Artículo estampado por Dennis R. Klinck en el número de otoño de 1976 de Paideuma, revista orientada a «la poesía y la poética moderna y contemporánea» y que edita el «Centro para la Poesía y la Poética» perteneciente a la Universidad de Maine. Los subrayados y las notas a pie de página son siempre de la redacción original.
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Pound, Crédito Social y los críticos
Dennis R. Klinck
Al criticar el análisis y las propuestas económicas de C. H. Douglas en AZBC de Ezra Pound, Christine Brooke-Rose asevera: «Sin embargo, nunca fue capaz de responder la cuestión que se le puso: ¿qué haces si un hombre se queda corto de dinero y vende sus dividendos de vida a un hombre más rico por un préstamo inmediato? La única respuesta posible es una severa restricción, inconcebible en una sociedad libre» [1]. El alegato, no documentado, es quizá la «refutación» más naíf del Crédito Social ofrecida en los años recientes por los críticos de Pound [2]. Si alguien (no se nos dice quién) alguna vez planteó a Douglas esa cuestión, la respuesta, implícita en todos los escritos de Douglas, está explícita en su observación de que «la esencia de las propuestas de Dividendo Nacional de la técnica del Crédito Social es procurar una libre negociación sin coacción, no un contrato sin penalización» [3]. Incluso, no obstante, en tratamientos más comprehensivos y disciplinados del Crédito Social por estudiosos de Pound –notablemente Vision Fugitive: Ezra Pound and Economics [4] de Earle Davis, y The Political Identities of Ezra Pound and T. S. Eliot [5]–, un mal entendimiento radical de su tema lleva a los autores a interpretaciones confusionarias del mismo.
Mucha de la culpa de este mal entendimiento puede adjuntarse al mismo Pound, quien en su «indignación moral» [6] solía caer en la inconsistencia –quizá manifestando la tendencia que él alababa en el Senador Bankhead: «un excesivo y excitable Bankhead, gritando sobre una idea medio digerida, vale más para su país que todo un banco de ministros británicos, cabezas de chorlito del primero al último, e incapaces de idear maldita cosa alguna» [7]–. Pound, escandalizado por (entre otras cosas) «el mal obrado en las artes por la purulencia en el sistema de dinero» [8], gastó una buena cantidad de su energía en buscar y elaborar una «economía anti-usura». Desafortunadamente, a pesar de la intensidad de su preocupación, muchas de sus formulaciones sobre este tópico parecen haber sido «medio digeridas».
Fue primero atraído por el Crédito Social como un «funcionante sistema económico» que no sólo rompería el monopolio de la usurocracia, sino que también aseguraría la libertad creativa para los individuos: «En cuanto a los remedios propuestos, C. H. Douglas es el primer economista en incluir el arte creativo y la escritura en un esquema económico, y el primero en dar al pintor o al escultor o al poeta una razón definida para estar interesado en la economía; es decir, que un mejor sistema económico liberaría más energía para la invención y el diseño» [9]. Aceptaba el núcleo del análisis financiero de Douglas –el Teorema A + B– y lo parafraseaba (con embellecimientos) en [Canto] 38/190:197: lo que una fábrica «paga en sueldos y dividendos», dice Pound,
se mantiene fluido, como poder de compra, y este poder es menor,
per forza, maldita sea tu intelejo, es menor
que los pagos totales hechos por la fábrica
(como sueldos, dividendos y pagos por materia prima,
cargas bancarias, etcétera),
y todo, es decir el conjunto, es decir el total
de éstos es añadido en el total de precios
causados por esa fábrica, cualquier maldita fábrica,
y hay y debe haber por tanto un atasque
y el poder de adquirir nunca puede
(bajo el presente sistema) ponerse al día con
los precios en general…
Hay –el Teorema A + B lo revela (y Pound está de acuerdo)– una discrepancia entre los precios creados por el sistema industrial y los ingresos distribuidos por él. Esta discrepancia, actualmente financiada mediante deuda de varios tipos –la técnica del monopolio del usurero–, es el resultado del aumento del capital comunal a lo largo de las edades. Este capital comunal –compendiado en los términos «plusvalía de asociación» [10] y «herencia cultural» [11]– legítimamente pertenece a la comunidad en su conjunto. En este momento, sin embargo, está en manos de los manipuladores de la deuda, la usurocracia.
Es en la cuestión de en qué sentido el crédito social «pertenece a la comunidad en su conjunto» donde Pound parece haber divergido, en última instancia, de Douglas. El problema –uno que ha plagado no sólo a Pound y sus críticos, sino a la mayoría de los políticos profesionales del «Crédito Social» igualmente– está sugerido por el comentario de Brooke-Rose: «Similarmente, la toma [de Pound] del Crédito Social de Douglas y de la estampilla-vale de Gesell (causando esta última idea que Douglas se disociara de Pound), pueden parecer estrambóticas para los economistas ortodoxos hoy día, pero eran solamente parte de su insistencia de que el crédito pertenece al pueblo y no a los bancos, lo cual me parece a mí una perfectamente razonable teoría socialista, por no decir una práctica» (226). «Socialismo» es, por supuesto, un término cargado: está usualmente asociado con «nacionalización» de los medios de producción [12]. (En efecto, los lectores del Manifiesto Comunista recordarán que uno de los diez puntos de Marx y Engels para «revolucionar» las economías industriales es la nacionalización de la banca). Douglas ciertamente, cuando hablaba de restaurar el crédito social (financieramente) a la comunidad, no quería decir que el control del crédito hubiera de ser ejercido por el Estado: «Nacionalización sin control descentralizado de la política», escribía en Economic Democracy, «muy efectivamente instalará al magnate del trust de la siguiente generación en la silla del burócrata, con la ventaja añadida para él de que no tendrá ninguna asamblea de accionistas» [13]; y, en Credit-Power and Democracy: «[…] el control centralizado del crédito financiero romperá esta civilización, ya que ningún hombre, o cuerpo de hombres, aun siendo elegidos, puede representar los detallados deseos de ningún otro hombre, o cuerpo de hombres» [14]. Además del problema técnico o contable, así pues, hay una más fundamental cuestión política que ha de plantearse: ¿cómo puede el poder crediticio ser distribuido a aquellos cuya herencia es? ¿Cómo puede descentralizarse la política?
