El canon romano y el estado de necesidad

el modernismo no procede principalmente por negación explícita de los dogmas, sino por su reconfiguración desde un principio subjetivo, sustituyendo la verdad revelada

Toda gracia que recibe el alma dimana de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, causa meritoria de nuestra salvación, cuya virtud se significa en su Preciosísima Sangre derramada por nuestra redención, y se aplica ordinariamente por los santos sacramentos. Mas este mismo sacrificio de la Pasión se perpetúa de modo incruento en el santo sacrificio de la Misa, en el cual se nos comunica su eficacia; y así, todos los sacramentos y la vida cristiana entera se ordenan a este augusto misterio y a la santísima Eucaristía, culmen del culto divino, en la cual Nuestro Señor Jesucristo está verdadera, real y substancialmente presente.

Dícese esto en el mes de la solemnidad de la Preciosísima Sangre, que la piedad de la Iglesia celebra el primero de julio, y no sin causa lo traigo aquí a colación: porque no es otra cosa el Canon Romano sino el rito mismo por el cual aquella Sangre, derramada una sola vez en el Calvario, se hace de nuevo presente sobre el altar, signo vivo de aquella inmolación cruenta que en sí misma ya no puede ni debe repetirse. Adviértase, pues, desde el umbral, que cuanto se dirá del Canon no se dice de él como mero formulario antiguo, sino en cuanto es, por disposición de la Iglesia, el cauce mismo por donde esta misma Sangre se derrama sobre las almas.

Conviene, dicho esto, detenerse con mayor reposo en el misterio de la consagración, pues esta divina acción no se verifica sin orden sagrado, sino según la tradición recibida en la Iglesia desde tiempo apostólico; por lo cual ha de mirarse al venerable Canon con aquel recogimiento que sólo se debe a las cosas santas, no como mera plegaria eucarística, sino como la forma misma establecida en la Iglesia para la realización del sacrificio, en la cual se contienen, ordenadas como en procesión, las palabras, súplicas y misterios por los que se imparte a las almas el fruto del sacrificio de nuestro Señor.

Exposición del Canon

Comiéncese, pues, por considerar el orden que el Canon guarda en sus primeras palabras. En el Te igitur, pide el sacerdote que el Padre clementísimo acepte y bendiga estos dones, estos presentes y estos santos sacrificios sin mancha, ofrecidos por la Iglesia santa católica, la cual suplica sea apacentada, custodiada y gobernada en todo el orbe de la tierra, juntamente con el Sumo Pontífice y el Obispo propio; y así se manifiesta que el sacrificio se ofrece siempre en el seno de la Iglesia visible y jerárquica, jamás como acto privado de un alma solitaria, por la cual se implora ante todo el don de la unidad eclesial, sin la cual mal se ordenan las demás gracias.

Sigue luego el Memento, Domine, memoria de los vivos, en la cual el sacerdote ora por los fieles presentes y ausentes, ofreciendo por ellos el sacrificio de alabanza para remisión de los pecados y esperanza de la salvación; y a esta memoria se une la comunión con los santos del cielo, no como mera mención de nombres venerables, sino como participación viva en la misma comunión de la Iglesia, por la cual se pide el auxilio de la gloriosa siempre Virgen María, de san José, de los Apóstoles y de los Mártires, fortificación de los fieles peregrinos en este valle de cuitas.

En la oración Hanc igitur se implora ser librados de la eterna condenación y contados en el número de los elegidos, lo cual no es menester pequeño, sino que manifiesta la seriedad escatológica propia del sacrificio eucarístico, en cuanto éste se ordena a la salvación eterna y no a mero consuelo temporal.

