El Régimen del ruido

los arrogantes actorines subvencionados; las charo chárez, Pedro aguanta, no te vayas; los fatuos e insufribles opinadores profesionales; los que se manifiestan un domingo para, a continuación, irse a su casa a tragar Netflix

Hace unos pocos días, el nombre de Mari Carmen, tan común otrora, vuelve a escucharse por todos lados. Sería un alivio que, entre tanta Zoe, Mia, Vera y Noa, volviese a imponerse un nombre tan bello y español.

Pero, por desgracia, el motivo es otro: el desahucio de una mujer de 87 años del piso en el que había pasado casi toda su vida. Finalmente, tras días de alboroto y negociaciones, se ha conseguido que vuelva a su casa, a su hogar.

Y es que la casa, junto a la patria y el templo, nos protegía contra el aislamiento del espacio, como nos enseñaba Rafael Gambra en «El silencio de Dios»: lugar donde se echaban raíces y se creaban vínculos. Es por eso que el Leviatán, enemigo de la naturaleza humana, lo odia. No es que odie a Mari Carmen. Odia lo que Mari Carmen representa: que sus padres formasen allí un hogar; odia que pudiese continuar viviendo allí; odia que no tuviese que mudarse a una colmena de hormigón sin alma; odia que los que contemplan este infame espectáculo no quieran vivir en ergástulos compartidos, eso que la prensa progrepija llama coliving; odia que no quieran ser expulsados de sus barrios; odia que quieran formar una familia. Odia, en resumen, al ser humano; y odia al ser humano porque odia a Dios.

Mientras tanto, Ceuta se silencia. Y comienza la maquinaria del ruido: el caos de los partidos y sus soflamas pedantescas; los cipayos de la prensa y su opinión sincronizada; el vomitorio de las redes sociales; los que acampan en Sol con mucho yoga y poco jabón; los arrogantes actorines subvencionados; las charo chárez, Pedro aguanta, no te vayas; los fatuos e insufribles opinadores profesionales; los que se manifiestan un domingo para, a continuación, irse a su casa a tragar Netflix, hasta que la plataforma de turno convoque otra mani; los que sólo viven para el fútbol; los defensores de los morideros; los economistas de marca blanca; la masa analfabeta con título universitario; los que se olvidaron de que gobernaron y tampoco hicieron nada; los amigos del voto útil, con el cerebro inútil; los irresponsables fuga mundi…

Es el ruido de la democracia. Es el ruido del Régimen del 78. Y, debajo, el mismo silencio.

Antonio Capellán, Círculo Cultural Juan Vázquez de Mella

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