Douglas consideraba el dinero como el mecanismo de la demanda efectiva: el dinero es simplemente un medio muy flexible por el que las personas pueden expresar sus elecciones. Son estas elecciones a las que Douglas se refiere cuando habla de los «detallados deseos» de las personas individuales. La significación política del dinero está directamente relacionada con su efectividad como demanda; de este modo, la inflación es siempre un asalto a la libertad de elección porque devalúa la unidad de demanda efectiva. Es más, si el crédito de una persona –su poder práctico de elección– es administrado por algún otro (la compañía hipotecaria o la agencia tributaria), ella es menos libre que si lo estuviera administrando ella misma. Douglas fue inequívoco sobre esto desde el principio: «Se sugiere que el requisito primario es obtener en el reajuste de la estructura económica y política tal control de la iniciativa que por su ejercicio todo individuo pueda aprovecharse de los beneficios de la ciencia y el mecanismo; que por su ayuda él se sitúe en tal posición de ventaja que, en común con sus compañeros, pueda elegir, con creciente libertad y completa independencia, si asistirá o no en cualquier proyecto que pueda situarse ante él» [15]. El dividendo nacional –una desvinculada distribución de crédito libre– y el precio compensado, son las técnicas que Douglas sugirió para efectuar la política de descentralización del poder.
Pound, a pesar de su propaganda en nombre del «Precio Justo» [16] y del dividendo [17], parece, en última instancia, haber malentendido las implicaciones de la distribución del crédito: parece haber considerado la transferencia del control del crédito desde los bancos al Estado como un cambio políticamente efectivo; Douglas vio eso como meramente un cambio administrativo, permaneciendo centralizado el poder efectivo pero con diferente personal (o con el mismo personal bajo diferentes títulos).
La ambigüedad de la actitud de Pound en esta materia es evidente a una fecha temprana. En 1920, aparentemente consciente del asunto político central, observaba en «Hapsburgiana» (New Age, 22 de abril) que «una vasta cantidad de poder, incontrolado y no sujeto a influencia popular alguna, reside en los círculos bancarios», pero que «con el control distribuido del crédito, su poder de producir “representantes del pueblo” disminuiría» (400). Y, en un artículo titulado «Kublai Khan y su moneda» (New Age, 20 de mayo de 1920), escribía: «La verdadera tiranía residía, por supuesto, en el control de Khan del crédito» (37) –una observación aparentemente contradicha por algunos de sus posteriores comentarios sobre Mussolini–. En «Paris Letter, December 1921» (The Dial, Enero, 1922), Pound se mostraba estar primariamente preocupado en las implicaciones políticas de la economía:
«La economía está lista para la discusión, no en sus fases técnicas, fabianas, sino en las más amplias y más humanas fases, en donde ella entra en contacto con la libertad personal, la vida, las artes mismas, y las condiciones que ayudan o limitan su expresión. Detrás de todo eso está el dicho confuciano: “cuando el Príncipe haya llamado alrededor suyo a todos los artistas y sabios, sus recursos se pondrán a pleno uso”» (74-5).
Aquí, sin embargo, está un indicio de la tendencia de Pound a consentir en la centralización del poder bajo un benevolente o humano dictador –un indicio que podría haberse vislumbrado anteriormente en el artículo de Pound «Masaryk» (New Age, 1 de abril de 1920): «Lo que esperamos, debemos esperarlo por la inteligencia de unas pocas personas ejecutivas» (350)–. Douglas, por ejemplo, no habría admitido ni que los artistas y sabios sean «recursos» del Estado, ni que la «reforma» pueda efectuarse por acción «ejecutiva» o administrativa: «Los sistemas», escribía en Economic Democracy, «fueron hechos para los hombres, y no los hombres para los sistemas, y el interés del hombre, que es el auto-desarrollo, está por encima de todos los sistemas, sean teológicos, políticos o económicos» (18) [18].
Esta crucial distinción parece haberse vuelto borrosa para Pound, y le encontramos más tarde haciendo aserciones tales como: «Decir que el Estado no puede tomar acción o crear algo porque “carece de dinero”, es tan ridículo como decir que “no puede construir carreteras porque no tiene kilómetros»» [19]; y: «El Estado puede prestar» [20]. En una carta a The New English Weekly (29 de septiembre de 1932), escribía: «No cabe suponer que el uso honesto del crédito público para el beneficio del público, se iniciará en cualquiera de los dos países; pero (desde la barrera) podría parecer que Alemania precederá a Inglaterra en entender que el crédito público PODRÍA SER USADO ASÍ» (579). La cuestión es, por supuesto, ¿quién ha de decidir cómo el crédito público ha de ser usado? «Mussolini y Hitler», escribía Pound en What is Money For? (1939), «perdieron muy poco tiempo PROPONIENDO. Ellos comenzaron y SÍ distribuyen TANTO tickets COMO bienes reales […]» [21]. Pero, ¿en qué condiciones? La comunidad que confía a un dictador su crédito social de modo que los pantanos puedan drenarse, puede encontrar que el crédito se esté pronto arrogando a la prosecución de ambiciones imperialistas de «héroes», o, por usar el término de Pound, «super-obreros» [22]. Pound podría haber atendido más cuidadosamente a la precaución de Douglas en Economic Democracy; su política, escribía él, «no significa anarquía, ni significa exactamente lo que comúnmente se llama individualismo, lo cual generalmente se resuelve en una pretensión de forzar la individualidad de los otros a subordinarse a la voluntad-de-poder del autoproclamado individualista» (16-17).
