Hace algún tiempo nuestro muy admirado Juan Manuel de Prada aseguró en una de sus afiladas columnas que «siempre hay hombres buenos que logran, con la ayuda de Dios, vencer la maldad y la estupidez. […] pero deben ser hombres dispuestos a ser despedazados por la jauría». Esta fue la historia del beato Carlos de Austria, quien, ante las trincheras frías y enlodadas, los pies dormidos por el invierno al compás de las escarchas de nieve derretidas por hirvientes balas, las ratas que hacían pulular las enfermedades, el rumor de los mosqueríos sobre los cadáveres fétidos de caballos descompuestos, y los egoístas bigotes hirsutos de generales endiablados que azuzaban la violencia, buscó por todos los medios pregonar y encontrar aquella bienaventuranza de la paz. En esa búsqueda se destacaron sus virtudes heroicas que nimbaron su cabeza, frente a una Europa sumergida en la más cruenta división al servicio de masónicos intereses.
Tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando y la muerte del emperador Francisco José en 1916, Carlos de Habsburgo asumió el trono de la última joya de la cristiandad, a pesar de estar esta en la mitad de la Gran Guerra y de afrontar un declive económico y un detrimento de su unidad, alimentado por intereses extranjeros, particularmente por los anglosajones, franceses y norteamericanos. Este emperador fue un hombre de extraordinaria piedad y sentido del deber, un padre y esposo ejemplar y un cristianísimo monarca que entendió lo que significa la abnegación en favor de aquellos encomendados por Dios: «debo sufrir mucho para que mi pueblo se reúna», dijo en una oportunidad.
Las virtudes heroicas que formaron un halo de católica actividad durante su vida son admirables y peso fuerte para ser llevado a los altares; Carlos no solo fue ultrajado con el frío hierro de la diestra del poder político liberal, sino también con la siniestra masónica que empuñó el amenazante revolver. Según los dos volúmenes de la Positio super virtutibus de la Congregación para las Causas de los Santos, este aguerrido monarca luchó incesantemente contra la influencia de la masonería reposada en los gobiernos liberales de Europa y América del Norte, grupo que ya tenía echado a juego su destino. Su Majestad Zita afirmó: «La decisión definitiva de la masonería de liquidar la monarquía austrohúngara fue adoptada con motivo del Congreso Eucarístico de Viena en el año 1912. El Siervo de Dios lo supo pocos días después. De una comunicación recibida sobre una resolución de la Gran Logia de Francia (las sesiones tuvieron lugar en Berna, Ginebra, París y Roma, y participaron también los masones alemanes) resulta que ya en el año 1915 el fin de la Casa de Habsburgo y el reparto detallado de la monarquía austro-húngara era una cuestión decidida y jurada.» (I, 541)
La Primera Guerra Mundial fue un instrumento necesario para hacer trizas al imperio y para intentar someter a las buenas o a las malas al beato. Masones de alta talla como Clemenceau se opusieron a lo que llamó Anatole France el deseo más sincero de paz surgido de un monarca durante la guerra: «El emperador Carlos ofrece la paz. Es el único hombre honesto que ocupa un puesto importante en esta guerra, pero no se le escucha…». Woodrow Wilson, otra cabeza de la masonería norteamericana, proclamó sus 14 puntos en 1918, propuesta política con fuerte olor a escuadra y compás que insistía en la transición a una democracia liberal como único sistema posible.
Carlos de Austria, tras el asesinato del archiduque, heredó el patrimonio Módena. Este se hallaba en una gran deuda, del que se salvaron únicamente el palacio y los muebles; empero, ello no alcanzó para cubrir la gran deuda. Se sabe que el encargado del Crédito Hipotecario de aquel momento era un masón vienés de renombre, hombre que ofreció al beato saldar la suma de dinero y entregarle de nuevo el palacio sin mayor problema, esto para tener a Carlos Habsburgo entre pezuñas; el futuro emperador buscaría por otros medios el dinero, viendo como única y astuta opción entregar el palacio y no aceptar nada más. Fue a raíz de esto que algunos masones comenzaron a conspirar contra él al notar un líder difícil de comprar. En tiempos de furia y felonías, Carlos fue un hombre de paz y caridad. Sus decisiones fueron cimentadas sobre el bien y la justicia. En abril de 1917, fue informado de un pérfido plan del alto mando alemán para sacar a Rusia de la contienda: enviar de nuevo a Lenin y otros bolcheviques exiliados en Suiza a la fría e implacable tierra de Nicolás II para alentar una revolución. El beato se opuso con ahínco a tan macabro plan y se negó a permitir que el tren que transportaba a estos esbirros de Satanás cruzara por la frontera austríaca. El gobierno alemán, furioso, hizo pasar entonces el tren por Suecia. Mucho después, la emperatriz Zita explicaría que él no había querido actuar «de forma desleal e irresponsable» para con el pueblo ruso.
