumeiro por obra y gracia de politiquillos de la más vieja escuela, como Serrano Suñer, que, al remedar los métodos fascistas e hitlerianos, los han dejado tamañitos. Se publicará a su hora una colección de las órdenes emanadas de la Dirección de Prensa y Propaganda de Salamanca [3], que resulta el monumento máximo de la adulación, del servilismo y de la incomprensión del carácter y psicología españoles.

Dejados de la mano de Dios, han olvidado que en el fondo del español está siempre el espíritu de aquellos claros varones que, monárquicos ferventísimos, se dirigían a la Autoridad con las frases sabidas: NOS, QUE SOMOS TANTO COMO VOS, Y JUNTOS MÁS QUE VOS [4]; REY SERÁS, SI FICIERES  DERECHO, ET SI NO, NON LO SERÁS [5]. Y la figura gigante del Alcalde de Zalamea será siempre el modelo representativo del verdadero carácter español, que se pretende convertir en el rebaño de Panurgo o en autómatas marcando el paso de ganso, sin ideas y sin voluntad propias.

Las necesidades de la guerra imponen muchas obligaciones y restricciones, CIERTO, CIERTÍSIMO; pero lo que jamás imponen es el ridículo, y menos todavía aprovecharlas para hacerse una plataforma y convertir a todos los periódicos en un diario y repetido anuncio gratis. ¡Qué mala debe ser la mercancía cuando necesita tanto bombo!

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Aunque se han visto los originales y fotografías de los documentos que se citarán, es inútil pedir, antes de finir la guerra, las tales fotocopias y documentos, celosamente guardados en lugar seguro.

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En la preparación del Movimiento que debía acaudillar el glorioso, doble laureado, general Sanjurjo, tuvieron poca intervención los generales que luego, por efecto de las circunstancias, han resultado primeras figuras.

El Movimiento fue preparado por la Comunión tradicionalista –el viejo Carlismo, luchador de siempre y siempre por los mismos ideales–, en combinación con algunos elementos de Renovación Española, con algunos de José Antonio, quien estaba en la cárcel cuando se enteró, con el conocimiento de Gil Robles a última hora, y siempre bajo la jefatura de Sanjurjo. Los representantes de éste fueron, primero, un general que se RAJÓ en Madrid; luego el doble laureado, entonces coronel Varela, y, cuando éste no podía ya moverse por pisarle los talones la policía de Azaña, quien lo tenía en el Castillo de Santa Catalina en Cádiz al estallar el Movimiento, fue el postrer representante el general Mola, Gobernador Militar de Pamplona [6].

El general Franco se comprometió a sublevarse en África mucho después que el actual Príncipe-Regente de la Comunión Tradicionalista-Carlista se entrevistase en Lisboa, por orden del difunto Rey Don Alfonso Carlos (q. s. g. h.), con el general Sanjurjo y se conviniesen los postreros detalles del Movimiento que sustancialmente fueron:

Los Requetés cooperarían, desde el primer instante, al Movimiento, si lo iniciaba el Ejército; pero si éste no podía, los Requetés empezarían, siempre mandados por el general Sanjurjo, y para ello el teniente coronel de E. M. Baselga formó el plan del alzamiento, constituido en principio por dos fuertes grupos de Requetés que aparecerían en la Sierra de Huelva y en la Sierra de Gata, en el sudoeste de España, sobre la frontera de Portugal, por razones obvias y fáciles de comprender.

Al atraer las fuerzas del Gobierno, debían actuar inmediatamente los Requetés navarros y vascos, al par que los catalanes y aragoneses, en un doble movimiento sobre Madrid. El general Sanjurjo no era partidario de la guerra de carreteras, sino que pretendía dar una batalla, pero una verdadera batalla decisiva, tan pronto hubiese reunido los elementos que se hubieran plegado a su nombre glorioso [7].