Earle Davis lidia genuinamente con la cuestión de qué evidencia de Crédito Social vio Pound en el Estado Corporativo italiano; irónicamente, los puntos que elige son precisamente antitéticos al Crédito Social: «La nación, forzosamente, asumía más y más poder directo sobre todas las partes de la economía, estableciendo controles y dictados de producción y consumo» (163-64); «La financiación del déficit es también más fácil; tú sólo ordenas al Banco Nacional imprimir el dinero necesario o suministrar el crédito y pones la deuda en los libros contables. Tú también controlas sueldos y precios si la inflación alza su tradicional cabeza» (165); «Si consideras que las cifras del libro contable eran insignificantes e ignoras los aumentantes problemas de interés, las políticas fiscales de Mussolini satisfacen algo del programa del Crédito Social». El criterio para esta evaluación ha sido suministrado por Douglas, quien aplica una «simple prueba» a cualquier «legislación»: «¿Centraliza el poder, o libera al individuo?» [23]. Cada una de las medidas arriba citadas solamente puede consolidar el poder del «Estado».
No obstante, Pound consideraba el Estado Corporativo, el douglasismo, y el gesellismo como las «tres vivientes variedades de pensamiento económico» [24], y, como señala Chaice, durante los años treinta trató de enlazar a Douglas y Mussolini «sin explicar cómo un apego a Douglas ha de conciliarse con un apego a Mussolini» (57). En efecto, los dos son inconciliables; sin embargo, Pound trató de conciliarles. Por 1933, se sintió constreñido a defenderse contra Orage en The New English Weekly: «Cualquiera sea la opinión de nuestro editor, yo me creo ser un douglasita ortodoxo en lo que concierne a la economía. La política podría significar: capacidad para obtener acción sobre las ideas de Douglas» (5 de octubre de 1933, 398). Él acepta, dice, el análisis económico de Douglas, esto es, las revelaciones del Teorema A + B. Pero, en su prisa por llenar la brecha de poder adquisitivo, está dispuesto a consentir en «políticas de fuerza» [25]. Ésta es una explicación. Pound ofrece otra en su artículo «In the Wounds». A Orage, remarca él, «no le importaba particularmente quién emitiera los tickets, si bien el Crédito Social, tal como se formula, favorece su control por los «representantes del pueblo»» (400); Douglas, como ya hemos visto, consideraba a cualesquiera representantes como incompetentes para controlar el crédito público. Ese crédito debe ser distribuido incondicionalmente; el individuo debe ser libre para ejercer su propia iniciativa al aplicarlo. Pound consideraba la asamblea de Mussolini como «más representativa que el viejo modelo del Parlamento» (394) [26]: una más eficiente organización política para administrar el crédito público. Ya sea que él considerara la acción dictatorial como un precedente para las reformas que quería, o que genuinamente creyera que el Estado Corporativo era más «democrático», Pound marró el punto de la crítica del Crédito Social: «No hay más efectiva pretensión al poder totalitario que la pretensión al exclusivo derecho de emitir y retirar (gravar) dinero, y ninguna mera manipulación de la técnica monetaria que no resuelva y decida esta cuestión puede hacer nada sino complicar el problema» [27]: ya esté ese poder en manos de un dictador, de un director de banco, o de una asamblea distante, el efecto es el mismo para el individuo que quiere hacer sus propias elecciones.
Los críticos de Pound, siguiéndole aparentemente, han generalmente fallado en hacer esta distinción [28]: de este modo, por ejemplo, Michael Reck ha escrito: «En la visión de Douglas, tanto la guerra como la escasez de dinero estaban causados por las manipulaciones del financiero –usura– y su panacea era el crédito nacionalizado» [29]; y Eric Homberger ha resumido la posición del Crédito Social diciendo: «Quita este poder [de crear crédito] de los usureros, argumentaba Douglas, y ponlo bajo alguna forma de control estatal, no necesariamente propiedad estatal, y el pernicioso problema de la usura se habrá solventado» [30]. Éstas, por supuesto, son declaraciones sumarias, y puede que sean ambiguas solamente porque están condensadas. Sin embargo, las más sustentadas discusiones de Davis y Chace refuerzan la inferencia de que los críticos, igual que Pound, se inclinan a la visión de que el Crédito Social implica control estatal del crédito.
