El pasado día 7 de diciembre en Valencia, el Círculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta organizó una jornada destinada a los fundamentos clásicos de la tributación. El ponente, un buen conocedor del tema, nos ilustró, breve pero magistralmente, sobre la cuestión.
Entre los participantes, aproximadamente una veintena, destacamos y agradecemos la presencia del Rvdo. Pbro. Juan María Sellas, que vino junto con otro sacerdote, también amigo del Círculo.
La sesión comenzó planteando retóricamente esta cuestión: ¿es lícito exigir impuestos?
A simple vista, podrían surgir dos posiciones maximalistas: unos responderían que los impuestos son en sí injustos, ya que atentan directamente contra la propiedad; otros argumentarían que todos los impuestos son justos. Sin embargo, desde el punto de vista del derecho natural y divino, la respuesta a esta realidad con la que convivimos cotidianamente, al menos desde los asirios -según está documentado-, está mucho más matizada, como se expuso y como comentaremos brevemente en esta reseña.
La economía, sobre todo la economía política -en un sentido amplio- no se concibe como una ciencia autónoma que reflexiona sobre unas leyes («fenómenos») como si de la física se tratase. Más bien, conociendo la realidad de la economía natural, y a partir de los conocimientos estadísticos y probabilísticos que otorga la economía positiva, se articula un saber práctico, parte del saber gubernativo, de la política. En este sentido, la doctrina clásica sobre la fiscalidad, al estilo escolástico, partiendo de unos principios generales, desciende prudencialmente al caso concreto para examinar su justicia o injusticia, moralidad o inmoralidad. Es decir, la realidad se observa, al menos, desde una doble dimensión: primero, desde el estudio del derecho natural y los aspectos más filosóficos, centrándose en las causas y los fines del orden económico; segundo, desde las consideraciones prudenciales, estudiando la adecuación o no a sus fines y realizando recomendaciones concretas sobre casos.
De este modo, cuando se explica esta materia compleja tal y como se hizo en la ponencia, las pinceladas que se dieron no conforman un cuadro amorfo, sino una composición puntillista, donde cada punto sólo se entiende en relación con el todo.
Hecho este apunte, volvemos a la pregunta inicialmente planteada. El ponente dijo que la exigencia de tributos se justifica por varios motivos: el hombre es un animal político por la naturaleza y, fruto de esa sociabilidad, contribuye a la comunidad y un modo de colaborar es precisamente a través de la contribución patrimonial. Con frecuencia, olvidamos que el sustento, base y mayoría de la comunidad política no son ni nobles ni soldados –bellatores-, ni religiosos –oratores-, sino estado llano trabajador –laboratores-. Por tanto, la mayoría, como laboratores que somos, debemos contribuir patrimonialmente o con nuestro trabajo, obligados en conciencia, aunque nunca de un modo absoluto, pues existe un derecho (incluso deber) a la resistencia claramente delimitado.
El tributo obliga en conciencia cuando es justo y es justo cuando, orientativamente, cumple cuatro elementos.
Primero y fundamental, se justifica por su causa final, esto es, el fin del tributo y su recto orden al bien común. Esto se concreta en que, en la medida de lo posible, es preferible que sea «visible» la finalidad concreta del impuesto considerado; por ejemplo, puede el impuesto buscar reducir el consumo de un bien, puede incentivar o desincentivar determinadas actividades, también puede el impuesto estar destinado a sufragar infraestructuras, justicia, seguridad, etc. Por el contrario, hoy los impuestos van a una «caja común», cuyos fines quedan diluidos en la inabarcable panoplia de gastos distribuidos entre distintas administraciones.
En segundo lugar, debe ser una autoridad política -no una empresa o asociación privada- la que impulse un tributo.
Tercero, se debe tener en cuenta el principio de capacidad de pago, es decir, debe pagar quien disponga de patrimonio imponible, el impuesto no debe ser confiscatorio.
En cuarto y último lugar, se debe tener en cuenta la causa formal del tributo, referida al derecho en cuanto a justicia concreta que se aplica en la distribución de las cargas impositivas. En consecuencia, se debe tener en cuenta la capacidad de pago de los sujetos y su contribución al bien común como justificación de las exenciones. Desde este punto de vista, podrían existir exenciones, «privilegios», en función de la contribución al bien común, así, una familia debería proporcionalmente contribuir menos que un individuo aislado, en la medida en que contribuye más al bien común que éste. Sin embargo, la tributación liberal por principio teme los «privilegios» y parte del principio de que se debe gravar a todos por igual. Por tanto, la justicia distributiva no es equiparable a la progresividad.
Se dijo que el sistema liberal, que desconoce la costumbre, tiene elementos que aparentemente son lícitos, ya que, incluso en la Constitución, se habla de justicia, proporcionalidad, respeto a la propiedad privada, etc. Sin embargo, en la práctica todos estos términos terminan en la nada, pues el significado que se le da no es el clásico. El resultado es que muchos impuestos terminan siendo confiscatorios, auspiciados por ciertos principios de origen liberal como «la utilidad decreciente del dinero», o la «igualdad» en términos de esfuerzo fiscal.
Por último, además de la justicia en lo que se exige, hay que tener en cuenta cómo se exige. En la actualidad, en España hay una altísima litigiosidad tributaria, terminando una gran parte de los casos en contra del fisco, poniendo de evidencia las maniobras ilícitas en la exigencia.
Con todos estos elementos y desde un punto de vista personal, el sistema actual nos sitúa en una encrucijada: aunque hay tributos manifiestamente ilícitos, es muy difícil su elusión sin transgredir varios principios morales. Finalmente, se nos advirtió, pues debemos tener «cuidado con la obediencia extrema, cuidado con la negación rotunda a tributar y cuidado con la concupiscencia egoísta».
Finalizada la sesión y tras un breve turno de preguntas, concluyó la jornada con el coloquio prolongado de manera amistosa en el ya tradicional «modesto ágape», como es conocido entre alguno de nuestros amigos.
Círculo Alberto Ruiz de Galarreta
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