Fuego de hogar y punta de lanza

Diario Alerta

Hay noticias que no por pequeñas dejan de ser trascendentes. Porque los enemigos de las instituciones naturales, sanas y tradicionales también trabajan en lo pequeño. Y a veces se visten como sus defensores, para poder destruirlas más holgadamente. Hora de temblar cuando el PP de la provincia de Santander ha iniciado el proceso de uniformizar las juntas municipales de Campoo.

Hace más de un milenio, el conde de Castilla Muño Núñez mandaba el fuero de Brañosera, el 13 de octubre del año 824. El primer fuero de España, que está en la raíz tres tradiciones: el método de reconquista más exitoso de poblaciones cristianas; el foralismo, textura y tejido de las leyes y jurisprudencia españolas; el modelo poblacional y municipal de Campoo, en las antípodas de la propuesta jacobina del PP.

En aquella época, las comarcas castellanas sufrían problemas semejantes a los que sufren hoy. Había una necesidad política de fijar la población. También de que esa población tuviese seguridad para su vida cotidiana, no sólo protección militar. Por eso lo que el fuero instituye es un municipio. El municipio es una comunión de familias reunidas para auxiliarse mutuamente en sus necesidades cotidianas. Sin este fin fundacional no se comprende el propósito de las juntas municipales.

El municipio es para vivir en familia y en vecindad. Es la vuelta de hoja de una parroquia cristiana. Por eso las juntas no necesitaban una estructura rígida o requerida para ser juntas, especialmente si la ciudad no tenía una envergadura inmanejable. Esto dio lugar a varias costumbres en los ayuntamientos del lugar. Pero el fin municipal era evidente: la vida en común y bonanza honrada de las familias. En ese sentido, lo habitual era que cada municipio, con unos medios de vida propios y suficientes, procediese con lo que contase  y como se pudiese para las necesidades que surgieran. Si no se bastaban para algo, venía en auxilio una institución superior. Una realidad municipal, capaz en su orden propio y con unos fines claros.

Pero para el PP el municipio no es un ayuntamiento de familias. Mucho menos de familias cristianas. Su ayuntamiento es una mera instancia administrativa de un Estado total. Como instancia, su contenido ya no son familias, sino un censo de individuos y un catastro de propiedades. En el mejor de los casos, su fin es prestar unos servicios meramente materiales a los individuos embolsados en el padrón.

Por eso la solución del PP es la misma lógica y herramientas que han descristianizado, desnaturalizado y arruinado los municipios de Campoo. Una rejilla administrativa homogénea, colectivista y delegada. ¡Quién nos diría, hace medio siglo, que veríamos a los jacobinos federalistas! ¡Hasta comarcalistas! Reproduciendo epicentros burocráticos por doquier. Y es que el modernismo desemboca en el posmodernismo. El jacobinismo engendra el federalismo europeísta.

Nos debemos cuidar de los falsos defensores de las instituciones; debemos precavernos de los aparentes tradicionalistas. El PP santanderino opone la administración municipal al municipio natural; el asamblearismo moderno a las dignas asambleas municipales; la arbitrariedad normativa a la costumbre arraigada. Realiza un concurso anónimo y descarnado, al más puro estilo de Madrid Decide, para homogeneizar desde fuera comunidades donde todos los vecinos se conocen. Sustraen de estas comunidades su capacidad organizativa propia, sin contar con ellas para nada.

Pero, ¿qué hacemos contra la despoblación? El desierto demográfico crecerá hasta que se restaure el municipio natural, que encontramos en nuestras costumbres y tradiciones. Los condes de Castilla dieron el fuero de Brañosera, respondiendo a su obligación política. También con una clara consciencia de su deber cristiano: «buscando el Paraíso y recibir merced». Lo dieron a las familias de «Valerio y Félix, Zonio, Cristuévalo y Cervello […] y a aquellos que llegaren a poblar Brannia Ossaria (Brañosera)», para que viviesen en común vecindad de cristianos de su «iglesia de San Miguel». Les dieron en posesión el lugar «con sus montes, cauces de agua, fuentes, con los huertos de los valles y todos sus frutos». Naturalmente, con fidelidad al «conde» y al «rey». ¡Se lo dieron para que lo «tengan» en «derecho», no les delegaron su administración burocrática!

Roberto MorenoCírculo Antonio Molle-Lazo de Madrid.