Viene después la consagración, en la cual, por las palabras mismas de Cristo, se realiza la conversión sacramental del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre. Y aquí ha de notarse, con la atención que la materia exige y que tan a menudo se pasa por alto: que el Canon no consagra Cuerpo y Sangre en una sola fórmula, sino en dos consagraciones distintas y sucesivas, separadas por palabras propias y por su propia elevación; y esta misma duplicidad ritual, lejos de ser disposición casual, es figura sacramental de la separación que en la cruz hizo la muerte entre el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por ella se hace presente bajo las especies no solamente la presencia real de Cristo, sino el estado mismo de víctima inmolada, de suerte que el Canon no narra el sacrificio, sino que lo representa y renueva incruentamente, en la medida en que puede renovarse sin derramamiento de sangre lo que una vez, con sangre derramada, se consumó. A ella sigue la oblación Unde et memores, en la que la Iglesia ofrece al Padre el sacrificio de la Pasión, resurrección y ascensión de Cristo, declarando su carácter de hostia pura, santa e inmaculada.

En la oración Supra quæ se pide que esta oblación sea aceptada con rostro propicio, en continuidad con los sacrificios figurativos de Abel, Abraham y Melquisedec, manifestándose así la unidad del único sacrificio a lo ancho y largo de la historia de la salvación. En el Supplices te rogamus se implora que un ángel lleve esta oblación al altar celestial, de modo que los fieles que reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo sean colmados de toda gracia y bendición. Y finalmente, en el Memento etiam se ora por los difuntos, para que sean admitidos en lugar de refrigerio, luz y paz, manifestándose la eficacia del sacrificio por las almas del purgatorio; y en el Nobis quoque peccatoribus el sacerdote se reconoce pecador y suplica ser admitido por sola misericordia en la comunión de los santos, quedando así la grandeza del sacrificio unida, como conviene, a la humildad del ministro.

Principio teológico: lex orandi, lex credendi

Considérese ahora que la plenitud del venerable Canon no reside en acumulación arbitraria de expresiones, sino en la articulación ordenada de aquellas peticiones que la Iglesia, durante siglos de fidelidad, ha tenido por propias del Santo Sacrificio. De ahí que en él se hallen expresamente contenidas la súplica por la unidad de la Iglesia, la memoria nominativa de los santos, la consideración del juicio eterno, la afirmación del carácter propiciatorio del sacrificio y el sufragio por los difuntos. Así lo enseñó el mismo Señor en la noche misma de la institución de este sacrificio: «Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis» (Io 16, 24).

Y si tales elementos no son accesorios, sino expresiones de la fe orante de la Iglesia, síguese, como interpretación teológica de este principio recibido, que la lex orandi no sólo manifiesta la fe, sino que coadyuva a su conservación, de suerte que aquello que deja de proferirse de forma constante puede, con el correr del tiempo, ir perdiendo relieve en lo habitualmente percibido por los fieles, aunque permanezca íntegro en la doctrina misma. No es, pues, cosa indiferente lo que la Iglesia pone de modo constante en boca de sus sacerdotes ante el altar, porque lo que allí se calla por largo tiempo corre el riesgo de irse oscureciendo; no por necesidad mecánica, sino por aquella natural fragilidad de la memoria religiosa, que ha menester ser sostenida por el rito mismo que la nutre.

De la atenuación litúrgica a la lectura modernista

No se siga de esto, empero, que toda variación de acentos litúrgicos conduzca por sí sola, ni mucho menos de forma directa, a la herejía formal; fuera esto salto indebido entre órdenes distintos de realidad: una cosa es el dogma, inmutable en sí; otra la interpretación teológica de cómo se conserva su recepción; y otra bien distinta, de menor certeza pero no por ello desdeñable, la observación histórica de lo que de hecho ha acontecido en la praxis litúrgica reciente. A este último orden, el de la observación histórica, pertenece cuanto sigue.

