El engaño del naturalismo económico

Vista general del Palacio de la Bolsa. Alberto Ortega/ Europa Press

A menudo se oye a pensadores económicos liberales, incluso dentro de la rama más conservadora, decir que lo más eficiente, para el conjunto social, es dejar las transacciones económicas al libre arbitrio de las partes, en base a las «naturales» reglas del mercado.

Para algunos, incluso, creyendo ver en esas leyes «naturales» la voluntad de Dios, la existencia de alguna autoridad extrínseca a los agentes económicos, que fije reglas de control que vayan más allá de la garantía del libre desarrollo de las relaciones económicas, es la encarnación del mismo diablo.

Pienso que la frase que mejor resume esta concepción es la excogitada por la fisiocracia: «dejar hacer, dejar pasar, porque el mundo marcha por sí mismo». O, transcribiendo el aforismo latino: «Ex natura, jus, ordo et leges. Ex homine, arbitrium, regimen et coercitio». O, lo que es lo mismo, en palabras de Román Perpiñá: «El hombre todo lo desordena; la Naturaleza todo lo conduce al orden por sus leyes».

Nótese que los atributos de dicho aforismo, referidos al hombre, tienen un claro deje peyorativo. No se trata de la «coercitio» a la que se refiere el pensamiento político clásico, como una de las funciones de la autoridad para hacer cumplir la ley; o quizá, de algún modo, sí. Pero en todo caso se refiere a una «coercitio» negativa para la sociedad, por cuanto la mentalidad moderna vincula la vida del hombre y de la sociedad al respeto de la libertad negativa, es decir, la libertad sin más norma que sí misma.

La naturaleza tiene un orden, en efecto. Pero no es un orden infalible. Menos aún cuando en ella interaccionan hombres que, por naturaleza, tienen todos ellos inclinación a la concupiscencia. Por esta razón, por ejemplo, Santo Tomás, sin condenar el comercio per se, lo juzgaba con distancia por cuanto a menudo suponía ocasión próxima de pecado.

Además, el hombre, por su raciocinio innato, tiene por potestad, y en ocasiones, por deber moral, poner orden allá donde el casuismo de su interacción con la naturaleza deviene inaceptable. Lo contrario chocaría con la verdad acerca del libre albedrío humano, que es la facultad del hombre, no para actuar ciegamente por el mero hecho de elegir, sino de ordenar las cosas y a sí mismo hacia sus fines naturales.

Cuidado, por tanto, con el panteísmo naturalista que encarna el liberalismo económico, y que, en última instancia, es el reconocimiento paradójico de la irresponsabilidad de las acciones humanas, y por tanto, la negación de la libertad que sus defensores tanto cacarean.

Javier de MiguelCírculo Abanderado de la Tradición y Ntra. Sra. de los Desamparados de Valencia