Recientemente ha fallecido el rey de Noruega, Harald V, por lo que, antes de comenzar, es necesario rogar por el juicio que tendrá al venir de un entorno alejado de la Santa Madre Iglesia. Con esto dicho, hablemos un poco de su historia política y de su presente.
El caso noruego es particular. Se puede decir que su monarquía es una de las monarquías cristianas antiguas más «nuevas», al ser, junto con Hungría, uno de los primeros cuerpos políticos bautizados por la cristiandad con aprobación papal en el siglo X; aunque, en el caso noruego, lamentablemente engullido por el error luterano muchos siglos después. Se puede argumentar que la dinastía actual, a pesar de ser reciente (al haberse instituido a comienzos del siglo pasado), es antigua y está conectada con el país debido a que Noruega era parte de la Corona danesa, la cual, desde la Unión de Kalmar hasta la breve conquista sueca a comienzos del siglo XIX, unificó ambos reinos. Su restitución como Corona separada es un precedente que es necesario explicar.
El padre del Estado noruego, el magnate Christian Michelsen, no dejaba de ser un liberal convencido y hasta de tendencias republicanas, lo cual significó implantar un sistema parlamentario en el ahora país independiente como primer paso. Aquella actitud no conflictuó con las tendencias liberales de la familia real noruega, siendo el nuevo monarca, Haakon VII, de mentalidad liberaldemócrata y no muy distinto a muchos de la época. Esto significó construir su imagen garantizando una concordia republicana bajo el barniz monárquico y el gobierno de los llamados partidos cristiano-liberales.
Pero aquella actitud política del periodo de entreguerras también sirvió de puente a elementos de izquierda. Famosa es la frase atribuida al monarca en 1927, quien afirmó ser «también el rey de los comunistas» al permitir el ascenso del político laborista noruego Christopher Hornsrud, de tendencias socialistas radicales. Se puede decir que el laborismo noruego llegó a ser exitoso con el experimento fabiano de una «república coronada», llegando a ser un ejemplo del «moderantismo» del laborismo británico.
Hay que señalar que la relación de la familia real en ese momento con las fuerzas liberales y de izquierda de su país no era muy distinta a la de otras seudomonarquías en Europa. Podemos citar el caso del Estado italiano, donde, antes de la aparición de Mussolini, se tenía a muchos socialistas y republicanos radicales como aliados del régimen de la Casa de Saboya (Carignano), usualmente hostiles al Papa y a otras identidades. En el caso noruego, esto logró consolidarse en temas sociales como la ley del divorcio en 1909, así como en el apoyo tácito a los proyectos de esterilización iniciados en 1934 (que se traducían en respaldar el aborto voluntario), lamentablemente vistas como medidas progresistas. Lo cual no restó el apoyo del pueblo al monarca, convirtiéndose su figura en uno de los símbolos principales de la oposición a Hitler.
Aquel perfil no difiere del de su hijo Olaf V —aunque lamentablemente relegado a lo meramente simbólico—, quien durante su coronación dio tintes religiosos al acto bajo la invocación cristiana; incluso frente a la oposición de su entonces primer ministro Einar Gerhardsen —quien, además de pertenecer al Partido Laborista, gobernó el país en varios periodos—, la ceremonia fue concebida como un símbolo popular. Lamentablemente, aquel episodio se tradujo en poco o nada. Prueba de ello es cómo, durante el tiempo en que vivió como jefe de Estado, comenzaron las políticas de atracción de inmigrantes (tanto jornaleros como perseguidos políticos, entre ellos exmiembros de Unidad Popular que escapaban de Pinochet), propiciadas en parte por el fracaso de los programas eugenésicos y la legalización silenciosa del aborto en 1978. Aquel paradigma cuajó perfectamente con el cambio de milenio.
Ahora, bajo el mandato del recientemente fallecido jefe de Estado, Harald V, el arreglo quimérico noruego mostró con más claridad su erosión. Si sumamos la inmigración masiva a las lentas claudicaciones en otros temas sociales como los derechos aberrosexuales, también tenemos que hablar de muchos de sus comentarios desafortunados, alabar esa «Nueva Noruega» donde tanto los recién llegados como las «diversidades sexuales» son todos iguales, haciéndolo sonar más como un representante consumido de una marca que como un monarca propiamente dicho.
Pero el nuevo sacudón contra ellos tiene que ver con los escándalos dinásticos, tanto de carácter amarillista como los relacionados con el entorno familiar del nuevo monarca Haakon VIII (no creo que este periódico pretenda ser el siguiente ¡Hola!, así que es más que recomendable que el lector investigue por su cuenta), como también la sospechosa amistad entre el magnate estadounidense Jeffrey Epstein y la esposa del actual jefe de Estado, Mette-Marit; relación que también ha involucrado a un antiguo ministro laborista noruego (que formó parte del Comité Nobel) y a un exdiplomático, especialmente por temas económicos. Se trata de una situación tan bochornosa que provocó, además de investigaciones policiales, un reciente debate sobre el estado de la familia real.

No es mentira que voces más hostiles —y por las razones equivocadas— se están articulando contra la institución, pero eso mismo ha alimentado su dependencia de los antiguos laboristas, entre cuyos miembros suele debatirse la oficialización de una república. No deja de ser interesante cómo en dos ocasiones distintas (primero en 2012 y, más recientemente, este mismo año) las propuestas parlamentarias para formalizar la república fueron rechazadas, viendo de cierta manera a la familia real como una particularidad de la identidad noruega. No es descabellado afirmar que la clase política noruega ha «endurecido» la jaula de oro en la que mantiene a los jefes de Estado.
Para concluir, debemos reflexionar sobre la observación de cómo muchos políticos de izquierda y republicanos «principistas» han lamentado el fallecimiento de Harald V, llegando incluso a alabarlo como el «rey de los republicanos». Parafraseando libremente a Álvaro d’Ors, ellos seguramente son plenamente conscientes de la percepción que tienen los monárquicos de buena fe en Noruega sobre la situación de su gobierno, en especial sobre el rol de la institución como motor de diferentes revoluciones sociales que, tarde o temprano, la llevarán a quedar caduca. Esto no deja de ser un aviso para no deslumbrarse por el brillo de la institución, sino por aquello que prefiere no mostrar.
Nicolás S. Torres, Círculo Blas de Ostolaza
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