España, enero de 2026. He aquí ese tiempo del año —tan litúrgico como la vendimia o las rebajas— en que los augures del cielo, revestidos de bata científica y verbo probabilístico, comparecen ante el pueblo llano para anunciar lo que el invierno será, con la misma convicción con que otros anuncian lo que debería ser. Entre finales de noviembre y los primeros compases de diciembre de 2025 se nos aseguró, con gráficos de colores y ademanes de certidumbre, que el invierno venía seco, más seco de lo acostumbrado, sobrio de lluvias y parco en humedades, como si la atmósfera hubiese decidido someterse a un régimen de austeridad responsable. Seco, nos dijeron, con esa sequedad que no es del clima sino del discurso: elegante, estadística, aséptica.
La Agencia Estatal de Meteorología —oráculo oficial con membrete— difundió entonces, en esas mismas fechas de finales de noviembre y comienzos de diciembre, que el invierno sería más cálido y menos lluvioso, lo cual fue recibido con la fe resignada del contribuyente y la esperanza íntima del paseante sin paraguas. Nada de borrascas inoportunas, nada de cielos descompuestos ni suelos encharcados: un invierno domesticado, casi urbano, apto para la previsión y enemigo del imprevisto. Porque cuando se oye “más seco de lo normal”, el entendimiento humano —que no razona en percentiles sino en imágenes— traduce inmediatamente: cero lluvias, cero charcos, cero fastidios, cero excusas para que el tiempo contradiga el plan.
Mas ocurrió lo de siempre, que es lo único verdaderamente constante en meteorología: que el cielo, al oírse descrito, decidió desdecirse. Ya entrado diciembre de 2025 y con perseverancia en enero de 2026, la lluvia compareció sin pedir permiso, no en forma de diluvio bíblico ni de catástrofe mediática, sino con esa obstinación humilde que basta para arruinar un pronóstico y empapar una certeza. Llovió lo suficiente para desmentir sin escandalizar, para corregir sin dramatismo, para recordar que la probabilidad no es promesa y que el promedio no moja. Porque la predicción estacional —ese arte de decirlo todo sin comprometerse a nada— funciona como los seguros bien redactados: cubre incluso el caso contrario a lo asegurado.
Y entonces, cuando el invierno que iba a ser seco resultó menos obediente de lo anunciado, entró en escena el comodín supremo, la categoría total, la causa universal que todo lo explica sin explicarse a sí misma: el Cambio Climático, invocado siempre con mayúsculas reverenciales, como si no fuese un concepto sino un dogma. Porque ahora nada ocurre sin significado y todo fenómeno viene cargado de intención. Si llueve poco, confirma el modelo; si llueve mucho, lo confirma también; si llueve cuando no toca, confirma su complejidad; si no llueve cuando toca, confirma su gravedad. El error ya no es error: es síntoma. La contradicción no refuta: ratifica. La realidad no discute el discurso: se subordina a él.
El cambio climático es esa idea prodigiosa que jamás pierde, porque explica tanto el acierto como el fracaso, el pronóstico como su rectificación, la sequía y el aguacero, el desierto y la inundación. Antes se decía, con rusticidad sabia, que el año venía torcido; ahora se dice, con solemnidad técnica, que el fenómeno era esperable. Antes el clima era caprichoso; ahora es pedagógico. Antes el cielo hacía lo que quería; ahora lo hace para enseñarnos algo, generalmente nuestra culpa.
Y lo admirable no es su poder predictivo —siempre impreciso— sino su infalibilidad retrospectiva. El futuro es incierto, pero el pasado, una vez ocurrido, se vuelve científicamente inevitable. Todo estaba previsto, aunque nadie lo viera venir. Todo confirma los modelos, aunque los modelos no confirmaran nada. Así, el invierno que iba a ser seco y no lo fue no desmiente la doctrina: la engrandece. Porque si la realidad coincide, valida; y si no coincide, revela su complejidad. Nunca falla quien no se somete a verificación.
Mientras tanto, el ciudadano aprende la lección correcta: no importa lo que pase, importa cómo se interpreta. El invierno puede ser seco, húmedo o una contradicción empapada, pero el relato siempre cae a plomo, puntual, constante, impermeable. Y el cielo, ajeno a comunicados, ruedas de prensa y diagramas cromáticos, sigue haciendo lo que ha hecho siempre: llover cuando quiere, donde quiere y como quiere, con esa insolencia antigua que ni entiende de porcentajes ni respeta certezas.
Eso sí: ahora sabemos que cuando el clima no obedece… es porque obedece a algo más alto. Y nos dicen que no es a Dios, sino «al modelo».
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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