Si bien es cierto que él había reservado su pensamiento, no es difícil adivinar que hubiera tenido lugar por el norte de Madrid, y aun es probable que hubiera sido algún Guadalajara, pero glorioso. Desde las estribaciones del Guadarrama por Sigüenza y hasta Medinaceli existe, en dirección a Madrid, un vasto terreno para dar una batalla, o una serie de combates que abrieran las puertas de la Capital por el único camino que se pueden abrir, según lo aprendieron Felipe V y Napoleón.

[1] Es decir, el Alzamiento del 18 de Julio.

[2] Sin negar esta decisiva dimensión popular, el fundamento último del Alzamiento del 18 de Julio hay que rastrearlo, en puridad, en el pacto fundacional que le dio origen, verificado entre los representantes de la porción sublevada del Ejército liberal, providencialmente liderada por un ya carlista (o ex isabelino desengañado) General Sanjurjo, y los representantes del Rey legítimo de España D. Alfonso Carlos I.

[3] Por decreto de 14 de enero de 1937, Franco creó una Delegación para Prensa y Propaganda (también llamada posteriormente Delegación del Estado para Prensa y Propaganda), «adscrita a la Secretaría General del Jefe del Estado». Estuvieron al frente de dicha Delegación el falangista Vicente Gay Forner (enero-abril) y el cedista Manuel Arias-Paz (abril-diciembre). Paralelamente, desde principios de mayo de 1937, venía funcionando también una Delegación Nacional de Prensa y Propaganda dependiente del Partido Único recién creado por Franco, y que estuvo dirigida en todo momento por el Sacerdote falangista Fermín Yzurdiaga. Tras la formación del primer Gobierno franquista el 30 de enero de 1938, ambos organismos quedaron unificados y absorbidos por el Ministerio de Gobernación, a cuya cabeza fue puesto el «cuñadísimo» Ramón Serrano Suñer. Resta precisar que por entonces la sede del Gobierno se encontraba en Burgos, ya que el Dictador había mudado su Cuartel General el 12 de agosto de 1937 desde el Palacio Episcopal de Salamanca al burgalés Palacio de la Isla.

[4] El General isabelino Jorge Vigón, en un ensayo que lleva por rótulo «Aristocracia y Nobleza», impreso en el número de Enero-Abril de 1947 de la Revista de Estudios Políticos, señala «la ingeniosa invención que atribuía a la nobleza aragonesa la consuetudinaria prestación de acatamiento a sus reyes, de cuya fórmula se dieron diversas versiones, pero todas más o menos parecidas a ésta: “Nos, que valemos tanto como vos, e juntos más que vos, vos facemos rey y señor con tal de que guardéis nuestros fueros y libertades, e si no, no”. Lo que era demasiado fuerte. Por una vez la invención no fue de ningún erudito demócrata del pasado siglo, que arrimase así un ascua a su sardina, sino de cierto jurisconsulto francés del siglo XVI, François Hotman, bien secundado por Antonio Pérez con sus Relaciones (1587-1598). La fórmula varió luego algo de pluma en pluma; pero la del Conde de Quinto la dejó convicta y confesa de superchería» (pp. 165-166). Vigón está aludiendo al progresista Francisco Javier de Quinto y Cortés, quien en su principal obra, Discursos políticos sobre la legislación y la Historia del Antiguo Reino de Aragón. Del juramento político de los antiguos Reyes de Aragón (1848), efectivamente apuntaba al monarcómaco Hotman como el forjador de esa leyenda política aragonesa.

