La invención de Galicia y la Galicia real

La identidad gallega no es un eslogan pintoresco, sino un pueblo con fe, cultura y costumbres que sobreviven desde siglos, mucho antes de que alguien cogiera un pincel para pintarla a su gusto

Los que en el periodo estival regresamos a nuestra tierra de origen, no abandonamos, por ese tiempo, el interés por el ámbito cultural que se desarrolla en la que siempre será nuestra casa.

Y en medio de comidas y reencuentros, se cuela una conferencia (la enésima sobre la temática) del Presidente de la Fundación Castelao, titulada sin rubor «Castelao, constructor de la Nación» (de la gallega, se supone).

En tiempos donde la historia parece rehacerse cada día a golpe de eslóganes y leyendas urbanas, hay un mantra que se repite con la solemnidad de un himno nacional: «Castelao es el constructor de la nación gallega». Como si la historia de Galicia comenzase un buen día con un lápiz, un cuaderno de bocetos y un puñado de discursos de ese ilustrado republicano.

Pues bien, queridos lectores,  vamos a intentar  desmontar esta falacia con la contundencia del pensamiento tradicionalista, salpicado de ese humor irónico que ni Castelao podría ilustrar con sus caricaturas.

Empecemos por lo más elemental: Galicia existe como nación histórica mucho antes que el hijo de Rianxo se pusiera a escribir y a pintar. El tradicionalismo gallego lleva años (más bien siglos) recordándonos lo obvio: Galicia es un Reino con historia, derecho propio y personalidad consolidada.

Alfredo Brañas, uno de los padres del regionalismo gallego, lo dejó claro ya en 1889 en su obra «El Regionalismo»: «El regionalismo gallego no pretende inventar nada nuevo, sino conservar lo que siempre fue nuestro».

Es decir, la «nación gallega» no es un producto de laboratorio ni un experimento republicano, sino la consecuencia natural de siglos de historia: un reino con sus fueros, parlamentos, moneda y un pueblo que habla gallego desde hace generaciones.

Que nadie se engañe: Castelao no «construyó» Galicia; simplemente quiso rediseñarla a su capricho.

Los tradicionalistas  tienen para Castelao una analogía que gusta mucho: su proyecto político fue un injerto exótico en el viejo árbol de Galicia.

Vázquez de Mella, maestro del tradicionalismo, advirtió en su intervención parlamentaria de 1906:  «El regionalismo ha de ser foral, no revolucionario; ha de brotar del suelo natal como la encina, no injertarse como planta exótica».

Pues bien, el Castelao político es exactamente ese injerto: un nacionalismo republicano, laico y revolucionario, que pretende arrancar Galicia de sus raíces católicas y forales para implantar un experimento social de laboratorio.

Nada más alejado de la tradición que esta refundación de «nación» con tintes jacobinos y separatistas.

Para entender la dimensión del error de atribuirle a Castelao la «construcción» de la nación gallega, recurrimos a otro gigante del pensamiento tradicionalista: Francisco Elías de Tejada.

En su estudio «El Reino de Galicia» (1951), Elías de Tejada recordaba que: «Galicia es Reino antes que región, con leyes, fueros y parlamentos, y no mera creación de un nacionalismo de gabinete».

El Reino de Galicia, con siglos de historia institucional, no puede ser reducido a un proyecto ideológico diseñado por un hombre que, si bien fue un artista notable, no es ni el fundador ni el «padre» de la identidad gallega.

Decir que Castelao construyó Galicia es como decir que un pintor construyó un edificio: puede embellecerlo o decorarlo, o pintarlo para doler la vista, pero no levantar sus muros ni cimentar su esencia.

El escritor y ensayista Juan Manuel de Prada, conocido por su estilo incisivo y su crítica de las ideologías contemporáneas, ha descrito con sarcasmo la actitud de ciertos nacionalismos: «El nacionalismo convierte la tradición en ideología, la historia en mito propagandístico».

Esto es justo lo que ocurrió con Castelao: su proyecto nacionalista transformó la rica y compleja historia gallega en un mito diseñado para sus objetivos políticos, olvidando que la verdadera Galicia es mucho más que un simple relato ideológico.

La identidad gallega no es un eslogan pintoresco, sino un pueblo con fe, cultura y costumbres que sobreviven desde siglos, mucho antes de que alguien cogiera un pincel para pintarla a su gusto.

El profesor y jurista D. Miguel Ayuso, en su obra «La constitución cristiana de los Estados» (1995), nos recuerda que: «La unidad política no se construye a voluntad, se recibe de la historia y la tradición».

Por tanto, lo que Castelao intentó fue más bien un acto de voluntarismo político, un experimento modernista que no podía ni debía borrar la realidad orgánica y secular de Galicia.

Ni Castelao ni ningún nacionalista con ínfulas puede «construir» la nación. Lo que hay es una comunidad histórica que se debe preservar y restaurar, no rediseñar.

Alfredo Brañas nos dejó una máxima que todavía retumba con fuerza: «El regionalismo es tradicionalista, no revolucionario».

Pues el Castelao político hizo justamente lo contrario: abandonó el respeto por la tradición y por las instituciones forales, para abrazar un nacionalismo secular, rupturista y modernista.

Lo que para Brañas era defensa de la identidad gallega dentro de la Corona y la Iglesia, para Castelao era la excusa para inventar un «nuevo pueblo» y un «nuevo país» que muchas veces chocaban con la realidad social y cultural de Galicia.

Castelao y su Estatuto de Autonomía iban mucho más allá de un simple respeto foral: apuntaban a una secesión velada, a la sustitución del Rey por un «pueblo soberano» y a la transformación de Galicia en un estado independiente y laico.

Conclusión: Galicia no necesita un «Castelao», sino recuperar su alma. Como dijo Alfredo Brañas: «No necesitamos inventar nada, porque ya somos lo que somos desde siempre».

Galicia no se construye: se recuerda, se honra y se defiende. Y eso, queridos lectores, no lo cambia ni un cuaderno de bocetos ni un lápiz pintor, por muy célebre que sea.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

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