Davis, por ejemplo, aparentemente incluye a Douglas entre «los economistas radicales que urgían la gestión estatal de precios, sueldos, y beneficios» (23), o entre aquellos que proponen «el control social del crédito económico del Estado para el presunto bien de todo el pueblo» (31). De nuevo, la implicación parece ser la de que Douglas proponía la dirección estatal de la economía a través de su acceso directo al crédito social; de hecho, Douglas siempre insistía en que el único legítimo acceso que el «Estado» tiene al crédito público es a través de la voluntaria suscripción de los miembros individuales de la sociedad [31]. Davis comete el error de permitir al gobierno puentear a los reales propietarios del crédito comunal –por ejemplo, de nuevo, en su identificación del Crédito Social con la banca nacionalizada: «Por tanto, dice Douglas, así como Pound, Jefferson, Jackson, y Lincoln, no hay razón real alguna por la que el gobierno no debiera hacer lo mismo y tomar prestado de sí mismo (a través de la propiedad, gerencia y control del sistema bancario –o por otros medios apropiados–)»– (105). Sea lo que fuere que Pound, Jefferson, Jackson y Lincoln pudieran haber dicho, Douglas no dijo lo que Davis le atribuye. Él dijo: «[…] consideramos que la demanda, bajo varios nombres, en favor de la centralización de la creación de dinero es la más peligrosa actividad existente» [32]. Cómo se ha de conciliar esta posición con la visión de Pound (de acuerdo con Davis) de que «nada sino los bancos o los privilegios bancarios debiera ser tomado bajo control» por el gobierno (79), es, por decir lo menos, problemático.
«Hitler», observa Chace, «revivió a Alemania creando crédito y estableció su poderosa máquina militar en un país no lejos de la bancarrota a través del control de la moneda y el valor del dinero en la plaza de mercado. Así hizo Mussolini» (80). Esto parece ser suficiente indicación de los peligros inherentes en permitir «al gobierno poseer o dirigir el crédito en orden a estimular los negocios» (102), y justifica la condena de ello de Douglas. Con todo, Davis parece favorecer precisamente el mismo arreglo –siempre y cuando sea usado por «el Estado moderno ilustrado» para el bienestar social y la educación (106) [34]. El punto está en que, ya sea usado para hacer tanques o construir escuelas, si el crédito público es centralizado en las manos del gobierno y administrado por él, el control descentralizado de la política, esencial para el «programa» de Douglas, será obviado. Douglas puso la cuestión muy inequívocamente: «El control del consumidor de la producción es la sola posible base de la libertad; y no se ha intentado jamás con éxito método alguno para obtener el control del consumidor que no prohibiese el control estatal del dinero y el crédito, e incluyese el poder crediticio individual descentralizado» [35].
La extensión de mal entendimiento del Crédito Social de Davies se indica aún más en su implícita identificación del Douglasismo con las técnicas económicas keynesianas. Si el gobierno controla la economía, sugiere él, y crea crédito para «obras públicas», entonces «más negocios, más puestos de trabajo, más dinero para adquirir lo que se produce» («todas estas unidades de política encajan teóricamente en las recomendaciones de Crédito Social de Douglas y Pound») se seguirán (157); «Pleno empleo y justas recompensas se siguen, y la libertad se supone que vendrá con un mayor grado de satisfacción económica» (112). Cualquiera vagamente familiarizado con el Crédito Social sabe que Douglas consideraba el «pleno empleo» como una técnica de coerción (y de perpetuación de la deficiencia en el sistema de precios), no de emancipación –como Hugh Kenner así lo ha remarcado precisamente: «Y en cuanto a las riquezas, lejos de que el empleo remunerado lleve las riquezas a un hombre, el empleo se lleva las riquezas: pues tus riquezas se calculan por tu reserva de tiempo y energía y se disminuyen por cualquier invasión sobre éstos» [36]–. Chace, por otro lado, sigue a Davis: «Douglas, que pensaba que el capitalismo era el mejor de todos los sistemas, proponía (como hacía J. M. Keynes) el control gubernamental del crédito a fin de que la brecha entre poder de venta y de adquisición se cerrara» (33).
Esta aserción es doblemente falsa: Douglas no propuso tal cosa, y el «cebado de bomba» de Keynes no mejora la discrepancia entre precio y poder adquisitivo. Aquí es importante notar que Keynes admite la aseveración central del Teorema A + B, es decir, que tal discrepancia existe [37]. En su Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero (1936), escribe:
«El consumo es satisfecho parcialmente por objetos producidos actualmente y parcialmente por objetos producidos previamente, i. e., por desinversión. En la medida en que ese consumo es satisfecho por lo segundo hay una contracción de demanda corriente, ya que en esa medida una parte del gasto corriente falla en encontrar su camino de vuelta como parte del ingreso neto. Contrariamente, siempre que un objeto es producido dentro del período con vistas a satisfacer el consumo subsecuentemente, una expansión de demanda corriente se establece. Ahora bien, toda inversión de capital está destinada a resultar, tarde o temprano, en desinversión de capital. El problema de proveer que esa nueva inversión de capital rebase siempre la desinversión de capital suficientemente como para llenar la brecha entre ingreso neto y consumo, presenta un problema que es crecientemente difícil a medida que crece el capital» [38].
Crecer la capitalización significa que el número de «objetos producidos previamente» está creciendo y la asignación de ingresos para satisfacer sus costes debe correspondientemente crecer. Por tanto, hay una deficiencia de demanda (poder adquisitivo) disponible para liquidar los costes corrientes. A fin de compensar esta deficiencia, se introduce nuevo crédito en la economía para permitir una mayor expansión de capital: los ingresos distribuidos con respecto a esa expansión son usados para satisfacer los precios corrientes; sin embargo, la inversión de capital resulta en la creación de nuevos costes que aparecerán en precios futuros, para los cuales ningún nuevo poder adquisitivo hay disponible. Incluso una mayor inversión de capital se requerirá para compensar esta nueva deficiencia, pero esto a su vez empeorará la situación, como explanaba Keynes: «La nueva inversión de capital sólo puede tener lugar en exceso de la desinversión de capital corriente [esto es, gasto en consumo] si el gasto futuro en consumo se espera que crezca. Cada vez que aseguramos el equilibrio de hoy mediante inversión crecida, estamos agravando la dificultad de asegurar el equilibrio mañana».