Hay, no obstante, un proceso intermedio que conviene explicitar antes de invocar la autoridad de San Pío X. Adviértase, ante todo, que en la Misa tridentina el sacerdote pronuncia el Canon en secreto, en voz que no alcanza al pueblo; de suerte que no es el fiel quien oye repetir, domingo tras domingo, la mención nominal de los santos, la insistencia en el carácter propiciatorio o la súplica por la condenación eterna, sino el sacerdote mismo, único que profiere de viva voz estas palabras y, por ello mismo, primero en ser formado —o deformado— por ellas. Cuando tales acentos dejan de proferirse con igual constancia, lo primero que se debilita no es el dogma, sino la fe del propio ministro, que reza menos de lo que antaño rezaba, y suplica con menor frecuencia lo que antaño suplicaba; y como el pastor va delante del rebaño, no porque éste oiga lo que él calla, sino porque de él recibe forma, doctrina y ejemplo, síguese que la fe que decae en el sacerdote no tarda en flaquear también en los fieles que de él dependen, aunque éstos jamás hayan oído con sus oídos una sola palabra del Canon. Al pueblo sencillo le llega esta atenuación no por el oído, sino por cuanto ve: la prisa o el sosiego con que el sacerdote se inclina, la firmeza o la tibieza de sus genuflexiones, el peso o la levedad con que suena la campanilla en la elevación; signos todos que, sin palabra alguna, dicen al fiel cuánto cree, o ha dejado de creer, quien oficia en su nombre ante Dios. Y es precisamente en ese terreno, el de la asimilación religiosa antes que el de la formulación dogmática, donde halla cabida más fácil aquella corriente que sustituy59e la verdad revelada por la experiencia subjetiva como criterio último de lo creíble.

Es en este punto, y no antes, donde cobran su justo peso las advertencias de San Pío X en la encíclica Pascendi Dominici Gregis, donde se señala que el modernismo no procede principalmente por negación explícita de los dogmas, sino por su reconfiguración desde un principio subjetivo, sustituyendo la verdad revelada, objetiva e inmutable, por una experiencia religiosa sometida a variación según la época, el sujeto y el sentimiento de cada cual. La atenuación de los acentos litúrgicos no es, pues, modernismo en sí misma, mas sí prepara, en el ánimo del pueblo, el terreno donde el modernismo halla menos resistencia.

Corolario: la centralidad del Canon en la Misa tridentina

De lo dicho se sigue un corolario que pertenece ya, propiamente, al orden de la prudencia pastoral, y no al de la observación histórica ni al de la interpretación dogmática que le preceden. En la inmensa mayoría de los altares católicos, desde hace décadas, ya no se pronuncia este Canon, sino otras plegarias eucarísticas compuestas en tiempos recientes, en las cuales varios de estos acentos aparecen notablemente disminuidos; y donde esa expresión constante se debilita, cabe razonablemente temer, conforme al principio antes expuesto, un debilitamiento correlativo de lo que de hecho se asimila por la oración repetida.

Por ello puede afirmarse, sin temor a exagerar, que sólo la Misa tridentina conserva al Canon Romano como centro estructural de cuanto en ella se realiza. El Canon es, en ese rito, el término hacia el cual se ordena toda la estructura, y nunca un momento más entre otros, intercambiable o accesorio: el Introito, el Kyrie, el Gloria, las lecturas, el Ofertorio, el Prefacio, son preparación remota y próxima para la gran acción que en el Canon se consuma, y en ella, de modo señalado, para aquel instante de la doble consagración donde la separación del Cuerpo y la Sangre hace presente, bajo velo sacramental, la inmolación misma del Cordero.

Conclusión

Por todo ello, la consideración del venerable Canon Romano es, ante todo, teológica —en cuanto expresión particularmente densa de la lex orandi de la Iglesia en su dimensión sacrificial—, y no mera curiosidad arqueológica ni ejercicio comparativo. Y si las gracias que dimanan de la Pasión se aplican ordinariamente por los sacramentos y de modo eminente por el santo sacrificio de la Misa, síguese que la forma en que estos misterios son expresados en la oración pública no es cosa indiferente para su recepción en la vida de los fieles.

