El pasado martes, 25 de agosto, partió hacia la Patria Celestial Paula Gambra Mariné, una mujer que, aunque ella nunca lo supo —porque nunca tuve la valentía de decírselo—, admiraba profundamente.
Como mujer y como Margarita, elegir referentes es toda una responsabilidad. Pero, como bien sabemos quienes hemos tenido la oportunidad de compartir cinco minutos en una sala con Paula, era indiscutible que estábamos ante una mujer ejemplar.
Quería escribir este pequeño texto tomando como referencia el Ideario de las Margaritas. Voy a detenerme en tres puntos clave, fundamentales y sencillos, pero cargados de muchísimo sentido: formación y vida cristiana; familia y educación; servicio y compromiso.
Si has tenido el placer de estar en la Santa Misa con Paula, te embaucaba la belleza de su normalidad y la sencillez con la que recibía los sacramentos.
Siempre rodeada de su familia, con algún niño entre los brazos, con una caricia hacia su hija o una sonrisa cómplice hacia su esposo. Ver su sensibilidad hacia las cosas de Dios era realmente acogedor.
Sin estridencias ni falsas apariencias, se rendía ante Cristo porque sabía que Él era su Señor. Desde el último banco, con discreción, aceptando la voluntad del Señor.
Lo repetía en las numerosas conferencias que dio: «Un inútil y pobre instrumento para llevar a mi familia al Cielo».
Y es que, para Paula, cualquier meta quedaba a ras de suelo cuando se comparaba con el deseo de eternidad. Su mirada estaba puesta mucho más arriba. Su vida tenía un horizonte: el Cielo.
El segundo punto clave que me enseñó Paula como Margarita fue la familia y la educación.
Era divertidísimo verles bajar del coche. Representaban, sin saberlo, aquello que tanto teme el demonio: una familia unida y consolidada en Cristo.
Paula podía ser bella, buena, multidisciplinar, valiente, aguerrida, femenina, coherente e inteligente. Pero, una vez más, creo que todos estaremos de acuerdo en que, cuando piensas en ella, piensas en una palabra: madre.
Paula, mamá. Paula, entregada a su familia. Paula, capaz de dejarse en el último lugar con tal de que los suyos fueran felices.
Tuve la oportunidad de escucharla infinidad de veces hablar, orgullosísima, de sus hijos. Su «tropa» no la cambiaba por nada. Y, aunque siempre estuvo rodeada de hombres, desprendía una feminidad y una dulzura que te ayudaban a imaginar la figura de María, Madre.
Como joven, también me fascinaba la manera en que vivía su matrimonio. Veías cómo miraba a Félix y cómo Félix la miraba a ella. Un matrimonio que desprendía ternura. Un matrimonio auténtico que, ante la adversidad, ante la persecución y ante la enfermedad, no permitió que nada pudiera con ellos.
Una sola carne, en su totalidad.
La última vez que estuve con Paula dio una magnífica charla sobre las Margaritas de nuestro tiempo. Se me quedó grabado en el corazón cómo decía que su referente dentro del carlismo, como Margarita, había sido su madre.
Una mujer que la quiso, la acompañó, la formó y se donó para que Paula llegara a ser quien fue.
Y ahí te das cuenta de que, cuando un corazón está cerca del Padre, el agradecimiento nace por sí solo.
Paula sabía que era la mujer que era gracias también a su madre. Sin grandes discursos, sin florituras. Era su mamá.
Y eso explica mucho de su manera de entender la familia, el apellido, el legado y el reconocimiento agradecido del esfuerzo de sus antepasados. Todo ello era motor para construir una auténtica Iglesia doméstica y evangelizar, sobre todo, con el ejemplo.
Por último, el servicio y el compromiso.
Paula, como Margarita, y su servicio al carlismo fueron una entrega sin búsqueda de recompensa, reconocimiento ni aplausos.
Estaba completamente convencida de que su servicio como Margarita formaba parte de una misión mucho más grande: la restauración del Reinado de Cristo en España.
Cuando cantaba el Oriamendi, cuando gritaba «¡Viva Cristo Rey!», «¡Viva España!» y «¡Viva el Rey legítimo!», lo hacía con pleno convencimiento.
Sabía que cada célula de su ser estaba llamada a esa causa. Que, si no lo hacía ella, quizá nadie lo haría. Que, si quería ser ejemplo para su familia, tenía que vivir aquello desde cada rincón de su vida.
No era una pose. Era su vida.
Y quizá eso es lo que más me ha enseñado Paula: que una Margarita no se construye con discursos, sino con una vida entregada.
Gracias, Paula.
Gracias por cada conversación, por cada sonrisa de oreja a oreja que, sin merecerlo, nos regalaste.
Por ti, me comprometo a ser una Margarita alegre, como tú me enseñaste a ser.
Por tu madre, me comprometo a ser valiente ante la adversidad y firme ante la Cruz.
Y por tu familia, me comprometo a que tu nombre sea siempre motivo de unión, de gratitud y de acción de gracias a Dios por tu vida.
Que desde la Patria Celestial sigas intercediendo por nosotros.
¡Viva Cristo Rey!
¡Viva España!
¡Viva el Rey legítimo!
¡Vivan las Margaritas!
Inés Ferrando Romero, Círculo Carlista Abanderado de la Tradición – Nuestra Señora de los Desamparados (Valencia)
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