En este verano 2026 gigantescos megaincendios se han desatado en los reinos de España (Ávila, Madrid, Pirineos) y de Francia (la Gironda…), activando todas las alarmas. Nunca hasta ahora se habían registrado tan grandes y pavorosos incendios. En la Gironda se han quemado más de 100.000 has y se ha tenido que evacuar a más de 250.000 personas debido a la ferocidad de los fuegos forestales y periurbanos. Pero que es lo que está pasando?. Estos megaincendios cada año son mayores (pasan a ser teraincendios) y son materialmente incontrolables una vez iniciados. Afectan a enormes extensiones arboladas de llanuras y montañas y abrasando todo tipo de parques nacionales, reservas de la biosfera y parques naturales, zonas de especial valor para las aves.. etc, etc.. Sobrecoge al más insensible el comprobar como todos sus robles, encinas y castaños monumentales de muchos siglos quedan reducidos a polvorientas escorias carbonizadas. Cientos de viviendas calcinadas y muchos pueblos convertidos en cenizas con el agravante de numerosos muertos dan una imagen de Fin del Mundo. Pero tanto los superincendios españoles como los franceses tienen rasgos perversos comunes y la infame desamortización liberal es uno de los principales.
El abandono del campo se inicia con furia con las desamortizaciones, que expulsan una buena parte de la población a las grandes urbes e industrias vascas, catalanas y de otras regiones. La prohibición de la Mesta es el inicio planificado del gran bajón de la ganadería trashumante, considerada por los autollamados progresistas como cosas del pasado. Los revolucionarios y liberales de diversas calañas vieron el mundo rural como un enemigo de sus pretensiones e hicieron todo lo posible por aniquilar la vida en el campo. Posteriormente con la II República y el franquismo se considera que hay demasiada gente en los pueblos. Muchos montes se repueblan forestalmente y se elimina la ganadería extensiva, garantía de cortafuegos. Un anciano del Valle del Oja (la Rioja) me comentaba entristecido que él tenía con su hermano 2000 cabras y que un día de 1970 se las prohibieron por su «efecto destructivo» en la vegetación forestal. Se tuvo que dedicar a la construcción y me explicaba con amargura que se ha calcinado todo el monte y valle donde tuvo su ganado, incluyendo grandes robles y tilos.
Tanto en España como en Francia alrededor del 80% de los montes son privados, en su día fueron terrenos comunales aprovechados de modo múltiple agrosilvoganadero. Muchos de estos territorios, procedentes de la desamortización liberal del XIX, quedaron en manos de burgueses que habitaban en las grandes ciudades y no tenían relación alguna con el mundo rural por lo que se redujeron a un uso de caza en sus latifundios y cesara el ganadero y el agroforestal. El caso de las Hurdes y el norte de Extremadura son ejemplos dramáticos.
La legislación actual promueve los megaincendios
Una parte importante del territorio ahora quemado quedó recientemente sojuzgado bajo la figura de «espacios protegidos» y en ellos se ha impuesto una perversa imposición de cese progresivo de las actividades humanas, acusándolas de destructivas y forzando al abandono. A través de los medios de comunicación de masas se impone una cultura favorable a las restricciones, con la excusa de que es un espacio protegido y que cualquier cortafuegos, corta o aprovechamiento molesta al medio ambiente. Los llamados ornitoflautas o directores de espacios naturales preocupados por las aves que presionan para la gestión cero, es decir no hacer ni tocar el monte. Pomposamente exigen que en los montes y la Naturaleza se imponga al máximo la «Contemplación frente a la transformación». Priorizar la contemplación frente a la acción y la transformación, es decir actuar en el monte a través de la gestión agroforestal.
Estas palabras se han empleado tradicionalmente a nivel espiritual, para Contemplación (religiosas contemplativas) como estado superior del alma y la posterior transformación espiritual. Sin embargo los ornitoflautas prostituyen esta idea para aplicarla a la gestión cero de la naturaleza que hace que enormes cantidades de combustible (árboles, arbustos y hierbas secas) ardan con furia sin obstáculo alguno, dando lugar a los megaincendios.
«Hoy predomina en muchos ambientes una visión muy parcial e idealizada de la Naturaleza, de la que arbitrariamente se excluye al hombre y se le niega su derecho a intervenir en ella» explica el sabio geólogo y forestal Dr. Jacobo Ruiz del Castillo
Cese de usos tradicionales
Se habla de la necesidad de un pomposo Pacto de Estado para acabar con los incendios cuando es el mismo funcionamiento estatal y sus componendas autonómicas los que promueven la falta de gestión rural y agroforestal. El dominio del sector público en el mundo rural es la baza perfecta del centralismo que, con la excusa de que los expertos están en Madrid o las megápolis, elimina la capacidad de decisión respecto al mantenimiento del paisaje que evita los incendios. La consecuencia es que la acción del Estado (a través de empresas paraestatales) es muy puntual, la mayor parte del territorio está abandonado pues no hay medios o presupuestos suficientes
Resulta imprescindible aplicar de forma generalizada el principio de subsidiariedad en los municipios y el mundo rural, articulando medios para que los distintos estamentos promuevan tareas de gestión aplicada a partir de las antiguas ordenanzas tradicionales pero considerando las técnicas modernas actuales, los trabajos de siegas y rozas requerirán medios que contrastan con los empleados antiguamente, las quemas prescritas, laboreo en parajes peligrosos, mantenimiento de áreas cortafuegos, clareo de arbolado denso y combustible. El centralismo extremo impone que el estado o las entidades públicas diversas sean las encargadas de las tareas de mantenimiento, pero no dan abasto, por lo que no se hacen. Las capas de burocracia paralizan los sistemas de prevención de incendios. Un pueblo no puede acceder realmente a medidas de prevención, ya que la megaempresa estatal que tendría que hacerlo tarda años en atender sus urgencias.
Leyes de ultraprotección y ornitoflautas
En la actualidad se imponen muchas veces costosas multas por realizar cortafuegos y desbrozar en parques naturales o reservas de la Biosfera: terribles expedientes sancionadores por roza de matorral o arbustedos (100 a 300.000 euros).
Los viñedos, pomaradas, vergeles, pardos y huertos familiares son una de las medidas tradicionales de rayafuegos (cortafuegos), barreras que evitan el laso de incendios pequeños a otros gigantescos. En un viñedo familiar los hijos, primos y abuelos ayudaban a la vendimia o a cosechar los tomates del huerto pero en los últimos años se imponen cuantiosas multas por trabajo irregular a cargo de comisarios burócratas de la «condicionabilidad laboral».
El territorio de espacios protegidos arde mucho más que el no protegido, pues los permisos o no se conceden o lo hacen tras un largo e interminable tiempo de espera y ruegos. Te exigen todo tipo de complejos estudios de impacto, documentos y aplicaciones informáticas que la inmensa mayoría de personas y pueblos no saben ni pueden hacerlo. Se imponen trabas de evaluación de impacto ambiental por las tareas que antiguamente se realizaban obligados por las Ordenanzas tradicionales. El resultado final es la tragedia.
Para revertir esta tragedia cada vez más pavorosa hay que plantear medidas legales para recuperar el principio tradicional de la subsidiariedad. Esto significa la gestión directa y cotidiana de los espacios agroforestales por parte de las entidades locales agrupadas (mancomunidades). Se necesitarán varios años, pero resultan de extrema urgencia o no quedará un solo árbol, bosque, dehesa o soto en pie.
Juan Andrés Oria de Rueda y de Salgueiro, Círculo Tradicionalista Lirio y Burgoa de Valladolid
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