De donde se concluye que la eventual atenuación de tales expresiones no toca, en rigor, la verdad del dogma, que permanece incólume en sí misma cuanto a Dios la confió; pero no se diga, por ello, que la ligereza litúrgica sea cosa de poca monta, ni se tenga esto por exageración retórica de quien escribe con celo excesivo. Porque una cosa es que el dogma quede intacto en el depósito de la fe, y otra muy distinta que el pueblo fiel lo conserve intacto en el alma; y es precisamente entre ambas cosas, entre la verdad que no cambia y la fe que sí puede flaquear, donde la ligereza hace su obra silenciosa: no niega el dogma de frente, mas dispone al alma, paso a paso y sin que el alma misma lo advierta, a tenerlo por cosa secundaria, prescindible, casi vergonzante. Y así como no hace falta golpear un edificio para derribarlo, bastando con minar despacio sus cimientos, así tampoco hace falta negar un dogma para vaciarlo de su peso en la vida del fiel: basta con tratarlo, domingo tras domingo, como si no importara demasiado. No en vano dijeron los antiguos que el pueblo cree como reza, y no plugiera al cielo que llegue a rezar como ya, lamentablemente, ha dejado de creer.

En este sentido, la restauración más amplia posible del venerable Canon Romano no se propone como cuestión estética ni disciplinar, sino como medio que favorece la plena inteligibilidad orante del misterio eucarístico, tal como la tradición latina lo ha transmitido, intacto, a través de los siglos.

Y no se piense que esto es disputa de anticuarios o capricho de quienes añoran un latín que no entienden. Hoy se reciben los misterios más augustos de pie, de mano, casi al paso, como quien recibe un trozo de pan común y no al mismo Dios vivo bajo las especies; hoy se ha desterrado de tantos altares el silencio, sustituyéndolo por la algarabía de quien convierte el sacrificio en asamblea horizontal y la adoración en mera convivencia fraterna; hoy se omite, por incómoda, la mención del juicio y de la condenación eterna, como si el infierno hubiese sido derogado por decreto de la sensibilidad moderna; hoy se profana sin escrúpulo el sagrario, se improvisan fórmulas donde antes había rito fijo, y se sustituye la adoración debida a Dios por la autocomplacencia de la comunidad reunida en torno a sí misma. Esto es el exacto reverso del desarrollo orgánico de la liturgia: la sustitución del culto debido a Dios por el culto rendido al hombre, que es precisamente lo que San Pío X, con ojo certero, denunció como la entraña última del modernismo, a saber, hacer del sentimiento religioso del sujeto, y no de la verdad revelada, la medida de cuanto ha de creerse y celebrarse. Lo que en su día fue herejía velada en los tratados, hoy se ha vuelto praxis cotidiana en no pocos altares donde el sacrilegio se ha vestido de actualidad y la irreverencia de apertura pastoral; y el pueblo fiel, formado más por lo que ve y oye repetir que por lo que lee, va asimilando sin saberlo el veneno disfrazado de pastoral.

Séllese, pues, cuanto aquí se ha expuesto: el Canon Romano, al separar por consagración distinta el Cuerpo y la Sangre del Señor, representa incruentamente la Pasión cruenta; y para que todo en la Iglesia se ordene como conviene a la Majestad de Aquel a quien se sirve, es menester que este venerable Canon se diga bien, con la fe y el amor que su grandeza reclama, y no como quien cumple un trámite ya gastado por la costumbre. Y para que así se diga, no basta la buena voluntad del ministro, por sincera que sea; hace falta que la Misa entera esté bien celebrada, según aquel orden fijo y seguro que codificó San Pío V, de suerte que ni el sacerdote quede a merced de su propio parecer, ni la oración pública de la Iglesia ande al vaivén de cuantos quieran enmendarla según el gusto de su siglo. A este orden, pues, ha de someterse en primer lugar el sacerdote, que ante el altar no es señor sino ministro; y a este mismo orden ha de someterse, con él y por él, toda la Iglesia militante, que peregrina en la tierra y solo halla firmeza cuando reza lo que ha recibido, y no lo que a cada cual, en cada época, le pluguiera inventar.

Joel Antonio Vásquez, Círculo Blas de Ostolaza.

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