La Esperanza entre los escombros: la actitud católica frente a la señal del fin de los tiempos  

La esperanza cristiana no consiste en un optimismo vago ni en la confianza de que todo terminará bien por nuestras propias fuerzas

EFE - Carlos Ortega

Los últimos meses han sido testigos de una sucesión de terremotos en Venezuela, Colombia e Indonesia. Junto con la tragedia de tantas víctimas —unas llorando la muerte de sus seres queridos, otras lamentando la pérdida de sus bienes y de sus hogares— comenzaron a circular rumores que presentaban estos acontecimientos como señales inequívocas del fin de los tiempos.

Con el paso de los días, y al amparo de esa dinámica de bola de nieve tan propia de la posverdad, se extendió la idea de que la parusía estaba más cerca que nunca y de que las placas tectónicas así lo atestiguaban. No es propósito de estas líneas resolver cuestiones de escatología ni emprender una refutación apologética de las diversas interpretaciones contemporáneas del Apocalipsis. Basta formular una pregunta más sencilla y, a la vez, más decisiva: ¿cuál debe ser la actitud del católico si verdaderamente estos acontecimientos anunciasen la proximidad de la segunda venida de Nuestro Señor?

La respuesta del Evangelio no es el pánico, sino la vigilancia. Cristo advierte que habrá guerras, hambres y terremotos, pero añade inmediatamente: «Mirad que no os turbéis»; todas esas cosas son «el principio de los dolores» (Mateo 24, 6-8). La imagen es de una extraordinaria profundidad: no se trata únicamente de dolores que conducen a la muerte, sino de dolores de parto, en los que el sufrimiento se encamina hacia un nacimiento. El mundo presente, herido por el pecado, no tiene la última palabra. La creación espera su definitiva renovación y el triunfo manifiesto de Cristo.

Esto no significa que cada terremoto pueda identificarse sin más con una señal profética. El mismo Señor declara que nadie conoce «el día ni la hora» de su venida, y por eso manda permanecer despiertos y preparados (Mateo 24, 36.42-44). El Apocalipsis tampoco fue entregado a la Iglesia como un calendario de catástrofes, sino como «la revelación de Jesucristo» (Apocalipsis 1, 1). En medio de sus visiones terribles, su centro no es la ruina, sino el Cordero vencedor.

Por eso, la pregunta verdaderamente cristiana no es: «¿Podemos demostrar que el fin está cerca?», sino: «¿Nos encontraría preparados si el Señor viniera hoy?». La incertidumbre sobre el momento de la parusía no debe conducir a la indiferencia, sino a una conversión más seria. El siervo fiel es aquel a quien su señor encuentra trabajando cuando llega; el imprudente es quien, pensando que la venida se demora, se entrega al desorden y a la negligencia (Mateo 24, 45-51).

La esperanza cristiana no consiste en un optimismo vago ni en la confianza de que todo terminará bien por nuestras propias fuerzas. Es la virtud teologal por la que deseamos el Reino de los cielos y la vida eterna, apoyándonos en las promesas de Cristo y en la gracia del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesia Católica, 1817-1818). Por eso la esperanza mueve realmente el alma: la aparta del desaliento, la sostiene en la tribulación, la libera del egoísmo y la orienta hacia la bienaventuranza eterna (Catecismo de la Iglesia Católica, 1818).

La esperanza no es, por tanto, una espera inerte, sino una fuerza que pone en movimiento la vida moral. Santo Tomás de Aquino explica que la fe inclina la inteligencia del hombre a reconocer a Dios como Autor de la ley y, por consiguiente, como Aquel a quien debe someterse; pero la esperanza del premio futuro lo impulsa a observar sus mandamientos: «Por el acto de fe, efectivamente, la mente del hombre se inclina a reconocer al Autor de la ley, al cual debe someterse; por el acto de esperanza del premio se siente inducido el hombre a la observancia de los preceptos» (Suma Teológica, II-II, q. 22, a. 1). Esperar la vida eterna significa, entonces, comenzar a vivir conforme a ella: quien aguarda el encuentro con Cristo procura ya ahora ordenar sus pensamientos, sus afectos y sus obras según la voluntad de Dios. La esperanza de la gloria no dispensa del combate cristiano, sino que lo hace posible y le comunica una dirección: esperamos recibir el premio precisamente perseverando en la obediencia, la caridad y la gracia.

Un católico que espera la venida de Cristo no desea simplemente sobrevivir a una catástrofe. Desea encontrarse con su Señor. Y el estado del alma que corresponde a ese deseo es el estado de gracia: una vida reconciliada con Dios, purificada del pecado, perseverante en la fe y animada por la caridad. No aguardamos a un desconocido ni a una fuerza impersonal, sino a Aquel que prometió: «Volveré y os tomaré conmigo, para que donde Yo estoy estéis también vosotros» (Juan 14, 3).

Esta esperanza, sin embargo, no nos vuelve pasivos. San Agustín recuerda que toda criatura encuentra su verdadero descanso cuando se ordena hacia Dios, y que el corazón humano permanece inquieto mientras no repose en Él (san Agustín, Confesiones, XIII, 9). Mientras llega ese día, la espera cristiana se traduce en obras concretas: socorrer a los damnificados, consolar a los afligidos, compartir el pan, vestir al desnudo y reconstruir lo que la desgracia ha destruido. La esperanza que no se convierte en caridad corre el riesgo de ser solamente una emoción religiosa.

Ante los escombros, por tanto, la Iglesia no está llamada a fabricar pronósticos sensacionalistas, sino a elevar la mirada y extender las manos. Debe rezar por los muertos, asistir a los heridos, sostener a las familias y recordar que la historia no avanza hacia el caos definitivo, sino hacia el encuentro con Cristo, Alfa y Omega. El obispo san Victorino de Poetovio observaba que el Apocalipsis promete una bendición no sólo a quien lo lee y lo escucha, sino también a quien guarda lo escrito y lo traduce en obras (san Victorino de Poetovio, Comentario al Apocalipsis, I, 1).

La parusía será, ciertamente, un día terrible para quienes hayan rechazado a Dios; pero para quienes vivan en Cristo será la manifestación de la esperanza cumplida. Sonará la trompeta, los muertos resucitarán y los fieles saldrán al encuentro del Señor para permanecer con Él para siempre (1 Tesalonicenses 4, 16-17).

Por eso, cuando tiemble la tierra, no debe temblar del mismo modo el corazón del cristiano. Que tiemble, si es necesario, para despertar de su tibieza; que se quebranten sus falsas seguridades; que caigan los ídolos levantados sobre la arena. Pero, entre los escombros, permanezca en pie la esperanza: Cristo viene, y la tarea del católico consiste en esperarlo con alegría, servirlo con caridad y procurar que lo encuentre en estado de gracia.

Camilo Vallejo, Círculo Tradicionalista Gaspar de Rodas.

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