[5] Esta célebre fórmula enuncia la doctrina católica de la pérdida del derecho de gobernar (recibido por el Rey iure divino a partir de la legalidad positiva, en la cual se funda su legitimidad de origen) a consecuencia de un ejercicio incompatible con su esencia cristiana. Está recogida en la primera Ley del Título Preliminar del Fuero Juzgo, cuya parte medular pasamos a transcribir conforme a la traducción romance del Código promovida por el Monarca San Fernando: «Los reys son dichos reys, por que regnan, et el regno ye lamado regno por el rey. Et así como los reys son dechos de regnar, así el regno ye decho de los reys. Et así como el sacerdote ye dicho de sacrificar, así el rey ye dicho de regnar piadosamentre; mes aquel non regna piadosamentre, quin non a misericordia. Doncas faciendo derecho el rey, deve aver nomne de rey; et faciendo torto, pierde nomne de rey. Onde los antiguos dicen tal proverbio: “Rey serás, si fecieres derecho, et si non fecieres derecho, non serás rey”. Onde el re deve aver duas virtudes en sí, mayormientre iusticia et verdat. Mes mais ye loado el rey por piedat, que por cada una destas: ca la iusticia a verdat consigo de so».

[6] Vamos a intentar ordenar un poco más estos datos.

Tras el fallido levantamiento de Sanjurjo el 10 de agosto de 1932, el entonces Coronel José Enrique Varela, implicado en la sublevación, fue encarcelado varios meses hasta febrero de 1933. Durante este tiempo trabó relación con diversos carlistas con los que compartía prisión, mereciendo especial mención su trato con el Comandante de Caballería Luis Redondo García, quienes le iniciaron en el conocimiento de las gestas bélicas y finalidades de la Causa católico-monárquica. Y, si bien Varela nunca llegó a hacerse legitimista propiamente, por lo menos guardó hasta su muerte una cordial simpatía hacia el movimiento carlista, lo cual no es poca cosa teniendo en cuenta el ambiente hostil que casi siempre caracteriza a la alta oficialidad del Ejército liberal.

Esta simpatía se traduciría en hechos concretos a partir del nombramiento de Manuel Fal Conde en la más alta jerarquía de la Comunión a principios de mayo de 1934. Toda la mira del prócer realista iba dirigida esencialmente a la militarización de los leales como única vía para restaurar la Monarquía frente a los poderes revolucionarios constituidos, procediendo en consecuencia a revitalizar la institución del Requeté. Para ello, nombró en septiembre de ese año a José Luis Zamanillo como Delegado General de los Requetés, y en abril de 1935 al Teniente Coronel Ricardo de Rada como Inspector General de los Requetés. Coetáneamente, Varela, aunque no llegó a asumir ningún cargo formal dentro de la Comunión, contribuyó eficazmente en la organización del Requeté, actuando en la práctica como «Jefe Militar de los Requetés». Melchor Ferrer, en el Volumen I del último Tomo XXX de su Historia, resumía la fructífera labor conjunta entre estas personalidades del siguiente modo (p. 152): «Los antiguos requetés se habían convertido en verdadera milicia de la Comunión Tradicionalista. Gracias a la dirección de Fal Conde y al trabajo constante de Zamanillo, auxiliado por el teniente coronel Rada, y a las previsiones militares del general Varela, los requetés se habían hecho dignos de reanudar la epopeya de la historia carlista».

En el Volumen II de dicho postrer Tomo de su Historia, Ferrer afirma que la famosa Ordenanza del Requeté, editada por vez primera en 1935, «fue escrito por don Manuel J. Fal Conde y don José Enrique Varela Iglesias» (p. 127). Hay que recordar también, como obra de Varela, el Compendio de Ordenanzas, Reglamentos y Obligaciones del Boina Roja, Jefe de Patrulla y Jefe de Grupo del Requeté, publicado por vez primera en 1936. Mención aparte merecen a su vez las Nuevas Ordenanzas y Reglamentos, dadas igualmente a la luz ese mismo año.

