Camilla Parker, miembro de la Orden de Pío IX

El mundo sonríe. Roma asiente. Y Cristo calla.

EFE/Francesco Sforza

Según han publicado diversos medios internacionales —Royal Insider, Geo News, Tyla y Aleteia, entre otros—, la Santa Sede habría concedido a Camilla, esa mujer que sienta en el trono de la Gran Bretaña y ¿consorte? del cabeza de la Iglesia de la Bragueta (generalmente se la conoce como anglicana), la Orden de Pío IX en su grado de Dama Gran Cruz, durante la visita oficial que estos británicos realizaron al Vaticano el pasado 23 de octubre.

Otorgarle una distinción pontificia con el nombre del Papa que más combatió el liberalismo y el error moderno resulta una ironía casi diabólica. Pío IX, el Papa del Syllabus, ahora prestado para coronar al anglicanismo. ¿Qué queda del espíritu de aquel Pontífice que escribió, con fuego, en Quanta Cura: «No puede el Romano Pontífice aprobar el error ni callar cuando peligra la verdad»? Nada. En su lugar, se ha impuesto la religión del protocolo, donde todo se negocia, todo se maquilla y nada se confiesa.

La Orden que antaño premiaba la fidelidad heroica a la Iglesia Católica, hoy, según la prensa mundial, se ofrece como souvenir diplomático a una soberana consorte cuya religión niega la Presencia Real, el Primado de Pedro y la Virgen Inmaculada.

La espada que decapitó a Santo Tomás Moro, ahora convertida en broche papal, limpia de sangre y esterilizada, completamente ecológica.

Algunos justifican el gesto diciendo que «son usos del diálogo ecuménico». Pero ya lo advirtió Pío XI en Mortalium Animos: «No puede haber verdadero ecumenismo donde se niega la única Iglesia de Cristo.» Lo que antes era firmeza de Fe hoy es tratado de cortesía. Roma, que gritaba «Non possumus», hoy susurra «Cum ómnibus» (con todos…que no quede un enemigo de Cristo por no incluir). Y mientras los periódicos celebran el «histórico acercamiento», el mundo aprende —una vez más— que el Dogma ha sido reemplazado por el aplauso. Que no se engañen: los honores pontificios concedidos a herejes no glorifican a Roma, sino que la ridiculizan. Porque una Iglesia que condecora el error pierde la autoridad para condenarlo.

Pío IX resistió ejércitos, revoluciones y burlas. Sus sucesores, según parece, no resisten una agenda diplomática. La cruz azul esmaltada que antes brillaba sobre pechos católicos, luce ahora, según la prensa, sobre una señora de la que no queremos saber lo que cree, que ya bastante locura nos rodea.

El mundo sonríe. Roma asiente. Y Cristo calla.

Pero el silencio del Calvario no es complicidad, sino espera. Mientras los modernos pontífices reparten medallas, los fieles a la Iglesia —la que no negocia la Verdad— vuelven a las catacumbas, donde aún se reza el Credo entero, sin notas ecuménicas ni apéndices diplomáticos, ni bendiciones a cubitos de hielo.

Pío IX levantó un Syllabus para condenar los errores. Hoy, otros levantan copas para brindar con ellos. Y sin embargo, la historia tiene memoria. El día en que las máscaras caigan, el brillo de esas medallas se apagará y sólo quedará en pie la Cruz, la única condecoración que salva.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

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