Últimos juicios del liberal Juan Ramón Rallo sobre el Crédito Social

Si al Sr. Rallo le hubiera realmente interesado conocer cuál fuera la posible relación entre las enseñanzas sostenidas por la escuela de Douglas y la filosofía social propalada por el Fascismo, le habría bastado con consultar el órgano del Secretariado, y habría podido comprobar que entre unas y otra no existía sino el más absoluto antagonismo

Ezra Pound (1885-1972)

Procedemos a poner colofón a nuestro repaso de las opiniones del Sr. Rallo en torno al Mayor Douglas y el Crédito Social. En el anterior ensayo, señalábamos que el Sr. Rallo, en su libro Contra la renta básica (2015), dentro del Capítulo 6, además de consagrar el apartado titulado «Subconsumismo» fundamentalmente a la crítica del «Teorema A + B» –la cual reseñamos acompañada de las debidas correcciones y puntualizaciones–, decidió incluir a su vez algunas referencias finales más al Crédito Social en la sección inmediata, que lleva por epígrafe «Fascismo», pretendiendo ligar las propuestas de Douglas a esta corriente política.

El Sr. Rallo abre la sección con una breve descripción de la ideología fascista, recurriendo sobre todo a textos de su fundador Benito Mussolini, y en la cual no entramos. La parte que nos interesa viene a continuación, en donde el Sr. Rallo da comienzo a su intento de vincular el Fascismo con el Crédito Social enunciando:

«Si bien normalmente las políticas públicas de los Estados fascistas optaron por resolver el problema de la pobreza y del desempleo no a través de la implantación de una renta básica, sino de planes de fomento del empleo, la renta básica es perfectamente compatible con el núcleo de los principios doctrinales fascistas arriba expuestos. De hecho, eso es lo que hizo, justamente, el poeta y economista Ezra Pound.

Pound era un fanático seguidor de las teorías del Mayor Douglas y se dedicó a conectar el fascismo mussoliniano con la propuesta del dividendo nacional. Una tarea ciertamente sencilla: si Douglas legitimaba la renta básica como consecuencia de una herencia cultural compartida que constituía la auténtica base de nuestra productividad y el fascismo, justamente, partía de la premisa de que la parte inmanente de una sociedad eran sus rasgos históricos y culturales compartidos, la conexión entre ambas posiciones resulta casi automática».

Nos limitamos a repetir aquí lo que ya explanamos en nuestro anterior artículo. El dividendo no tiene nada que ver con la idea de la «renta básica», son de naturalezas distintas. Así como la contabilidad de una empresa puede arrojar un beneficio financiero que se repartiría entre sus socios en forma de dividendo, análogamente la contabilidad de una comunidad política puede presentar un beneficio real, es decir, bienes y servicios producidos y/o capaces de producirse, que son demandados por la comunidad, pero cuyos miembros no pueden acceder a ellos a menos que se proceda a alguna forma de monetización de dicho beneficio real en favor de la comunidad. Una de estas formas sería, por ejemplo, la creación de un montante dinerario equivalente al valor en unidades monetarias de ese beneficio real, y su consiguiente distribución entre los miembros de la comunidad, razón por la cual se denomina dividendo a cada una de las porciones en que se divide dicho montón, análogamente a como ocurre en una empresa. Douglas, con el nombre de «herencia cultural», alude a uno de los factores principales que hacen posible la gestación de un beneficio real (no financiero) en la economía contemporánea. La creación por el sistema bancario de un numerario a repartir entre la población, sólo estaría justificada si efectivamente se hubiera originado ese beneficio real, según reflejase el registro contable de la comunidad. ¿Cómo se habría de distribuir ese monto entre la población? ¿Qué trozo del mismo correspondería a cada cuál? Puesto que la «herencia cultural» es un patrimonio intangible comunal, Douglas responde a estos interrogantes afirmando que lo equitativo sería dividir aquella suma en fracciones equivalentes entre todos los integrantes de la comunidad. Así pues, este uso estricto de la expresión «herencia cultural» dentro del ámbito económico, no guarda relación alguna con el Fascismo, ni con las referencias a los «rasgos históricos y culturales compartidos» que pudieran pregonar sus ideólogos de cara a reforzar su concepto base del Estado-soberano totalitario. Nos movemos en dos planos diametralmente antinómicos.

