D. Enrique Zueta Portillo nos ha enviado el siguiente texto de su autoría, cuya lectura merece la pena y recomendamos. Se titula «Teuth, la IA y la muerte de la escritura».
«Teuth, la IA y la muerte de la escritura»
Platón pone en boca de un antiguo mito una advertencia que hoy vuelve a sonar con una fuerza inquietante. En el Fedro, Teuth, inventor divino, presenta al rey Thamus sus descubrimientos y le ofrece la escritura como un remedio para la memoria y como un camino hacia la sabiduría. Pero el rey rechaza el entusiasmo del inventor y responde con una severidad admirable: la escritura, lejos de fortalecer la memoria, la debilitará; lejos de engendrar sabiduría, producirá apenas su apariencia. Los hombres, apoyados en signos exteriores, creerán saber mucho cuando en realidad habrán dejado de recordar y de pensar por sí mismos.
Durante siglos, este pasaje pudo leerse como una simple reserva filosófica ante una técnica nueva. Hoy, en cambio, empieza a adquirir el tono de una profecía. Porque si la escritura era ya, para Platón, una memoria exterior, la inteligencia artificial representa un paso ulterior y más radical: no conserva palabras, las produce; no guarda el discurso, lo reemplaza; no custodia la biblioteca, comienza a redactarla. Y acaso por eso convenga decirlo sin rodeos, aun a riesgo de sonar excesivos: la escritura, tal como la hemos conocido, ha muerto.
No quiero decir, desde luego, que vayan a desaparecer las letras sobre la página o sobre la pantalla. Ocurrirá más bien lo contrario: jamás hubo tantos textos, jamás hubo tanta facilidad para producirlos. Pero precisamente ahí reside la muerte de la escritura. Porque escribir ya no será necesariamente ese acto por el cual una inteligencia se demora sobre una idea, lucha con ella, la pule, la ordena y termina por encontrar, al cabo de vacilaciones, una forma propia. Seguiremos rodeados de textos; empezaremos, en cambio, a vivir en un mundo sin escritores.
Hasta ayer, escribir era demorarse. Era aceptar la lentitud del pensamiento. Era someter una intuición confusa a la disciplina de la sintaxis. Era descubrir, en el acto mismo de redactar, algo que antes no estaba del todo claro ni siquiera para quien escribía. El texto era una conquista interior. La inteligencia artificial, en cambio, comparece como una suerte de Baudolino universal: un mago de las palabras, ingenioso, ubicuo, deslumbrante, capaz de construir en un instante discursos verosímiles, persuasivos, fluidos, llenos de conexiones plausibles y de bella apariencia. Como el personaje de Eco, fascina precisamente porque sabe hablar antes de haber visto, concluir antes de haber comprendido, persuadir antes de haber pensado. En él asoma, caricaturizada y magnificada por la técnica, la vieja figura del sofista.
Y ese es el verdadero problema. No tanto que la máquina se equivoque, sino que lo haga cada vez menos. No tanto que produzca textos pobres, sino que produzca textos suficientemente buenos como para volver superfluo, a ojos de muchos, el trabajo interior de escribir. Bastará una consigna más o menos precisa, un puñado de instrucciones, y en segundos aparecerá sobre la pantalla un texto correcto, ordenado, convincente, incluso elegante. Lo grave no es la torpeza de la inteligencia artificial, sino su eficacia. Allí donde la escritura exigía tiempo, esfuerzo, silencio, lectura, corrección y responsabilidad, la máquina ofrece inmediatez. Allí donde el pensamiento pedía maduración, ofrece resultado.
Se dirá que toda gran innovación técnica suscitó temores semejantes. Y es cierto. Pero aquí el salto parece de otra naturaleza. La imprenta multiplicó lo escrito, pero no escribía. El buscador facilitó el acceso al saber, pero no argumentaba en nuestro lugar. La inteligencia artificial, en cambio, penetra en el núcleo mismo de la tarea escolar y académica: la formulación verbal de una idea. Por eso el problema no se reduce al plagio, aunque el plagio sea ya una tentación omnipresente. El problema es más hondo: la separación creciente entre lenguaje y experiencia interior. Corremos el riesgo de habituar a generaciones enteras a presentar textos que no han pensado, argumentos que no han recorrido, conclusiones que no han conquistado.