Con todo, las propuestas de Keynes en favor del gasto deficitario son meramente una perpetuación de este desequilibrio. Él admite la aseveración central del análisis de Douglas –esto es, que el sistema de precios no es auto-liquidante– y luego propone agravar la situación. Puesto que el «cebado de bomba» depende de un siempre expandente futuro consumo, la tendencia de la economía es la de volverse dirigida hacia la producción de desperdicios: lo efímero, lo contaminante, lo destructivo. La guerra, que consume hombres y materiales espantosamente, es el resultado lógico de la economía keynesiana: estimula el pleno empleo; distribuye ingresos; coopta la energía-tiempo humana para la producción de lo que nunca será «riqueza». Al mismo tiempo, sus supuestos beneficios financieros son una mentira y un engaño: conduce a deuda, costes expandidos, e inflación. Hitler y Mussolini «estimularon» sus respectivas economías «controlando el crédito», alentando «obras públicas» e «inversión de capital»; ellos estuvieron meramente aplicando la economía keynesiana.
De nuevo, para corregir este «desequilibrio» revelado por el Teorema A + B y tácitamente admitido por Keynes, Douglas propuso la infusión de nuevo crédito –crédito no-portador-de-deuda– en la economía. Para estar libre de deuda (una obligación de pagar en algún tiempo futuro), no puede ser considerado como un «préstamo»; ni puede ser aplicado a la expansión de capital (obras públicas o lo que sea) por la razón explicada por Keynes de que esto meramente crea nuevos costes y difiere el pago de los mismos a un futuro indeterminado.
Davis asevera que: «La proposición [A + B] no tiene nada que ver con las propuestas de Douglas para el remedio, sino que meramente insiste en que los beneficios y [cargas] bancarias sobre préstamos para la producción cuestan más que el dinero actualmente puesto en circulación en sueldos y dividendos […]» (24). Hay más de una inexactitud en esta declaración, pero la mayor es la aseveración de que el análisis de Douglas no tiene nada que ver con sus soluciones: tiene todo que ver con ellas. De hecho, Douglas atribuye la deficiencia de poder adquisitivo al hecho de que la comunidad no es acreditada con la apreciación del capital comunal; al mismo tiempo, es la apreciación de ese capital el que ha minimizado el trabajo como factor de producción y, por tanto, los sueldos y salarios (incluso los dividendos sobre inversión) como formas de ingreso. La apreciación del capital comunal es en gran medida el resultado de la herencia cultural y el incremento de asociación –factores de producción «sin coste», a una parte en los cuales tiene incondicional derecho cada miembro de la comunidad–. Esto es crucial: si la discrepancia entre poder adquisitivo y precios tuviera otra causa (por ejemplo, los «beneficios», como sugieren los marxistas), el remedio debería ser radicalmente diferente.
Davis y Chace, entonces, no sólo tergiversan las implicaciones políticas del análisis del Crédito Social; malentienden el análisis técnico. Davis, por ejemplo, cita del The New and the Old Economics de Douglas cinco posibles fuentes de la discrepancia entre precio y poder adquisitivo del consumidor (74); sin embargo, él basa su discusión solamente sobre una de éstas, esto es, los «beneficios», y su concomitante, el interés («beneficio sobre un intangible»). Ignora totalmente las dos que están en el corazón del análisis de Douglas: la reinversión de ahorros y la prematura cancelación del crédito. De esta forma, él es capaz de igualar a Douglas de algún modo con Marx: Douglas, dice él, «hizo su diagnóstico a partir del comienzo marxista, y en el proceso lo complicó un tanto» (73); habla de «el diagnóstico Marxista-Douglasiano original, la idea de que los beneficios deben o bien ser usados para adquirir materias primas, o bien ser eliminados, o bien debe suministrarse un dinero extra […] para compensar por la sustracción del beneficio del potencial adquisitivo» (101) [39]. El beneficio, de hecho, es ingreso disponible; los dividendos de los accionistas son «beneficio» y están incluidos en el lado del ingreso del Teorema A + B; su eliminación (o redistribución) como sugieren los marxistas, no cambiará la situación que Douglas describe. Similarmente, el «interés» es un aspecto relativamente menor de la cuestión: si bien es indiscutible que el cargo de interés sobre el dinero creado «de la nada» por el sistema bancario es una práctica cuestionable, el mismo Douglas escribió que todo lo que los «cazadores de usura» habían conseguido era la privación al «Ciudadano Juan» del interés pagado sobre sus depósitos [40].
