No es ninguna novedad que con la llegada de internet han ido apareciendo múltiples taras y comportamientos erráticos. En este caso, el fenómeno psicosocial del que nos vamos a ocupar en este artículo proviene de las siglas en inglés «fear of missing out» que podría traducirse como «miedo a perderse algo». Sirve de descripción para esa ansiedad que acecha en momentos en los que uno ha de decidir si participar de una actividad temiendo las consecuencias en caso de que no. Se puede manifestar de diferentes maneras, pero en este escrito busco demostrar cómo las redes sociales y las marcas se alimentan de esta emoción para maximizar sus beneficios, dejando visibles a su vez, los perniciosos efectos que tiene sobre las personas.
Partiremos desde un ejemplo: un grupo de amigos te incita a que te apuntes a ir a un festival popular al que van a acudir miles de personas y que, en definitiva, por nada en el mundo te puedes perder. No obstante, ¿y si ir al festival supone un gran gasto que no estás dispuesto a asumir? Pues en tal caso prepárate porque todos tus amigos estarán allí asegurándose de documentar toda su «diversión» para que tú, junto al mundo entero, sepa lo que se está «perdiendo». Y por si no fuera suficiente, aparte de tus amigos, los algoritmos propios de las redes no pararán de recomendarte publicaciones relacionadas con el evento para garantizar que te sientas completamente solo y excluido. Claro que puede ser que ni te gusten los festivales, pero al estar infundiéndote esa incesante inseguridad de estar perdiéndote el mejor día de tu vida o que todos los demás están gozando una experiencia increíble y tú no, es inevitable que refloten temores de quedarse solo, aislado y triste. Es esto lo que llamamos FOMO, el miedo constante a perderse algo que pueda producirte algún tipo de satisfacción incluso ante la disyuntiva de no quererlo.
A pesar de ser un fenómeno muy humano, las redes sociales lo exacerban tanto hasta el punto de ser el «medio creador de FOMO por excelencia». Las plataformas como Instagram, TikTok, Snapchat, Facebook, etc. son poco más que escaparates humanos. La gente comparte realidades tintadas pasadas por filtros distorsionados con el fin de obtener alguna forma de aprobación ajena. Es innegable que dentro de dicha «aprobación» se halla la suscitación de envidia, es decir, que los demás deseen llevar tu vida (falsa), que anhelen estar en aquel concierto o vivir en esa casa. En el terreno del marketing esto tampoco es nada nuevo; las marcas pagan a cambio de promoción. Pues con las redes sociales no tienen ni siquiera la necesidad de pagar. Los clientes necios ya lo hacen por ellos. Se acaba produciendo una especie de esquema piramidal en el que el cliente es recluso y procede, mediante promoción y técnicas de FOMO inconscientes, a reclutar nuevos clientes.
A nivel personal el FOMO opera como cualquier otro miedo: irracional, exagerado y potencialmente obsesivo. Sin embargo, puede tener efectos verdaderamente perjudiciales sobre las personas, ya que incita a una lucha interna entre la voluntad y la obligación (de evitar que se produzca ese miedo). Si no queremos lidiar con FOMO tendremos que apuntarnos a todo, incluso aunque vaya en contra de nuestra voluntad. Con esta afirmación podemos distinguir un claro problema, y es que si cedemos a todo bajo la simple premisa del «y si no» nunca estaremos realmente en control de nuestra vida y nuestras acciones. Irónicamente, el miedo nos secuestra y nos hace remar, a menudo, en la dirección contraria a la que queremos y nos conviene.
Si bien el FOMO en la era digital puede parecer inevitable es fundamental saber manejarse a través de él. Una de las primeras acciones lógicas para combatirlo es conocerse a uno mismo y saber mantenerse fiel a su postura centrándose uno siempre en la realidad, teniendo en cuenta que lo que se refleja en redes carece de autenticidad, e incluso en caso de serlo, no es capaz de reflejar más que una parte de la realidad. El siguiente paso sería distanciarse de las redes sociales, no entrar en los perfiles de aquellos que sepas que van a estar bombardeándote de contenido. Las redes para la persona común son prescindibles, por lo que es perfectamente viable abandonarlas. Funciona de manera similar a cuando uno busca desintoxicarse de una sustancia; al principio cuesta, pero una vez se toma la decisión y uno se aleja de todo dejará de estar sometido a ese «sinvivir contemporáneo».
Cristina Irma Schmahl Saldaña
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