El fracaso de la «educación por competencias» en la práctica (I)

Es verdad que los docentes también son víctimas, pues a ellos les lavaron el cerebro para lavárnoslo a nosotros

La formación universitaria en nuestros días adolece de enormes falencias, más notorias en algunos países, regiones o contextos que en otros, pero obedeciendo a principios más o menos comunes. Una de las vertientes de esa decadencia es producto de la «educación por competencias», tan idolatrada en la actualidad y percibida como antídoto contra la educación superior de antaño.

En esta serie de artículos, no vamos a desglosar los errores teóricos que engloban a dicho modelo, pero sí que podemos dar algunas pinceladas sobre experiencias en las que se demuestra su fracaso e ineptitud. El contexto que pretenderemos describir es el boliviano, y más específicamente, el de las universidades privadas, sin dar nombres, para no escandalizar a los aludidos.

Cursé el diplomado en Educación Superior con la esperanza de que iba a adquirir conocimientos útiles para la práctica de la docencia universitaria; craso error. Todo lo que me transmitieron fue ideología, ideología y más ideología, mediante la típica herramienta de los discursos vacíos de contenido: la retórica.

Los docentes, con maestrías y con libros publicados, se la pasaban endiosando al nuevo modelo educativo y desprestigiando al anterior, con la típica soberbia que caracteriza al hombre moderno, profeta de grandes utopías. Nos decían que la educación «tradicional» (que ni siquiera lo es, sino más bien moderna) era malvada, y que ese enfoque, ya caduco, no debería existir.

Estos agentes del sistema nos hablaban de que impartir «clases magistrales» (donde hay un maestro, superior, que enseña a alumnos, inferiores) era cosa del pasado, y que lo de ahora era enfocarse en el estudiante como protagonista del «proceso de enseñanza-aprendizaje», para ayudarle a «construir» sus propios conocimientos. ¡Vaya ironía! Ellos nos impartían clases magistrales, verticalísimas; se enfocaban en ellos como portadores de la luz y la verdad y no en el estudiante; y nos imponían su propia versión de la realidad, en lugar de dejar que nosotros «construyamos» la nuestra. Ciertamente, no es malo, en principio, su procedimiento metodológico, pero la contradicción resultó muy evidente en la práctica de estos profesores, que no obedecían sus propios principios; un rasgo típico de las ideologías.

Inclusive, recuerdo una de las clases del diplomado en las que pregunté sutilmente al profesor por esta contradicción en la nueva ideología educativa, y él no supo qué responder. Con un tono altanero y burlesco contra mi pregunta, siguió con su discurso florido acerca de lo linda que es la nueva «educación», tratando de mezclar peras con manzanas.

Según el nuevo modelo «educativo», se debe fomentar la coevaluación y la autoevaluación (un alumno evalúa a otro o el alumno se evalúa a sí mismo), pero casi todas las veces que recibimos puntaje en este curso fue por heteroevaluación: un superior nos dicta la calificación. Tanto insistir en la cháchara de que el alumno es el centro, para terminar imponiéndonos una calificación ellos mismos, ¡¿no que el docente era solo facilitador y no impartidor de conocimientos?!

Es verdad que los docentes también son víctimas, pues a ellos les lavaron el cerebro para lavárnoslo a nosotros, mas eso no quita que ellos sean instrumentos de un sistema tan perverso. No todos los diplomados en Educación Superior en el mundo de hoy han de ser igual, pero esto sirve como muestra de lo perversos que pueden ser cuando obedecen a principios erradísimos.

Lucas Salvatierra, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista.

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