El fracaso de la «educación por competencias» en la práctica (y IV)

Resulta muy interesante constatar que la gente todavía tiene sentido común y rechaza esta nueva ideología seudoeducativa llamada «educación por competencias». Tanto profesores como estudiantes notan lo absurdo de esta metodología y pueden entender con facilidad lo impertinente de su aplicación.

En el ámbito docente, creí ser uno de los únicos —si no el único— «vacunado» contra el nuevo modelo y la perversa teoría pedagógica que arrastra; tremendo error. Con el tiempo, interactuando más con otros profesores, comprendí que ellos también rechazaban este modelo y, si asistían a talleres u obedecían los mandatos, era por simple acatamiento de las órdenes.

En cierta ocasión, durante una «inducción docente» —sesión de lavado de cerebro en realidad—, un profesor se atrevió a cuestionar el sistema, alegando lo imposible que era tomar la susodicha «evaluación continua», que consistía en evaluar al estudiante en cada momento que se pueda, en lugar de hacerlo en pocos momentos concretos del semestre. La facilitadora, visiblemente molesta y soberbia, no supo refutar la observación con argumentos, y se contentó en afirmar que sí se puede evaluar continuamente, y a callar la crítica sin más.

Otro día, un colega profesor me comentó algo interesante: que la formación por competencias es imposible de aplicar en un país tan pobre como el nuestro. Bolivia, culmen del tercermundismo, es uno de los países con el internet más lento de Hispanoamérica, y no permite integrar herramientas digitales con suficiente eficacia, como en otros países más industrializados. Además, el costo de importación de aparatos tecnológicos y el poco poder adquisitivo generalizado hace que resulte difícil para el estudiante —o para sus papás— conseguir dispositivos electrónicos veloces que no se estropeen a cada rato.

Por si fuera poco, mi colega catedrático cuestionó que en este país no tenemos la costumbre de leer. Suena lindo lo que propone el nuevo modelo formativo para el estudiante, por ejemplo, respecto a haber revisado ya el material de estudio antes de asistir a la clase, para así realizar solo trabajos prácticos en el aula y no dejar tarea para la casa. El problema es que nuestra población joven es muy indisciplinada para lograrlo.

Podría objetarse que estas observaciones son solo válidas para el suelo boliviano, pero creo que no sería de sorprenderse que el caso se repita en el resto de Hispanoamérica. La evidencia demuestra que, tanto en el área educativa como en otras, adolecemos de malestares muy parecidos. Nuestros países comparten principios revolucionarios y resultados desastrosos de una política con triste historia similar desde las secesiones. Inclusive, en el resto del mundo, cada vez más expertos cuestionan la ineficacia de la nueva ideología seudoeducativa.

En otro ámbito, ya el estudiantil, más de una vez yo noté falencias con la exigencia de hacer «participativas» nuestras clases, con el fin de enfatizar la «horizontalidad» y el rol protagónico del estudiante. Una vez, un viejo amigo mío que cursaba un posgrado me comentó algo muy sencillo. Decía que le aburría oír hablar a sus compañeros cuando la docente les pedía la palabra —y ella lo hacía constantemente—, porque ellos no tienen la capacidad de oratoria de quien imparte clases; por ende, se traban, tartamudean o no modulan los tonos de voz. Esto me abrió los ojos y me hizo confirmar lo que yo temía afirmar —porque quise autoconvencerme de los bienes posibles del nuevo sistema.

A partir de entonces, he prestado más atención a ciertas cosas y he visto cómo mis alumnos se cansaban de escuchar a sus propios compañeros hablando en el aula. Si bien es cierto que ellos hacen mal en distraerse con otra cosa —como el teléfono o la charla con el vecino—, ¿cómo exigirles que presten atención a gente que —como ellos— no sabe hablar con suficiente soltura? Los alumnos de antes —nuestros padres y abuelos— se expresaban oralmente mejor y daba más gusto escucharlos, porque la formación de antes, la malvada «educación tradicional», era mejor que la de ahora.

Podría contar muchas otras cosas más, pero no quiero extenderme demasiado y temo redundar. Estoy convencido de que la experiencia refuta con mucha facilidad al nuevo sistema «educativo» que se pretende imponer en las universidades. Dejaremos para otra ocasión la refutación teórica, quedándonos por ahora con la anecdótica.

Lucas Salvatierra, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista

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