El Sr. Rallo, sirviéndose del literato estadounidense Pound, prosigue comentando: «Pound defendió, como Douglas, el pago de un dividendo nacional derivado de la elevada productividad del sistema económico alumbrado por nuestra herencia cultural». Y cita en seguida este párrafo del poeta modernista, entresacado de su panfleto América, Roosevelt y las causas de la presente guerra (1944): «Hacia finales de la Primera Guerra Mundial, C. H. Douglas insistió en que nos hallábamos ante la oportunidad de disfrutar de una sobreabundancia potencial, por lo que reclamó dividendos nacionales, es decir, distribuir una asignación familiar o individual que le permita al público adquirir lo que el público ha producido. Naturalmente, todo este esquema fue tildado de locura. The London Times y otros periódicos en manos de los banqueros se opusieron a la propuesta. Pero las ponderadas opiniones del Mayor Douglas han sido confirmadas por el Informe Loeb [= Informe de la Encuesta Nacional sobre la Capacidad Potencial de Producción, Autoridad de la Vivienda de la Ciudad de Nueva York, 1935]. Nadie ha sido capaz de disputar tales estadísticas. Antes de entrar en esta guerra, cada familia de cuatro personas en Estados Unidos podría haber recibido 4.000 o 5.000 dólares para garantizar su calidad de vida. Sólo la maldad y la imbecilidad del complejo monetario-financiero han impedido la ejecución de este programa de bienestar material».

Sigue glosando el Sr. Rallo: «De hecho, al igual que muchos partidarios de la renta básica, Pound se oponía a los subsidios de desempleo». Y recoge de inmediato este otro pasaje extraído de otro panfleto de Pound que lleva por rubro ¿Para qué es el dinero? (1939): «Ambos sistemas, el fascista y el de Douglas, difieren como de la noche a la mañana con respecto a la degradación que representan los subsidios de desempleo, esa infamia del sistema inglés donde se paga a las personas que no trabajan arrebatándoles sus ingresos a quienes sí trabajan, y donde los parados van volviéndose cada vez menos capaces de trabajar o de disfrutar de los placeres de la vida. No sólo devienen un lastre para los trabajadores, sino para todos quienes desean mantener un nivel de vida decente. Toda la escala de valores se halla pervertida».

Y termina remarcando el Sr. Rallo: «Tan obsesionado estaba Pound con el esquema de Crédito Social de Douglas y con el pago del dividendo nacional que incluso los introdujo de rondón en su obra de poesía más conocida, Los Cantos». Como muestra reproduce el Canto XLVI, que suena así:

«Y por tres días la nieve cubrió los mares,

ladeados por una hilera de montañas,

nieve o lluvia cayendo impasible, una muralla de hilos

tal que podías ver al aire detenerse

y a la lluvia caer a su lado

o a la nieve caer a su lado. Diecisiete

años así, diecinueve años así, veinte años

así y el tipo obnubilado (cuyas piernas jamás cubrieron pantalones) espetó:

“Si eso es así, ¿cualquier gobierno que valga lo más mínimo puede

pagar dividendos?”

El Mayor masticó por un tiempo y dijo: “Sí”.

“¿Quieres decir en lugar de recaudar impuestos?”.

“En lugar de recaudar impuestos”».

Al instante, continúa apuntando el Sr. Rallo:

«Pound, de hecho, actuó como propagandista al servicio del fascismo británico, escribiendo con regularidad en los semanarios de la Unión Británica de Fascistas, liderada por Oswald Mosley. El propio Mosley se acercó mucho a los postulados del Crédito Social cuando en su obra Tomorrow We Live (1938, capítulo 4) establecía como los tres principios de su programa económico que: a) el crédito británico era creado y era propiedad del pueblo británico; b) debía ser gestionado en comandita por el conjunto del pueblo británico; y c) debía emplearse deliberadamente para maximizar la producción y el consumo de bienes británicos.