En este punto, la memoria literaria ofrece una imagen poderosa. En Notre-Dame de Paris, Víctor Hugo pone en boca del arcediano aquella frase célebre —«Esto matará aquello»— para describir el efecto de la imprenta sobre el antiguo predominio de la arquitectura. La piedra, que durante siglos había sido el gran libro de la humanidad, cedía su lugar al libro impreso. Hugo percibió con extraordinaria lucidez que una mutación técnica no altera solamente los instrumentos: altera la jerarquía misma de los modos de transmisión cultural. Algo semejante podría estar ocurriendo hoy. Si la imprenta fue uno de los hitos mayores de la edad de la escritura, la inteligencia artificial podría estar inaugurando su ocaso.
Hay en ello un costado trágico. La escuela moderna, la universidad moderna, la cultura moderna entera, se apoyaron en la convicción de que formar a un hombre era introducirlo en el orden de la lectura y de la escritura. Aprender a escribir no era sólo adquirir una destreza: era aprender a pensar con rigor, a ordenar la experiencia, a hacerse responsable de la palabra. El cuaderno, el ensayo, la monografía, la tesis, eran ejercicios del espíritu, los sacramentales de aquel mundo. Hoy, sin embargo, empezamos a asistir a la disolución de ese presupuesto. Después de haber confiado el saber a los textos, empezamos a confiar los textos a las máquinas.
Y sin embargo, como ocurre a veces en la historia, una pérdida puede forzar una recuperación más honda. Tal vez la inteligencia artificial, al herir de muerte la escritura escolar y académica, nos obligue a redescubrir la centralidad de la palabra viva. Tal vez debamos volver, no por romanticismo sino por necesidad, a una cultura más oral. En un mundo donde cualquier escrito puede ser generado artificialmente, adquirirá un valor incomparable la exposición personal, la respuesta improvisada, el diálogo sostenido cara a cara, la defensa oral de una idea, la palabra pronunciada por alguien que verdaderamente la ha hecho suya.
A partir de ahora, acaso sea más importante lo que nuestros alumnos puedan exponernos acerca de una cuestión que lo que sean capaces de presentarnos por escrito. Será más significativa la conversación que el informe; más reveladora la objeción pensada en el acto que la redacción impecable; más valiosa la voz que vacila porque busca la verdad que el párrafo pulido que no ha costado ningún esfuerzo interior. Tal vez el aula deba volverse de nuevo un lugar donde el pensamiento se escuche antes de archivarse.
Y esto no concierne sólo a la pedagogía, sino a la cultura misma. Durante demasiado tiempo hemos confundido formación con acumulación, saber con almacenamiento, inteligencia con administración de información. La crisis actual podría obligarnos a reconocer una evidencia elemental: vale más un puñado de convicciones profundas que una biblioteca interminable nunca asimilada. Vale más una verdad incorporada sapiencialmente que cien páginas correctas y ajenas. Vale más, para la continuidad de una civilización, una palabra viva que una masa inerte de textos disponibles.
No ignoro la ambigüedad de este panorama. Como educador, lo contemplo con esperanza y con temor. Esperanza, porque acaso nos obligue a distinguir otra vez entre saber y producir discurso. Temor, porque una parte entera de la disciplina intelectual moderna podría evaporarse en la comodidad de la delegación. La inteligencia artificial promete liberarnos del esfuerzo de escribir; pero escribir era, precisamente, una de las formas más altas de educar la atención, la memoria, el juicio y la responsabilidad del espíritu. Al ahorrarnos ese trabajo, podría ahorrarnos también una parte decisiva de nuestra humanidad.
Quizá nos toque atravesar esta contradicción sin resolverla del todo: defender la escritura sabiendo que ha sido vencida, aceptar la ayuda de la máquina sabiendo que corroe aquello mismo que facilita, y volver a confiar en la palabra pronunciada, en la memoria ejercitada, en la transmisión viva, no porque despreciemos la técnica, sino porque intuimos que sólo así podrá salvarse algo esencial. Después de Teuth vino la larga edad de la escritura. Después de la inteligencia artificial, acaso comience de nuevo la edad de la palabra pronunciada.
