Querida Margarita:
Comienzo esta carta para contarte, en pleno siglo XXI, de dónde vienes, para que cuando pasen los días, meses y años y transcurra este tiempo feroz que todo lo olvida, comprendas por qué estamos hoy aquí, y por qué muchas de quienes estamos contigo, nunca olvidaremos a nuestra Paula Gambra.

Las mujeres llamadas Margaritas son parte de mi vida, y tengo la esperanza de que también sean parte de la tuya. Y esto es así, porque Paula se desvivía por ellas, pese a sus múltiples deberes de estado como esposa y madre. Quería construir una comunidad, una familia entre todas nosotras. En las reuniones con ella, para organizar actividades del grupo, me pedía que utilizáramos videollamada al terminar su trabajo en la universidad. Al conectar, ya se encontraba en casa, rodeada de sus hijos, cocinando, doblando ropa, dando órdenes a los pequeños, y todo ello sin perder la atención en lo que nos ocupaba. Anotaba todo en un cuadernillo y pedía consejo a su esposo Félix, para moderar la toma de decisiones cuando teníamos dudas.
Podrás pensar que no te conocía, ¡pues no!, porque en lo que respecta a Hispanoamérica, siempre me preguntaba por sus Margaritas: qué hacían, a qué se dedicaban, si algo les sucedía, cuáles eran sus dudas para abordarlas en alguna otra reunión. Literalmente, fue una madre margarita a pesar de la distancia y las limitaciones que eso nos impone como grupo.
Si me permites seguir comentándolo, la calidez de su caridad fue inigualable. Sí; como extranjera, ajena al Carlismo sin saber nada al respecto; nunca desdeñó mis opiniones, ni tomó a mal mis dudas ni mucho menos se burló o me despreció por mi ignorancia; y así siempre observé en ella el ejemplo de esa caridad cristiana que debe caracterizar a nuestra persona y nuestro apostolado. De ella aprendimos mucho las actuales Margaritas, pues supo zanjar las disputas con asertividad y sin desviarse ni un centímetro de la justicia, evitando el error o tropiezo que pudiera debilitarnos o destruirnos. Vivió no solo los buenos momentos, sino también los retos que le imponíamos tantas mujeres formadas, medio formadas y poco formadas, la diversidad cultural de nuestra misma Hispanidad, las variaciones de edades e intereses, y con todo, hoy estamos aquí gracias a su buen corazón, cabeza y criterio.
Disfrutaba especialmente en las reuniones en las que podíamos reír, contar satisfacciones y penas, fomentaba la amistad entre todas. Ella tenía un vivo deseo de conocernos a cada una de nosotras y, le inquietaba ver nombres en el grupo sin ponerles rostro ni saber qué pensaban. Comprendía con esto que la verdadera vulnerabilidad no está en lo que se dice, sino en lo que se calla.
Había aceptado mi invitación para viajar a México y así conocer a muchas de las Margaritas que viven aquí; pero hoy solo puedo alegrarme de que va al lugar adonde, Dios mediante, iremos todas: ¡al Cielo!
Se marchó antes de tiempo, con ideas pendientes por ejecutar; su partida llegó muy pronto, pero no se fue sin dejarnos el regalo de su trabajo de seis años, su amor por el Carlismo y su ejemplo de apostolado católico tradicionalista. De ella aprendí, que el dar no debe esconderse o negarse. Su esfuerzo y caridad sellaron a esta familia de Margaritas, rompiendo el hechizo del egoísmo actual que prevalece en las sociedades.
Algunas cosas deben contarse en público para valorarlas como es debido y así guardar para siempre sus enseñanzas. Conocí a Paula sin haberlo planeado, en 2016. Fue durante un retiro ignaciano en Madrid predicado por el Rvdo. Sr. D. José Ramón García Gallardo, en la Casa San José de la HSSPX, en El Álamo. Sin haber sido presentadas, el silencio de los ejercicios espirituales comenzó. Elegí mi lugar en la última banca de la capilla para escuchar las conferencias, rezar y asistir a misa. No conocía a nadie y prefería pasar desapercibida. Pero, Paula decidió invadir «mi banca». A partir de ese momento compartimos el sitio, reíamos y llorábamos conforme las conferencias del retiro llegaban al alma; nuestro gesto silencioso de amistad consistía en compartir el paquetito de pañuelos desechables, cuando la compunción nos invadía.
Hoy «mi banca» se ha quedado vacía, el pañuelo es de silencio…pero, ¡Paula va al Cielo!
Karina Martínez Ramírez de Arellano
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