Eclipse: otro punto de vista no tan peligroso

Debemos prepararnos para el eclipse: el eclipse de la razón, el eclipse de la inteligencia, el patriarcado (eclipsado por el feminismo), el eclipse de la patria (eclipsada por la República), el eclipse de la monarquía católica (eclipsada por la Constitución), el eclipse de la Fe (eclipsada por la revolución), el eclipse de la Iglesia (eclipsada por el modernismo)

Queridos fieles, el pasado jueves, 6 de agosto, hemos celebrado la festividad de la Transfiguración de nuestro Señor Jesucristo. Se trata de una festividad muy importante en la Iglesia, con aplicaciones oportunas, no solamente respecto a los Apóstoles, sino también para los cristianos del siglo XXI. Dentro de unos días, justo una semana después, el próximo 12 de agosto, va a suceder un fenómeno astronómico que, en cierta medida, nos habla de esos misterios de la Transfiguración de nuestro Señor. ¿Qué ocurrió? ¿Qué nos dicen los Evangelios sobre la Transfiguración? ¿Qué fue la Transfiguración?

Nuestro Señor eligió, de entre sus Apóstoles, a tres, sus favoritos: son Santiago, Juan y Pedro. Nuestro Señor los mimaba. Todo el mundo tiene sus favoritos: cada padre, cada madre, los profesores… y Jesús también, por eso el Señor le dio a San Pedro la Iglesia, a San Juan también, le dio a su madre, la Santísima Virgen; y a San Santiago le dio España. Ya conocéis esta historia. Subió al monte del Tabor con ellos, y en un momento dado, nuestro Señor, se transfiguró mientras rezaba. Su túnica se volvió blanca como la nieve y su rostro resplandeció como el sol. Era tan resplandeciente que no podían mirarlo, y se arrodillaron. Y en ese momento aparecieron Elías y Moisés, en representación de la Ley y los Profetas del Antiguo Testamento, y, envueltos en una nube, oyeron la voz del Padre que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias; escuchadle».

«Escuchadle». En ese momento, San Pedro pensó algo que solemos decir especialmente en vacaciones: uno quiere quedarse, pero no es posible, porque hay que volver al trabajo. El caso es que Pedro estaba tan contento que dijo a Nuestro Señor: «Vamos a hacer una tienda para vosotros, para Ti, para Elías y para Moisés. Nosotros vamos a dormir al raso. No nos importa; queremos quedarnos aquí con vosotros». Querían acampar en el Tabor.  Pero no habían entendido por qué nuestro Señor Jesucristo realizaba ese milagro de la Transfiguración. Estaba preparándolos para la Pasión, porque la Pasión es algo muy perturbador. Y quería prepararlos con consuelos para que se afianzaran en la Fe, para que comprendieran que, en su persona, se iban a cumplir todas las Escrituras, con Elías y Moisés, y que su Padre » del Cielo tiene en Él todas sus complacencias. Pero, ¿qué va a pasar durante la Pasión? Pues bien, la divinidad de nuestro Señor se va a eclipsar. Este año, seis días después del 6 de agosto, el 12 de agosto, habrá un eclipse que alcanzará su punto máximo hacia las 20:27 de la tarde en Montauban. No se verá completo, sino parcial en un 97 %. Y no podréis mirarlo directamente sin correr un gran riesgo de quemaros los ojos o quedar ciegos. Así que, si vais a hacerlo, hacedlo con precaución.

Después de la transfiguración de nuestro Señor, la pasión, será un eclipse de su divinidad.

Él les había advertido: «No quisiera que os escandalicéis por mi causa». Porque ver sufrir a Dios, ver reducido al Hijo de Dios a un estado en el que ni siquiera tenía figura humana, «Ego sum vermis et non homo», como un gusano, como un insecto despellejado, aplastado; no quedaba en él ninguna forma humana después de todo lo que tuvo que soportar, tras la flagelación, tras la coronación de espinas, fue crucificado. ¡Qué espectáculo tan horrible, tan terrible, ver a Jesús reducido a la nada! Y nos preguntaremos «¿Dónde está la divinidad de Dios?». Quedó eclipsada.

Sabéis, me contaron en México, que los aztecas, cuando había un eclipse, se asustaban muchísimo. Decían que eran los dioses, porque para ellos el Sol no era una criatura de Dios, pero, evidentemente, habían comprendido algo. El Sol tiene poder sobre la vida y la muerte, porque puede dar vida, pero también puede matarnos. Sin él, no hay vida. Y un exceso de sol es la muerte. Todo se quema. Y estos días de ola de calor nos lo demuestran. El Sol es implacable. Pues en México, cuando el Sol se eclipsaba, los aztecas se aterrorizaban y se disponían a «alimentarlo». A quien «alimentaban» era a un demonio, pues le entregaban la sangre de los niños, de las mujeres y, sobre todo, de los enemigos, en el seno de esas pirámides que chorreaban sangre, tanta era, supuestamente, la necesidad del sol de alimentarse de sangre. Terrible. Y ¡qué terror en el momento de un eclipse! Cuando se ocultaba ese Sol, se pensaba que era la causa de todas las grandes desgracias.