Chace está similarmente confundido sobre el análisis técnico del Crédito Social. Dice, por ejemplo, que «el “Crédito Real” […] debería reemplazar al “Crédito Financiero”» (24): lo que Douglas mantenía era que el crédito financiero debería reflejar el crédito real. En otro lugar, escribe Chace: «El precio de una materia prima lógicamente, pues, sería la suma de estas dos partes o A + B. Pero, argumentaba Douglas, nunca lo es. En algún lugar de la línea, el dinero es sacado de circulación y el entero sistema, fuera de equilibrio, es empujado hacia el colapso. Lentamente el poder adquisitivo muere» (26). Esto –a pesar de su interesante uso de la metáfora («El entero sistema, fuera de equilibrio, es empujado hacia el colapso»; «Lentamente el poder adquisitivo muere»)– es a la vez vago e inexacto. Douglas, de hecho, observó que el precio es generado como la suma de A + B, pero que los ingresos disponibles para liquidar el precio en cualquier período de producción eran sólo A. Él propuso que el precio debería no ser A + B, sino menos que esta suma de acuerdo con la fórmula [41]:
precio = coste financiero x consumo / producción
Como Davis, Chace compara el análisis de Douglas con el de Marx, aludiendo a dos «interesantes y esenciales» similitudes. Primero, señala su acuerdo sobre «el grado en que los desarrollos económicos condicionan todo el resto de la vida» (32), lo cual es sólo ambiguamente cierto. Douglas ciertamente sostenía que la finanza/economía constituía el medio del control político; no obstante, no era un determinista económico y mantenía que la política (la expresión de la voluntad), y no las «tendencias» o el «ambiente», es la influencia determinante en la dirección de los asuntos. «Un segundo punto de acuerdo», escribe Chace, «está radicado en la creencia de que una parte de la sociedad se engorda sobre el trabajo de la otra» (32). Esto es enteramente confusionario: Douglas no estaba preocupado en el monopolio del trabajo, sino en el monopolio del crédito –el control del crédito social por unas pocas personas a través de las técnicas financieras–. El sistema de empleo, ciertamente, en un aspecto de este control en tanto que representa (como ha observado Kenner) constricción de la energía humana.
Este punto merece elaboración. El análisis de Marx está basado en la llamada «teoría laboral del valor»: la noción de que el trabajo produce toda la riqueza. Douglas repudiaba esta noción, como señala Kenner: «No sólo la “herencia cultural” confiere valor, ella abrevia el esfuerzo, permitiendo a Douglas designar “la falacia de que el trabajo produce toda la riqueza, mientras que el hecho simple es” –habla él como ingeniero– “que la producción es en un 95 por ciento cuestión de herramientas y procesos, herramientas y procesos las cuales forman la herencia cultural de la comunidad”. De la comunidad, es más, “no como obreros, sino como comunidad”»(311). A la vista de la insistencia de Douglas sobre la necesidad de un reconocimiento de un nuevo criterio de valor, es curioso que Chace considerara el Marxismo como «una economía más radical» que el Crédito Social (34). Los proveedores de la teoría laboral de valores –sean libertarios declamando que sólo los «productores» tienen derecho a vivir, o maoístas abogando la remoción de montañas por campesinos con cucharadas, o políticos liberales proclamando el «pleno empleo»– son de hecho propagandistas de un sistema de servidumbre organizada.
Tanto Davis como Chace demuestran en otras formas que han fallado en comprender el significado del Crédito Social. Davis, por ejemplo, no reconociendo al mismo tiempo «deuda» alguna con ningún creditista competente, no obstante asevera: «Algunos economistas de Crédito Social han sugerido que la nación debería tener su propio banco, tener un monopolio sobre todo dinero creado más allá del capital […]» (103). Estos economistas «de Crédito Social» no son, sin embargo, nombrados. En otra parte, respecto del dividendo, dice él: «El control de la inflación parece difícil […]» (104). El Crédito Social, con su defensa del precio compensado como exacto reflejo del verdadero coste, es de hecho el único antídoto efectivo a la inflación (fuera de la eliminación del dinero completamente y su reemplazo por más crudas y más «directas» formas de demanda: por ejemplo, la metralleta). El mismo Pound respondió a la cuestión «¿Por qué no es (la economía de Douglas) sencillamente una persistente interminable inflación?» con una cita de A. R. Orage: «¿Llamarías inflación a emitir tickets para cada asiento en un teatro, independientemente del hecho de que el teatro haya hasta ahora estado siempre dos tercios vacío simplemente porque no se imprimió tal número de tickets?» [42]. Chace alega que Douglas estaba «solamente preocupado […] en asuntos monetarios más bien que en asuntos económicos más amplios» (32). Como hemos visto, desde su primer libro en adelante la primaria preocupación de Douglas fue en la cuestión de la «democracia económica»: él estaba primariamente interesado en la política; la finanza (la «reforma» monetaria) es meramente una técnica. Chace también afirma que: «se ha dicho de Douglas en retrospectiva que él da la impresión de ser más un habilidoso político que un humanitario o un serio buscador de la verdad o un hombre verdaderamente preocupado en corregir las injusticias de la sociedad» (36). De nuevo, ninguna documentación. ¿Por quién ha sido dicho esto? ¿A quién da Douglas esa impresión?
Uno podría entrar en más intensivos detalles al señalar las erróneas concepciones del Crédito Social que han sido provistas por los críticos de Pound. Sin embargo, estas malas concepciones se resuelven en dos áreas: un fallo en entender el Teorema A + B –la cuestión de la precisión técnica–, y una distorsión de los criterios políticos de las propuestas del Crédito Social. Pound comprendió la primera de éstas más firmemente de lo que lo han hecho sus explicadores: quizás él fuera un «douglasita ortodoxo con respecto a la economía»… hasta cierto punto; pero políticamente, no fue «esencialmente un douglasita», aunque Chace sugiere que lo era. Chase, aparentemente, no es competente para hacer ese juicio; tampoco lo es Davis para sugerir que el Crédito Social (que él no entiende) es «sospechoso» (69).
Puede argüirse que el Crédito Social es interesante solamente en tanto que fue una influencia (para mejor o para peor) en el pensamiento y arte de Pound, y que por tanto el estudioso de Pound debería preocuparse solamente en la interpretación de Pound de la «teoría». Hacer eso, sin embargo, es no solamente encubrir el propio entendimiento falto del poeta de una doctrina que él ostensiblemente adoptó, sino también perpetuar la tergiversación de ella ocasionada por ese mal entendimiento.