Asimismo, Arthur Reade, otro propagandista fascista que escribía frecuentemente en los principales semanarios de la Unión Británica de Fascistas, tales como The Blackshirt y Action, publicó el 11 de septiembre de 1937 un artículo titulado “National Socialism and Social Credit” […] donde argumentaba que tanto los defensores del Crédito Social como los nacional-socialistas compartían muchos puntos: “Los partidarios del Crédito Social y los nacional-socialistas tienen mucho en común: algo evidente tan pronto como uno estudia la propaganda de ambos movimientos, pues ambos aspiran a que Gran Bretaña sea gobernada en beneficio de los británicos”. Más en particular, Reade consideraba que ambos movimientos eran conscientes de que sus objetivos no podían alcanzarse “sin derrotar a la oligarquía financiera y sin establecer un control nacional del sistema de crédito”, para lo cual era necesario establecer una política de “nacionalismo económico”. A su vez, tanto unos como otros “recalcaban la naturaleza artificial de la pobreza ante las enormes potencialidades de la moderna tecnología industrial”; ambos, además, “condenaban sin ambages el despilfarro y la destrucción de las reservas de alimentos en un mundo hambriento”. Y, sobre todo, “ambos exponen el gran fraude que supone la usura”. De ahí que, concluía Reade, “a la vista de las similitudes, los partidarios del Crédito Social y los nacional-socialistas deberían considerarse a sí mismos como miembros de una mismo frente, en lugar de mirarse con desconfianza”.

Pero quizá la mayor influencia de Pound sobre el fascismo inglés la alcanzó con el panfleto La Unión Británica y el Crédito Social (1938) del propagandista William Chambers-Hunter. Según Chambers-Hunter: “No sólo es posible creer en el Crédito Social y pertenecer a la Unión Británica de Fascistas: me atrevería a decir que si creemos en el Crédito Social hemos de darnos cuenta de que sólo a través de la Unión Británica de Fascistas contamos con la esperanza de poder construir una nación que se halle libre de la usura”. Así, Chambers-Hunter, tras exponer las principales ideas del Mayor Douglas, afirmaba lo siguiente:

“La primera cosa que debemos hacer es trasladar el nuevo dinero a aquellos consumidores que más lo necesitan. ¿Quiénes son? Una buena respuesta sería, por ejemplo, considerar como tales a cualquier hombre, mujer o niño cuyo poder adquisitivo sea insuficiente para garantizarle las bases nutricionales expuestas recientemente por Sir John Orr. Nosotros nos encargaríamos de contratar a funcionarios públicos del Tesoro bajo la instrucción de que cada semana, y hasta nueva orden, se imprimiera nuevo dinero que se repartiera entre esta gente, es decir, desempleados, pensionistas, viudas, mujeres solteras […]. Mucha de esta gente ya está prestando servicios a sus conciudadanos dentro de los límites establecidos por el actual sistema, por lo que cabe pensar que prestarán un mejor servicio si están bien alimentados y si se les sustrae la preocupación por el dinero”.

En definitiva –concluye el Sr. Rallo–, el fascismo también es compatible con la renta básica, tal como acreditan los escritos de Ezra Pound, Arthur Reade o William Chambers-Hunter. Con esto no queremos afirmar que el pensamiento fascista deba necesariamente conducir a la defensa de la renta básica; en realidad, como ya hemos visto, ni el pensamiento socialdemócrata, ni el republicano, ni el comunista conducían necesariamente a ella. Es más, varios pensadores fascistas rechazaban de plano la renta básica por eximir al individuo de la obligación de trabajar en beneficio del grupo (si bien ello no habría sido óbice para implantar la muy parecida “renta participativa” […]). Pero, desde luego, sí es posible efectuar una defensa de la renta básica desde presupuestos fascistas».