Y nosotros, ¿somos aztecas paganos del siglo XXI o somos cristianos? Debemos prepararnos para el eclipse: el eclipse de la razón, el eclipse de la inteligencia, el patriarcado (eclipsado por el feminismo), el eclipse de la patria (eclipsada por la República), el eclipse de la monarquía católica (eclipsada por la Constitución), el eclipse de la Fe (eclipsada por la revolución), el eclipse de la Iglesia (eclipsada por el modernismo), porque, vivimos tiempos de locura y estamos en medio de la pasión de la Iglesia. Es difícil permanecer fiel, podemos escandalizarnos y, como los Apóstoles, al ver la divinidad de nuestro Señor Jesucristo eclipsada en la pasión, huir, marchar, abandonar, traicionar, apostatar, ser desertores de la patria y ser apóstatas de la Fe.

Pues no, hay que saber esperar, nada en el tiempo es eterno. Nuestro Señor, ocultando su divinidad, ocultando su luz, nos abre los sentidos, nos abre los ojos. Hoy, en el Evangelio, tenéis ese milagro que realizó nuestro Señor porque había un sordomudo. ¿Por qué le abre los oídos? Para que lo que dijo el Padre entre las nubes de los montes del Tabor durante la Transfiguración, para que ese «Escuchadlo» sea posible para el sordo. Quien es sordo, no puede escuchar la palabra. Y Jesús es el Verbo de Dios. Y el Verbo se ha hecho carne. Y la Fe entra en nuestras almas, como dice San Pablo: «Fides ex auditu», por el oído. La vida de nuestra alma llega por la Fe.

¿Qué implica la Fe? Caminar en la noche. Decimos que la Transfiguración es un milagro, pero yo diría que los milagros más sublimes de Dios no consisten en manifestarse tal y como es: divino, luminoso, brillante, resplandeciente. El milagro es ocultarse, porque tiene en cuenta la debilidad de nuestros sentidos. Por eso no podéis mirar al sol. Así que tened mucho cuidado cuando miréis el eclipse, porque si fijáis la vista en el Sol, os quedaréis ciegos. Os quemará el nervio óptico. Y después ya no veréis nada en el plano físico. Pero en el plano espiritual, seguimos al Señor en la noche de la Fe. No sé si habéis conocido a personas que padecen ceguera. Yo tuve la ocasión de conocer a algunos amigos que, pobres de ellos, no veían nada, ni los colores, ni las formas, ni las perspectivas. Toda esa visión estaba completamente cerrada para sus ojos. ¿Y qué hacía yo? Les tomaba la mano y les acompañaba. Nuestro Señor hace lo mismo, nos coge de la mano y nos lleva en esta noche oscura, en esta noche de la pasión, en esta noche de la historia, durante este eclipse que empieza a durar más de lo que desearíamos. No es fácil vivir con esta oscuridad interior.

