Humor- ¡Qué cosas se ven, don Pero!: «¿Qué es un fin de semana?»

Comedor del castillo de Highclere, donde se rodó «Downton Abbey»

Siempre me han caído bien los ingleses, lo confieso. Es un pueblo ciegamente orgulloso de su historia, que es una larga sucesión de ambiciones, traiciones, cabezas cortadas y palacios suntuosos. Es decir, poco más o menos como una temporada cualquiera de ese culebrón venezolano llamado Podemos. No digo, ¡cielos!, que haya una relación entre los ingleses y los votantes de Podemos: ya he dicho que los ingleses me caen bien.

Hace unos años fue muy celebrada una (otra) serie de televisión, llamada Downton Abbey. Los anglófilos incorregibles y otros seres indeseables nos la tragamos enterita. Hay que reconocer que tenía cosas muy buenas; y cosas muy malas; y normalmente unas y otras se sucedían en el mismo capítulo, con la diferencia de unos pocos minutos. Dejó para la posteridad algunas frases memorables, como la que da título al presente artículo: «¿Qué es un fin de semana?»

Maggie Smith como la condesa viuda de Grantham

En algún momento de la primera temporada, la venerable condesa viuda de Grantham le dirigía dicha frase a un sobrino lejano, llamado a heredar título y propiedad. Sobrino lejano que, procedente no de la rancia nobleza, sino de la burguesía acomodada, era un trabajador que conocía las innumerables ventajas de ese concepto tan liberal y tan moderno que es el tiempo libre; mayores aún las del fin de semana.

La frase causó furor y ganó las simpatías del público para la señora condesa, genialmente interpretada por Maggie Smith. Resultó, no obstante, muy sorprendente escuchar en horario de máxima audiencia a una anciana dama, de apariencia muy respetable y muy cultivada −como Pitita Ridruejo q.e.p.d., pero (más) British− preguntarse por el significado de una expresión tan corriente. Pero no hay que olvidar que la serie estaba ambientada a principios del s. XX y en aquellos entonces, la expresión no era de uso tan común como en nuestros días.

Vivimos sometidos a horarios marcadamente maniqueos: existe una clara línea de demarcación entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre. Expresión, esta última, bastante paradójica pues cada vez con mayor frecuencia, observamos cómo los libérrimos ciudadanos utilizan sus cada vez más escasos momentos de tiempo presuntamente libre para dedicarlos a las actividades menos libres que pueden existir, a saber, las que consisten en la satisfacción inmediata de sus pasiones animales. Eso, cuando no se dedica el tiempo libre al cultivo cuasi psicótico de alguna actividad más o menos inútil llamada –horriblemente− hobby y que tiene como función principal la exaltación ególatra de la propia originalidad. O, peor aún, al adormecimiento de las inteligencias y de los espíritus por obra y gracia de las celebradas plataformas.

Los clásicos, como saben, también distinguían en la vida de los hombres el ocio de lo que no es ocio (en latín negocio). Pero, claro, el ocio clásico no consistía en recreaciones, entre lo burlesco y lo pseudo épico de una guerra, pero lanzándose pintura en lugar de jabalinas. Los clásicos respetaban la seriedad del ocio. Y también la seriedad de la guerra, ¡qué caramba!. Tampoco consistía el ocio clásico en la práctica obsesiva de una actividad física con reglas más o menos arbitrarias. Ni en coleccionar estampitas de jugadores de fútbol. Pero, sobre todo, no consistía en repantingarse en un sofá, enchufar Netflix y pasar las horas muertas viendo, generalmente, cosas que no deberían ser vistas por personas de bien. A menudo, cosas que ni siquiera deberían ser vistas por personas de mal (por no darles ideas, digo).

El ocio clásico es lo que también se ha llamado, quizá con excesiva benevolencia en ocasiones, ocio filosófico. Consiste en reunirse varios seres humanos, también llamados personas, de uno o de ambos sexos, decentemente vestidos, por supuesto, quizás en torno a una mesa bien servida y, casi obligatoriamente, bien regada, para charlar amigable, pacífica y lo más inteligentemente posible de algún tema. Es lo que, en castellano leal, siempre se conoció por tertulia. La sobremesa es un tipo de tertulia propio de los hogares de gente decente. Es más, en el rancio protocolo de la clase alta inglesa (que, sean gente buena o no, son gente decente por definición) estas tertulias estaban extraordinariamente bien organizadas: antes de la cena, todos los convidados se reunían en un salón que, en inglés, no me pregunten por qué, suele llamarse Salón de Dibujo. Todos, claro, vestidos muy elegantemente, así se trate de la más íntima de las cenas familiares. En el Salón de Dibujo siempre hay bebidas alcohólicas de graduación variable y en ingente cantidad. Después viene la cena y, después de la cena, los caballeros se levantan, saludan a las damas y pasan al Salón de Café, en el que hay café (entre otras bebidas… Alcohólicas, de graduación variable y en ingente cantidad). Una sobremesa «a la inglesa» en el Salón de Café no tiene por qué versar sobre cuestiones de alta Teología, pero, desde luego, a decir de lo que nos presentan las series de época, no es tampoco el momento para conversaciones intrascendentes. La condesa viuda de Grantham no pasaría la velada comentando los posibles desenlaces de La Casa de Papel. Tampoco, no crean, los pormenores de la última temporada de Downton Abbey. Es más, grande fue mi alegría al descubrir que la sensacional Maggie Smith que la interpreta ni había visto ni tenía intención de ver la serie (a eso se le llama meterse en el papel).

No es mi intención pontificar fuera de los estrechos límites que mi estado, mi cargo, mi capacidad (y las directrices de la Redacción) me imponen; ni pretendo siquiera que mis posibles lectores arrojen sus televisores por la ventana. Pues no aconsejo, en general, arrojar cosas por las ventanas. Y, además, como sospecharán los más avisados, viendo el hilo conductor de esta columna, en mi casa hay una televisión. Si escribo estas líneas es porque me consta que hay familias en las que existen numerosos problemas que podrían resolverse fácilmente con algo más de comunicación interna. Así que, me limito a lanzar una sencilla proclama:

¡Menos Juego de Tronos y más charlar sobre Leo, Manuel y Aitana! Alguno ahorraría en divorcios. Y, seguramente, en chalés.

G. García Vao