El Sr. Rallo, en fin, dedica algunos párrafos más a la crítica del Fascismo, centrándose solamente en el campo de la filosofía política y social, y sin adentrarse ya más en aspectos tocantes a la economía en general, o al Crédito Social en particular, salvo una somera alusión insertada en las postreras líneas: «del mismo modo que el fascismo no ofrece ninguna justificación novedosa y certera a la autoridad política estatal, tampoco la ofrece para la renta básica: […] todos los argumentos que a este respecto ha planteado el fascismo no son más que un popurrí de otros que ya han sido pertinentemente criticados cuando tratamos el subconsumismo (la necesidad del crédito social), el comunismo (la sociedad como propietaria de activos comunales), el comunitarismo (la comunidad administradora del bien común frente a los derechos individuales), o incluso el tercermundismo (una restrictiva política antiinmigración para proteger a la comunidad nacional)».

Como se puede observar, el Sr. Rallo básicamente sustenta la supuesta ligazón del Crédito Social con el Fascismo en los pareceres manifestados por distintos personajes enlazados con esta cosmovisión política. Desde los albores de la década de los treinta, el movimiento del Crédito Social fue adquiriendo cada vez mayor auge en la plaza pública en diversos países de la esfera anglosajona, convirtiéndose en un verdadero fenómeno de masas. No es extraño, como suele ocurrir muchas veces en esta clase de situaciones, que aparezcan sujetos adscritos más o menos veladamente a otras causas que aprovechen la coyuntura y muestren interés, como suele decirse, en arrimar el ascua a su sardina. Una de las consecuencias usuales de este comportamiento –dejamos a un lado la cuestión, accesoria a efectos prácticos, de si se despliega con buena o mala fe– es la tergiversación o desfiguración de aquello que presuntamente se pretende defender. Ésta fue la razón primordial de que el Mayor Douglas se viera precisado a tener que fundar, en septiembre de 1933, un Secretariado del Crédito Social, con su correspondiente órgano oficial de prensa, al objeto justamente de preservar su doctrina de toda suerte de falseamiento proveniente de cualesquiera círculos intelectuales o políticos.

Si al Sr. Rallo le hubiera realmente interesado conocer cuál fuera la posible relación entre las enseñanzas sostenidas por la escuela de Douglas y la filosofía social propalada por el Fascismo, le habría bastado con consultar el órgano del Secretariado, y habría podido comprobar que entre unas y otra no existía sino el más absoluto antagonismo.

De entre todas las asociaciones que trataron de adjudicarse y distorsionar el genuino magisterio del Crédito Social, la que llegó más lejos en su intento de mimetización con las propuestas douglasianas fue seguramente el llamado Chandos Group, liderado especialmente por los publicistas Maurice B. Reckitt y William T. Symons. Esta agrupación, nacida en 1926, un año después de la disolución de la Liga de Guildas Nacionales, reunía a lo más granado del Guilda-Socialismo, teoría fuertemente lindante –por no decir convergente– con el corporativismo fascista, y sus miembros buscaban combinarla con el Crédito Social. El Mayor Douglas y demás personalidades del Secretariado, en múltiples declaraciones, no cejaron en denunciar el carácter desviante y desorientador de ese grupo. Naturalmente, ello implicaba a fortiori el rechazo a cualesquiera otras intentonas de querer apropiarse las tesis douglasianas, y fomentar la consecuente confusión en el panorama intelectual anglosajón, por parte de individuos o partidos abiertamente fascistas.

