En esta segunda parte, yendo más allá, creemos relevante recordar que los hombres que propusieron y ratificaron el arrumbamiento de la liturgia tradicional también celebraron exclusivamente la Misa tradicional hasta ese momento. Esta reforma litúrgica ocurrió con posterioridad a las revoluciones liberales y, hasta cierto punto, como consecuencia de las mismas. Si bien, en efecto, la reforma aceleró y consolidó el declive social que siguió después, pretender que el rito romano tradicional, que por sí solo no ha sido capaz ni siquiera de defenderse a sí mismo de los errores del siglo, vaya a ser capaz de restaurar la Cristiandad prescindiendo de una tenaz y sacrificada acción política de los seglares en el orden temporal, es un completo absurdo.
Lo que queremos expresar es que, de igual modo que el pater familias no queda exonerado de su deber de proporcionar sustento a su prole por estar todas las mañanas arrodillado en la parroquia, la labor de muchos seglares en la defensa y promoción de la Santa Misa tradicional, si bien necesaria y meritoria, no los dispensa en ningún caso de sus deberes para con la Patria. Más bien, como indica el Prof. José Miguel Gambra, procurar esa restauración política es precisamente la mejor manera de contribuir, como seglares, a mejorar la situación eclesial:
«Como agrupación de finalidad política, sólo nos queda volver a las enseñanzas perennes de la Iglesia en materia de deberes políticos y, dominados los escrúpulos de obediencia servil a las excentricidades de los eclesiásticos, fomentar el bien común natural (bien inmenso, de suyo) y preparar con el mayor empeño, como causas segundas que somos, el foco de resistencia que sirva de humilde contribución a la actuación providencial de Dios sobre el mundo y sobre nuestra Patria. Porque, al mismo tiempo, serviremos de apoyo extrínseco e indirecto a la recuperación del orden dentro de la Iglesia misma».
Al margen de ello, para tener una visión completa de la situación, también es necesario preguntarse: ¿Cuál es exactamente la situación de la Misa tradicional en este momento? Sus defensores, según el obispo a los pies del cual hayan caído en suerte, pendulan entre el mayor de los desprecios y, en el mejor de los casos, la tolerancia revestida de concesión graciosa. Esto último, además, percibido como un acto de magnánima condescendencia que probablemente hace las delicias de la conciencia de dicho clérigo. Como es el caso del maestro de escuela que, aunque en el fondo esté deseando expulsar del aula al alumno díscolo y problemático, sabe que el verdadero mérito, el acto de misericordia, estriba en soportarlo pacientemente con el objetivo de intentar conseguir que abandone sus malos hábitos; tratando, eso sí, de que sus rarezas no repercutan en otros. Y para que eso pueda cumplirse, es condición elemental que continúen siendo una apabullante minoría numérica. Para triste muestra, he aquí el ejemplo de una conocida iglesia española, en la que recientemente, de un año para otro, se dejó de ofrecer el sacramento de la confirmación según el rito tradicional, tras apreciar la cúpula diocesana un preocupante incremento en el número de interesados.
Si decimos lo anterior es porque no quisiéramos cerrar estas líneas sin hacer alusión a la objeción por antonomasia (que si no se menciona, al menos sí se piensa) entre las filas de gentes que, afines a la tradición litúrgica, menosprecian la tradición política, por lo llamativo del razonamiento que subyace. A saber: que ya no estamos en ese momento histórico y que hace muchas décadas que desapareció la oportunidad de vencer; que es tan improbable el éxito de la Causa carlista, que más valdría ahorrar esfuerzos y dirigirlos hacia otra empresa. A ellos, muchos de los cuales son participantes incansables en las iniciativas de defensa de la tradición litúrgica, cabría preguntarles: ¿cómo de probable es exactamente que la jerarquía eclesiástica actual, ya en su práctica totalidad amamantada a los pechos del posconcilio, dueña y señora de los seminarios de todo el orbe, impregnados de modernismo, decida de repente que ese diminuto puñado de ovejas rebeldes siempre tuvo razón, que hay que emprender la reforma de la reforma para la que no encontraron fuerzas ni los más simpatizantes del rito de siempre, y que tienen que reevaluar la manera en la que han entendido y predicado la Fe durante toda su vida?
Con estas palabras no buscamos desanimar a los admirables paladines de la Santa Misa de siempre, de cuyos trabajos tantos católicos nos estamos lucrando. Tan sólo tratamos de poner de manifiesto que, generalmente, es mayor y más eficaz motor para una causa la convicción de la necesidad inapelable de la misma que las previsiones subjetivas y humanas de éxito. Los seglares no pueden ni deben esperar a que los clérigos solucionen asuntos específicos para los cuales han sido divinamente instituidos antes de ponerse a trabajar por la restauración del orden social cristiano, para lo cual —afortunadamente— no necesitan el permiso de ningún obispo. El mismo venero de gracia que alentó y sostuvo a los próceres de la Cristiandad continúa disponible para nosotros. Asumir que la acción política esté irremediablemente supeditada a una decisión de reforma de la liturgia en un sentido o en otro, es no haber comprendido la distinción (que no separación) de los planos natural y sobrenatural; una creencia errada y castrante que despoja al seglar de su agencia real para intervenir en el decurso histórico de los acontecimientos.
Carmen Giménez, Círculo cultural Alberto Ruiz de Galarreta
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