¿Están cerrados nuestros ojos —no solo nuestros oídos— a la palabra de Dios, a sus inspiraciones, a los reproches de la conciencia? Eso es lo que dice el salmo 115: Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos, pero no ven; tienen orejas, pero no oyen, tienen nariz, pero no huelen; tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan. En verdad, nuestros sentidos están atrofiados por el pecado. Aristóteles dice que no hay nada en nuestra inteligencia que no haya pasado primero por los sentidos. Por eso, el día en que tengáis la gracia de recibir el sacramento de los enfermos, es decir, la extremaunción, el sacerdote marcará las cinco puertas de vuestra alma, los cinco sentidos: los ojos, las fosas nasales, la boca, los oídos, las manos y los pies. Los marcará con el signo de la cruz, que ya se empleaba antes de la Pasión de Jesucristo en el Antiguo Testamento; para salvar al pueblo elegido la noche en la que iba a pasar el Ángel exterminador, los hebreos marcaron los dinteles de las puertas con el signo de la cruz (el signo de tau), con la sangre de un cordero. La cruz es Jesús y quedará marcada en vuestros sentidos, porque no hay nada que entre en nuestra mente que no haya pasado primero por los sentidos. Por eso cuidar de los sentidos es muy importante porque cada vez estamos más ciegos, ciegos ante el orden natural, lo cual da pena: hice un viaje con unos chavales, unos idiotas, que, en medio de un paisaje precioso, solo tenían los ojos clavados en las pantallas de sus teléfonos. Yo no era su padre; si no, les habría tirado los móviles a los arbustos. Pero no se puede. Así que es realmente triste comprobar cómo nos estamos volviendo ciegos: vemos cosas, pero no las vemos; sin embargo, hay cosas que Dios nos oculta. Y, a la vez, Dios es un Dios que se esconde en las pequeñas cosas, en las pequeñas oportunidades. En la parábola del buen samaritano, ¿quiénes eran los buenos samaritanos? Lo fue el que vio al enfermo al borde del camino. Los demás pasaron de largo, no vieron nada. El enfermo estaba allí, tirado en el suelo. ¿Vivía? Lo habían abandonado; los bandidos le dieron una paliza y le robaron todas sus pertenencias. Incluso pasó por allí un cura, de la élite, y siguió su camino; nadie vio nada. No vemos, no miramos a nuestro prójimo. Y ese es el peligro se multiplica durante las vacaciones: encerrarnos en nosotros mismos y no vemos a los demás. Es curioso, pero es muy difícil. Cuando vais al supermercado, si hay alguien que os mira, es porque quiere saludaros, pero los demás no os ven. Sobre todo si lleváis una sotana que se ve desde lejos, no os ven, no quieren veros. Es curioso, no vemos, no usamos los ojos. Miremos, hay cosas que son bellas. Levate capita vestra, la redención de cada uno de nosotros está cerca.

Y en este tiempo de Pasión, aunque Nuestro Señor se oculta y la Iglesia se oculta: hemos sido llamados a vivir en la Fe, en la noche, como las vírgenes prudentes que esperan la llegada del Esposo, con lámpara de la esperanza encendida que no debe apagarse sino iluminar poco a poco. Debe estar encendida, porque Esposo vendrá, entrará en el salón, celebrará el banquete, y si la lámpara está apagada iréis a las tinieblas exteriores. Cuando no se ve, cuando no se tiene Fe, es una tortura aterradora tal y como la sentían los aztecas. Y vemos cuántos monstruos espantosos pueblan la imaginación de quienes viven en las tinieblas anteriores. Es como estar rodeados de fantasmas. Es como los niños que se aterrorizan cuando se pierden en el bosque, en la noche o en cualquier otro lugar. Entonces, ven un montón de fantasmas. ¿Dónde están? Están en su imaginación, pero están aterrorizados. Y basta con un poco de luz para que todo se aclare. Yo tenía una casa en Colombia, en la que, debido a la falta de higiene de los vecinos, nuestra cocina estaba…  plagada de cucarachas, enormes. No eran pequeñas. Eran mega cucarachas y estaban en la oscuridad. Y entonces, llegaba, encendía la luz… Ni una. No había ni una sola cucaracha. Y eso es lo que dice que el introito de hoy: Exurget Deus et disipetur inimici eius. Dios se eleva, que se dispersen sus enemigos. Cuando el Señor muestra su divinidad, cuando pone su luz en nuestras almas, borra los fantasmas y se escabullen las cucarachas de la cocina y de la imaginación. Cuando muestre su divinidad el día del Juicio Final, ¿cómo será el terror de todos esos enemigos, de todos esos monstruos que hoy vemos deambulando por todas partes, matando almas con los escándalos? Tampoco hay que temer a aquellos que nos harán la «sourire kabyl», la sonrisa de la Kabila, gritando Alá es grande. Esos solo pueden matar nuestro cuerpo. Debemos temer a quienes pueden matar nuestro cuerpo y enviar nuestra alma al infierno. En definitiva, todos esos franceses y francesas que están verdaderamente pervertidos por las costumbres que arrastran a tantas almas al infierno son mucho más peligrosos que los islamistas que nos convertirán en mártires y nos permitirán obtener algún día la palma de los mártires en la gloria. Gracias a ellos. ¿Paradójico? Sí, así es como piensa nuestro Señor Jesucristo. Prestemos mucha atención a la modestia durante las vacaciones. Hace cinco días, en una piscina, estando de vacaciones se ahogó una niña de 3 años. Sabemos que ella es un ángel de Dios en el Cielo, pero cuántas almas se condenan a cuenta de las piscinas, y esas no las vemos.