De todas formas, y al margen de esta elemental deducción, el mismo Douglas ya se encargaría de elucidar expresamente, en infinidad de ocasiones, la radical incompatibilidad entre el ideario del Crédito Social y el del Fascismo o el Nacional-Socialismo. Nos bastará con recoger un par de muestras. Primeramente, en un discurso pronunciado en Newcastle, el 9 de marzo de 1937, sentenciaba Douglas («Seguridad: institucional y personal», Suplemento del semanario Social Credit, 2 de abril de 1937, p. 1. El subrayado aparece así en la edición original):

«El empleo como un fin en sí mismo, constituye una política concertada que puede encontrarse en prácticamente cualquier país. Constituye una política internacional; y procede del gran poder internacional en el mundo: el poder de la finanza. Es una política consciente, y es apoyada a través de cualquier argumento o fuerza a disposición de ese gran poder internacional, puesto que es el medio mediante el cual la humanidad es mantenida en una continua, si bien encubierta, esclavitud.

¿Me permiten pedirles que despojen sus mentes, lo mejor posible, de todo prejuicio político y que consideren si la política fundamental de la Italia Fascista, la Rusia llamada Comunista, los Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña no es idéntica, y que ésta consiste, mediante variantes métodos pero con idénticos objetivos, en forzar a la población a que se subordine ella misma, por un número de horas al día muy en exceso de las realmente necesarias, a un sistema de trabajo?».

Y en segundo lugar, en una carta abierta a Hitler, aseveraba Douglas (copiamos del semanario The Social Crediter, 6 de mayo de 1939, p. 1): «Si bien se afirma, y sin lugar a dudas se cree, que existe algún tipo de conflicto de ideologías entre el grupo “democrático” de Potencias y el grupo Totalitario, no existe, de hecho, semejante conflicto: todos ellos proceden en sus actuaciones igualmente a partir de la asunción fundamental, que sin lugar a dudas se cree indiscutible, de que el pleno empleo de sus respectivos pueblos constituye la prueba del éxito. Sus diferencias son sólo de método. […] Si se afirma […] que el pleno empleo es un requerimiento práctico de una civilización en avance, puede fácilmente mostrarse que el caso es el contrario. Mientras que se reconoce que la presente producción de armamentos en todo país ha sido forzada por la asunción general de que el desempleo es equivalente a destrucción económica, con todo debe ser obvio que el pleno empleo que los armamentos proveen es tanto temporal como al mismo tiempo quizá el ejemplo último del despilfarro y la ineficiencia. Esta política de empleo, que aquí es impugnada, se reconoce hoy ser inseparable del Sistema Financiero Judío. Un simple cambio en este sistema haría innecesario el pleno empleo, eliminaría la competencia por los mercados y destruiría el poder de los Financieros internacionales; poder que la guerra sólo incrementa, y que, si no es destruido, destruirá la civilización en Europa».

Si hubiera que reputar alguna teoría económica como solidaria con la política fascista, no cabe duda de que habría que nominar en primer puesto a la de John Maynard Keynes, economista de cabecera del Socialismo Fabiano, tendencia cuyos dogmas constituían los pilares en que se asentaban las diferentes medidas «sociales» que venían implementándose desde principios de siglo en Europa en general, y Gran Bretaña en particular, y que acabarían consolidándose en las décadas de la posguerra con las características estructuras del llamado «Estado del Bienestar». Esta simbiosis entre keynesianismo y fascismo no es una aserción nuestra, sino que así lo reconocía, por ejemplo, el economista John K. Galbraith, cuando profería (La era de la incertidumbre, Houghton Mifflin Company, 1977, pp. 213-214. Los subrayados son nuestros): «Desde 1933, Hitler tomaba prestado dinero y gastaba… y lo hacía con liberalidad, tal como Keynes habría aconsejado. Parecía lo obvio de hacer, dado el desempleo. Al principio, el gasto iba en su mayor parte para obras públicas: ferrocarriles, canales, edificios públicos, las Autobahnen. […] Los resultados fueron todo lo que un keynesiano podía haber deseado. A fines de 1935, el desempleo había llegado a su fin en Alemania. […] Alemania, hacia finales de los treinta, tenía pleno empleo a precios estables. Constituía, en el mundo industrial, un logro absolutamente único». Y más adelante añade (p. 221. Los subrayados siguen siendo nuestros): «La guerra entonces trajo con prisas el remedio keynesiano. Los gastos se doblaron y redoblaron. También lo hizo el déficit. Antes del final de 1942, el desempleo [en EE.UU.] era mínimo. En muchos lugares la mano de obra era escasa. […] Hitler, habiendo terminado con el desempleo en Alemania, había continuado terminándolo para sus enemigos. Él fue el verdadero protagonista de las ideas keynesianas».

