Tómate tu tiempo (I): La lengua de los ents

Pippin rescatado por Bárbol. Fotograma de la película «El Señor de los anillos»

Pareciera, a decir de la temperatura moral más bien febril del mundo que nos rodea, que el único «pecado» que sigue gozando de pública censura en nuestros días es la pérdida de tiempo que, por otra parte, no es demasiado grave. En efecto, si la impiedad, la mentira, la injusticia, la lujuria en todas sus variedades posibles e imaginables y el robo en muchas de ellas, no sólo no son objeto de sanción penal, sino incluso de promoción por parte de los poderes públicos, otros graves desórdenes morales, como el asesinato, son, ya objeto de punición leve a levísima (v. gr. si la víctima es un «facha» y el victimario, un Paladín de la Inmortal Llama de la Libertad, antes, «etarra»); ya permitido de manera general (e. g. el aborto y la eutanasia).

Sin embargo, la rueda ratonil de la economía tardocapitalista nunca deja de correr y lo hace cada vez con mayor velocidad. Por ello, está terminantemente prohibido perder el tiempo.

«-¡Don Gildo, la pereza tiene la forma cuadrada y el nombre de una conocida plataforma de contenidos!».

Ciertísimo; pero yo no he hablado de «pereza», sino de «perder el tiempo», es decir, de invertirlo (activamente y, a menudo, con mucho trabajo), en cosas que no contribuyen ni directa ni indirectamente a «mover la economía». Además, el paniaguado de Netflix e ingreso mínimo vital no pierde el tiempo: él «ve series». Y paga una generosidad por ello.

Yo me refiero a perder el tiempo de verdad; a malgastarlo en cosas auténticamente inútiles y banales; como cuando Chesterton habla del inefable placer que produce caminar junto a una verja dándole bastonazos a los barrotes. Podríamos añadir, también, jugar a los barquitos, tirando palos al río y viendo cómo se los lleva la corriente; e, incluso, como hemos disfrutado largamente los niños urbanitas, ir a sentarse en el andén, simplemente a ver los trenes pasar. Y no me hagan hablar de echar pan a los patos.

Quizá la más insoportable pérdida de tiempo, desde el punto de vista de nuestra posmodernidad circundante es la que tiene que ver con el lenguaje. Hablar mucho, hablar lento, hablar de cuestiones intrascendentes son vicios absolutamente inadmisibles en las casas de la buena sociedad. Antes, la gente aburría a sus visitas con lecturas en voz alta, declamaciones, tertulias más o menos sesudas; música, en ocasiones. A Dios gracias, los oscuros tiempos de las tarjetas de visita y los pianos en la sala de estar [magnífico nombre para una habitación], ya han pasado y hoy, generalmente, sólo se recibe a los amigos el tiempo imprescindible para una ligera colación y una breve charla entre la «serie de después de comer» y la «noche de cine».

No hay, además, peor compañero de velada que el esmerado en su expresión, rebuscado en su vocabulario y con tendencia a componer frases en endecasílabos de gaita gallega. La redundancia está de moda; la precisión en los términos no es moda, sino modismo arcaizante; el uso de las formas segundas del imperfecto y del pluscuamperfecto del subjuntivo (i.e. aquellase y hubiese aquellado, por aquellara y hubiera aquellado, respectivamente), desaparece a pasos agigantados. Existe, en fin, un pecado de la lengua tan grave que casi querríamos no mencionar, pero que no dejaremos innominado por mor de mejor denunciarlo como el nefando crimen que es. Me refiero, claro, al uso del imperdonable, incomprensible e inútil futuro del subjuntivo. Ya hablaremos, monográficamente, de él.

Una de las personas que más tiempo de su vida ha perdido en tonterías lingüísticas es J.R.R. Tolkien, cuyo imaginario no es sólo una monumental epopeya, inglesa en cierto modo y católica en muchos otros, sino que es también un auténtico festival de lenguas inventadas. Y me van a permitir un excurso, por si la expresión les ha hecho pensar (que confío en que no) en el esperanto: el esperanto fue, en su día, un intento torpe y perverso, propugnado por una artera caterva de supuestos sabios por crear una «lengua universal» (¿cabe tontada más masónica?). Tomando, de acá la gramática, de allí el vocabulario, de acullá la fonética, el invento, como era de esperar, acabó en brava chirinola, cuando ciertos sabios, del Japón, si no recuerdo mal, muy interesados en el asunto, dijeron, poco más o menos, que aquello de universal, nada: que era una especie de mostrenco de latín patizambo en concubinaria relación con las lenguas germánicas, sin una sola gota de idiomas asiáticos, polinesios, africanos, etc. El esperanto, aunque sirva a sus simplistas propósitos de la misma manera que un jicarazo sirva para curar el dolor de cabeza, persigue, en efecto, un fin bien determinado. Nada que ver, pues, con los diversos dialectos élficos cuidadosamente elaborados por Tolkien, que son tan completamente inútiles para el Progreso y el Bienestar como ver caer la nieve o pasear una pareja de la mano en busca del atardecer.

Bárbol

Una lengua tolkieniana que queda en el tintero de una breve descripción se ganó para siempre mis simpatías, pues parte del principio de que todo lo que merece la pena ser dicho, merece ser dicho pausadamente: se trata de la lengua de los ents, los «pastores de árboles». Irreproducible e indescifrable, lenta hasta el absurdo, porque carece de nombres comunes, es decir, de la más mínima abstracción: no existe en lengua ent, que se sepa, «arroyo», ni «colina»; ni hay tampoco manera de decir «ese arroyo» o «aquella colina»: cada regato y cada loma tienen una designación que les es propia, íntima e inconfundible; como si cada ser tuviese un nombre único e intransferible que habrá de caer en el olvido o, al menos, en la pérdida de significado, cuando desaparezca aquello a lo que designaba. Tiene lugar, en la novela, una larguísima reunión (el ent-cuentro) comenzada al alba y no terminada cuando ya las leves lámparas siderales centellean de nuevo. Los dos hobbits Merry y Pippin, rescatados en el bosque de Fangorn por Bárbol, el venerable decano de los ents, quieren interesarse por el estado de las conversaciones (que transcurren en un dulcísimo rumor de hojas y crujir de ramas), y éste les responde que apenas han acabado los asistentes de darse los buenos días.

Quizá tengan razón quienes ahora quieran acusarme de perder tontamente su tiempo y el mío, fantaseando con lo que podrían llegar a contarse –con un dulcísimo crujir de ramas y rumor de hojas– el Ciprés de Silos y el Árbol de Guernica.

Puedo prometerles, en efecto, que los minutos invertidos en leer estas simplezas han sido, una vez más, perfectamente inútiles. Qué extraña sensación, ¿no es cierto? Tómense su tiempo para saborearla.

(Continuará)

G. García Vao