La educación no es un negocio

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Al momento de definir una cosa, podemos hacerlo de modo positivo, por medio del método del género próximo y la diferencia específica, u otro medio que lo delimite, que es lo mismo que definir. Sin embargo, también podemos aproximarnos a una esencia por la vía negativa: por lo que no es, descartándolo.

Esto es particularmente útil en los asuntos de elevada complejidad, como la naturaleza divina, y en aquellos en los que abundan los errores, para corregirlos. De este modo, por medio de una serie de artículos, pretendemos purificar la comprensión de la educación a través del descarte de varios errores que gozan hoy de gran popularidad. Comenzamos con uno que provocará particular ardor en los lectores de tendencia libertaria: la educación no es un negocio.

Un negocio es, etimológicamente hablando, un no-ocio, esto es, una actividad que no se busca por sí misma, por el gozo de la actividad en sí, sino como medio para obtener algo, y este algo es la utilidad, la ganancia económica. Por esto, un negocio mejora, básicamente, de dos maneras: reduciendo egresos y/o aumentando ingresos. Si soy capaz, por tanto, de reducir los costos de mi producto o servicio a costa de la calidad del mismo, pero logrando que el cliente se sienta más satisfecho y por tanto aumente la demanda, eso es un negocio redondo, el sueño de todo empresario.

Sin embargo, esto aplicado a la educación es una aberración, y una aberración muy vigente, por desgracia. Si la educación es un negocio, su mejoría no consistirá en lograr más eficazmente su fin natural: la virtud del educando, puesto que el fin ya no será ése, sino el lucro. Por tanto, la mejor educación será aquella que logre vender lo máximo posible costando lo mínimo posible. Y toda concepción de la calidad educativa, los ránkines de los colegios y demás consideraciones se acabarán reduciendo a valores de mercado, de atracción de la demanda, propio de una sociedad materialista.

Con esto no queremos decir que no se deba lucrar con la educación o que no se deba buscar su rentabilidad. La educación puede y, donde se pueda, debe ser rentable por responsabilidad social con todos los implicados en el servicio que se imparte. Pero no toda actividad rentable es un negocio: ése es el error materialista que aquí queremos denunciar. El fin de la educación no es el ensanche del bolsillo del dueño del colegio, sino el ensanche de la virtud en el corazón del educando, como ahondaremos en los próximos artículos.

Javier G. F.-Cuervo, Círculo Trad. Blas de Ostolaza, Perú.