Por lo demás, no se puede considerar al escritor Ezra Pound como un exponente fidedigno del Crédito Social. Sin duda, es el principal representante en Estados Unidos, junto con T. S. Eliot, de la corriente literaria del Modernismo. Pero ambos poetas eran también miembros correspondientes del Comité Asesor del semanario The New English Weekly, que fungía como órgano oficioso del Chandos Group. Este dato, de entrada, ya debiera ser suficiente para hacer sospechar de la fiabilidad de los asertos de Pound sobre la materia, lo cual queda inmediatamente confirmado con una superficial ojeada a sus escritos económicos, que bien podrían calificarse, en el más optimista de los casos, como vulgares obras de propaganda de unas ideas medio o mal digeridas. Así lo verificaba Dennis R. Klinck, Profesor de Derecho de la Universidad McGill (Montreal), en un excelente ensayo publicado en 1976 con el encabezamiento «Pound, Crédito Social, y los críticos».

El valor que pudieran tener las opiniones de Pound sobre el Crédito Social no van mucho más allá de las que pudieran concederse, por ejemplo, a las que vertiera en su autobiografía otro destacado artista como Charles Chaplin. En su libro Mi autobiografía, publicado en 1964, anotaba el director y actor británico (citamos de la primera edición, Nueva York, Simon & Schuster, p. 328): «Durante el rodaje [de la película Luces de la ciudad], la Bolsa de Valores [de Nueva York] quebró. Afortunadamente, no me implicó, porque había leído Social Credit del Mayor H. Douglas [sic], que analizaba y diagramaba nuestro sistema económico, declarando que básicamente todo beneficio proviene de los sueldos. Por tanto, el desempleo significaba pérdida de beneficio y una disminución de capital. Estaba tan impresionado con su teoría que en 1928, cuando el desempleo en los Estados Unidos alcanzaba los catorce millones, vendí todas mis acciones y bonos y mantuve mi capital líquido». Y unas páginas después, relataba (p. 357): «Un día o así más tarde Sir Philip Sassoon me llevó a casa de Consuelo Vanderbilt Balsan para almorzar. Era un hermoso lugar en el Sur de Francia. Uno de los invitados destacaba, un hombre alto, delgado, de pelo moreno con mostacho recortado, agradable y atractivo, a quien me encontré dirigiendo mi conversación en el almuerzo. Yo estaba discutiendo el libro del Mayor Douglas, Economic Democracy, y decía cuán apropiadamente su teoría del crédito podría resolver la presente crisis mundial. Por citar a Consuelo Balsan sobre aquella tarde: “Encontré a Chaplin interesado en hablar y noté sus fuertes tendencias socialistas”. Debí decir algo que particularmente atrajo al caballero alto, pues su rostro se iluminaba y sus ojos se abrían tan ancho que podía ver el blanco de los mismos. Parecía estar respaldando todo lo que yo decía hasta que alcancé el clímax de mi tesis, que debió virar en una dirección contraria a la suya, pues se mostraba decepcionado. Había estado hablando con Sir Oswald Mosley, dándome apenas cuenta de que este hombre iba a ser la futura cabeza de los Camisas Negras de Inglaterra; pero aquellos ojos con el blanco mostrándose sobre las pupilas y la ancha sonriente boca destacan en mi memoria vívidamente como una expresión de lo más peculiar… por no decir un poco aterradora».

Anécdotas ciertamente pintorescas, pero que a nadie mínimamente familiarizado con el Crédito Social se le ocurriría en absoluto tomar como una fiel o seria exposición de su esencia.

Félix M.ª Martín Antoniano

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