Mientras tanto, entre enero y abril de 1936 tuvieron lugar en Madrid diversos encuentros e intercambios entre Generales del Ejército liberal, de los que resultaron varios proyectos golpistas que acabaron abortados. La reunión más importante de todas fue sin duda la que se celebró en el domicilio del cedista José Delgado a mediados de marzo (unos afirman que fue en la tarde del día 8, y otros en la mañana del 9). Fue convocada por el ya recién ascendido General Varela, y asistieron, entre otros, Mola y Franco. En ella se debatieron dos planes: uno de Varela, que ostentaba la representación de Sanjurjo, consistente en un clásico Golpe de Estado rápido mediante la toma de control de instituciones clave en la capital, extendiéndose a continuación el levantamiento al resto de la Península en una «acción centrífuga»; el otro, del General Mola, más cauto, abogaba por una sublevación desde la periferia peninsular, para avanzar seguidamente hacia Madrid, en una «acción centrípeta». Finalmente se optó por la idea de Varela, y todos los conjurados estuvieron de acuerdo en reconocer al General Sanjurjo como Jefe Supremo militar. Aunque Ángel Rodríguez del Barrio, Inspector General del Ejército, quedó en Madrid como jefe nominal del complot, el efectivo promotor de la operación fue Varela, quien acabó fijando la fecha del 19 de abril para el Golpe de marras. Inesperadamente, la víspera del día señalado el General Rodríguez del Barrio le comunicó su indisponibilidad so pretexto de una aparente enfermedad, quedando así frustrada la empresa (es a este General al que alude el autor del artículo como el que «se rajó». Por lo demás, creemos fiable el detallado relato que de este dramático episodio realiza el escritor isabelino José M.ª Pemán en su documentado libro Un soldado en la historia. Vida del capitán general Varela, publicado en 1954, pp. 143-145).

Descubierta asimismo la conjura por el Gobierno, algunos militares fueron inmediatamente apartados de Madrid, entre ellos el General Varela, quien fue confinado en Cádiz, a donde llegó la mañana del 20 de abril. No obstante, el día anterior, tuvo tiempo de recoger sus papeles y documentos y hacérselos enviar al General Mola, quien se encontraba a la sazón destinado en Pamplona desde el 14 de marzo, a fin de que pudiera continuar él los trabajos conspiratorios. Ese mismo día 19, por la tarde, hubo a su vez en Pamplona una reunión de varios Capitanes en representación de distintas guarniciones pertenecientes a la llamada «VI Región Militar»: en concreto, de las de Estella, Pamplona, Logroño, Burgos, San Sebastián y Bilbao. Llegaron al acuerdo de solicitar al General Mola que se convirtiera en el Director de la tan ansiada insurrección, y así se lo hicieron saber al instante, aceptando Mola ese mismo día ponerse al mando de la trama militar. En consecuencia, seis después, con fecha 25 de abril, redactaba y difundía la que sería su «Instrucción Reservada n.º 1».

[7] Entre las medidas tomadas por Fal Conde en orden a la reconfiguración militar de la Comunión católico-realista, además de las ya anotadas, se encuentra también la creación en julio de 1934 de una «Junta Técnica Militar», integrada por oficiales retirados de las diferentes Armas del Ejército. Tras el sofocamiento de la sedición izquierdista desencadenada en octubre de 1934 a raíz de la entrada de algunos miembros de la CEDA como ministros en el Gobierno, hubo un período de relativa «calma» que propició la puesta en hibernación de las actividades de la citada Junta. Pero, tras las elecciones generales de febrero de 1936, mediante las cuales se adueñó del Poder el llamado «Frente Popular», fue preciso reactivarla de nuevo. De este modo, a finales de marzo se instituyó, con sede en San Juan de Luz, una «Junta Suprema Militar Carlista» o «Junta de Conspiración». Estaba constituida por múltiples personalidades civiles y militares, pero Melchor Ferrer (Vol. I, Tomo XXX de su Historia, p. 153) aclara que, «de un modo efectivo», la Junta la componían Manuel Fal Conde y el entonces Infante de las Españas D. Javier de Borbón (como representante personal del Rey Alfonso Carlos), quienes la presidían; el General Mario Muslera; José Luis Zamanillo; el cripto-isabelino Rafael Olazábal; y José M.ª Lamamié de Clairac, como secretario. La Junta dividía su trabajo en nueve secciones. La segunda era la propiamente militar, o «Estado Mayor Central», presidida por el antedicho General Muslera, secundado por el Teniente Coronel de Estado Mayor Eduardo Baselga, y auxiliados por el también Teniente Coronel de Estado Mayor Fidel de la Cuerda, en representación de Sanjurjo, y el Coronel de Estado Mayor Emilio Esteban-Infantes, que hacía las veces de enlace con Sanjurjo.

