Misa Tradicional y Carlismo, una paradoja (I)

LOS HOMBRES NECESARIAMENTE NACEN Y SE PERFECCIONAN EN EL SENO DE LAS COMUNIDADES POLÍTICAS A LAS CUALES PERTENECEN

El día feliz, óleo sobre lienzo, de Joaquín Sorolla (1892)

Continúa firmemente asido a la mentalidad de numerosos católicos un error conceptual frecuentemente denunciado en estas páginas, cuya especial persistencia y malhadada difusión me conduce a poner por escrito estas líneas humildes. Rogamos pues, al lector, que nos disculpe las reiteraciones.

La fascinación (desde luego, merecida) producida por la Santa Misa tradicional, tesoro escondido (más bien, ocultado) y deslumbrante, al parecer, de tan deslumbrante ha llegado a ser un tanto cegadora para algunos católicos. 

Recordando brevemente unas nociones básicas, sabemos que existe el orden natural o el orden de lo creado, y el orden sobrenatural, o el orden de la gracia. Sabemos que el segundo perfecciona al primero; edifica sobre él, pero no lo sustituye. Además de esto, sabemos que los hombres necesariamente nacen y se perfeccionan en el seno de las comunidades políticas a las cuales pertenecen. La estructura, organización y gobierno de dichas comunidades políticas tiene un papel absolutamente decisivo en que ese perfeccionamiento de sus miembros se pueda dar adecuadamente —para lo cual se sirve de unas sanas instituciones— o bien quede, si no absolutamente imposibilitado, extremadamente dificultado.

El modelo por excelencia de orden social cristiano se encuentra en la Cristiandad, que, como sabemos, «no está por inventar ni por construir en las nubes», sino que ha tenido visibles y palpables realizaciones históricas. Interesa ahora comentar la posición de los católicos que, reconociendo ese orden como objetivo al que aspirar, yerran en los medios considerando como clave del éxito, no las actuaciones en el plano político, sino una infatigable promoción de la Misa tradicional, el baluarte que por fin nos alcanzará —automáticamente— el regreso de la Cristiandad, la restauración del orden social cristiano. Por supuesto, no pretendemos cuestionar ni relativizar la importancia capital de la Santa Misa, ni la necesidad de la gracia para que una civilización se ordene adecuada y establemente a Dios. Pero sí queremos señalar las deficiencias de la mentalidad antipolítica que a menudo se observa.

Lo primero que cabe mencionar de esta concepción es su visible confusión de planos. A priori, que los seglares trabajen para lograr una comunidad política que sea un adecuado medio de perfeccionamiento natural y sobrenatural para sus miembros no es algo que dependa de las decisiones de las jerarquías eclesiásticas en materia litúrgica, que son propias del estamento clerical. Que los cambios litúrgicos han dificultado seriamente la transmisión de la fe es un hecho; pero un hecho que no justifica jamás el abandono del buen combate político, el cual no necesita de la existencia de tales o cuales rúbricas para desarrollarse. Porque la necesidad de la unidad católica de la comunidad política puede defenderse con argumentos que parten del orden natural, el cual es sustrato necesario de la actuación de la gracia. Limitarse a la defensa de la tradición litúrgica como el único y exclusivo bastión mediante el cual se logrará la conversión de las sociedades evidencia una comprensión equívoca del papel que ostenta la gracia sobre la naturaleza, por un lado, y de la realidad de que la política es el gran medio temporal por el cual se facilita a los pueblos la salvación, por otro. La promoción, mediante documentos eclesiásticos, del fomento del culto público de las falsas religiones en las sociedades, la defensa de una hipotética libertad religiosa que deja de lado los derechos de Cristo Rey y que es incompatible con el orden social cristiano, deberían ser mayor causa de protesta y movilización entre los católicos, por ser un ataque directo al orden natural, en el cual ellos tienen potestades directas, que si de la noche a la mañana los clérigos prohibieran el rezo del Santo Rosario. Frente al afán de muchos clérigos por catalizar la destrucción de todo vestigio de esa tradición política que vertebró la Cristiandad como encarnación social e institucional del Evangelio, cualquier seglar de buena voluntad habría de recibir como una noticia bendita la existencia de un amplio margen de actuación propio e inexpugnable en la tarea de restaurar la Ciudad Católica.

Lo segundo a destacar es que, incluso si alguien ignorase lo anterior, la postura que estamos analizando se desploma tan solo echando un vistazo a los eventos acaecidos en la Cristiandad y en la Hispanidad en los últimos dos siglos. La Cristiandad fue desmantelada sin necesidad de ninguna asistencia de la reforma litúrgica; ésta se acometió cuando la Revolución estaba ya en fase muy avanzada y, eso sí, ha dificultado enormemente —junto a las ambigüedades doctrinales de los clérigos— la acción política católica (y no sólo política, sino aun catequética en sentido amplio). Al respecto de esto, una breve anotación: en esta línea de abandono de la labor política y catequética, tampoco parece casual en los últimos tiempos el fomento de una cultura de los testimonios públicos de «conversión» dentro de las esferas católicas, que de alguna manera parece querer probar que esta labor no es en el fondo necesaria «porque Dios tiene sus caminos» y «el Espíritu Santo se abre paso incluso en las situaciones más adversas». Más aún, parece querer insinuar que la dejación de funciones, en realidad, deja mayor vía libre a la acción divina en las almas y en la Historia. Cuando en realidad, ni siquiera esos testimonios, ni quienes los promocionan, se libran de estar viviendo, de algún modo, de las rentas de lo que hubo en España de sociedad católica hasta el pasado siglo.

En definitiva, pensar obstinadamente que la celebración de la Misa tradicional podrá aisladamente y por sí sola revertir el hundimiento de la Cristiandad, carece de sentido. Fue el conjunto de errores modernos (muchos de ellos, desviaciones del orden natural con incidencia en el sobrenatural) los que alumbraron una herejía que alejó a las naciones, innumerables almas, de la Iglesia, mucho antes de la existencia del Novus ordo Missae. El fiero combate contra esos errores preservó la Hispanidad durante más tiempo. Y posteriormente, cuando llegó, su fractura se debió a acontecimientos concretos protagonizados por hombres concretos, muchos de los cuales se adhirieron a las ideas liberales mientras paralelamente asistían a la Santa Misa tradicional cada domingo y fiesta de guardar.

(Continuará)

Carmen Giménez, Círculo cultural Alberto Ruiz de Galarreta

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