Y hay, finalmente, una ironía que no debería pasar inadvertida. Este artículo me pertenece por su tesis, por su intención, por la elección de sus referencias y por el orden de sus ideas; pero su redacción no me pertenece enteramente. Lo he concebido yo. Lo ha escrito, sin embargo, la inteligencia artificial. O, dicho con mayor exactitud y con mayor espanto: hasta estas palabras que anuncian la muerte de la escritura son ya, de algún modo, su epitafio automático
D. Juan Francisco V. nos ha escrito el día 24.03.2026 y nos comenta lo siguiente:
Al expríncipe Carlos Javier parece preocuparle la acumulación de las riquezas y del poder en pocas manos ―que por lo general son las mismas― y el sometimiento de las políticas públicas a los intereses particulares de las grandes oligarquías. Algo así dijo en un discursito que pronunció en Madrid.
Tal vez lo olvidó cuando hizo la maleta, o quizá cayó en cuenta de que podían afearle la contradicción. El hecho es que esta vez no se enganchó en la solapa la insignia de la Agenda 2030.
¡Es que hay que ser osado!
(Más, incluso, que los cetáceos descabezados que acudieron a su encuentro en la capital).
El día 5.08.2025 D. José Manuel Álvarez Mayo nos comunica que ha publicado un libro, que interesará especialmente a los amantes de la pesca:
El título es «Anécdotas de 21 años de río», y consta de 32 capítulos –con fotos– que en su mayor parte se desarrollan en ríos asturianos, y el resto en el norte de León. En el blog se incluyen cuatro de los relatos que aparecen en el libro, y pueden encontrar más información en la página de la editorial Canchales.
El día 1.08.2025 D. Juan Francisco V. nos ha escrito para dejarnos el siguiente comentario:
Aquel a quien los organizadores llaman el «actual jefe de la rama dinástica de Borbón-Parma» (cito, porque la frase no tiene desperdicio) ha cancelado su participación en el «acto de homenaje» a don Manuel Fal Conde convocado por el rector de una colección privada de recuerdos carlistas.
Dicen que se debe a temas de agenda (¿2030?).
Lo que no los libra de la incoherencia, porque igual enviará un mensaje al evento.
Se sabe que a don Manuel no le gustaba figurar en homenajes, ni siquiera en los ideados por sus más cercanos amigos. ¿Qué diría, me pregunto, de este?
D. Julio Ignacio Muslera Lacarde nos escribe el 17.12.2024 en relación con el artículo «El aborto y la persona por nacer».
Esta nota: «El aborto y la persona por nacer» hará mención a hechos de hace 60 años atrás, en donde mi abuelo siendo director del hospital hoy Dr. Raúl F. Larcade, que hoy lleva su nombre en honor a su desempeño y vida ejemplar, padre de 14 hijos, todos de nombre María, de una población actual (San Miguel) de medio millón de habitantes…:
Él cuando moría una mujer embarazada prematura de alrededor de 3 meses, agarraba una jeringa, la llenaba de agua bendita, pinchaba la panza y en tres apretones ¡bautizaba al bebito de la panza, llevando almas directo al cielo! Eso solo, derriba bibliotecas enteras.
Después del con el injusto despido del profesor Rodrigo Fernández Diez de la Universidad Panamericana, nos ha llegado el siguiente mensaje de apoyo desde Argentina:
Quiero expresar mi solidaridad con el profesor Rodrigo Fernández Diez frente a su injusto despido motivado por discriminación y persecución ideológica y antirreligiosa.
En relación con el artículo Frente al té budista, el café de la Hispanidad, agradecemos a Gerardo S.G.G. que nos haya enviado el siguiente escrito:
Cartas a la Redacción. Gerardo. 21.08.2022
A raíz de las últimas elecciones celebradas en Perú, uno de nuestros lectores nos ha enviado estas líneas
¿Qué persigue Pedro Castillo? ¿Cuáles son los propósitos del ideólogo del partido Perú Libre, Vladimir Cerrón? Lo que siempre ha pretendido conquistar el marxismo: «la abolición de la propiedad privada de los medios de producción» y que «el Estado regule cada actividad humana».