Desde los tiempos de la fallida intentona del 10 de agosto de 1932, Fal Conde mantuvo en todo momento el contacto con el encarcelado Sanjurjo, intensificándose si cabe aún más su relación tras la amnistía del General y su consiguiente exilio en Estoril a finales de abril de 1934, que coincidió prácticamente con la elevación del mismo Fal Conde a la máxima jefatura de la Comunión legitimista.

En una entrevista publicada en el número del 6 de junio de 1968 del semanario La Actualidad Española, comentaba Fal Conde: «Jamás deseamos ni procuramos la sublevación, ni menos la guerra. Lo que empujábamos era el golpe de Estado, todavía viable y de tradición reciente. Habrá que exhumar la estratagema nuestra –honor a González de Gregorio [Delegado General de las Juventudes Carlistas] y a Agustín Tellería [Jefe del Requeté en Guipúzcoa]– de los trecientos uniformes y correajes de la Guardia Civil para asaltar los Ministerios si Rodríguez del Barrio se decidía» (p. 22). Tras el fracaso del consabido Golpe, Fal Conde acudió a Lisboa a primeros de mayo a entrevistarse con Sanjurjo. En una nota manuscrita del General fechada en «mayo de 1936», y que se reproduce en el citado número de la revista, escribe: «En este mes vino a verme el jefe de los tradicionalistas don Manuel Fal Conde. Me habló de su deseo de que fuera yo el general que dirigiese un movimiento en Navarra combinado con levantamientos de partidas en el Maestrazgo y también en la frontera de Portugal. En principio le dije los inconvenientes que serían el no contar con el Ejército y que nacería muerta cualquier intentona que se llevara a cabo. Que tenía compromisos con generales del Ejército, pero en caso que no respondieran estos señores sería cosa a estudiar, pero, desde luego, poniéndose de acuerdo con las guarniciones del Norte» (ibidem).

De consiguiente, el Estado Mayor Carlista elaboró dos esquemas de sublevación. Uno redactado por Baselga, bajo la supervisión de Muslera, que llevaba por rótulo «Breve estudio geográfico-militar de algunas regiones y ligeras ideas sobre un ante-proyecto de organización y movilización militar», y otro confeccionado por Fidel de la Cuerda. Al respecto, sigue comentando Fal Conde en la mentada entrevista de 1968: «El proyecto […] de sublevación carlista, bajo Sanjurjo, Varela, Muslera, [el General Federico de] Miquel [Lacour], [el General Rafael] Villegas, etcétera […] podía estudiarse. Tales son los proyectos de sublevación redactados por el teniente coronel don Fidel de la Cuerda, por encargo de Sanjurjo, y del teniente coronel don Eduardo Baselga, por encargo de don Javier y mío, que prepararon separadamente y sin relacionarse. Yo los llevé a Lisboa al general Sanjurjo, al fracasar el plan de golpe de Estado del general Rodríguez del Barrio» (p. 24).