El 16 de octubre de 1918 Carlos promulga el manifiesto federalista, cuando ya la derrota era inevitable. El 21 de octubre la Asamblea Constituyente declaraba la república. El 11 de noviembre él y su familia salían de su patria para exiliarse en Suiza ante la imposibilidad de habitar sus residencias imperiales. Fue entonces cuando el plan para repartir el viejo Imperio Austrohúngaro estaba en ejecución.
En 1919, de acuerdo a los documentos en Roma, la masonería contactó a Carlos. He aquí lo que dijo la archiduquesa Carlota: «La primera oferta hablaba de tolerar la Logia y de dar libertad a los masones en cuestiones escolares y matrimoniales. Si mi padre se adhería a este plan, entonces se habría restaurado la monarquía al cabo de poco tiempo. Mi padre evitó responder a esta invitación». Según se sabe, poco después los masones volvieron a él para pedirle «algunas garantías para su crecimiento» y por tan gratos favores ellos prometían apoyo financiero inglés y el engrandecimiento de la monarquía. Lógicamente, el beato se negó de nuevo.
Finalmente, en una tercera ocasión, un masón de alto grado fue a visitarlo para pedirle garantías, a lo cual se volvió a negar con sutileza cambiando de conversación. Al momento de irse el visitante, le volvió a preguntar sobre lo propuesto, a lo que los ojos azules del santo varón lo miraron con fijeza y simplemente respondió: «Un príncipe católico no puede ni siquiera responder a tal propuesta». Luego de ello, según la archiduquesa, su padre le dijo a su madre: «Ahora sí nos irá todo mal».
Los estudios vaticanos muestran que la masonería quiso evitar la paz a toda costa, llevando a la muerte a millones de personas, todo con el fin de destruir a la vieja Europa y llevarla a la nueva fase liberal. Masones personajes visitaron al beato para ofrecerle apoyo financiero, la restitución de la monarquía, los halagos y la simpatía internacionales, pero él siempre tuvo cristiana negación a aquellos premios infernales; mal paga el diablo a quien bien le sirve. Cuando nada resultó vinieron las calumnias contra él, cuestiones que la policía vienesa negó punto por punto con sendas investigaciones. En 1922, Carlos, su esposa Zita y sus ocho hijos abandonaron el continente, bajo la cruel tizona del exilio, para refugiarse en la isla portuguesa de Madeira. Los últimos meses fueron tristes, pasados en Villa do Monte, sobre una colina, rodeada de leños verdes, encharcados suelos, niebla, humedad, aire fatigoso y pesado, donde el moho crecía entre el marco de las ventanas, donde los juegos de los pequeños eran observar las carreras de las gotas sobre los cristales bañados de luz blanca invernal, donde la madera de los pisos se doblaba tenuemente, lugar sin luz eléctrica y penurias padecidas por una santa familia real desposeída, pagando la más inclemente pena, la del exilio de brillos mortales. Carlos enfermó por las condiciones del lugar, por las razones de la vida, tras lo cual sufrió pulmonía. Murió el 1 de abril de 1922, con solo 35 años, asistido por un sacerdote, junto con sus seres amados, entre ellos su hermosa esposa, la emperatriz Zita, que recibió las palabras finales cargadas de amor a Cristo y a ella: «Mi amor hacia ti es interminable…».
Johan Andrés Paloma, Círculo Tradicionalista de Santafé de Bogotá
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