Los potenciales votantes de Castillo, llenos de sanas intenciones pero sin conocer la sutil estrategia del socialismo marxista, están por grabar en la piedra de los países socialistas, el sagrado nombre de nuestra Patria. El pueblo peruano no ignora el fatal desenlace del «Socialismo del siglo XXI». Lo conocemos perfectamente bien.
Primero vendrá la prosperidad económica y una falsa ilusión de crecimiento por medio del Estado Omnipotente. La estatización de los recursos naturales y expropiaciones continuas en sectores estratégicos nos dará una ficticia sensación de ser verdaderamente soberanos. La exaltación del pueblo y la indescriptible euforia de haber logrado el autoabastecimiento, será el discurso que pretenderá convencer a nuestra inteligencia, que la mirada estatista del socialismo es signo inequívoco de progreso.
Pero luego de unos años, se manifestará la intolerancia, la destrucción de la economía popular, el espanto y huida de inversionistas privados, leyes tributarias excesivas y una oferta laboral dinamitada. Veremos el injusto ensanchamiento de las brechas sociales, la pobreza generalizada, el hambre y la inevitable «diáspora peruana».
¡La utopía socialista de querer instaurar el paraíso terrenal es un proyecto anticristiano y que siempre conduce al infierno! Tenemos, aunque nos pese, dos caminos: «conservar el imperfecto, mediocre y opaco modelo económico, además de soportar durante un periodo presidencial la degradación institucional, la incapacidad gubernamental; y perder de manera transitoria nuestra dignidad nacional o ver la gradual e irreversible destrucción del Perú». Dos senderos: ¡Civilización o Barbarie!
Cartas a la Redacción; Alejandro Martorell (Perú)
Con ocasión de la proximidad del 11 de junio, festividad de Ntra. Sra. de la Capilla, Patrona y Alcaldesa Mayor de la ciudad de Jaén, y la «proximidad de la fiesta del Sagrado Corazón», un querido colaborador hace llegar a la redacción unas líneas de recuerdo de León Herrera y Esteban:
«Nacido en la calle Muñoz Garnica de esta ciudad el día 4 de julio de 1922, en el marco del popular Barrio de San Ildefonso y a escasos metros de la Iglesia Parroquial, hoy Basílica Menor, donde se encuentra la citada Patrona de la que fue gran devoto, pasaría en ella una parte de su vida». Más adelante nos narra su contacto con la Causa, pues «en 1936, una vez iniciada nuestra Cruzada, con tan sólo 14 años de edad se incorporó en Burgos a la Organización Juvenil de Requetés (Pelayos), en la que permaneció durante dos años y que ya se destacaría en el contingente que salió a mediados del mes de agosto de 1936 en dirección Sur hacia Somosierra y con traslado al frente de Guadalajara». Esta conexión con la Causa no fue estéril, alistándose en la Cruzada del 36 como «voluntario en el Regimiento de Cazadores Taxdirt nº 7, con el que combatió y se distinguió activamente en diversos frentes hasta el final de la contienda, especialmente en la campaña de Extremadura, particularmente en el frente de Cabeza del Buey, cuya culminación propició la unión de las dos zonas principales tras el alzamiento e inicio de la Cruzada, el Ejército Norte peninsular y el ejército de África, que facilitó la marcha hacia Madrid».
Tras la guerra ingresó «en el Cuerpo Jurídico del Aire, donde alcanzó el empleo de General Consejero Togado», que equivale a General de División, siendo Asesor Jurídico General del Ministerio de Defensa en 1983. Ocupó también con anterioridad cargos públicos importantes relacionados con el Turismo o las Telecomunicaciones, como Director General de Correos y Ministro de Información y Turismo. Perteneció también «al Colegio de Abogados de Madrid, al Instituto de Cultura Hispánica, a la Academia de la Historia, al Instituto de Estudios Giennenses y a otras muchas instituciones».
Casado con Dña. Teresa Santamaría, «falleció tristemente el día 24 de septiembre de 2003 confortado por el manto de la Patrona que siempre lo arropó».
Cartas a la Redacción; José Calderón y Carmona. 09.06.2021