[1] Londres: Faber and Faber, 1971, 226.
[2] Ejemplos de anteriores críticas confusionarias del Crédito Social son el comentario de Horace Gregory en Poetry (Agosto, 1935) de que Douglas descuidó el trabajo como “un factor integral en la determinación de los valores dinerarios” (XLVI, 284), y el intento de Charles Norman de evitar el asunto trasladándolo a otro (psicológico) terreno: «El Crédito Social estaba para atraer a sus filas, en ambos lados del Atlántico, a hombres con visiones de un mundo mejor, y a los abandonados de ambos sexos, los inadaptados con frustraciones y odios privados, todos aquellos que necesitaban el reforzante hombro de una “causa”» (Ezra Pound, New York: Macmillan, 1960, 226).
[3] The Social Crediter, 24 de julio de 1948.
[4] Lawrence: University of Kansas Press, 1968; en adelante citado como Davis.
[5] Stanford University Press, 1973; en adelante citado como Chace.
[6] En su artículo «In the Wounds», The Criterion, XIV (Abril, 1935), dice Pound: «Él [A. R. Orage] apreciaba la indignación moral de sus colaboradores. No sé si ella ayudó a la claridad de nuestra escritura» (400); en adelante citado como «In the Wounds».
[7] «Stamp Script», The New English Weekly, IV: 2 (26 de octubre de 1933), 32.
[8] Guide to Kulchur (Londres: Faber and Faber, 1938), 149.
[9] «Murder by Capital» (1933), citado en Impact: Essays on Ignorance and the Decline of Civilization, ed. Noel Stock (Chicago: Henry Regenry, 1960), 90; en adelante citado como Impact. Pound hizo la misma apuntación en una carta a The Criterion (Enero, 1935): «Douglas fue el primer economista en postular un lugar para las artes, literatura y las amenidades en un sistema de economía» (299).
[10] «Un grupo de hombres actuando juntos pueden, en algunas circunstancias, conseguir más que la suma de los posibles logros del mismo centenar de hombres actuando cada uno por su cuenta. La diferencia entre estas sumas, es el “incremento de asociación”» («In the Wounds», 395-6).
[11] «Cuando los hombres se asocian, no sólo con otros hombres vivos, sino con el agregado de todas las habilidades e inventos adquiridos, el incremento de asociación con todas estas habilidades e inventos añade otra dimensión al “incremento de asociación”, un incremento tan enorme que la imaginación popular es incapaz todavía de entenderlo, y mucha gente está todavía asustada, como si fuera un hombre del saco. Este nuevo incremento es la “herencia cultural” de la economía de Douglas» (Ibid., 396).
[12] Véase el artículo de Douglas: «The Only Real Socialism», Warning Democracy, tercera ed. (Londres: Stanley Nott, 1935), 21-26, en donde señala que la «socialización» de los medios de consumo es necesaria para la distribución del poder en la sociedad.
[13] Quinta ed. (Hawthorne: Omni Publications, 1967), publicado por primera vez en forma de libro en 1920; en adelante citado como Economic Democracy. El libro no fue escrito por Orage, como afirma Davis: «El libro más provechoso de Orage es Economic Democracy […]» (ix).
[14] Ed. revisada (Londres, 1933), 57.
[15] Economic Democracy, 17. Véase también el comentario posterior de Douglas: «Lo que parece que hemos olvidado es que el sistema dinerario ejercía el más perfecto control por el individuo sobre las instituciones que jamás se haya ideado» (The Social Crediter, 17 de febrero de 1945).
[16] Douglas prefería el término «precio compensado» ya que éste obviaba la implícita sugerencia en la frase «precio justo» de que el precio pueda ser establecido por motivo de consideraciones «morales» abstractas.
[17] En el Canto 46, Pound afirma haber sugerido la idea de los dividendos a Douglas; más tarde, sin embargo, hizo expresas reservas con respecto a esta técnica de inyectar crédito en la economía: en ABC of Economics, dice que «le disgusta» «la idea de los dividendos nacionales» (2.ª ed., Tunbridge Wells: The Pound Press, 1953, 59).
[18] Esto es precisamente lo opuesto a «las esencias de la doctrina fascista», que, señala Davies, «están basadas en la idea de que el individuo existe para la sociedad, no la sociedad para el individuo» (162).
[19] Impact, 49.
[20] Ibid., 52.
[21] Londres: Peter Rusell, 1951, 7.
[22] Véase «The Revolt of Intelligence» (IX), New Age, XXVI: 19 (11 de marzo de 1920): «Así como los propagandistas del usurero confunden, pongamos por caso, al superobrero con el capitalista, así también confunden, para propósitos de propaganda, la civilización con la explotación» (301).
[23] The Social Crediter, 13 de marzo de 1948.
[24] «In the Wounds», 392. Véase también su carta a The Criterion (Enero, 1935), en la que castiga a aquellos que no pueden ver «la convergencia de los sistemas vivos», es decir, «el Estado Corporativo, Douglas, Gesell» (299). Pound a veces añadía un cuarto a esta inverosímil trinidad: «Los Cuatro dominios activos, o las cuatro extensiones del pensamiento que el lector veramente curioso debería indagar son Gesell, Douglas, la doctrina Canonista de la economía, en donde el interés es tratado bajo el encabezamiento general del precio justo, Y la real práctica y logro en los Estados Corporativos de nuestro tiempo» (Guide to Kulchur, 173).