Nuestro Señor se oculta a causa de nuestra debilidad; no podemos mirarlo a la cara. Prestad atención por eso a lo insignificante. Dentro de un momento, vais a comulgar, vais a recibir a Dios, oculto en la Eucaristía. Si lo pensáis es quien tiene la capacidad de dar la fuerza del Sol, que le ha dado al Sol esa fuerza que le permite dar la vida y dar la muerte. Señores aztecas, señores franceses, el Sol no es un dios, es una criatura de Dios. Y nadie da lo que no tiene. ¿Por qué tiene el Sol esa fuerza? Porque manifiesta un poquito del resplandor de Dios. Cuando Nuestro Señor mostró un poquito de su luz, impresionó y deslumbró a los Apóstoles que se arrojaron cuerpo a tierra con la cara en el suelo. Pues es al mismo Señor Jesucristo, al que vais a recibir dentro de un momento en la Eucaristía, también lo recibiréis así, eclipsado, oculto. A veces no lo pensamos. O a veces actuamos por rutina, pero es un privilegio.

Así pues, vivamos en la Fe, pidamos a nuestro Señor que nos abra los oídos para escucharlo, como el Padre Eterno lo ha dicho, en lo alto del Tabor, en una nube. Escuchad esta palabra de Dios que nos anima a vivir en la Fe. Solo tenemos una vida para vivir en la Fe. Deja que Jesús sea tu Lazarillo, para que te guíe como un niño, como un ciego, en estos laberintos de oscuridad de la Fe en esta vida. Un día lo veremos cara a cara ni ojo vio ni oído oyó todo lo que Dios nos tiene preparado. Pero para verlo bien —y esto ya se sabía bien en el Antiguo Testamento—, para ver a Dios, hay que estar fuera de nuestro cuerpo, porque, de lo contrario, nos quema la retina. Verlo y amarlo: es Él quien brilla en el cielo con un resplandor extraordinario; es Él quien tiene el poder de la luz, quien nos ha dado la posibilidad de ver las cosas tal y como son en el orden material. Contemplémoslas y comprenderemos muchas cosas en el orden sobrenatural. Y no solo lo entenderemos, sino que lo amaremos.

Las almas de los justos brillarán en el Cielo como las estrellas. Ya lo habéis visto, durante las vacaciones; espero que tengáis tiempo de mirar al cielo. Por favor, dejad las pantallas. Salid un ratito al jardín. No sé, quizá no tengáis el mismo cielo que tenemos nosotros en la Pampa, en la Patagonia, pero allí se recogen las estrellas a paladas. Están ahí, muy cerca. ¡Qué maravilla, qué cielo! Eso es. Veremos brillar las almas de los justos como estrellas. ¿Por qué? Porque son luz. Dios es la luz. «Yo soy la luz, he venida al mundo». El que lo ama no está en las tinieblas, pero, por desgracia, como dice el prólogo de San Juan, las tinieblas no lo han recibido. Dios es la luz de vuestra alma, vive en vosotros. Y esa divinidad, esa santidad, que hoy se menciona en el prólogo, y que tiene el mérito de mantenerse firme en la Fe, en la oscuridad, de no dormirse, de permanecer despierta hasta la llegada del día eterno, brilla en el cielo, porque estáis en comunión con esa luz, con esa divinidad. ¿Veis? Ahí han puesto lámparas que iluminan la capilla. ¿Por qué brillan? Porque hay energía. ¿Por qué hay energía? Porque están conectadas a la central, que no sé dónde está. No sé si es electricidad respetuosa con el medio ambiente, porque no conozco demasiado el movimiento ecologista. Pero estamos conectados a una central. Nuestras almas están conectadas mediante vínculos de perfección con la divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Permanezcamos en comunión con la divinidad, sigamos hoy con Cristo, mortificados, escarnecidos, sacrificados, atacados, porque habéis querido ser fieles al orden natural, porque no habéis querido renunciar a la inteligencia, porque no habéis renunciado a la razón, porque no habéis renunciado a una patria eclipsada y seguís siendo fieles franceses, porque hoy, en la tribulación de la Iglesia, seguís siendo fieles católicos, unidos a nuestro Señor Jesucristo; no habéis desertado de la patria ni habéis apostatado de la Fe. Así pues, cuando llegue el eclipse total, no os escandalicéis, manteneos firmes.

Dos días después del eclipse comienza la novena al Corazón Inmaculado de María. Ella es la mujer que se viste de Sol sin eclipsar a Dios y canta el Poderoso ha hecho en mí maravillas. Estuvo en pie durante la mayor oscuridad del mundo, el día de Viernes Santo, cuando también el Sol se oscureció por completo y la naturaleza gimió. Que Ella, que es la mujer vestida de luz, interceda por nosotros en este eclipse de la patria y de la Iglesia.

El próximo eclipse de Sol, que durará bastante, tendrá lugar el 12 de agosto a las 20:27, aquí, en Montauban. Creo que os permitirá meditar el misterio de la Transfiguración para reafirmaros en la Fe.

En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Rvdo. Sr. José Ramón Ma. García Gallardo

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta