Nuestro gran combate y el legitimismo litúrgico

NOSOTROS DEFENDEMOS LA CIUDAD CATÓLICA COMO UN TODO, PERO DENTRO DE ESE TODO, LO QUE VIENE ONTOLÓGICAMENTE PRIMERO ES LA CATOLICIDAD ANTES QUE LA CIVILIZACIÓN

La comunidad política, que es una estructura natural, está orientada al bien común inmanente, es decir, el bien moral más elevado de la vida natural del hombre. Y como la gracia eleva la naturaleza, la ciudad sirve de instrumento para la propagación del bien común trascendente, que es la salvación del hombre, y se vuelve Ciudad Católica.

Sin embargo, sin la ciudad, el poder espiritual puede seguir operando para la propagación del bien trascendente como lo hizo en los albores del Cristianismo y como lo sigue haciendo en la hecatombe actual. Con suma dificultad, pero sigue siendo posible. En cambio, la ciudad sin la catolicidad simplemente no puede llevar a las almas al bien trascendente por sí misma. Nosotros defendemos la ciudad católica como un todo, pero dentro de ese todo lo que viene ontológicamente primero es la Catolicidad antes que la civilización. De lo contrario, caeríamos en la mentalidad tan difundida hoy en día en grupos neoconservadores o neotradicionalistas de buena voluntad que bajo pretexto de «lucha contra-revolucionaria» priorizan o ponen demasiado énfasis en los aspectos naturales y no tanto en los sobrenaturales.

Contrario a lo que algunos pudieran pensar, el verdadero gran combate no está solo en la esfera política, sino en defender ese todo. Así como la Realeza de Jesucristo incluye su reinado social pero no se agota en él, ese TODO que debemos defender incluye la esfera política, pero no se agota en ella. Ese todo es el Reino de Jesucristo en todo sentido, que en la tierra es místicamente la Iglesia y políticamente la Cristiandad, cuyo sostén filosófico es la cosmovisión cristiana. Ese todo incluye la teología escolástica, incluye la liturgia tradicional, incluye la filosofía tomista, incluye las buenas costumbres, incluye el pensamiento político tradicional, etc. Entender esto nos permite valorar lo político sin sesgos ni romanticismos: no se trata de una panacea, sino de una esfera natural con jurisdicción propia, pero en última instancia sometida a lo sobrenatural.

Aquí es importante recordar las agudas observaciones del maestro Jean Ousset en «Para Que Él Reine» [1]:

Lo que veinte siglos de experiencia cristiana hubieran debido mostrar como evidente, hoy de hecho se encuentra más menospreciado que nunca. La observación resulta más destacada por la pluma de André Malraux cuando escribe: «La cristiandad en sí misma no era totalitaria, Los estados modernos han nacido de la voluntad de hallar una totalidad sin religión; la cristiandad por lo menos había conocido al Papa y al emperador, sin embargo constituía un todo.»

[…] en una sociedad animada por el solo espíritu de la Iglesia se impone de todos modos la distinción de los dos poderes, espiritual-temporal, he ahí lo que el catolicismo ha sido y continúa siendo el único en mantener. Un TODO.

Ahora bien, ¿cómo es que esta distinción de poderes puede dar un TODO armónico?

Puesto que esta distinción no es sinónimo de oposición, de ruptura entre lo espiritual y lo temporal. Al contrario. Determinan, sin duda, dos planos diferentes de actividad, dos zonas con sus respectivas jurisdicciones, Pero sin destruir su jerarquía, sin desconocer la importancia del único y mismo espíritu que las debe animar. Espíritu que se impone a los dos poderes y que gobierna a uno y otro. No sin proceder, como es lo normal, de lo espiritual hacia lo temporal. Hallándose, por consiguiente, este último como inferior y subordinado al espiritual.

Aclaremos que esta subordinación no se trata de un dominio directo de la Iglesia sobre la cuestión temporal. ¡Lejos de nosotros el clericalismo y la hipertrofia de la autoridad de la Iglesia en materia temporal! Lejos de nosotros el error de tomar a la Iglesia como un subrogado de patria terrena o de poder temporal cristiano, en detrimento de nuestros deberes para con nuestra verdadera patria terrena. Que nos quede claro que este TODO del que hablamos no es una absorción del poder temporal dentro del espiritual, menos aún cuando el poder espiritual no es fiel a su misión. Continúa Ousset:

Pero subordinado al espiritual en tanto que este último lo es. Guardián de los principios, maestro de la doctrina, de la moral, de la fe; magisterio supremo en todo lo que es sustancia, ortodoxia de la enseñanza. Y en modo alguno un poder espiritual erigido en rector, organizador, gobernador, defensor DIRECTO de lo temporal.

Si esta reserva no existiera, es decir, si el poder espiritual pudiera legítimamente mandar, regir directamente al temporal, la distinción de esos dos poderes no tendría sentido alguno. La relación de autoridad espiritual del primero sobre el segundo es pues tan evidente como la relación e independencia (en su orden) del segundo respecto del primero.

Y es por esto que puede hablarse de una distinción espiritual-temporal sin que esta distinción impida denominar: «un TODO» la unidad armoniosa de sus relaciones.

Dentro de ese TODO, el carlismo, en tanto que bandera dinástica, viene a ser la respuesta hispana concreta a la cuestión política, mas no la agota tampoco. El carlismo, en tanto que continuidad histórica de las Españas, es la comprensión de la Hispanidad de modo congruente con la cosmovisión cristiana tradicional, y por ello es algo más profundo que el mero hispanismo. El carlismo, en tanto que doctrina jurídico-política, es una depuración del pensamiento político tradicional que es fruto de la Cristiandad. Pero a pesar de la grandeza del carlismo, no debemos creer que por militar en las filas del rey legítimo que estamos en un bastión que responde por sí solo y de manera autosuficiente a absolutamente todos los problemas del mundo moderno, sino que el carlismo forma parte de toda una cosmovisión armónica, que es la que debe permear y nutrir la vida religiosa, política, familiar y personal del hombre.

¿Cuál es esta cosmovisión que defendemos en este gran combate? La auténtica cosmovisión cristiana, que es:

Realista porque reconoce que la realidad objetiva puede ser conocida por nuestro intelecto. Sacral porque contempla el mundo natural a la luz de las verdades sobrenaturales de Fe. Tradicional porque valora lo heredado como un bien, lo purifica a la luz del Evangelio, y lo cuida para poder transmitirlo. Legitimista porque defiende y reconoce el orden natural y sobrenatural cuando se lo busca subvertir, incluso cuando esta subversión se ha consumado en los hechos. Providencialista porque confía en que el triunfo de su lucha por Cristo Rey, tanto a nivel personal como familiar y social, está en manos de la Providencia.

¿Cuál es la cosmovisión que combatimos para el triunfo de Cristo Rey? La cosmovisión anticristiana del Mundo, que es:

Subjetivista porque cree que la realidad no puede ser conocida objetivamente, sino que es construida por uno mismo. Naturalista porque niega o resta importancia en la teoría o en la práctica a Dios, la Fe y toda la esfera sobrenatural. Progresista porque valora el cambio constante como un bien en sí mismo y una condición para el «progreso», prefiere romper con el pasado en vez de apreciarlo, e innovar en vez de transmitir.  Positivista porque cree que el verdadero orden que debe defender es el establecido por los hombres, incluso cuando se opone al orden establecido por Dios. Revolucionaria porque confía su triunfo en su propia fuerza, abrazando la rebelión y la ruptura como praxis cotidiana.

Por ello, hay que formarse por todas las aristas. No se puede ser indiferente o minimizar las cuestiones que escapan de lo estrictamente político. Así como es un error reducir la totalidad de lucha a una sola «batallita» por una cuestión particular como la del aborto o la de la Misa, sería absurdo decir que, por ejemplo, estudiar la cuestión litúrgica no es nuestro problema porque somos seglares. Es cierto que no es propiamente nuestro problema, y que ordinariamente como seglares nos debería bastar con oír la Misa.

Ordinariamente, si viviéramos en Cristiandad, no debería ser nuestra preocupación cómo el cura celebra la Misa, si el cura nos hace responder las oraciones al pie del altar, o si prefiere usar exclusivamente el vernáculo para leer las lecturas, o qué Semana Santa celebra, pero lamentablemente no vivimos en un mundo ordinario, sino entre escombros de Cristiandad, donde la Misa de siempre está fácticamente proscrita y los pocos lugares donde se celebra no están exentos de variaciones y diferentes grados de modernización e incompatibilidad con la auténtica cosmovisión cristiana. La mayoría de lugares no hay Misa tradicional o si la hay, no siempre es viable asistir. Cada vez hay más sacerdotes que buscan aprender. La realidad se impone y el deber llama a nuestra puerta no en tanto que seglares, sino a título de bautizados.

En estos tiempos de tribulación, debemos formarnos acerca de dichas cuestiones en la medida de nuestras posibilidades y difundirlas en lo posible, porque el clero no siempre lo hará ni tiene tampoco todas las respuestas, incluyendo a los que celebran Misa tradicional, y lo digo por experiencia. Quienes puedan adentrarse a estudiar con mayor profundidad estos y otros temas sin descuidar lo político, en buena hora.

Claro que habrá algún correligionario que acepte la importancia de la Misa tradicional, pero piense que lo demás son pormenores sin relevancia, porque lo único verdaderamente importante es que no se celebre el Novus Ordo. Esta postura, aun siendo reduccionista, es entendible y no perderé tiempo en tratarla en este momento. Solo diré que ese correligionario (que no es menos carlista por diferir conmigo en materia opinable) se está perdiendo la oportunidad de entender más plenamente la maravillosa bendición que es ser católico español por la gracia de Dios. Porque así como el legitimismo político es nuestra lucha propia como seglares dentro del gran combate por Cristo Rey, así también el legitimismo litúrgico es de capital importancia en este gran combate, y hoy en día es una lucha común de todo católico que quiere serlo plenamente, porque es una cuestión de coherencia, porque se trata de un TODO que debemos defender.

Como apunte final, recomiendo encarecidamente la lectura del libro El rito romano de ayer y del futuro del Dr. Peter Kwasniewski, quien además de ser simpatizante de nuestra causa, es en mi humilde opinión uno de los mayores referentes actuales del legitimismo litúrgico, comprendiendo que este no se limita al «anti-novusordo». No reduzcamos nuestra acción a la defensa de la Misa, pero tampoco minimicemos su importancia. De lo contrario, podemos esperar frutos agrios de nuestra ignorancia.

A. F. Ayque Goicochea, Círculo Tradicionalista Blas de Ostolaza

[1] Ousset, J. (1970) Capítulo IV. Clérigos y Laicos. En Para Que Él Reine. Catolicismo y Política para un Orden Social Cristiano. Ediciones del Cruzamante.

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