[25] Véase Davis: «Pound piensa que la prosperidad y el trato justo es más probable que ocurran cuando un fuerte pero benevolente líder, o bien tome el cargo y dicte el mejoramiento social, o bien sirva como un director para las necesidades de la fortuna económica que afectan al conjunto de la sociedad» (32). Douglas, por otro lado, desconfiaba de los «líderes»: «Pensamos que fue Sir Patrick Hastings», escribía, «quien dijo que todo gran líder había sido una maldición para la raza humana» (The Social Crediter, 28 de mayo de 1949).
[26] Véase también la página 401: «Sólo dentro de los pasados dos meses un nuevo tipo de «representación del pueblo» ha sido ofrecido en competencia con la muy sórdida y desharrapada Madre de los Parlamentos o con los empleados asamblearios de la Standard Oil y otras grandes compañías americanas reunidos en Washington». Comenta Pound: «Este mecanismo es una cuestión de política». Como hemos visto, la concepción de Douglas del asunto político era radicalmente diferente.
[27] The Brief for the Prosecution (Londres: K.R.P. Publications Ltd., 1945), 65.
[28] Hugh Kenner, en su capítulo «Douglas» en The Pound Era (Berkeley: University of California Press, 1971), parece único entre los críticos de Pound en captar el espíritu del Crédito Social. Su sugerencia, sin embargo, de que Mussolini podría haber «entendido estas nociones» es altamente improbable.
[29] Ezra Pound: A Close-Up (Nueva York: McGraw-Hill, 1967), 34.
[30] «Introduction», Ezra Pound: The Critical Heritage (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1972), 9. En la misma página, dice: «Douglas […] era un moderno Henry George», una identificación escasamente precisa.
[31] Véase, por ejemplo, The Social Crediter, 28 de julio de 1945: «El único hecho que se vuelve más claro cada día es que el valor del sistema parlamentario dependía casi enteramente del hecho de que, en los días de los sistemas dinerarios de acuñación de metal, el Gobierno central, ya fuera el Rey o el Primer Ministro, tenía que obtener sus finanzas de los individuos».
[32] Loc. cit.
[33] The Social Crediter, 31 de diciembre de 1949.
[34] Davis también ve similitudes entre el «New Deal» de Roosevelt y el tipo de reforma social que Pound favorecía. «El T.V.A., el proyecto de ley que frenaba la formación de compañías holding, leyes de seguridad social de varios tipos, todo seguía un patrón que a Pound le gustaba en el sistema italiano» (191). Compárese con Douglas, quien dice del Discurso Inaugural de 1933 de Roosevelt que a cualquiera que lo oyera «se le debe perdonar por creer, como muchos credististas creyeron, que aquí era entronizado el Crédito Social en los asientos de los poderosos. Ningún ataque jamás hecho en este país fue ni la mitad de violento como aquel sobre los banqueros (no sobre el sistema ni sobre el poder del dinero) por el difunto Franklin Delano Roosevelt. La más estrecha atención fue dirigida a este discurso por cualificados creditistas, y la conclusión a la que se llegó fue que era un discurso centralizador –una conclusión pronto confirmada por cualquier cosa conectada con el New Deal, incluyendo su personal–» (The Social Crediter, 17 de octubre de 1948). Para una discusión del T.V.A. desde un punto de vista de Crédito Social, véase C. G. Dobbs, On Planning the Earth (Londres: K.R.P., 1951).
[35] The Social Crediter, 16 de noviembre de 1946.
[36] The Pound Era, 304. Véase también, por ejemplo, «In the Wounds», donde Pound cita a Orage: «Tú no puedes curar el desempleo. El desempleo no es una enfermedad» (401).
[37] Véase Douglas: «[…] las Propuestas Keynesianas de Gasto Deficitario, mediante las cuales la infradistribución de poder adquisitivo revelada por el Teorema A + B, y muy astutamente admitida por Keynes, resultaba compensada mediante dinero emitido para financiar Obras Públicas que no estaban a la venta […] fueron un truco brillantemente ideado para poner a la población permanentemente a trabajar para los empleadores de Lord Keynes» (The Social Crediter, 4 de marzo de 1950).
[38] Citado por R. L. Northridge, «The A + B Theorem», The Fig Tree, N.º 1 (Junio, 1936), 45.
[39] Charles Norman también erróneamente identifica el análisis de Douglas con el de Marx: «[…] todas las ideas, y fragmentos de ideas, todas las fórmulas, encontradas en Douglas y Gesell –por consiguiente, en Pound–, e incluso su particular manera de frasearlas, vienen del Capital de Marx» (Ezra Pound, 347).
[40] The Social Crediter, 21 de enero de 1946. La cita por Davis de Ricardo a este respecto es reveladora: «Es evidente, por tanto, que si el Gobierno mismo hubiera de ser el solo emisor del papel moneda, en lugar de tomarlo prestado del Banco, la única diferencia sería con respecto al interés: el Banco ya no recibiría interés más, y el Gobierno ya no lo pagaría más; pero todas las otras clases en la comunidad estarían exactamente en la misma posición en que están ahora» (105). Precisamente.
[41] Véase, por ejemplo, el discurso de Douglas «The Application of Engineering Methods to Finance» dirigido al Congreso Mundial de Ingeniería (Tokio, 1929): «En otras palabras, el verdadero coste de un programa de producción es en general, no el coste dinerario, sino considerablemente menos que el coste dinerario, y un programa de producción dado puede ser distribuido al público comprador sólo si es vendido a su verdadero coste».
[42] «In the Wounds», 403.
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