En base a estos dos Informes, el Estado Mayor Carlista diseñó finalmente el llamado «Plan de los tres frentes», que es el que el autor del artículo describe a grandes rasgos. En la segunda mitad de mayo, en fin, Fal Conde volvió a visitar al General Sanjurjo, esta vez acompañado del Príncipe D. Javier, alcanzándose entre las partes un primer compromiso de cara al futuro Alzamiento. Fal Conde, en la repetida interviú de 1968, lo sintetizaba de esta forma: «El acuerdo fue tomado en una cena en el comedor particular de los dueños del hotel Hispano Americano, de la calle Primero Dezembro, de Lisboa, amigos personales del general, con el príncipe don Javier, y presentes Aurelio González de Gregorio y yo. Consistió el acuerdo en que si el alzamiento era del Ejército, al que concurríamos con todos nuestros medios, él [Sanjurjo] acudiría a donde se le llamara, para cuyo caso la contraseña de llamada sería medio recordatorio de la señora de don Ramón Carranza, de Cádiz, cuya mitad él retendría y la otra se enviaría al general Mola. Si, contra lo que vivamente se deseaba y procuraba, los mandos claves [del Ejército] se echaban atrás, o llegado el momento fallaban, y todo en el supuesto básico de la inminencia del peligro de revolución soviética que sabíamos tan preparada, la sublevación sería sólo carlista. Claro está que con una brillante plantilla de generales, jefes y oficiales comprometidos y enlazados. Para ese supuesto que, gracias a Dios, no llegó a ser necesario, otro recordatorio –aquel día estábamos, por lo que se ve, fúnebres– sería la contraseña: el del canciller de Austria, Dollfuss, que yo llevaba en mi cartera, enviado por la viuda del insigne mártir austriaco, por conducto de doña María de las Nieves» (p. 22. El subrayado aparece así en el semanario).

En conformidad con este planteamiento, el General Sanjurjo quiso al punto poner en comunicación a los legitimistas con su representante el General Mola. A este fin, Sanjurjo entregó al Príncipe D. Javier una carta para que se la hiciese llegar a Mola a través de un intermediario seguro, que resultó ser el Capitán de Infantería y carlista Manuel Barrera y González. Mola, por su parte, contestó ratificando su absoluta subordinación a Sanjurjo, para lo cual se sirvió como emisario del isabelino Raimundo García, quien fue recibido por el General el 30 de mayo. Este último compendiaba todo esto en su antedicha nota manuscrita del siguiente modo: «El príncipe [D. Javier] había llegado en avioneta [a Lisboa]. Quedamos en que él regresara en ella a San Juan de Luz, y con unas letras mías al general Mola, para que con persona de confianza las hiciera llegar hasta él. La carta no llevaba apellido. Sólo el nombre y mi firma lo mismo (Pepe). Sencillamente le decía yo que deseaba le dijera en persona mi pensamiento y, desde luego, que si le convenía podía mandarme un amigo suyo. Fue un capitán retirado de Caballería [Manuel Barrera] quien habló con él, recogió la carta y dijo que ya contestaría, pues estaba vigilado por espías que tenía dentro de la casa. Más tarde, por conducto de su ayudante le hizo saber al comisionado que mandaría un paisano a verme y hablarme, que no lo viera más pues no era necesario y que no fuera allí yo sin antes decírmelo él, pues este comisionado le dio mi recado de que iría a Navarra si Mola me lo indicaba o si le quitasen el mando. Efectivamente, ayer 30, vino a verme el diputado a Cortes y director del “Diario de Navarra”, don Raimundo García, amigo mío, desde el año 21 que fue de corresponsal a Melilla, hombre serio. Es decir, que me pareció excelente comisionado. Me dijo que el general Mola estaba completamente resuelto a levantar la región con el Ejército y los muchos paisanos núcleo compuesto de carlistas. Que no me moviera sin que él me hubiera llamado, ni aun quitándolo de allí. Que todo lo hacía por mí y para mí y que a los dos o tres días me mandaba un técnico para hablar conmigo. Parece ser que tiene las provincias de Navarra, Vascongadas, Burgos, Logroño» (ibidem).

Como es bien sabido, las tensas conversaciones entre el General Mola y los representantes del Rey de España Alfonso Carlos I se desarrollaron a lo largo del mes de junio y principios de julio, hasta desembocar en un punto muerto que sólo pudo solventarse gracias a la decisiva intervención de Sanjurjo por medio de su célebre misiva del 9 de julio. Pero ésta es ya otra historia.     

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